La "Merica" de Sumito
- Juan E. Fernández, Juanette
- hace 1 hora
- 3 Min. de lectura

Hay historias que uno no sale a buscar. Están ahí, agazapadas, esperando que hagas clic donde no sabías que ibas a hacer clic. Esta me apareció una noche cualquiera en
YouTube y me dejó pensando durante días. No por espectacular, sino por honesta.
Llegué a ella gracias a Valentina Quintero. Sí, esa Valentina. La de Bitácoras, el
programa que en los años 90 nos paseaba por un país que parecía infinito. El que
veíamos de adolescentes, con el morral tirado en el piso, el uniforme arrugado y la
sensación ingenua de que todo estaba por empezar.
Esta vez Valentina no mostraba una cascada ni un tepuy. Mostraba una vida. Y ahí
estaba Sumito Estévez. No el chef famoso. No el personaje televisivo.
El tipo real, con delantal, cansancio, memoria y una lucidez que a veces duele.
Sumito quiso ser chef en la Isla de Margarita, oyendo y bañándose en el mar Caribe. Soñaba con Europa cuando Europa era más un concepto romántico que un destino con trámites,
permisos y facturas en euros. Armó su escuela, sus restaurantes, su mundo. Lo perdió
todo. Migró. Intentó en Chile. Volvió a perder. Y cuando muchos estarían pensando en
jubilarse del todo, decidió empezar otra vez a los 60 años. Sí. A los 60. Por si alguien
todavía cree que hay edad para rendirse.
Hoy vive en Chiavari, una pequeña ciudad italiana de Liguria, frente al mar. Una de
esas ciudades europeas donde todo parece un set de cine, pero nadie grita “acción”
porque la vida va igual. Persiana baja al mediodía, silencio absoluto, mercado temprano,
caminatas eternas bajo portales cuando llueve. Calidad de vida extraordinaria, confort
americano cero. Ascensores donde entran dos personas besándose… o una sola con fe.
Y en una calle llena de restaurantes está La Merica Osteria Latina.
Doce mesas. Veinticuatro comensales. Nada de fuegos artificiales. Todo lo demás
sobra. Pero La Merica Osteria no es un restaurante venezolano para venezolanos
nostálgicos buscando consuelo. Eso sería fácil. Es algo mucho más complejo: cocina
venezolana pensada para italianos. Traducida. Adaptada. Respetuosa. Sin pedir
disculpas.
Ahí aparece la polvorosa de pollo, ese plato que cuesta explicar hasta en Caracas, pero
reversionado con una salsa de tomate cocida lentamente, anaranjada, de esas que en
Italia dicen “acá hubo oficio”. También entra en escena el asado negro, pero convertido
en pasta, cortado en cuadritos, dialogando con el tucu ligur (Salsa característica de la
región). Venezuela hablada en italiano, con acento culinario.
Sumito lo dice claro: es una cocina venezolana “contaminada” de Italia. Y aunque la
palabra suene rara en español, el resultado es glorioso. Porque no traiciona el sabor,
pero tampoco impone nostalgia ajena.
Nada en el restaurante es casual. Los mapas, las fotos, las maletas colgadas en las
paredes cuentan historias de familias, de migraciones, de idas y vueltas. La de Sumito y
Silvia, su esposa, es el centro de todo. Porque esta no es solo una historia de cocina. Es
una historia de amor.
Él se fue primero a Chile dejando todo atrás. Chile fue refugio, pero no hogar. Silvia, su
esposa, no era feliz en ese país. Y a veces eso explica todo sin necesidad de más
análisis. Ella ama los lugares pequeños. Él necesitaba volver al origen de su vocación.
Europa no como prestigio, sino como ritual: mercado diario, producto fresco, manos
propias, control absoluto del plato.
Hoy Sumito cocina solo. Todo lo que llega a la mesa pasó por sus manos. Jornadas
larguísimas, poco sueño, cero glamour. Pero sentido. Mucho sentido. Y aun así, no hay
final de postal.
Sumito habla de Venezuela con una nostalgia que no se disimula. Piensa en Venezuela
todos los días. Tiene ganas de ir todos los días. Y al mismo tiempo sabe que volver a
vivir allá, después de diez años, sería emigrar otra vez. Empezar desde cero otra vez. A
los 60. Sin red.
Esa es la parte del exilio que no entra en discursos motivacionales.
La que no se grita. La que se carga.
La Merica Osteria no es solo un restaurante. Es una respuesta posible a una pregunta
incómoda: ¿quién eres cuando todo lo que construiste ya no está? Sumito responde a esta pregunta cocinando, con oficio, memoria y respeto.
Y mientras lo ves hablando italiano en el mercado de la ciudad, mientras elige tomates,
hierbas; y abrir su cocina como quien abre su historia, pensé algo simple y verdadero:
hay miles de venezolanos rehaciendo su vida así, sin épica, sin aplausos, sin discursos.
No son héroes.
Son gente que sigue.
Y a veces, entre una polvorosa reversionada y una pasta frente al mar, levantan pequeñas Américas lejos de casa.


