¿Hasta dónde estamos en peligro con lo de Irán?
- Vladimir Gessen

- hace 2 días
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El mundo enfrenta un momento de alta incertidumbre, pero no necesariamente el preludio de una guerra mundial, aunque no es descartable... Sumado al riesgo de una larga conflagración que afecte precio del petróleo, las cadenas de suministro mundiales y la estabilidad financiera…
Nunca en las últimas décadas la política mundial había estado tan cargada de poder, tensiones y decisiones trascendentales… y al mismo tiempo, tan dominada por una sensación generalizada de vacilación y de inseguridad. Vivimos un momento extraño de la historia, donde las potencias más poderosas y nucleares del planeta toman decisiones que pueden cambiarlo todo… mientras nadie sabe con certeza qué ocurrirá mañana. A esta mezcla explosiva se suma un fenómeno particularmente inquietante, la del creciente personalismo en la toma de decisiones. Hace apenas unos días, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, justificó el ataque a Irán que terminó con la vida del ayatolá iraní afirmando algo que ilustra bien este momento de la política internacional: “Lo eliminé antes de que él me eliminara” —una forma directa de explicar que actuó primero porque consideraba que su adversario, Alí Khamenei, lo haría contra él. Más allá de las interpretaciones estratégicas, la frase revela hasta qué punto decisiones capaces de alterar el equilibrio global pueden surgir hoy de percepciones personales del riesgo, del temor o de la anticipación. Estas decisiones unipersonales de algunos líderes se imponen por encima de las estrategias consensuadas en los Congresos, de las salas situacionales, de la consejería de expertos y, en muchos casos, terminan guiadas por ideologías rígidas o creencias particulares. Entonces las decisiones parecen improvisadas. Las reacciones se aceleran. Y en ese escenario irrumpe una sensación colectiva muy intensa, la de la desconfianza y la sospecha. Desde la psicología sabemos algo importante, las sociedades pueden soportar problemas, incluso muy graves. Lo que resulta mucho más difícil de tolerar es no saber lo que viene después. La incertidumbre genera ansiedad. Y la ansiedad transforma la política…
Irán: cuando la incertidumbre alcanza al mundo entero
El caso más dramático de esta incertidumbre lo estamos viendo hoy en el conflicto que se desarrolla alrededor de Irán. La reciente escalada militar entre Estados Unidos e Israel en contra de Irán ha abierto una situación extremadamente delicada. En cuestión de días, ataques y represalias han elevado la tensión en una región históricamente explosiva incluyendo el hundimiento de una fragata iraní por parte de un submarino estadounidense. La consecuencia inmediata es evidente, dado que nadie sabe exactamente cómo y dónde puede terminar esta crisis. La vacilación, perplejidad e indecisión alcanzan a todos los grandes actores del sistema internacional.
Las tres grandes potencias
En Washington, Donald Trump enfrenta decisiones de enorme riesgo estratégico. Incluso, trascienden diferencias de objetivos entre el presidente y los secretarios de Estado y de Guerra. En Pekín, Xi Jinping observa de reojo un conflicto que puede alterar el equilibrio global. China depende en gran medida de la estabilidad energética del Medio Oriente y de las nuevas rutas de la seda comerciales que atraviesan esa región. Una guerra ampliada que no solo está afectando los mercados petroleros sino pronto lo hará al comercio internacional, también alterará el delicado equilibrio estratégico entre las grandes potencias. Por ello, mientras evita involucrarse directamente, Pekín analiza con cuidado cada movimiento, calcula escenarios y evalúa cómo este conflicto podría redefinir el tablero geopolítico en el que China aspira a consolidarse como potencia global.
En Moscú, Vladimir Putin sigue la crisis con una lógica igualmente estratégica. Rusia mantiene relaciones complejas con Irán, con varios países del Medio Oriente y, al mismo tiempo, con los actores globales involucrados. Para el Kremlin, el conflicto abre tanto riesgos como oportunidades. Por un lado, una escalada mayor podría desestabilizar regiones clave y provocar reacciones imprevisibles de Occidente, y por el otro, también podría alterar las prioridades estratégicas de Estados Unidos y Europa. Así Moscú observa, evalúa y calcula. No actúa abiertamente, pero sus estrategas ya analizan distintos escenarios y posibles formas de intervención diplomática, militar indirecta o de influencia política en una eventual ampliación de la guerra en el Medio Oriente. Aunque el 6 de marzo de 2026, ya trascendió que Rusia ha proporcionado a Irán información con datos de localización que podría ayudar a Teherán a atacar buques, aviones y otros activos militares de Estados Unidos en la región.
En realidad, tanto en Pekín como en Moscú se entiende que este conflicto puede convertirse en algo más que una crisis regional. Podría ser el inicio de una nueva etapa de tensiones globales, donde cada movimiento se computa con extrema precaución porque nadie quiere ser el primero en empujar al mundo hacia una guerra mayor… pero tampoco quiere quedarse al margen si el tablero del poder mundial comienza a reconfigurarse. Nadie quiere provocar una guerra mayor… pero todos se preparan por si la historia decide dar un paso más allá de la incertidumbre.
Unión Europea
En Europa, la mesura también domina el escenario político. El canciller alemán, Olaf Scholz, y el presidente francés, Emmanuel Macron, han intensificado las consultas dentro de la Unión Europea y de la OTAN para evaluar las posibles consecuencias de una escalada mayor en el Medio Oriente. Macron anunció que Francia enviaría su portaviones nuclear “Charles de Gaulle” al Mediterráneo en medio de la escalada del conflicto en torno a Irán. Berlín y París han reforzado la coordinación diplomática y de inteligencia, al tiempo que revisan planes de contingencia energética, protección de infraestructuras estratégicas y mecanismos de defensa colectiva ante la posibilidad de que el conflicto se amplíe y altere el equilibrio global.
Otros gobiernos europeos han debido tomar decisiones aún más sensibles. El presidente del gobierno, Pedro Sánchez, recordó en una declaración ambigua que las bases militares de Rota y Morón en España no podrían utilizarse para operaciones ofensivas de EEUU en contra de Irán, argumentando que cualquier acción debía ajustarse al derecho internacional y a los acuerdos bilaterales vigentes. Esta decisión provocó tensiones diplomáticas y llevó a que algunos aviones militares estadounidenses abandonaran dichas instalaciones. En el Reino Unido, el primer ministro Keir Starmer también enfrentó presiones internas y externas. Su gobierno evitó inicialmente autorizar que bases británicas fueran utilizadas para ataques directos contra Irán, aunque posteriormente aceptó su uso, pero en operaciones defensivas destinadas a proteger fuerzas aliadas y activos estratégicos en la región.
Estas decisiones reflejan un fenómeno relevante como es que entre aliados tradicionales existe hoy una prudencia estratégica. Nadie quiere aparecer como responsable de una escalada mayor, pero todos saben que el conflicto podría expandirse rápidamente. Por eso, mientras las capitales europeas refuerzan sus consultas diplomáticas y sus planes de contingencia, el continente se mueve con prudencia en un escenario donde cada decisión puede tener graves consecuencias.
Más allá de Europa
Otros actores observan el conflicto con una mezcla de prudencia y mesura. En Canadá, el primer ministro Mark Carney ha insistido en la necesidad de evitar una escalada mayor en el Medio Oriente. Ottawa sigue el desarrollo de la crisis con prudencia estratégica, revisando escenarios relacionados con seguridad energética, estabilidad internacional y posibles implicaciones para las misiones militares canadienses desplegadas en el exterior. Aunque Canadá no aparece en el centro del conflicto, sus autoridades consideran que cualquier ampliación de la guerra podría alterar significativamente el equilibrio del mundo.
Se extienden las acciones bélicas
Irán ha dirigido ataques o acciones militares contra Israel, Qatar, Kuwait, Arabia Saudita, Jordania, Emiratos Árabes Unidos, Irak, Bahréin, en Chipre, a las bases británicas, Oman, y más reciente, a Azerbaiyán, principalmente contra bases militares, infraestructuras estratégicas o aliados de EEUU. El 4 de marzo de 2026, autoridades turcas informaron que un misil balístico lanzado desde Irán se dirigía hacia el espacio aéreo turco. Defensas antimisiles de la OTAN lo interceptaron antes de que impactara. Si esto se repite, otro ataque directo contra Turquía sería extremadamente peligroso, ya que podría activar el Artículo 5 de la OTAN, donde todos sus miembros están obligados a defender cualquier ataque a cualquier país de la Unión Europea, algo que cambiaría completamente la escala de la guerra.
Corea del Norte: ¿un eje de poder emergente?
El régimen de Kim Jong-un observa el conflicto con una lógica estratégica propia de una potencia nuclear aislada. Durante décadas, Pyongyang ha mantenido una relación militar discreta pero significativa con Irán, particularmente en el desarrollo de su programa de misiles balísticos. Buena parte de los avances iraníes en ese campo se apoyaron en tecnologías derivadas de misiles norcoreanos como los Nodong y los antiguos Scud, transferidos o desarrollados con cooperación técnica desde los años ochenta. Esa historia de colaboración hace que, en medio de la actual crisis, algunos analistas no descarten que Corea del Norte pueda intensificar su apoyo tecnológico o militar si el conflicto se prolonga, tomando en cuenta que así aconteció en la guerra de Rusia contra Ucrania. Al mismo tiempo, en círculos estratégicos se habla cada vez más de la posible consolidación de un eje de cooperación militar entre Rusia, Irán y Corea del Norte, una relación triangular que, aunque aún no constituye una alianza formal, refleja la convergencia de intereses entre tres países enfrentados con Occidente y sometidos a sanciones internacionales. Si esa cooperación se profundizara, podría alterar aún más el equilibrio estratégico mundial.
Escenario nuclear
De hecho, está presente una preocupación que pertenece a la categoría de los riesgos existenciales: la dimensión nuclear. Cuando un conflicto involucra potencias militares, alianzas regionales, actores no estatales y tensiones ideológicas, la posibilidad de escaladas imprevisibles —incluyendo terrorismo o confrontaciones indirectas— deja de ser una hipótesis académica para convertirse en una inquietud real. En el caso de Medio Oriente, el peligro no radica únicamente en los enfrentamientos convencionales. La región se encuentra condicionada por rivalidades históricas, rivalidades religiosas, disputas territoriales y conflictos de poder que han acumulado décadas de tensión. En ese contexto, cualquier error de cálculo, una interpretación equivocada de una señal militar o una reacción desproporcionada puede desencadenar una cadena de acontecimientos difíciles de controlar.
A ello se suma otro elemento inquietante: la posibilidad de proliferación nuclear o de acciones indirectas que involucren capacidades estratégicas. Aunque Irán sostiene que su programa nuclear tiene fines civiles, muchos gobiernos y organismos internacionales temen que, si el conflicto se prolonga o se radicaliza, la presión estratégica pueda empujar a nuevas decisiones en este terreno.
La historia de la Guerra Fría demostró que las superpotencias más poderosas podían convivir durante décadas bajo la lógica de la disuasión nuclear. Pero esa estabilidad relativa se sostenía en un delicado balance entre dos actores claramente definidos. El escenario actual es mucho más complicado porque múltiples potencias, alianzas cambiantes, actores regionales armados, y organizaciones no estatales operan en las zonas de alta tensión. En un sistema internacional así de fragmentado, la incertidumbre estratégica se incrementa. Por eso, cuando los analistas hablan hoy de la dimensión nuclear de este conflicto, no se refieren necesariamente a la inminencia de una guerra atómica, sino a algo igualmente inquietante como es la posibilidad de que una crisis regional se transforme en una confrontación de alcance global. En momentos como este, la política mundial entra en una zona donde los cálculos estratégicos conviven con la incertidumbre, y donde cada decisión —por pequeña que parezca— puede tener consecuencias que sobrepasen ampliamente el campo de batalla inmediato.
Y, Venezuela… la imprecisión permanente

En ese tablero de tensiones globales, Venezuela tampoco puede quedar fuera del análisis. Durante más de dos décadas, Caracas fue tejiendo una red de alianzas políticas, económicas y militares con países como Irán, Rusia y China, lo que la convirtió en una pieza secundaria dentro de ese tablero geopolítico. La cooperación con Teherán incluyó acuerdos energéticos, vuelos directos entre ambos países y diversas iniciativas industriales y tecnológicas. Al mismo tiempo, en distintos medios se ha señalado durante años la presencia o influencia de redes vinculadas a Hezbollah en América Latina y Venezuela, particularmente en entornos donde la cooperación iraní ha sido más estrecha. A ello se sumó la adquisición de armamento y sistemas militares provenientes de Rusia y China —aviones de combate, helicópteros, radares, sistemas de defensa aérea y otros equipos estratégicos— que reforzaron la relación de Venezuela con esas potencias y alimentaron la percepción de que el país formaba parte de una red más amplia de cooperación entre gobiernos enfrentados con Washington. Sin embargo, el tablero comenzó a cambiar antes de la reciente escalada militar en Medio Oriente. Algunos analistas sostienen que Washington procuró retirar previamente a Venezuela de esa ecuación estratégica regional, evitando que el país pudiera convertirse en un punto de presión o de apoyo indirecto para aliados de Irán en el hemisferio occidental. El nuevo escenario político venezolano abre, en teoría, la posibilidad de revisar gradualmente esas alianzas y de distanciarse de los vínculos militares que caracterizaron la etapa anterior. Si ese proceso se consolida, Venezuela podría pasar de ser un punto de convergencia de esas alianzas a convertirse en un factor de estabilidad regional. Pero, como ocurre hoy en gran parte del mundo, todo depende de si esa reconfiguración política se mantiene firme o si las viejas alianzas vuelven a emerger en medio de un sistema internacional cada vez más incierto. Porque si las potencias que hoy respaldan ese proceso llegaran a percibir que los compromisos asumidos dejan de cumplirse, o que antiguos vínculos estratégicos reaparecen, Venezuela podría volver a situarse rápidamente en el centro de tensiones y movimientos geopolíticos que nadie desea ver renacer en el hemisferio occidental.
Al final…
… quizás el rasgo más inquietante de nuestro tiempo no sea una guerra en particular ni una crisis específica. Es algo más, es la sensación de que el sistema internacional entero se está moviendo apresuradamente al mismo tiempo. Irán en el centro de una escalada militar. Rusia y China observando y recalculando sus estrategias. Corea del Norte reforzando su lógica nuclear. Europa tratando de contener una expansión del conflicto. Venezuela redefiniendo su lugar dentro de ese tablero cambiante. Cada pieza parece moverse con cautela, pero también con la conciencia de que el equilibrio global puede alterarse de forma repentina. La historia nos recuerda que los grandes cambios del orden mundial rara vez fueron plenamente comprendidos mientras estaban sucediendo. Muchas veces se desarrollaron lentamente, entre decisiones aparentemente aisladas, hasta que de pronto el mundo descubrió que había entrado en una nueva etapa como luego del reparto del mundo en la Conferencia de Yalta. Tal vez estemos viviendo uno de esos momentos. Un tiempo en el que las potencias calculan, los líderes deciden, los estrategas analizan… pero donde nadie puede afirmar con certeza hacia dónde se dirige el sistema político internacional. Porque cuando la política mundial entra en una era dominada por la incertidumbre, cada movimiento adquiere un peso mayor. Y en ese escenario, el futuro deja de ser una línea previsible para convertirse en un territorio abierto donde las decisiones de hoy pueden redefinir el equilibrio del mundo mañana. Quizás por ello, más allá de ideologías, alianzas o rivalidades, la pregunta que queda flotando sobre nuestro tiempo es tan simple como inquietante: ¿Estamos presenciando solo una crisis más… o es el comienzo silencioso de una nueva era en la historia del poder mundial?...
Mi esposa María Mercedes agrega que “la inteligencia de los pueblos debe ser siempre más fuerte que la tentación de las armas, que la historia recuerde que la grandeza de las naciones no se mide por las guerras que ganan, sino por la paz que son capaces de construir”…
Por mi parte, traigo a colación que ningún triunfo militar puede compararse con el milagro silencioso de la paz, ese momento en que los pueblos dejan de mirarse como enemigos y comienzan a reconocerse nuevamente como parte de la misma humanidad como cuando se terminó la II guerra mundial o en el momento que cayó el nefasto “Muro de Berlín”… Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en psicologosgessen@hotmail.com... Que la Suprema Providencia Universal nos acompañe a todos…

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María Mercedes y Vladimir Gessen







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