El gran Claudio


(Foto: Cortesía: Carolina Jaimes Branger)

Claudio Nazoa es mi amigo desde hace muchos años. Pero desde que conoció a mi hija Tuti, que es una joven con discapacidad, se hizo más amigo de ella que mío. En diciembre pasado, le escribió un cuento de Navidad bellísimo, que, si no lo vieron en aquel momento, vale la pena que lo lean ahora, pues además de ser hermoso, está lleno de cariño y alegría: El secreto de Tuti. ¡Cómo se nota que, a pesar de las dificultades económicas, del exilio y tantos otros escollos que pasó en su infancia, Claudio es un hombre que creció rodeado de amor, la condición más importante para que un ser humano se convierta en un adulto sólido, solidario y alegre!

Tuti comparte con sus amigos de AVESID, la Asociación Venezolana para el Síndrome de Down. Acaban de terminar un campamento de verano, donde gozaron como locos, porque hicieron una cantidad de actividades lúdicas y divertidas y tuvieron la oportunidad de estar juntos después de más de dos años de encierro y de verse solo vía zoom. Fueron al Parque del Este varias veces, al Ávila, donde visitaron Los Venados y Galipán; aprendieron cómo se preparan los bombones de chocolate en Chocolates El Picacho. Estuvieron en la Torre Zurich de El Rosal, donde en una oficina habilitada para esas actividades, elaboraron bellísimos trabajos manuales. El día cuando escribo este artículo fueron a Virtus Next, el espacio de realidad virtual en Los Galpones de Los Chorros.

Unos días antes, Tuti les había contado a sus amigos que Claudio había estado en su casa y que había cocinado rico. Les mostró el video de ellos dos juntos, donde Claudio le decía “me duele la cara, de ser tan bello” y ella se moría de la risa y le decía que él no era bello, sino loquísimo. Todos querían conocer en persona a Claudio, porque lo saben quién es y sobre todo recuerdan su eslogan “coman huevos”. Entonces, Tuti, ni corta, ni perezosa, lo invitó a que viniera el último día del campamento para que compartiera con ellos.

Claudio se iba para Margarita a las tres de la tarde y en la mañana temprano tenía cosas que hacer, sin embargo, me dijo “Yo voy seguro. Tal vez no sea un rato muy largo, pero para mí es un privilegio que Tuti me haya invitado. No me lo pierdo por nada en el mundo”.

Llegamos a las 11,30 am a Los Galpones. Tuti estaba exultante de que su amigo hubiera venido y le fue presentando a cada uno de sus amigos. Claudio fue saludándolos uno por uno, se tomó fotos con ellos (¡con las mamás también!) y bailaron todos juntos frente a una enorme proyección donde las imágenes les indicaban los pasos de baile. La emoción de esos muchachos fue indescriptible. Y quedaron en que se van a volver a reunir para que Claudio les enseñe a hacer golfeados. Ya no es solo Tuti su amiga, ahora todos son amigos de él.

¡Cuánta empatía, cuánto cariño, cuánta alegría les trajo Claudio! Viéndolo compartir con ellos pensé en lo fácil que es hacerlos felices, pero lo difícil que es -en ocasiones- que quien puede hacerlo se aperciba de ello. Fue un regalo tenerlo con nosotros y él se llevó, a su vez, el mejor regalo que se pueda recibir: el afecto inocente y auténtico de jóvenes que no tienen un ápice de interés, ni de malicia.

Gracias, querido Claudio, por haber logrado con tu presencia que el Campamento de Verano de AVESID 2022 haya cerrado con broche de oro. Como mamá, y hablo en nombre de todas, agradecemos tu solidaridad, tu bonhomía, tu calidez. Gracias por entender las diferencias y hacerlas parte de ti.


Carolina Jaimes Branger

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