¿Hasta dónde puede escalar la guerra con Irán?
- Vladimir Gessen
- hace 57 minutos
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Más allá de las armas, el ataque se decide en la mente de los líderes. ¿Cuáles son los riesgos si alguno de ellos abandona la prudencia?... ¿Podría la guerra con Irán trepar hacia armas nucleares o radiológicas? Un análisis estratégico sobre el riesgo real que corremos…
La línea que el mundo no quiere cruzar
Hay guerras que comienzan con objetivos claros y terminan envueltas en incertidumbre. La guerra que hoy se desarrolla entre Irán, Estados Unidos e Israel parece avanzar precisamente por ese camino, una escalada militar donde cada día se multiplican los ataques, pero donde nadie puede afirmar con certeza cuál será el punto final. En estos momentos, la prensa internacional asoma un escenario de confrontación directa que desde 1945, se ha intentado evitar. Bombardeos sobre instalaciones militares y nucleares iraníes, misiles y drones lanzados como respuesta, amenazas cruzadas, y una creciente inquietud global por las consecuencias que esta guerra puede tener para la estabilidad del Medio Oriente y del mundo. El dilema estratégico que comienza a emerger es sencillo de formular, pero inquietante en sus implicaciones: ¿qué ocurriría si Irán decide no aceptar un alto al fuego y el conflicto continúa escalando?
Cuando la guerra entra en la lógica final
Las guerras modernas rara vez siguen el guion que imaginan los estrategas cuando comienzan. La historia está llena de conflictos que empezaron como operaciones limitadas y terminaron convirtiéndose en guerras largas, impredecibles y costosas. En el caso de Irán, los objetivos de Estados Unidos e Israel parecen orientados a debilitar significativamente la capacidad militar del régimen iraní, particularmente sus programas de misiles y sus instalaciones nucleares. Sin embargo, destruir completamente esas capacidades desde el aire es una tarea compleja. Muchas de las instalaciones estratégicas iraníes están enterradas profundamente bajo tierra o dispersas en distintas regiones. Esto significa que incluso una campaña aérea prolongada podría no lograr el objetivo de eliminarlas totalmente. Existe también un escenario que algunos estrategas militares mencionan con cautela, como serían operaciones quirúrgicas de fuerzas especiales estadounidenses contra instalaciones estratégicas dentro de Irán, como búnkeres subterráneos o centros de mando militar profundamente protegidos. Unidades de élite estadounidenses —como las fuerzas especiales del Ejército o comandos altamente entrenados— tienen la capacidad técnica para ejecutar incursiones extremadamente precisas. Sin embargo, una operación de ese tipo implicaría riesgos enormes, tanto militares como políticos. La posibilidad de bajas estadounidenses en territorio iraní podría desencadenar una fuerte reacción en la opinión pública de Estados Unidos, donde después de décadas de guerras en Medio Oriente existe un amplio cansancio social frente a nuevas intervenciones militares directas. Diversos estudios de centros de análisis estratégico como Brookings Institution, el International Institute for Strategic Studies, el Bulletin of the Atomic Scientists y SIPRI han advertido que los conflictos militares en torno a programas nucleares pueden generar dinámicas de escalada si las campañas convencionales no logran resultados decisivos. La escalada hacia armas más destructivas entra en el debate estratégico cuando una guerra no logra resultados decisivos. Por ello, aunque el escenario es técnicamente posible, su viabilidad política sería hoy profundamente controversial dentro de la propia sociedad americana. Y aquí, aparece la pregunta que comienza a surgir en círculos estratégicos y en algunos análisis internacionales: si el conflicto se prolonga y los objetivos militares no se alcanzan, ¿podría darse un escenario que contemple el uso de armamentos aún más destructivos: nucleares?
Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el mundo ha vivido bajo lo que muchos analistas llaman el “tabú nuclear”. Es decir, la convicción política y moral de que el uso de armas nucleares no debe repetirse. Sin embargo, los arsenales nucleares no desaparecieron. Por el contrario, se desarrollaron nuevas categorías de armamento, entre ellas, las llamadas armas nucleares tácticas, diseñadas para objetivos militares específicos y con menor potencia que las bombas estratégicas. En teoría, estas armas podrían emplearse para destruir instalaciones militares profundamente enterradas o búnkeres altamente protegidos. Pero una cosa es la posibilidad técnica y otra muy distinta la decisión política. Los objetivos declarados de EEUU e Israel incluyen destruir o degradar el programa nuclear iraní. Neutralizar su capacidad de misiles y drones, y reducir la capacidad militar del régimen. Analistas advierten que los bombardeos aéreos por sí solos rara vez logran derribar un gobierno o eliminar completamente su capacidad militar. Por lo tanto, si Irán continúa resistiendo y rechaza el alto al fuego, solo quedarían tres caminos estratégicos: Uno, escalar con una invasión terrestre o la toma naval del Estrecho de Ormuz. Dos, aceptar una guerra prolongada. Y tres, buscar una “solución militar decisiva”, opción que abre la posibilidad del uso sobre armas de destrucción masiva.
¿Podrían usarse armas nucleares tácticas?
Teóricamente, sí. Estados Unidos las posee. Pero estratégicamente es muy improbable en el corto plazo. Estas bombas atómicas tácticas son de baja potencia, de 1 a 50 kilotones, diseñadas para destruir instalaciones militares subterráneas, bases de misiles y búnkeres. En el caso de Irán, se menciona este escenario para atacar instalaciones profundamente enterradas, como centros de enriquecimiento o complejos militares. No obstante, ante la interrogante de si ¿debemos considerar que Irán también podría usar una “bomba sucia” contra Israel? La respuesta corta es que sí, es técnicamente posible, pero la probabilidad es baja y el impacto militar sería mucho menor que el de un arma nuclear. Una bomba radioactiva o “sucia” (Radiological Dispersal Device, RDD) no es una bomba nuclear. Consiste en un explosivo convencional mezclado con material radioactivo. Cuando explota se causa un daño local, y el material radioactivo se dispersa en el ambiente, y contamina áreas, genera pánico, provoca evacuaciones masivas, y causa un enorme impacto psicológico. Es esencialmente un arma de terror radiológico, no un arma nuclear estratégica. Irán posee material radioactivo que podría usarse como el uranio enriquecido, instalaciones nucleares y materiales radioactivos usados en medicina y la industria. Estas bombas sucias suelen usar otros isótopos más peligrosos para contaminación ambiental, como el cesio-137, el cobalto-60 y el estroncio-90. Si Irán decidiera hacerlo —algo que sería extremadamente grave— los escenarios posibles serían misiles o drones con material radioactivo dispersado, ataques clandestinos en ciudades y contaminación deliberada de zonas urbanas. En esos casos, el efecto sería principalmente psicológico, económico y simbólico. Nunca produciría la destrucción masiva comparable a un arma nuclear. El gran problema para Irán si usa un arma radiológica es que tendría consecuencias enormes, dado que sería considerado terrorismo nuclear y justificaría una respuesta militar devastadora, acompañado de un absoluto aislamiento internacional inmediato. Incluso, países que hoy mantienen cierta neutralidad —como China, India o muchos países del sur global— probablemente condenarían una acción de ese tipo. Hasta ahora ningún Estado ha utilizado una bomba sucia en un conflicto militar. Desde nuestra perspectiva, el uso de un arma radiológica solo podría ocurrir en un escenario de desesperación extrema, como fuera el caso de que el régimen teológico perciba una amenaza existencial, o si la guerra entra en su fase final o si aparece el escenario donde la dirigencia religiosa crea que no tiene nada que perder. Ese tipo de decisiones suelen aparecer solo cuando los sistemas políticos están colapsando o enfrentando su desaparición.
Cerrar el Estrecho de Ormuz puede entrar dentro de esa lógica, pero con una matización estratégica importante. No sería señal de colapso inmediato del régimen, pero podemos considerarlo como una medida de “último recurso” o de escalada extrema porque el alto mando del Estado iraní pareciera que comienza a creer que su supervivencia está seriamente amenazada. En el momento actual, el riesgo de una bomba sucia o de usar armamento nuclear táctico, aunque la posibilidad técnica exista, el costo político y militar sería tan alto que la probabilidad sigue siendo muy reducida. De acuerdo a la mayoría de los analistas que esto pase es muy bajo, probablemente menor al 2 %.
Una línea que nadie quiere cruzar
El uso de un arma nuclear —aunque fuese táctica— abriría una puerta extremadamente peligrosa. No solo por las devastadoras consecuencias humanas y ambientales, sino porque rompería un principio que ha contenido la escalada nuclear durante casi ochenta años. Si una potencia utilizara un arma nuclear en un conflicto regional, el mensaje para el resto del mundo sería inequívoco, la era del tabú nuclear habría terminado. Este precedente podría desencadenar una carrera armamentista global y aumentar el riesgo de que otros conflictos futuros crucen esa misma línea. Por esa razón, se considera que, incluso en un escenario de guerra prolongada con Irán, el uso de armamento nuclear sigue siendo altamente improbable. Estados Unidos posee armamento convencional extremadamente poderoso —incluidas bombas antibúnker capaces de penetrar instalaciones profundamente enterradas— que puede utilizarse sin romper el umbral nuclear.
El verdadero riesgo: una guerra regional ampliada
El peligro inmediato no parece ser una explosión nuclear, sino algo quizás más insidioso, como es la expansión del conflicto a toda la región. Irán mantiene vínculos con múltiples actores armados en Medio Oriente. Si la guerra se intensifica, podrían activarse milicias aliadas en distintos países, generando un conflicto mucho más amplio que involucraría rutas energéticas, comercio internacional y la seguridad global. Una guerra regional en el Golfo Pérsico tendría repercusiones económicas y geopolíticas profundas para todo el planeta.
La incógnita del final
Las guerras terminan de distintas maneras, sea por victoria, por negociación o por agotamiento. Por ahora nadie puede asegurar cuál será el desenlace del conflicto con Irán. Lo que sí parece claro es que la escalada militar aumenta cada día así como la presión internacional para encontrar una salida política. Porque aunque las armas modernas son cada vez más precisas y destructivas, la historia demuestra una verdad que conviene recordar, las guerras rara vez resuelven los problemas que las originaron. Y cuando los conflictos cruzan ciertos límites, las consecuencias pueden marcar a la humanidad durante generaciones. En un mundo ya cargado de tensiones geopolíticas, otra pregunta que hoy comienza a surgir no es solo cómo terminará esta guerra, es más preocupante: ¿sabrá el mundo detenerla antes de que cruce una línea de la que no haya retorno?
Cuando la guerra entra en la mente de los líderes
En el análisis estratégico de las guerras solemos hablar de ejércitos, de armas, de alianzas y de doctrinas militares. Pero la historia muestra algo que los psicólogos y los observadores de la conducta humana sabemos bien, las decisiones más dramáticas de la humanidad muchas veces se toman dentro de la mente de una sola persona. Detrás de cada guerra, de cada escalada y de cada botón nuclear, hay seres humanos con biografías, creencias, miedos, convicciones ideológicas y, a veces, obsesiones personales. Cuando se descarta por completo la posibilidad de que se utilicen armas nucleares tácticas en la guerra con Irán, conviene recordar una lección fundamental de la psicología política, como es que las decisiones históricas no siempre siguen la lógica fría de los estrategas. A veces siguen la lógica —mucho más compleja— de la mente humana de quien toma las decisiones.
El factor psicológico en las decisiones extremas
Desde la crisis de los misiles de Cuba en 1962, el mundo ha comprendido que la estabilidad nuclear depende no solo del equilibrio militar, sino también del equilibrio psicológico de los líderes que controlan esos arsenales. La historia de la Guerra Fría está llena de episodios en los que el mundo estuvo peligrosamente cerca de una catástrofe nuclear, evitada en muchos casos por decisiones individuales tomadas en segundos por militares o políticos. Esto obliga a considerar un elemento que a menudo se subestima, el factor humano en situaciones de presión extrema. Y ese factor humano puede adoptar diversas formas.
El componente religioso y el martirio político
En el caso de Irán, hemos visto durante años la dimensión religiosa del liderazgo del régimen. La teología política chiita incluye elementos simbólicos profundamente ligados al sacrificio, al martirio y a la resistencia frente a adversarios considerados injustos o impíos. No significa que los líderes iraníes busquen la destrucción de su país —la evidencia histórica muestra que han actuado muchas veces con cálculo estratégico— pero sí implica que su narrativa política puede incluir conceptos de sacrificio histórico y resistencia trascendente. En situaciones límite, esa cosmovisión podría influir en decisiones que desde una lógica puramente militar parecerían irracionales. Los extremistas “mártires” del 911 es solo un caso de ellos.
El peso de la biografía en los líderes
Pero no es solo el liderazgo iraní el que debe analizarse desde la psicología. También en las democracias occidentales los líderes toman decisiones bajo presiones personales, políticas e históricas. Donald Trump, es una figura que ha construido gran parte de su identidad pública alrededor de la idea de no aceptar derrotas. Su estilo político ha estado marcado por una fuerte necesidad de proyectar fuerza y victoria. En un escenario de guerra prolongada o de desgaste militar, la presión psicológica de cerrar el conflicto con una demostración contundente de poder podría convertirse en un factor político interno. La historia muestra que los líderes en los últimos capítulos de su vida pública o de su carrera política a veces toman decisiones buscando definir su legado histórico. Por ello, la Constitución de Estados Unidos coloca en el Congreso la facultad de declarar la guerra, mientras el presidente, como comandante en jefe, tiene la responsabilidad de conducir a las fuerzas armadas. Este delicado equilibrio institucional busca evitar que decisiones militares de enorme trascendencia dependan exclusivamente de la voluntad de una sola persona.
El dilema existencial de Israel

En el caso de Israel, la dimensión psicológica también es profunda, aunque por razones diferentes. Para el Estado israelí, la seguridad nacional no es un concepto abstracto. Está marcada por una memoria histórica de persecución, guerras y amenazas existenciales. Esa memoria colectiva influye inevitablemente en las decisiones estratégicas de sus líderes. Para muchos israelíes, permitir que un adversario hostil alcance capacidades nucleares o mantenga una amenaza militar significativa puede interpretarse no como un riesgo estratégico más, sino como una cuestión de supervivencia nacional. Benjamín Netanyahu ha expresado en múltiples ocasiones esa visión histórica del conflicto, vinculando la seguridad de Israel con la responsabilidad de evitar cualquier amenaza que recuerde las tragedias y el holocausto del pasado.
Cuando la historia, la religión y la política se cruzan
Así, en esta guerra se cruzan tres dimensiones que pueden influir en decisiones extremas: Una, la cosmovisión religiosa y revolucionaria del liderazgo iraní. Dos, las dinámicas políticas y personales del liderazgo estadounidense. Y tres, el sentimiento existencial de supervivencia del Estado de Israel. Cada una de estas dimensiones pertenece a universos culturales y psicológicos distintos. Pero todas convergen en el mismo escenario geopolítico.
La lección de la psicología política
Las decisiones más peligrosas no surgen necesariamente de la irracionalidad, sino de sistemas de creencias arraigados que para quienes los sostienen resultan plenamente racionales. Cuando se analiza la posibilidad de acciones extrema —como el uso de armamento nuclear táctico— no basta con evaluar capacidades militares o probabilidades estadísticas. También es necesario comprender la psicología de los líderes que toman esas decisiones.
Una advertencia que la historia nos deja
La humanidad ha logrado evitar el uso de armas nucleares durante casi ocho décadas. Ese logro no ha sido producto del azar, sino de una combinación de equilibrio estratégico, prudencia política y, en algunos momentos críticos, de decisiones individuales de contención. Pero la historia también enseña que los sistemas internacionales pueden volverse frágiles cuando las tensiones geopolíticas se combinan con narrativas ideológicas o presiones personales. Al observar el desarrollo de la guerra en Irán, conviene recordar algo esencial, que las guerras no solo se desarrollan en los mapas y en los arsenales. También se despliegan en la mente de quienes tienen el poder de decidir hasta dónde escalar un conflicto. Y mientras ese poder exista, la prudencia —política, estratégica y psicológica— seguirá siendo uno de los recursos más importantes para evitar que la historia cruce una línea que el mundo ha logrado no violar desde 1945. A veces pensamos que las guerras del siglo XXI son distintas porque las armas son más sofisticadas. Pero en realidad siguen dependiendo de lo mismo que hace siglos, de percepciones de amenaza, de orgullo nacional, del miedo a parecer débil o de la necesidad de preservar el poder. Es decir, siguen dependiendo de la psicología humana. Y tal vez esa sea la verdadera paradoja de nuestra civilización, hemos creado tecnologías capaces de destruir el planeta, pero las decisiones sobre su uso siguen dependiendo de una mente humana, con todas sus grandezas y sus fragilidades.
Al final…
"Cuando las guerras dominan los titulares y los mapas se llenan de flechas, bases militares y trayectorias de misiles, es fácil olvidar algo esencial, detrás de cada punto en esos mapas viven seres humanos. Niños que duermen, madres que esperan, padres que trabajan, ancianos que recuerdan", me acota mi esposa Maria Mercedes Gessen... Y comparto su observación porque la humanidad entera continúa respirando mientras los poderosos deciden. La historia nos ha enseñado que la grandeza de los líderes no se mide por la intensidad de sus victorias, sino por la sabiduría de sus límites. Las guerras pueden comenzar con discursos inflamados, con cálculos estratégicos o con la convicción de defender causas justas. Pero siempre terminan del mismo modo, con pueblos cansados, destrozados, agotados, con ciudades heridas y con generaciones que tardan décadas en sanar. Cuando el mundo se acerca a decisiones peligrosas, conviene recordar una verdad simple y profunda, la vida humana es siempre más valiosa que cualquier triunfo militar. A quienes hoy tienen en sus manos el destino de millones —presidentes, generales, líderes políticos y religiosos— les corresponde una responsabilidad que trasciende las fronteras de sus países y los intereses de su tiempo.
El poder verdadero no consiste en demostrar hasta dónde se puede destruir, sino en saber hasta dónde es necesario detenerse. Que recuerden que, antes que jefes de Estado o de iglesias, son también padres, hijos, seres humanos que alguna vez miraron al firmamento preguntándose qué lugar ocupamos en este Universo inmenso. Que recuerden que todos habitamos la misma casa azul suspendida en el Cosmos, frágil y hermosa. Y que en el futuro nuestros descendientes puedan ver cómo le heredamos la Tierra. El mundo no necesita héroes de guerra. El mundo requiere guardianes de la vida. Y tal vez, en medio de esta incertidumbre, podamos enviarles una invitación sencilla pero poderosa, que escuchen, aunque sea por un instante, el silencio de la humanidad que espera. Que escuchen el latido común que une a todos los pueblos. Que recuerden que la verdadera victoria no será derrotar a un enemigo, sino evitar que el futuro de nuestros hijos se escriba con el lenguaje del miedo. La historia aún no está cerrada. Todavía hay tiempo para elegir la prudencia, la compasión y la paz. Porque al final —más allá de las banderas, de las ideologías y de los conflictos— todos formamos parte de la misma humanidad que desea algo simple y eterno, seguir viviendo, seguir soñando y seguir compartiendo este pequeño planeta bajo las mismas estrellas… Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en psicologosgessen@hotmail.com... Que la Suprema Providencia Universal nos acompañe a todos…
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