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Antes del Universo: ¿Ya existía quién lo imaginó?

El origen del Universo plantea una pregunta radical: ¿hubo una Suprema Conciencia previa que lo concibió? La ciencia comienza a acercarse… De los átomos a la mente: Una nueva mirada de los científicos sugiere que la conciencia no es un accidente, es la esencia misma del Universo...



¿Una nueva visión, o no tan nueva?

 

Hay preguntas que no nacen en la mente… sino en el tiempo. Surgen cuando el ser humano —en silencio, sin testigos— mira hacia el cielo y, por un instante, percibe algo que no logra nombrar en medio del asombro. Es una intuición profunda, casi ancestral, de que aquello que observamos no es, en nada, ajeno a nosotros y vemos que hay una continuidad. Que —de alguna forma— estamos entrelazados con lo que hay arriba, que existe una relación, un vínculo. Y, que quizá, haya una conciencia que a veces nos habla… y la escuchamos. Esto nos lleva a muchas preguntas que se han estado presentes través de la historia. Durante siglos, la ciencia y la filosofía han intentado responderlas: ¿cuándo apareció la conciencia? ¿Después o antes del Big Bang? ¿Es el Universo consciente? ¿Al formarse la Tierra con los humanos, surgió la conciencia con los primeros sistemas nerviosos? ¿Con el cerebro humano?, o ¿nuestra conciencia es parte de una conciencia universal?... En las últimas décadas —y esto es lo que hoy nos convoca— las interrogantes han comenzado a investigarse. Neurocientíficos, psicólogos y librepensadores nos hacemos planteamientos, lo que trae como consecuencia más preguntas e hipótesis. Esta es una de ellas: ¿Y si la conciencia no apareció en los humanos, ni con el Universo… sino que el Cosmos surge después —y dentro— de la anteriormente existente conciencia que lo creó?

 

Antes del Big Bang: el enigma que la ciencia aún no resuelve

 

El modelo cosmológico dominante describe el origen del Universo en el llamado Big Bang, hace aproximadamente 13.8 mil millones de años. Además, incluso dentro de la física moderna, hay una frontera conceptual difícil de comprender que a todo ser humano, de ciencia o de creencias místicas o religiosas, le provoca una interrogante: ¿Qué había antes de esa Gran Explosión?... Algunos físicos, como Stephen Hawking, sugirieron que el tiempo mismo nace con el Big Bang, lo que hace que la pregunta sobre el “antes” pierda sentido en la física. Otros, como Roger Penrose, han propuesto modelos cíclicos donde el universo podría emerger de estados previos. La voz de este Premio Nobel de física sostiene una posición señalando que la conciencia humana no puede ser completamente explicada por procesos algorítmicos, es decir, por cálculos mecánicos como los que realizan las computadoras. En obras como Cycles of Time explica que la evolución del universo no puede ser analizada a partir de argumentos meramente numéricos


 

Asimismo, Penrose, en The Emperor’s New Mind y Shadows of the Mind, argumenta —apoyándose en los teoremas de incompletitud de Gödel— que la mente humana accede a verdades que trascienden cualquier sistema formal cerrado. Porque la mente humana encuentra verdades que van más allá que cualquier sistema formal. Su propuesta va aún más lejos cuando afirma: Creo que sería necesaria una teoría de la conciencia antes de la idea de ‘los muchos universos’. También, junto al anestesiólogo Stuart Hameroff, desarrolló la teoría Orchestrated Objective Reduction (Orch-OR), que sugiere que la conciencia podría tener raíces en procesos cuánticos dentro de las neuronas… Y, ¿Qué implica esto? Que la conciencia —lejos de ser un simple producto emergente de la biología— podría estar vinculada a propiedades fundamentales del Universo, inscritas en la propia estructura de la realidad física. En pocas palabras, y en sintonía con nuestra reflexión, la mente humana no sería una anomalía en un Universo inconsciente… sino una expresión localizada de una realidad, donde la conciencia forma parte del tejido mismo del Cosmos, del Universo o —en términos de creencias— de lo que una buena parte de la humanidad denomina Dios… Por otro lado, estas teorías dejan abierta una cuestión más radical: ¿De dónde salió o emergió el orden? Porque el Universo no solo aparece… sino que lo hace con leyes. Con constantes precisas. Con estructuras coherentes, y con una matemática que no solo describe la realidad… sino que parece precederla.

 

Una clave: El vacío

 

En la física cuántica, cuando decimos “vacío”, no hablamos de una “nada” absoluta. Los físicos señalan que el llamado vacío también es cuántico. Es, en realidad, un estado de mínima energía de campos fundamentales. En él ocurren fluctuaciones, donde aparecen y desaparecen partículas virtuales, por lo que existe una estructura física real. Es decir, no es “nada”, pero tampoco es “algo” en el sentido clásico. Esto es un punto clave, trascendental. La física actual —incluyendo teorías como la inflación cósmica o algunos modelos de gravedad cuántica— no describen con claridad qué significa “antes” del Big Bang. Por ello, nuestra indagación se basa en una cuestión: Si no existe la “nada” absoluta, ¿podría ese “antes” previo al Big Bang ser una forma de conciencia universal? Idea que tiene ecos en la ciencia. Científicos que sugieren que la conciencia podría ser una unidad fundamental, no fragmentada. Que existe un ordenamiento en el Universo. O, de que existe un trasfondo psíquico o conciencia compartido. Como lo apreciamos nosotros es que la ciencia ya abrió la puerta a concebir que la realidad podría tener un nivel más profundo, donde mente y materia no están separadas. Desde el rigor científico actual no hay evidencia empírica de que la conciencia exista antes o independientemente del universo físico. Tampoco hay una definición aceptada de “Conciencia primigenia” dentro de la física. No obstante, desde la filosofía de la mente, la metafísica y de las corrientes contemporáneas, como el panpsiquismo del siglo 21, o ciertas interpretaciones de la mecánica cuántica, ya se explora la posibilidad de que la conciencia sea una propiedad fundamental del Universo, y no un subproducto del cerebro humano. Así, pensamos y llegamos a la hipótesis de que si el vacío cuántico no es la “nada”, sino algo muy concreto: un campo fundamental cuántico del cual emerge la realidad, ¿podría existir un nivel aún más profundo —y no necesariamente físico— donde una conciencia total sea una propiedad del Universo? Supuesto que nos lleva a formular otra interrogante que sumamos a la de que sea una Conciencia Suprema quien ocupaba ese “vacío” antes del Big Bang, la cual sería: ¿Es la conciencia un producto del Universo… o el Universo una expresión y consecuencia de esa conciencia anterior a su creación?

 

La física aún no responde eso


 

La filosofía lo ha intentado durante milenios. Y la experiencia humana —íntima, silenciosa— sigue siendo el único laboratorio donde esa pregunta se siente viva… Porque, aunque la ciencia contemporánea ha avanzado hasta describir con notable precisión la dinámica del Big Bang y la naturaleza del vacío cuántico —ese estado de energía mínima donde los campos fundamentales fluctúan incluso en ausencia de materia— aún no logra responder qué es, en última instancia, aquello que percibe, interpreta, y da sentido a esa realidad. En paralelo, tradiciones filosóficas y espirituales —desde el pensamiento precursor de Spinoza hasta ciertas corrientes del budismo— han sostenido que la realidad última no está fragmentada, y que mente y universo son expresiones de una misma totalidad. Así, entre ecuaciones y meditaciones, entre aceleradores de partículas y silencios interiores, la interrogante persiste. En un umbral donde la ciencia reconoce sus límites, la filosofía amplía el horizonte y la conciencia humana se formulan hipótesis que se convierten, quizás, en las preguntas más enigmáticas de todas: ¿Es el Universo un ser? ¿Posee una Conciencia Suprema? ¿Existió esa Conciencia antes del Big Bang en el vacío cuántico de la “nada?... ¿Nuestra conciencia forma parte del Universo y de la conciencia universal?...

 

Qué dicen las creencias y qué la ciencia

 

Si —como plantean las regiones abrahámicas— Dios es inmanente, está en todas partes, y todo es en Dios. Entonces, se encuentra en cada átomo, en cada partícula, en cada “vacío”, y en cada conciencia humana, en todo, pues. Por lo que nosotros los humanos como un conglomerado de átomos que nos conforman estamos en Él. Sí, físicamente estamos en el Universo, asimismo y también nuestra propia conciencia forma parte de la Conciencia Suprema. En términos abrahámicos: sean judíos, cristianos e islámicos: Dios, Yahvé o Allah está en cada uno de nosotros, y cada uno de nosotros en Él. Para nosotros en el Universo, un supremo ser.

 

El orden no es un accidente

 

El físico Eugene Wigner explicó “la irrazonable eficacia de las matemáticas” para describir el Universo, no obstante, se pregunta ¿por qué el Cosmos es comprensible? ¿Por qué responde a leyes?... Desde la perspectiva psicológica —y aquí seguimos con nuestro enfoque— el orden del Universo y sus leyes son inseparables de alguna intención previa. Porque no existe lenguaje sin estructura. No hay significado sin organización. No hay proyecto sin una forma previa de concebirlo. Y, sobre todo, porque lo podemos imaginar antes de crearlo. Por ello, cuando afirmamos —como tesis— que el Universo pudo haberse “creado a sí mismo”, como sugirió Hawking, para hacerlo, debió ser concebido. Para emerger con sentido, debió ser imaginado primero. ¿Qué o quién lo hizo? es la cuestión.

 

La hipótesis de la Conciencia Suprema

 

Nuestra propuesta —que hemos desarrollado en ¿Qué o quién es el Universo?— no pretende reemplazar a la ciencia ni a las religiones. Lo que buscamos es cómo dialogar en sus fronteras, allí donde el conocimiento se vuelve pregunta, y donde la certeza cede paso a la posibilidad. Es desde donde surge nuestra reflexión e hipótesis: si el Universo no solo emerge, sino que irrumpe con orden, leyes, relaciones y coherencia, entonces resulta razonable plantear que aquello que lo precede —o lo sostiene— no es un caos sin forma, sino una instancia capaz de imaginar, concebir, estructurar y permitir.


 

No hablamos de una conciencia en términos humanos —limitada, biográfica, fragmentada— ni de una mente individual separada. Hablamos de algo más amplio, más radical y, si se quiere, más sobrio, una conciencia capaz de contener posibilidad, orden e intención. Una conciencia que no “piensa” como nosotros, pero que hace posible que pensemos. Que no “imagina” como nosotros los humanos en la Tierra, pero que hace posible la inspiración, el conocimiento, el pensar y conjeturar. Una Suprema Conciencia que no sólo se encuentra dentro del Universo… sino —lo que parece manifiesto o evidente— que el Universo existe dentro de ella. Lo que sin ser una afirmación dogmática, religiosa, o incuestionable, esta hipótesis brota cuando seguimos la lógica hasta sus últimos alcances. Porque crear envuelve, en algún nivel, anticipar. Ordenar incluye, en algún modo, comprender. Y las leyes universales, implican en enorme nivel una coherencia cognitiva. De forma que esta tesis se nos presenta como una investigación que deja el silencio ,y adopta la discusión, vamos de la posibilidad a la manifestación, de una conciencia no localizada… a un Universo que comienza a desplegarse en el tiempo. Y en ese despliegue universal —átomo a átomo, vida a vida, mente a mente— entender que la conciencia no aparece como un accidente tardío de la ciencia, sino como un hilo continuo que ha estado presente con toda su realidad. Tal vez por eso, cuando el ser humano se pregunta por el origen, no solo está investigando el pasado del universo… está reconociendo, en sí mismo, el eco de aquello que lo hizo viable.


 

Como dijimos al comienzo “esta nueva visión”, no es tan nueva… porque Baruch Spinoza ya en el siglo XVII, no necesitó telescopios ni aceleradores de partículas para intuir algo que hoy vuelve a emerger, cuando manifestó que la realidad no está fragmentada. Que la separación es una percepción limitada, y que lo que llamamos “conciencia” podría ser una ventana —no el origen— de algo mucho mayor. Quizá por eso, su pensamiento sigue siendo tan actual. Porque, sin decirlo en nuestros términos, dejó planteada una idea que hoy resuena con fuerza, la de que Dios no está fuera del Universo: es el Universo. En su obra central, Ética, Spinoza formula una tesis que cambió la historia del pensamiento: “Deus sive Natura”. Es decir Dios es la Naturaleza. Sin embargo, su tiempo no estaba preparado para esa visión. En 1656, Spinoza fue excomulgado de su comunidad religiosa en Ámsterdam, acusado de sostener ideas consideradas heréticas. A partir de entonces vivió bajo aislamiento intelectual y social, lo que limitó la difusión y el desarrollo abierto de su pensamiento. No fue que dejara de pensar —nunca lo hizo— pero sí tuvo que hacerlo en los márgenes, lejos de las instituciones que, en aquel momento, no podían aceptar una concepción del Universo tan profundamente unificada. Fue siglos después, con la figura de Albert Einstein, cuando el pensamiento de Baruch Spinoza volvió a adquirir una presencia pública decisiva. Al ser preguntado por sus creencias, Einstein respondió que creía en “el Dios de Spinoza”. Fue un momento de inflexión simbólico porque el más notable de los científicos de la historia, reconocía —abiertamente— una afinidad con una visión en la que Dios y la Naturaleza son uno, lo cual se traduce en tiempos actuales en que Dios es el Universo, no están separados, sino que son una misma realidad. Desde entonces, la intuición de Spinoza dejó de ser solo una herejía filosófica del siglo XVII, para —junto a Einstein y su Teoría de la Relatividad— convertirse también en una referencia legítima en el diálogo contemporáneo entre ciencia, conciencia y Universo.

 

¿Apoya la ciencia la intuición humana?

 

No de forma concluyente. Pero cada vez más, de manera sugerente. El neurocientífico Antonio Damasio ha mostrado que la conciencia no es un fenómeno abstracto, sino profundamente ligado a la organización del cuerpo y la experiencia. El neurocientífico Giulio Tononi propuso la Integrated Information Theory (IIT), según la cual la conciencia emerge cuando un sistema alcanza cierto grado de integración de información. Esto abre una posibilidad fascinante: La conciencia además de exclusiva del cerebro humano en este planeta, sabemos que es una propiedad que aumenta con la complejidad organizada. Desde esta perspectiva, la ciencia nos afirma que los sistemas simples tendrían formas mínimas de experiencia. Los organismos complejos, mayor conciencia. Y el Universo… en su totalidad integrada… podría representar el máximo nivel posible.

 

De los átomos a la mente: una continuidad

 

La física cuántica ha introducido una idea clave, la del que el observador no es completamente independiente del fenómeno observado. El físico John Archibald Wheeler habló de un “universo participativo”, donde la realidad se define en interacción con la observación: El mundo no puede ser una máquina gigante, gobernada por una ley física continua preestablecida. También indicó que: todo surge de un código invisible, de una lógica primordial, como si el Universo fuese un gran pensamiento que se despliega. Por otro lado, Erwin Schrödinger —uno de los padres de la mecánica cuántica— sostuvo que la conciencia es singular, no plural, y que la multiplicidad de mentes podría ser una ilusión.

Estas ideas no prueban una Conciencia Suprema. Pero, sí erosionan la visión de una realidad completamente inconsciente. Para nosotros, el ser humano no solo percibe. Sabe —está consciente— que percibe. No solo imagina. Sabe que imagina. Posee lo que en psicología se denomina metacognición, o la capacidad de ser consciente de su propia conciencia. Y, más aún, algo extraordinario: Imagina el futuro con base en el pasado, actúa en el presente y le da sentido y propósito a su existencia. Este rasgo nos sitúa —hasta donde sabemos— en una posición singular dentro del Universo observable.

 

¿Imagen y semejanza?


 

Cuando las tradiciones religiosas hablan de que el ser humano fue creado “a imagen de Dios”, quizá —lejos de una interpretación literal— están indicando algo más: No una forma física. Sino una estructura compartida. Estamos hechos de lo que están hechos los astros, las estrellas, las galaxias, y todo cuanto existe en el Universo. Pero también participamos —de manera consciente— en la creación de significado. En realidad, somos materia consciente, que siente y ausculta su existencia, piensa, conjetura, descubre, idealiza, recuerda, y también somos una conciencia que crea —igual que el Universo— del cual formamos parte material y conscientemente. Todo en el Cosmos está hecho igual —"a su semejanza"— de materia y energía, átomos, partículas, campos cuánticos… y de una estructura profunda que los organiza, los conecta y les da coherencia: ¿Una conciencia suprema en el Universo y una conciencia humana en la Tierra?

 

Al final…

 

… quizá la pregunta no sea si el Universo es consciente. Puede ser que la pregunta —más honesta, más valiente, más perturbadora— sea otra: ¿podemos seguir sosteniendo que no lo es?… a pesar de que todo en el Cosmos revela un orden que comprende, organiza y hace posible la existencia… Porque si la conciencia no es un accidente, sino una propiedad que emerge y se intensifica con la complejidad… Si la materia, al organizarse, no solo da lugar a la vida, sino también a la experiencia… y si el ser humano puede imaginar, amar, crear y preguntarse por su propio origen… Entonces —y esta es la grieta luminosa que se abre ante nosotros— tal vez la conciencia no nació con nosotros sino que cada uno de los seres humanos nacimos dentro de ella… Dentro de un Cosmos que existe… y se expresa, se organiza y, en alguna medida, se reconoce y, comprender esto, no es un acto de fe, lo es de ciencia. Es un acto de lucidez, un acto de responsabilidad. Porque si somos parte de una misma realidad consciente —si no estamos separados, sino profundamente entrelazados— ya no podemos vivir como si fuéramos entidades aisladas. No frente a los otros. No frente al planeta que nos sostiene. No frente a la red de vida que compartimos. No frente al Universo mismo. Porque en cada decisión —en cada gesto, en cada acto de creación o de destrucción— no solo actuamos como individuos… actúa el Universo en toda su dimensión a través de nosotros. Lo cual nos conduce a que la verdadera conciencia no comienza cuando entendemos el origen del Cosmos… sino cuando empezamos a vivir como si formáramos parte de Él, igualmente consciente de sí mismo… Amén de que en ese instante, casi imperceptible, nuestra conciencia reconoce —roza y siente— a la del Universo...


 

Pensamos que lo más alto que puede aspirar la humanidad no es conquistar parte del Universo… sino comprender que nunca estuvimos fuera del mismo.  Ahora —sin estridencias y de forma irreversible— la ciencia, la filosofía y la espiritualidad dejan de estar enfrentadas y se encuentran…

Por favor, si desea hacernos un comentario o una consulta escríbanos a: psicologosgessen@hotmail.com. Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos…

 


 


 


 

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