Cuando el amor se convierte en control y violencia
- María Mercedes y Vladimir Gessen
- hace 9 horas
- 17 Min. de lectura
Una de cada tres mujeres sufre de violencia. El problema no es aislado: es estructural, cultural… muchas veces invisible y ahora digital... El maltrato no siempre grita: comienza en silencio, crece con el control y se normaliza. Reconocerlo a tiempo puede cambiarlo todo…
Cuando el hogar ya no es el amparo y la seguridad
Hay una paradoja tan antigua como la humanidad —y tan vigente como en el presente— que incomoda, duele y, sin embargo, persiste. El mismo espacio que debería proteger, contener y dar sentido —el hogar, la pareja, la familia— es con demasiada frecuencia el lugar donde se produce el mayor daño. No ocurre de forma estridente al principio. No comienza con un grito ni con un golpe. Comienza en silencio, pasito. Quizás una palabra que descalifica. En una mirada que reduce. En una decisión que se impone. Y poco a poco, casi imperceptiblemente, ese espacio íntimo —que debería ser de refugio— se transforma en territorio de tensión, de miedo, de sometimiento. La violencia contra la mujer, contra el hombre —en menor proporción— y contra los infantes no es un fenómeno marginal ni excepcional. No es un error del sistema. Es, lastimosamente, una expresión sistémica del modo en que, como especie, hemos aprendido —o no— a relacionarnos con el poder, el afecto y la diferencia. No se da únicamente a culturas llamadas “atrasadas”, o “de antes” ni en sociedades visiblemente violentas. No está confinada a contextos de pobreza o ignorancia. Está también —con otras formas, con otros lenguajes— en las sociedades más desarrolladas, más educadas, y más institucionalizadas. Está en Europa. Está en América. Está en Asia. Está en África. Está aquí. La Organización Mundial de la Salud lo afirma con una claridad que estremece: una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido violencia física o sexual por parte de su pareja u otras personas a lo largo de su vida. Este dato no es una estimación vaga. Es el resultado de décadas de investigación global, consolidado en informes técnicos y revisiones sistemáticas. La conclusión es que el 35% de las mujeres experimentarán violencia, y que la proveniente del esposo o la pareja íntima, es la más común, abarcando el 30% de los casos. A esta cifra se suma otra, aún más desgarradora, según datos de Naciones Unidas: Cada 5 minutos una mujer muere a manos de su pareja o de un miembro de su familia. El estudio encontró que a nivel mundial, el 38% de todas las mujeres fueron asesinadas por sus parejas, y el 42% de las mujeres que han experimentado violencia física o sexual a manos de su pareja resultaron lesionadas. Mientras estás leyendo este párrafo, en algún lugar del mundo, una vida se apaga en el espacio donde debía estar a salvo. Y entonces una pregunta se vuelve inevitable: ¿cómo es posible que el espacio más cercano, lo más querido —lo íntimo, lo cotidiano— se convierta en lo más peligroso? Porque aquí no estamos frente a hechos aislados. No son excepciones. No son desviaciones individuales…
Son patrones…
Patrones que se repiten con distintas intensidades, en distintas culturas, en diferentes niveles sociales. Modelos que se transmiten, que se justifican, que se silencian. Esquemas que revelan algo más, como es la dificultad histórica de la humanidad para convivir sin dominar, para amar sin poseer, para ejercer poder sin destruir. Lo peor es que tal vez lo más terrible de todo no es que esto pase minuto a minuto, sino que son demasiados los casos, sin que sea plenamente reconocido. Porque cuando el hogar deja de ser refugio, no solo se rompe un vínculo. Se resquebrajan las bases más esenciales de lo humano, la familia. Además, también es la quiebra del vínculo emocional, la negación del amor a favor del odio, y pasar de la querencia a la pérdida del afecto, y probablemente, al odio…
Adán y Eva
Desde los inicios la mujer fue discriminada: Eva fue creada “con una parte” de Adán (Génesis 2:21–22), y no al revés porque científicamente es la mujer la que da a luz a los hijos. Ya quién escribió el Génesis —un hombre— simbólicamente interpretaba a la mujer como derivación o dependiente del hombre. Además, se le adjudica la culpabilidad y la responsabilidad a Eva en la “caída” (Génesis 3) asociada culturalmente con la idea de debilidad moral o de tentación. A partir de allí, emerge una frase clave que ha marcado la historia al darle al hombre el dominio de la mujer cuando Jehová Dios le dijo a Eva (Génesis 3:16): “Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti.”, pasaje bíblico que ha sido leído cientos de millones de veces —en múltiples tradiciones— no solo como descripción, sino como justificación milenaria del dominio masculino en las religiones abrahámicas. Allí el hombre que escribió estas líneas le adjudica y describe las consecuencias del pecado original a la mujer, incluyendo sufrimiento y una relación jerárquica con su marido. Durante siglos, tanto en el judaísmo como en el cristianismo se sostiene que el Génesis fue escrito por Moisés, es decir, no por Dios. Recordemos que la propia Biblia señala quién escribió cada libro o evangelio, como el Libro de Jonás, el Libro de Ezequiel, el Apocalipsis de Juan, o los evangelios de Mateo, de Marcos o el de Lucas. La Biblia no la escribió Dios. En el caso del Corán, tras la muerte de Mahoma, sus discípulos, por cierto, todos hombres, recopilaron los textos dispersos y bajo el califato de Uthman ibn Affan, y en el siglo VII, fue que se realizó una versión oficial unificada. O sea: El Corán fue recopilado, organizado y fijado por hombres, en una comunidad donde el liderazgo religioso y político era y es masculino. En las creencias hindúes, el Manusmriti —también conocido como Leyes de Manu— considerado el primer ser humano, legislador y progenitor de la humanidad en varios textos antiguos de la India, es uno de los libros más influyentes de la tradición jurídica y social del hinduismo clásico. Refleja una visión explícita: “Una mujer debe depender de su padre, su esposo y su hijo…” Este código influyó profundamente en la organización social. Ahora bien, los estudios modernos coinciden en que El Manusmriti no fue escrito por una sola persona. Fue compuesto entre aproximadamente el año 200 a.C. y 200 d.C. Es el resultado de una compilación de normas elaboradas por brahmanes (sacerdotes). Y aquí el punto clave es igualmente que fue escrito ¡por hombres!, pertenecientes a una élite religiosa y social que tenía el poder de definir normas. Para los historiadores, y la mayoría de los estudiosos, ellos coinciden en que estos libros denominados sagrados no fueron escritos por alguna deidad, ni siquiera una sola persona, ni en una sola época, sino que es el resultado de un proceso de compilación y de redacción en distintos momentos y realizado por varios autores —todos hombres— a lo largo de siglos.
Hay un hilo que recorre las grandes tradiciones religiosas. En sus relatos fundacionales, en sus normas y en sus interpretaciones históricas, la mujer aparece en un lugar secundario, mediado o condicionado por la autoridad masculina. Desde Eva en el Génesis hasta ciertas regulaciones del Corán, desde las disposiciones del Talmud hasta los códigos del Manusmriti, o las reglas monásticas del budismo temprano, se repite —con matices culturales distintos— una estructura común: lo femenino como aquello que se regula, se ordena o se subordina. Y aquí emerge un dato esencial, a menudo soslayado, como es que estos textos no fueron escritos por mujeres, sino por hombres, en contextos históricos donde el poder religioso, político y social estaba casi exclusivamente en manos masculinas. No es un detalle menor. Es un punto de partida interpretativo. Porque toda escritura —incluso la llamada sagrada— está influenciada por la mirada de quien la escribe. Esto no niega su valor espiritual ni su profundidad filosófica, pero sí obliga a reconocer que contienen la huella de una época y de una estructura de poder. En ese cruce entre fe, cultura y autoridad, la pregunta ya no es solo qué dicen los textos, sino —con mayor profundidad— quién los escribió… desde qué lugar… y para sostener qué orden del mundo: ¿El de los hombres?
La violencia de género en cifras
Como señala la ONU, este maltrato tiene su origen en la desigualdad estructural y en normas culturales que legitiman el control y el dominio. Las cifras sobre la violencia contra las mujeres y niñas —hoy en día— son absolutamente alarmantes en al menos 168 países, y desde 2024, también sobre la violencia sexual fuera de la pareja en 140 países. Han aumentado la incidencia de la violencia contra las mujeres y las niñas, y los femicidios. Increíblemente, la crisis climática, sanitaria y humanitaria alimentan la violencia contra las mujeres y niñas, la trata de personas y explotación de mujeres, la violencia contra las niñas, la mutilación genital femenina y la violencia contra las mujeres y niñas facilitada por la tecnología y las agresiones contra las mujeres en la vida pública.
¿Sabías que incontables mujeres en Europa han sufrido ciberacoso? Una investigación en países árabes encontró que el 60 por ciento de féminas que usan las redes sociales había sufrido la agresión en línea. En países de Europa Oriental y de los Balcanes, más de la mitad de las mujeres experimentaron también ataques online. En Uganda, en 2021, el 49 por ciento de las usuarias de internet indicaron ser víctimas de hostigamiento en línea. En Corea encuestas de la Comisión Nacional de Derechos Humanos publicaron que el 85 por ciento de las mujeres fueron sometidas a la incitación al odio en las redes.
El maltrato hoy: un fenómeno global con múltiples rostros
En sociedades como España o en Europa en general, la violencia ha disminuido en algunas formas visibles, pero se ha transformado más que desaparecer. En España, más de 34.000 mujeres fueron registradas oficialmente como víctimas de violencia de género en 2024, según el Instituto Nacional de Estadística. A esta cifra se suma un fenómeno especialmente preocupante: la reincidencia de agresores y la extensión de la violencia hacia hijos y familiares, documentada tanto por organismos oficiales como por análisis periodísticos recientes. No obstante en la península ibérica como en otros países desarrollados, el maltrato tiende a adoptar formas más sutiles como la violencia psicológica, el control digital por celos, vigilancia, o acoso online, la dependencia económica encubierta y la manipulación emocional. La paradoja es clara: más derechos formales, pero persistencia de dinámicas de dominación.
El control digital: La señal de alerta
Tanto hombres como mujeres pueden ser víctimas de ciberviolencia; sin embargo, la evidencia muestra que mujeres y niñas están significativamente más expuestas. No solo son blanco con mayor frecuencia, sino que también sufren consecuencias más graves, que incluyen daños psicológicos, físicos, sexuales y económicos. Cerca de 4 de cada 10 estadounidenses han sufrido acoso en internet, y el 62% de la población lo percibe como un problema serio. Asimismo, queremos destacar el surgimiento de otra forma de acoso y maltrato como es cuando alguien exige la clave de los chats, redes o el smartphone, estamos ante un punto novedoso y crítico del maltrato. No es un gesto neutro ni una simple curiosidad: En la mayoría de los casos, es un acto de control digital que marca el paso de la desconfianza a la invasión de la intimidad. Puede presentarse con aparente normalidad con frases como “Si no tienes nada que ocultar, ¿por qué no me la das?”, “Las parejas no deben tener secretos” o, “Es solo para sentirme tranquilo”. Pero desde una mirada psicológica, ese pedido encierra una interrogante clave: ¿Qué hay detrás de esa conducta? ¿Necesidad de control porque no se toleran espacios autónomos? ¿No admite espacios autónomos? ¿Inseguridad profunda por miedo al abandono, o a la traición. ¿Confusión entre amor y posesión? ¿Derecho asumido sobre la privacidad del otro? El problema no es darle la clave. Es lo que representa, el acceso total a la vida del otro. Este control de los chats —especialmente cuando se justifica en los celos o en una supuesta “preocupación”— se ha convertido en una de las formas más silenciosas y extendidas de maltrato contemporáneo. No deja marcas visibles, no siempre es percibido como violencia en sus primeras etapas, y sin embargo erosiona profundamente la autonomía y la identidad de quien lo sufre. Comienza de manera casi imperceptible: “¿Por qué no me respondiste?” “¿Quién es esa persona que te escribió?”, o “Envíame tu ubicación, solo para saber que estás bien.” Lo que parece ser un cuidado puede convertirse, poco a poco, en vigilancia constante. El smartphone —ese objeto íntimo que concentra conversaciones, recuerdos, fotos, videos y vínculos— se convierte en un territorio intervenido con la revisión de mensajes, exigencia de contraseñas, monitoreo de redes sociales, control de horarios de conexión. La tecnología amplifica lo que antes requería presencia física: ahora el control puede ser permanente, ubicuo, invisible. Porque rompe un principio esencial, el derecho a la intimidad no desaparece en una relación. Una pareja sana no exige transparencia absoluta como prueba de amor. La confianza y la intimidad no se construyen vigilando, sino respetando. Cuando alguien cede la clave puede sentir alivio momentáneo como pensar “así evito conflictos”, no obstante inicia un proceso de pérdida de límites, autocensura o dependencia emocional. Pero no es todo, la exigencia rara vez termina ahí porque luego suele venir más control que se expresa mediante la revisión constante, los cuestionamientos —con enorme certeza — y las nuevas demandas de dominio.
¿Cómo reconocer un maltrato?
Cuando no es una solicitud libre o un acuerdo mutuo que facilita la relación, sino una exigencia que te genera culpa si no accedes, cuando sientes miedo a decir “no”, o en el momento que cambias tu comportamiento para evitar conflictos. En este caso ya no es confianza. Es control. Pedir una clave no es querer saber más del otro… es querer tener poder sobre el otro. Porque el amor no necesita acceso total, ni supervisión permanente, ni pruebas constantes. El amor —cuando es sano— confía incluso en lo que no ve. Y cuando alguien necesita ver todo… quizás no está buscando amar,sino asegurarse de poseer. Así, la tecnología se ha convertido en una herramienta clave para ejercer control coercitivo en la violencia doméstica.
Para nosotros este comportamiento presenta un punto crucial: los celos no son amor. Son una forma de ansiedad que, cuando se convierte en control, puede derivar en violencia. Lo que se está erosionando es un principio esencial de toda relación saludable como es la libertad del otro como individuo. En sociedades desarrolladas, donde la violencia física tiende a ser más sancionada, el maltrato ha mutado hacia estas formas más sutiles y tecnológicamente mediadas. El ciberacoso, el rastreo de ubicación, la presión para responder inmediatamente, el escrutinio constante de redes… todo ello configura lo que hoy se denomina violencia digital en la pareja.
Y quizás lo más inquietante es que esto no siempre genera miedo inmediato… aunque sí genera dependencia, autocensura y pérdida progresiva de la libertad individual que debemos disfrutar todos y cada uno de los seres humanos. Definitivamente ante el control digital estamos frente a una forma moderna de sometimiento. No es una conducta aislada. No es una exageración contemporánea. Es una transformación del mismo fenómeno antiguo… El control. Solo que ahora no necesita presencia física… le basta una contraseña…
En América Latina
Latinoamérica enfrenta una de las expresiones más crudas del problema del maltrato en todas sus dimensiones, lo que nos indica que entre el 25% y más del 60% de las mujeres, han experimentado violencia por parte de su pareja a lo largo de su vida. Donde tenemos países donde esta cifra supera el 70%. En 2021, al menos 4.473 mujeres fueron víctimas de feminicidio, es decir, asesinadas por razones de género. La violencia no solo es interpersonal, sino también estructural dada la impunidad judicial, la desigualdad económica, entre hombres y mujeres, una cultura machista arraigada y la debilidad institucional para hacer cumplir las leyes que defienden a la persona maltratada. Como bien ha señalado la CEPAL, se trata de una “pandemia en la sombra”, sostenida por patrones históricos de desigualdad.
Cifras del feminicidio
En Latinoamérica, destacan con más asesinatos de mujeres: Brasil, México, Honduras, Argentina y Colombia.
En África
En muchas regiones de África, la violencia contra la mujer se agrava por factores estructurales bien documentados. Organismos como Naciones Unidas y UNICEF señalan la persistencia de prácticas como el matrimonio infantil —con tasas que superan el 70% en algunos países—, normas culturales restrictivas y limitaciones en el acceso a la educación. A ello se suman sistemas legales débiles y dificultades en la aplicación de las leyes, lo que favorece desde la impunidad hasta la mutilación infantil en niñas. África presenta además algunas de las tasas más altas de feminicidio a nivel mundial, según la UNODC. En un informe publicado hoy, el Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer (CEDAW) afirmó que las pruebas disponibles indicaban que la magnitud de la violencia doméstica, incluido el feminicidio, es alarmantemente alta en Sudáfrica. En este contexto, la violencia no es solo doméstica, sino también estructural y culturalmente legitimada en ciertos entornos, sostenida por patrones históricos de desigualdad.
En Asía
La complejidad de la violencia en Asia se entrelaza con la cultura, la ley y la tradición. Asia no puede leerse como una sola realidad, sino como un mosaico de culturas, religiones y sistemas sociales. Sin embargo, al recorrer sus datos, sus estudios y sus testimonios, emerge un patrón inquietante. Se trata de que la violencia contra la mujer persiste ya que se encuentra entrelazada con estructuras históricas que la sostienen.
Los organismos internacionales coinciden en que, en varias subregiones de Asia, hasta más de un tercio de las mujeres ha sufrido violencia física o sexual por parte de su pareja. No es un fenómeno marginal. En Asia Meridional, se concentra uno de los mayores números absolutos de matrimonios infantiles en el mundo. Niñas que dejan la escuela, que entran en relaciones desiguales antes de desarrollar autonomía, y que quedan expuestas —desde edades tempranas— a dinámicas de dependencia y, con frecuencia, de maltrato. A nivel mundial, las tasas de matrimonio infantil son más elevadas en África Occidental y Central, donde una de cada tres mujeres jóvenes contrajo matrimonio antes de cumplir los 18 años.
Se registran niveles más bajos de matrimonio infantil en África Oriental y Austral (29 por ciento), Asia Meridional (26 por ciento) y América Latina y el Caribe (21 por ciento).
Maltrato en Asia
A lo anterior se suman prácticas específicas que, aunque diversas en su origen, comparten una lógica común como la violencia asociada a la dote, donde la mujer puede ser agredida o incluso asesinada por disputas económicas, los crímenes llamados “de honor”, donde el control sobre la conducta femenina se ejerce bajo presión social o familiar, y las normas culturales que privilegian la obediencia y subordinación de la mujer, limitando su capacidad de decisión. En este contexto, la violencia y el maltrato a la mujer no siempre se percibe como tal. A veces se normaliza. A veces se justifica. A veces ni siquiera se nombra. Los sistemas legales, aunque en muchos países han avanzado, no siempre logran proteger eficazmente. La brecha entre la ley y su aplicación sigue siendo amplia. Factores como la presión social, el miedo, la dependencia económica y la desconfianza institucional contribuyen a que muchas mujeres no denuncien. Otro fenómeno que conecta Asia con el resto del mundo contemporáneo es que la violencia ha migrado también al espacio digital. Estudios recientes muestran altos niveles de acoso, hostigamiento y control en línea, donde las redes sociales y los dispositivos móviles se convierten en herramientas de vigilancia, presión y exposición. En algunos contextos, la agresión ya no necesita presencia física, simplemente se ejerce desde una pantalla, pero con consecuencias reales.
Una lectura más profunda
Lo que revelan estos datos no es solo la existencia de violencia. Nos enseñan algo más complejo, una interacción entre tradición, estructura social y poder, una persistencia de normas que condicionan la autonomía femenina y una dificultad histórica para transformar patrones culturales enraizados. Asia no muestra una excepción. Muestra una intensidad en la forma en que la cultura, la familia, la economía y la historia pueden entretejerse para sostener —o cuestionar— el lugar de la mujer en la sociedad. Y quizás la pregunta más importante no sea cuántos casos existen… sino cuántos de ellos aún no logran ser vistos como lo que realmente son: Maltratos y crímenes
El maltrato al hombre: una realidad minoritaria pero existente
Aunque la mayoría de las víctimas son mujeres, los hombres también sufren violencia, especialmente psicológica y emocional. Sin embargo, este fenómeno enfrenta un doble silencio, el estigma social, la idea de que el hombre “no puede ser víctima” y ocasiona un subregistro estadístico. Ahora bien su magnitud es significativamente menor en términos de gravedad y frecuencia. Aun así, merece reconocimiento y atención, no para relativizar el problema, sino para comprenderlo en su totalidad.
El maltrato infantil: la transmisión del dolor
Quizás la forma más devastadora de violencia es la que ocurre contra los niños. El maltrato infantil —físico, emocional o negligente— tiene efectos duraderos como los trastornos de ansiedad y depresión, las dificultades en el apego y una mayor probabilidad de reproducir violencia. Según UNICEF, millones de niños en el mundo sufren violencia en sus propios hogares, muchas veces invisible y normalizada. Aquí se cierra el círculo porque quien fue víctima, puede convertirse en agresor. Escribiremos sobre los niños maltratados en otra entrega, y de otros maltratos sociales silenciosos. Como el maltrato en el trabajo, en la Sociedad, en la escuela, y en buena parte de las religiones donde históricamente son claros los roles de subordinación femenina con la exclusión del liderazgo espiritual, y las normas sobre obediencia o sumisión de la mujer.
Al final…
… quizás el mayor desafío no sea solo comprender el maltrato cuando ya ha ocurrido, sino aprender a reconocerlo antes de que forme parte de nuestra vida. Porque el maltratador —o la maltratadora— rara vez se presenta como tal al inicio. No llega con violencia explícita. Llega, muchas veces, con encanto, con intensidad, con una aparente entrega total. Pero detrás de esa intensidad pueden esconderse señales tempranas que, si no se reconocen, terminan convirtiéndose en control, y luego en sometimiento. Hay indicios que no deben ignorarse: La necesidad de saber todo, dónde estás, con quién hablas, qué haces. Los celos constantes disfrazados de amor. La crítica sutil que va erosionando tu autoestima. La incapacidad de aceptar un “no”. El intento de aislarte de familiares o amigos. El control sobre tus decisiones, tu tiempo o tu intimidad. La exigencia de pruebas permanentes de lealtad… Nada de esto es amor. Es control en formación. Y cuando estos comportamientos aparecen antes del matrimonio o en las primeras etapas de una relación, no tienden a desaparecer… más bien a intensificarse. Por eso, reconocerlos a tiempo no es un acto de duda. Es un acto de protección. Ahora bien, ¿qué hacer cuando el maltrato ya está presente?... Lo primero —y más difícil— es nombrarlo. Aceptar que lo que se vive no es normal, ni justificable, ni merecido. Luego, es fundamental buscar apoyo en la familia, amigos, profesionales. Se debe evitar el aislamiento al que conduce el agresor. Es apropiado documentar conductas si es posible. Acudir a servicios de ayuda o líneas de atención. Y, sobre todo, no enfrentar la situación en soledad. Salir de una relación de maltrato no es solo una decisión emocional. Es un proceso que requiere apoyo, claridad y, muchas veces, protección. Y hay algo que debe decirse con absoluta firmeza: nadie merece ser controlado, humillado o sometido en nombre del amor. Porque el amor no reduce. No vigila. No invade. No impone miedo. El amor, cuando es verdadero, amplía la libertad, respeta la individualidad y cuida sin poseer. Quizás, entonces, la pregunta final no sea solo cómo evitar el maltrato en otros… sino cómo aprender —como individuos y como sociedad— a no confundir nunca más el amor con el control… ni la cercanía con la dominación. Solo cuando entendamos —de verdad— que el otro no es un objeto, sino un Universo tan complejo como sí mismo y como nosotros… entonces, quizás, comenzaremos a cerrar esta herida antigua de la humanidad que permanece abierta...
Por favor, si desea hacernos un comentario o una consulta escríbanos a: psicologosgessen@hotmail.com. Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos.
María Mercedes y Vladimir Gessen, psicólogos.
(Autores de “Maestría de la Felicidad”, “Que Cosas y Cambios Tiene la Vida” y de “¿Qué o Quién es el Universo?”)
Puede publicar este artículo o parte de él, siempre que cite la fuente de los autores y el link correspondiente de Informe 21. Gracias. © Fotos e Imágenes Gessen&Gessen
Apéndice: El maltrato nació con el patriarcado, el poder, y las religiones…
El maltrato no surge de la nada. Tiene historia. Tiene raíces. Durante siglos, las sociedades humanas se estructuraron bajo sistemas patriarcales en los que el hombre concentró inicialmente el poder físico —la fuerza como ventaja primaria en contextos de supervivencia— y, a partir de allí, fue consolidando el control económico, político, social y simbólico. Lo que comenzó como una ventaja circunstancial en entornos primitivos terminó convirtiéndose, con el paso del tiempo, en una arquitectura cultural compleja, y hondamente arraigada. No fue un fenómeno espontáneo ni inmediato. Fue un proceso histórico prolongado, que distintos estudios sitúan en varios milenios—especialmente desde la consolidación de las primeras civilizaciones agrícolas y urbanas en Mesopotamia, Grecia y Roma— donde se establecieron normas, leyes y relatos que legitimaban esa distribución desigual del poder. A través de códigos legales, tradiciones, religiones y estructuras familiares, se fue normalizando una jerarquía donde lo masculino representaba la autoridad y lo femenino quedaba asociado a la dependencia. En este contexto, la mujer fue, en muchos casos, considerada propiedad, subordinada o dependiente del hombre, primero del padre, luego del esposo. Su autonomía quedó limitada en ámbitos esenciales como la educación, la economía, la participación política y, en no pocos casos, incluso sobre su propio cuerpo. Pero quizás lo más significativo —y lo más complejo de transformar— es que este sistema no solo se impuso desde afuera. Con el tiempo, también se interiorizó. Se convirtió en cultura, en costumbre, en “lo normal”. Y cuando una estructura de poder logra normalizarse, deja de percibirse como imposición y pasa a vivirse como orden. Lo más grave es que todo esto no es en el pasado, sucede ahora, en pleno siglo 21. Ahí es donde el problema se vuelve más complicado porque ya no se trata solo de quién ejerce el poder, sino de cómo toda una sociedad aprende —muchas veces sin cuestionarlo— a aceptarlo. Por otro lado, y desde el punto de vista antropológico, el llamado “matriarcado” ha sido más una hipótesis que una realidad histórica consolidada. No existen evidencias sólidas de sociedades plenamente matriarcales comparables al patriarcado en su extensión global. Lo que sí existió —y existe— son sociedades con mayor equilibrio de género, pero no una inversión estructural del poder.










