¿Qué hacer después del bombardeo?
- Vladimir Gessen
- hace 9 minutos
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El día después del ataque la derrota definió un destino nuevo porque no fue el final sino apenas el punto de partida para reinventarse… Tras la devastación, la verdadera batalla no fue militar sino moral: había que decidir entre el rencor o la reconstrucción inteligente…
Al pasar la acción bélica...
La nación ha sido una dictadura constitucional, regida formalmente por un jefe de Estado, con unas fuerzas armadas que le deben lealtad directa, donde el mandamás nombra o remueve a dedo a sus comandantes, así como a los ministros que integran su gobierno. También cuenta con un Parlamento, una Constitución, pero donde el dictador sustenta poderes soberanos amplios. Por otro lado, el gabinete ejecutivo ha estado fuertemente influido por el alto mando militar, con su ministro de defensa como figura central del ala militarista. El Poder Legislativo cumple su función, pero su margen es limitado frente al dictador, y al poder militar, el cual posee una autonomía más que considerable y responde directamente al dictador, y no al parlamento. En la práctica, el alto mando ha condicionado o incluso impone decisiones políticas, económicas, sociales, además de las castrenses. En su gobierno, el dictador y su mando militar provocó el embargo petrolero de EEUU, además de intentar expandir su "ideología del siglo" a otros países de su geografía, como una estrategia para neutralizar la fuerza estadounidense en el continente. En definitiva, no ha sido una república con una democracia liberal plena. Mas bien ha funcionado como una dictadura con fuerte predominio militar. Un sistema donde la legitimidad ha descansado en la figura de un dictador. Estados Unidos asume el control efectivo de este país luego de un demoledor ataque. Así lo anuncia su presidente, y así lo asume el gobierno del país atacado. Ese mismo día comienza lo que se denomina una “ocupación aliada”, y el país es dirigido en la práctica por Estados Unidos, a través de su representante militar, con la anuencia de las nuevas autoridades tácitamente rendido. El comandante estadounidense, general de 4 estrellas, luego del bombardeo, sigue a cargo. La Casa Blanca y el Pentágono toman el control y deciden mantener en el gobierno a los representantes de la misma dictadura. En la realidad es históricamente una administración estadounidense con autoridad casi absoluta sobre el país adquirido, por un tiempo. Estados Unidos decide no eliminar la dictadura, sino mantenerla como símbolo para garantizar la estabilidad. Gobiernan mediante directivas al gabinete del país atacado. Administración que sigue existiendo formalmente, pero todas las decisiones estratégicas requieren de la aprobación de EEUU. De hecho, la Casa Blanca, tiene autoridad para promover o vetar leyes. Controlan la política exterior, y la economía de este país. Bajo la dirección estadounidense se implementarían luego transformaciones cruciales como una Nueva Constitución y el país bajo su mando se convierte en una democracia parlamentaria democrática, y con leyes claras de reconocimiento de los derechos humanos. Al final, ese país no fue anexado. No fue convertido en colonia formal. No fue regido por un gobierno estadounidense directo. Fue una ocupación con “soberanía suspendida”, donde el país funcionaba bajo tutela estadounidense. La ocupación finaliza 7 años más tarde, cuando el país recupera su soberanía plena, aunque mantiene su alianza estratégica con Estados Unidos. Emergió como una democracia estable, potencia económica, y país exitoso en su continente. Históricamente, el balance tiende a considerarse positivo. La mayoría considera que la ocupación fue dura, pero beneficiosa. Argumentan que permitió la democratización. Que evitó una guerra civil o una revolución interna. Que sentó las bases del crecimiento económico del país y que lo integró en el orden internacional. Buena parte de la población considera que el ataque fue trágico, pero que la reconstrucción funciona. Este debate sigue vivo, especialmente en torno a la reforma constitucional y la política de defensa. No obstante, el ataque sigue siendo controversial. Existe consenso en que fue un error devastador en medio de un amplio reconocimiento de que esta acción bélica permitió prosperidad. Pero no unanimidad sobre el grado de legitimidad histórica de la ocupación. El país no desarrolló un relato oficial victimista contra Estados Unidos. Más bien construyó una narrativa de reconstrucción y superación.
Antes de la ocupación, las ciudades de Hiroshima y Nagasaki quedaron marcadas para siempre cuando, en agosto de 1945, fueron devastadas por bombas atómicas en el tramo final de la II Guerra Mundial. La magnitud de la destrucción no fue solo material —ciudades reducidas a escombros en segundos— sino humana y moral donde cientos de miles de personas murieron de inmediato, y muchas más padecieron durante años las consecuencias de la radiación. Aquellos días no solo precipitaron la rendición japonesa, sino que inauguraron la era nuclear, recordándole al mundo que el progreso científico, sin límites éticos, puede convertirse en una fuerza de aniquilación. Hiroshima y Nagasaki permanecen como símbolo universal del horror de la guerra y, como un llamado permanente a la responsabilidad histórica.
También Vietnam, tras décadas de hostilidad y una guerra sin cuartel con Estados Unidos, se normalizaron las relaciones entre las dos naciones en 1995, y hoy ambas partes sostienen una cooperación económica y estratégica, especialmente frente al ascenso chino. Aquella guerra —que para Estados Unidos se extendió formalmente entre 1965 y 1973, y para Vietnam abarcó un conflicto más amplio desde mediados de los años cincuenta hasta 1975— dejó una huella humana demoledora.
Se estima que murieron entre dos y tres millones de vietnamitas, además de más de 58.000 soldados estadounidenses, y cientos de miles de combatientes de otras fuerzas involucradas. A ello se sumaron millones de heridos, desplazados y víctimas posteriores de enfermedades asociadas al uso de agentes químicos como el “Agente Naranja”. La dimensión del sacrificio y del dolor fue inmensa. Sin embargo, medio siglo después, el país que fue escenario de esa tragedia logró reinsertarse en la economía global y transformar el antiguo campo de batalla en espacio de cooperación.
Al final…
… En ambos casos —Japón y Vietnam— el enemigo de ayer se convirtió en socio pragmático. La geopolítica terminó imponiéndose sobre la memoria ideológica. Japón construyó una narrativa de reconstrucción pacifista. Vietnam construyó una de victoria soberana. Las dos Naciones han desarrollado un fuerte sentido de orgullo nacional, un relato cohesionador tras las acciones militares y una ética de sacrificio colectivo, un sistema de valores en el que el bienestar del grupo —la nación, la comunidad, el pueblo— se coloca por encima del interés individual, y donde el sacrificio personal es considerado moralmente virtuoso si contribuye al destino común. No se trata simplemente de obediencia, sino de una convicción cultural profunda, la idea de que el individuo encuentra sentido al servir a algo mayor que sí mismo.
En términos económicos, Japón y Vietnam apostaron por la industrialización. Invirtieron en educación técnica. Se insertaron en las cadenas globales de producción. Lograron crecimiento acelerado en pocas décadas. Japón vivió el “milagro económico”, y Vietnam vive desde los años 90 un proceso de crecimiento sostenido bajo el modelo “Đổi Mới”. Lo que significa literalmente “renovación” o “renovarse”. Es su programa de reformas económicas, tras años de estancamiento, escasez e inflación elevada. El objetivo central fue pasar de una economía planificada comunista, rígida, a introducir mecanismos de mercado para dinamizar la producción y el comercio, como el fin de la colectivización estricta. Se otorgaron derechos de uso de la tierra a familias campesinas. Así, Vietnam pasó de importador a gran exportador de arroz. De igual modo, con la apertura a la inversión extranjera, mediante una Ley a finales de los 80, y la integración progresiva a la economía global (ASEAN, OMC). El reconocimiento del sector privado, la legalización y expansión de empresas privadas, y la convivencia con empresas estatales estratégicas, han alcanzado la estabilización macroeconómica, y el control de la inflación. Con claros resultados: Crecimiento sostenido durante décadas. Reducción drástica de la pobreza. Transformación industrial exportadora en electrónica, textiles, y otras manufacturas, además de una mayor inserción en las cadenas globales de valor. Hoy Vietnam es una de las economías emergentes más dinámicas del sudeste asiático.
Apreciados lectores, la historia no se repite, pero enseña. Japón no dejó de ser Japón por aceptar una transformación profunda. Vietnam no dejó de serlo por convertir al antiguo enemigo en socio estratégico. Ambos comprendieron que el orgullo nacional no consiste en aferrarse al rencor, sino en reconstruir con inteligencia, que la soberanía no se proclama, se fortalece con instituciones sólidas, educación, productividad, riqueza para todos, y visión de futuro. Ninguno olvidó su tragedia, pero tampoco permitió que el dolor dictara su destino…
Hoy nuestra pregunta no es si el mundo es justo, sino si estamos dispuestos a reinventarnos, no es quién nos falló ayer, sino qué proyecto común nos convoca mañana. Las naciones que prosperan son las que convierten la derrota en reforma, el conflicto en aprendizaje y la memoria en impulso creador. El desafío no es escoger entre orgullo o pragmatismo, sino unirlos. Porque el verdadero patriotismo no es resistir eternamente, sino reconstruir inteligentemente. Y cuando una sociedad decide servir a algo más grande que sus fracturas, comienza, silenciosamente, su renacimiento… Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en psicologosgessen@hotmail.com... Que la Suprema Providencia Universal nos acompañe a todos…
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