Groenlandia, Irán y Venezuela marcan la pauta mundial
- Vladimir Gessen

- hace 2 horas
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Aparecen señales de un cambio profundo en la lógica del poder mundial que revelan tensiones, y donde el liderazgo pesa tanto como las armas
Groenlandia y Ucrania: la misma excusa en Europa en 1939
En marzo de 2014, comenzando la toma de Ucrania, Vladímir Putin justificó la anexión de la península de Crimea como una respuesta de Rusia a una amenaza a su seguridad. En 2022, Rusia ataca nuevamente a Ucrania el 24 de febrero y marca un salto cualitativo ya que no fue una acción limitada, sino una invasión a gran escala de un Estado soberano, con el objetivo explícito —según el Kremlin— de garantizar la “seguridad de Rusia”. Ahora, en su segundo mandato Donald Trump ha planteado la idea de que los Estados Unidos “necesita poseer Groenlandia” considerando que la adquisición de Groenlandia por razones de seguridad nacional, sin descartar la posibilidad de usar la fuerza militar. Cuando una potencia como Estados Unidos plantea abiertamente la adquisición de un territorio soberano como Groenlandia por razones de seguridad nacional —y deja entrever incluso el uso de la fuerza como opción— no solo erosiona los principios de integridad territorial del derecho internacional, sino que termina validando la misma lógica por la cual Rusia en 2014, ocupó Crimea, y que volvió a esgrimir en 2022 para invadir Ucrania. En ese sentido, las palabras y acciones de Donald Trump no contradicen ese precedente, por el contrario, lo refuerzan, coincidiendo con Vladimir Putin, al menos en la excusa de la “seguridad” para poseer otro país.
Ambos presidentes también coinciden en esa “excusa” usada a finales de los años 30 del siglo pasado que situaron al Mundo en la II Guerra Mundial cuando en septiembre de 1939, Adolf Hitler ordena la invasión de Polonia y pronunció un discurso ante el Reichstag donde sostuvo que Alemania lo hacía para "garantizar su seguridad". El régimen nazi incluso fabricó el incidente de Gleiwitz, una operación de falsa bandera, para simular una agresión polaca y reforzar ese relato. Antes, el dictador alemán ya había usado el mismo argumento de la “seguridad” para anexiones previas en Austria en 1938, en los Sudetes, hoy parte de la República Checa, y luego en marzo de 1939, Checoslovaquia, justificando la acción alegando que ese país era inestable y "peligroso para la seguridad alemana". Polonia marcó el punto de no retorno, y a partir de ahí, las potencias europeas asumieron que la política de apaciguamiento había fracasado. Esta "excusa" para tomar una Nación o parte de ella es hoy simplemente inaceptable.
Escenarios en un tablero global en tensión
El sistema internacional atraviesa uno de esos momentos raros —y peligrosos— en los que varios tableros se activan al mismo tiempo. Groenlandia, Irán y Venezuela no son crisis desconectadas ni simples episodios regionales. En realidad, constituyen tres movimientos simultáneos que revelan cómo está cambiando la lógica del poder mundial. Lo que los une no es la geografía, sino la forma en que los grandes actores —en especial Donald Trump y Vladímir Putin— perciben hoy la autoridad, el prestigio y los límites. Desde una mirada más amplia, Xi Jinping aparece “en la sombra” de este nuevo reparto, no por ausencia, sino por una estrategia deliberada de posicionamiento pragmático, cautela calculada, y una apuesta por un orden global alternativo, que lo diferencia tanto del intervencionismo estadounidense, como de las respuestas reactivas de Moscú.
Mientras Trump despliega gestos públicos audaces y confronta —desde presionar por el control de Groenlandia hasta autorizar operaciones militares en Venezuela— y Putin responde con cálculos de contención que evitan un choque directo en escenarios secundarios, priorizando otros frentes como Ucrania, Xi opta por una presencia menos estridente pero igualmente influyente. En el caso de Venezuela, Pekín es un dilema a pesar de que ha expresado su rechazo al “comportamiento hegemónico” de Washington, y exigido el respeto al derecho internacional, pero lo ha hecho más en clave retórica y multilateral que mediante una confrontación abierta. Esta postura cumple varias funciones simultáneas porque al proteger su imagen como defensor formal del respeto soberano de los Estados, preserva las relaciones económicas sustanciales —como el comercio de petróleo y contratos de infraestructura— y evita que China quede atrapada en un conflicto directo con Washington en un momento en que su economía y política exterior ya enfrentan tensiones estructurales.
En conjunto, estas conductas de las tres potencias muestran que no estamos frente a simples crisis aisladas. Se trata de una reconfiguración de la política mundial, donde la autoridad y el prestigio ya no se miden exclusivamente en términos de fuerza bruta, sino de la capacidad de resistencia, proyección narrativa, y gestión psicológica del miedo, y de las expectativas internacionales. También, tiene que ver con la forma en que los grandes actores —en especial Donald Trump y Vladímir Putin, y desde la cautela, Xi Jinping— perciben hoy la autoridad, el prestigio y los límites. Estos escenarios muestran que no es únicamente una disputa por territorios o sanciones, se trataría de una transición desde la diplomacia de equilibrios, hacia la política del gesto fuerte, del mensaje inequívoco, y del que “esto va en serio”.
Groenlandia: cuando el territorio se convierte en símbolo
Groenlandia ha dejado de ser un asunto ártico para convertirse en una imagen del nuevo lenguaje del poder. Las reiteradas declaraciones de Donald Trump sobre la isla ártica —ya no como idea extravagante, sino como objetivo estratégico— indican un cambio cualitativo, porque el territorio vuelve a pensarse como trofeo político, económico y de seguridad y defensa, como mensaje global. Desde la psicología, este énfasis territorial pudiera responder a una lógica conocida en líderes con fuerte orientación narcisista del poder, como la necesidad de dejar una huella visible, tangible, casi cartográfica de su obra en vida. No basta con administrar alianzas, hay que poseer, controlar, marcar. Groenlandia, rica en recursos estratégicos y clave en el Ártico, cumple ese rol simbólico. Pero hay algo más inquietante, cuando un líder del país más poderoso del mundo declara y anuncia que ya no se siente obligado a “pensar solo en la paz”, lo que está diciendo es que el costo psicológico y personal de una confrontación —hasta bélica— ha disminuido. Así, un enfrentamiento deja de ser fracaso y pasa a ser instrumento de grandeza. En términos clínicos, estamos ante una normalización de que una invasión puede pasar a ser una forma legítima de liderazgo.
Irán: presión externa, fragilidad interna, estrategia y cálculo
Irán representa otro tipo de tensión, la del Estado que resiste mientras se resquebraja mientras reprime a los manifestantes con miles de muertos. A diferencia de Groenlandia, allí no se trata de anexión ni de control territorial directo, sino de presión psicológica sostenida con sanciones, amenazas, advertencias, y operaciones indirectas. Para la administración estadounidense, Irán funciona como un escenario de demostración, para mostrar que aún es posible doblegar a un actor regional complejo sin entrar —al menos por ahora— en una guerra total. Para Teherán, el dilema es existencial ya que ceder puede significar sobrevivir políticamente, y resistir puede significar cohesión simbólica, pero a un costo social enorme. Desde la psicología política, Irán encarna el conflicto entre identidad y supervivencia. Los regímenes autoritarios suelen resistir más por miedo a perder el relato que por convicción estratégica. Y cuando las protestas internas coinciden con presiones externas, el riesgo es la reacción defensiva extrema. Se cierran filas, se radicalizan los discursos y se reducen aún más los espacios de negociación real. Desde la narrativa estratégica de Arabia Saudita, de varios Estados árabes y de Estados Unidos, Irán aparece como la pieza disonante del sistema regional. Un actor que, por razones religiosas, ideológicas, geopolíticas y de proyección de poder, obstaculiza tanto un desarrollo económico, sin precedentes en el Medio Oriente, como la posibilidad de una convivencia regional más estable que incluya a Israel. Lo que podría abrir un escenario bélico en la región si las tensiones continúan escalando sin canales efectivos de contención diplomática.
Venezuela: el silencio de Putin y el lenguaje de la cautela
En este tablero múltiple, Venezuela ocupa un lugar singular. Tras los acontecimientos del 3 de enero y la proclamación de Delcy Rodríguez como presidenta encargada, el Kremlin confirmó que Vladímir Putin no tiene planes inmediatos de conversar directamente con ella, por ahora. “Putin no tiene planes de hablar con Delcy Rodríguez ahora…”, expresó el portavoz del presidente ruso, Dmitri Peskov. Este gesto —aparentemente menor— es, en realidad, una declaración estratégica de primer orden. Putin no rompió relaciones, no condenó de forma abierta la captura de Nicolás Maduro, y no avaló explícitamente al nuevo liderazgo venezolano. Optó por algo más sofisticado, como ha sido el silencio activo y el uso de los canales diplomáticos tradicionales: “Rusia ha evitado condenar abiertamente la captura de Maduro, a quien el presidente ruso Vladimir Putin recibió en el Kremlin el pasado mayo. En psicología, esto se conoce como evitación estratégica, no es indiferencia, es cálculo, porque podría indicar que Venezuela dejó de ser un activo prioritario frente a Ucrania, dado que Rusia hoy gestiona recursos, atención y prestigio internacional en un escenario de desgaste prolongado. También porque un contacto directo con Delcy Rodríguez podría interpretarse como alineamiento en un contexto donde Washington ha demostrado voluntad de acción directa, y dado que existe una posible desconfianza estructural a un liderazgo transitorio, y que presionado por EEUU podría no garantizar la continuidad de los acuerdos políticos, económicos o militares heredados del madurismo, con Rusia. En términos simbólicos, Putin parece decirle a Washington: no escalaré aquí, mientras tú no escales allá. Lo que quiere decir que Putin no está haciendo una concesión formal ni un acuerdo explícito con Estados Unidos, sino actuando bajo una lógica implícita de contención mutua. Rusia evita provocar a EEUU en Venezuela, al no reconocer de inmediato al nuevo liderazgo, no hace gestos políticos fuertes, y no convoca una reunión directa de alto nivel. A cambio, espera que Estados Unidos no aumente su presión directa sobre Rusia en otros frentes críticos para Moscú, especialmente en Ucrania. Es una forma silenciosa de negociación: yo no te complico este tablero, tú no me complicas el otro. No es un pacto escrito ni público. Pero sí un entendimiento tácito, común en momentos de alta tensión internacional, cuando ninguna de las partes desea abrir un nuevo frente de conflicto en momentos de alta tensión global.
Tres escenarios, una misma lógica: la política del mensaje
Groenlandia, Irán y Venezuela revelan tres modalidades de una misma estrategia global: Así, Groenlandia es el mensaje del poder territorial explícito. En Irán, el de la presión prolongada, y la disuasión psicológica. Y, en Venezuela una nota del repliegue calculado y de la diplomacia silenciosa. Lo que los une es que ya no se trata solo de resolver conflictos, sino de marcar posición, de mostrar quién fija los límites, y quién responde. La geopolítica actual se parece menos a un tablero de ajedrez clásico, y más a un juego de percepciones, donde cada gesto público redefine jerarquías.
Mientras tanto China…
… evita que su actuación sea percibida como un antagonismo directo frente a Estados Unidos, lo que podría generar fricciones económicas y diplomáticas más allá de lo que su liderazgo está dispuesto a arriesgar en este momento. Esta estrategia también responde a una visión más amplia de largo plazo, donde Xi apuesta por instituciones y normas que favorezcan un orden multipolar, a diferencia de la diplomacia de gestos fuertes que hoy despliegan Washington y, en distintos tonos, Moscú. Desde una perspectiva psicológica del poder, esta posición “en segundo plano” no es debilidad sino estrategia. Xi comprende que la legitimidad global y el discurso de cooperación pueden ofrecer ventajas estructurales mayores que la confrontación abierta. Así, mientras Trump marca la pauta con acciones viscerales, y Putin maniobra entre tensión y contención, China trabaja para consolidar un papel de árbitro que pueda capitalizar el desgaste de ambas potencias, reforzando su proyecto de orden internacional alternativo.
Tres líderes, tres perfiles
En el actual escenario internacional, no solo chocan intereses estratégicos, colisionan Donald Trump, Vladímir Putin y Xi Jinping quienes representan tres formas distintas —y profundamente humanas— de ejercer la autoridad, de concebir el prestigio y de gestionar el miedo. Entender sus perfiles no es un ejercicio académico, es una clave para leer hacia dónde puede inclinarse el mundo.
Donald Trump: el poder como gesto visible: Trump encarna una concepción del poder directa, performativa y confrontacional. Su liderazgo se apoya en el impacto inmediato del gesto, decirlo en voz alta, hacerlo visible, dejar claro lo que quiere. Desde esta lógica, su autoridad no la negocia en silencio, la impone a través de señales inequívocas que reduzcan la ambigüedad. Psicológicamente, Trump opera desde una necesidad constante de control narrativo. El conflicto no es necesariamente un fracaso ya que puede ser una herramienta para reafirmar su liderazgo, cohesionar seguidores y marcar jerarquías. Esta forma de ejercer el poder tiene la ventaja de reducir la incertidumbre. Pero también un riesgo evidente, acelera las escaladas, porque cada gesto exige una respuesta, y cada respuesta eleva el tono. En Trump, el mundo percibe a un líder que cree que la paz se alcanza demostrando fuerza primero, incluso al costo de tensar el sistema hasta el límite.
Xi Jinping: el poder como paciencia estructural: Xi Jinping es, quizás, el más desconocido de los tres porque no compite en el mismo registro. Su poder se ejerce desde la larga duración, desde la construcción silenciosa de influencia económica, tecnológica y normativa. Aparece “en la sombra” no por debilidad, sino por convicción estratégica. Psicológicamente, Xi representa al líder que entiende que el desgaste del adversario también es una forma de victoria. Mientras otros asumen el costo emocional y político de la confrontación directa, China observa, consolida alianzas, refuerza cadenas productivas y se presenta como garante de estabilidad y previsibilidad.
Su liderazgo privilegia la imagen de orden, continuidad y control interno, evitando gestos que puedan precipitar un choque frontal con Estados Unidos. Xi apuesta a que el mundo, cansado de tensiones, termine valorando la calma estructural por encima del dramatismo del poder visible.
Vladímir Putin: el poder como cálculo y contención: Putin representa un perfil distinto, el del estratega del silencio. Su poder no se expresa tanto en declaraciones ruidosas como en ausencias calculadas, en movimientos indirectos, en la elección cuidadosa de cuándo hablar y cuándo no hacerlo. El reciente distanciamiento formal frente a Venezuela ilustra esta lógica, no confrontar, no avalar, no romper. Desde la psicología política, Putin actúa como un líder que prioriza la preservación del margen de maniobra. Evita abrir frentes innecesarios, especialmente cuando otros escenarios —como Ucrania— concentran recursos, atención y desgaste. Su estilo busca administrar el riesgo, no eliminarlo. Este tipo de liderazgo puede parecer frío o ambiguo, pero responde a una convicción insondable porque en sistemas inestables, sobrevivir es tan importante como vencer. Putin no busca el gesto épico, busca que el tablero no se incendie en todos sus extremos al mismo tiempo.
Algarabía, paciencia y silencio
Así vemos que Trump grita, Xi espera y Putin calla. Tres estilos distintos, tres psicologías del poder, tres formas de relacionarse con el miedo, el prestigio y la historia. El problema —y el riesgo— no es que existan diferencias, sino que estas diferencias interactúan en un sistema global sin árbitro claro. Cuando el gesto fuerte se cruza con el silencio estratégico y con la paciencia estructural, el mundo entra en una zona gris donde un error de lectura puede tener consecuencias irreversibles. Por eso, comprender a estos líderes no es un ejercicio de curiosidad, es más bien un acto de responsabilidad colectiva. Porque al final, no son solo ellos quienes participan en el tablero. Jugamos todos los peones que generalmente no llegan al final del juego de ajedrez. Lo peor de todo es que no hay mediadores, me acota mi esposa María Mercedes, quien presidió la Comisión de Asuntos Exteriores en el Congreso de la República de Venezuela durante la democracia: “No hay figuras con autoridad moral suficiente para sentar a las partes sin ser vistas como interesadas, alineadas o sospechosas. No hay líderes globales capaces de hablarle al mismo tiempo a Washington, Moscú, Pekín, Teherán y a los actores regionales con la credibilidad necesaria para frenar la escalada. Las instituciones multilaterales como Naciones Unidas están debilitadas, fragmentadas o paralizadas por vetos cruzados, y la diplomacia tradicional ha sido desplazada por mensajes públicos, ultimatums y gestos de fuerza que dejan poco espacio para la moderación”…
En ese vacío, el mundo queda expuesto a una lógica peligrosa: la de la confrontación sin traductores, la del choque directo sin amortiguadores emocionales ni políticos. Y cuando no hay mediadores, cada error se amplifica, cada malentendido se vuelve amenaza y cada silencio puede ser leído como provocación. La historia demuestra que es en esos momentos —cuando nadie puede o quiere interceder— donde los conflictos dejan de ser gestionables y comienzan a ser inevitables.
Cuando la psicología precede a la guerra… o a la paz
El mundo no está todavía en una guerra global, pero sí en una fase psicológica previa, la de prueba de fuerzas, la de medición de reacciones, la de exploración de hasta dónde puede llegar cada actor sin desatar un incendio mayor. En ese contexto, las palabras importan tanto como los misiles. Donde los silencios —como el de Putin frente a Venezuela— pueden ser tan elocuentes como una amenaza explícita. Groenlandia, Irán y Venezuela no son el conflicto final, aunque son los termómetros del orden que viene. Y cuando varios termómetros marcan fiebre al mismo tiempo, la pregunta ya no es si el sistema internacional está enfermo, sino qué tipo de tratamiento —cooperación o confrontación— elegirá para sobrevivir.
Al final…
… es algo más que el tablero de la política internacional. Se juega la vida concreta de millones de seres humanos que no participan en estas decisiones, pero que pagan sus consecuencias. Se juega la infancia que duerme en Groenlandia bajo un cielo que nunca eligió ser frontera. Se juega la juventud iraní que desea futuro y normalidad, no heroísmo ni martirio. Se juega el pueblo venezolano que ha vivido demasiados sobresaltos y demasiadas promesas rotas como para soportar otra guerra ajena sobre su propio cuerpo. Cuando los líderes hablan de territorios, sanciones, disuasión o prestigio, rara vez hablan de los rostros, de los miedos, de los duelos, de la gente. Pero la historia nos ha enseñado —una y otra vez— que las guerras no comienzan con bombas, sino con deshumanización, con la idea peligrosa de que el otro es solo una pieza más del tablero, un peón. Y cuando eso ocurre, la lógica del “esto va en serio” termina reemplazando al lenguaje de la prudencia, de la empatía y del límite moral. Hoy el mundo camina sobre una línea fina. No estamos condenados a una conflagración global, pero tampoco estamos inmunes a ella. La diferencia entre uno y otro destino no la marcarán únicamente los misiles ni las flotas, sino la capacidad de los líderes —y de las sociedades— de recordar que el poder sin humanidad termina siempre devorándose a sí mismo.
Como psicólogo, sé que la escalada comienza cuando se pierde la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Como ciudadano del mundo, sé que la paz no es ingenuidad, sino el acto más difícil y valiente que existe cuando la tentación de la fuerza parece ofrecer respuestas rápidas. Y como ser humano, no puedo dejar de decirlo con claridad, ninguna victoria estratégica compensa una generación traumatizada, ningún triunfo geopolítico justifica cementerios llenos. Groenlandia, Irán y Venezuela —y Ucrania— nos están hablando. No con gritos, sino con señales. Nos advierten que el mundo está probando sus límites psicológicos antes de probar sus armas. Todavía estamos a tiempo. Todavía hay espacio para elegir cooperación en lugar de confrontación, diplomacia en lugar de humillación, contención en lugar de incendio. Porque cuando el mundo entero tiembla, la verdadera grandeza no consiste en imponer el miedo, sino en evitarlo. Y quizás esa sea hoy la forma más alta, más difícil y más urgente de liderazgo… Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en psicologosgessen@hotmail.com... Que la Suprema Providencia Universal nos acompañe a todos…
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