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Dan consejos pero no ejemplos


Haz lo que yo digo pero no veas lo que yo hago, parece ser el lema de algunos políticos en Venezuela. Foto: JuliusH, Pixabay

En las últimas semanas los venezolanos, después de algún tiempo, volvimos a sorprendernos

con las noticias dadas por el gobierno, cosa que es difícil de suceder, pues en estos más de 20 años hemos visto infinidad de acciones por parte de los políticos que nos han dejado sin aire ni palabras. Parecía que nuestra capacidad de asombro se había perdido. La causa del asombro de este mes ha tenido un costo muy alto, ha sido un precio muy caro, ha sido un (des)-caro. Y es que se nos ha informado que ministros y otros representantes del gobierno, todos escogidos según el criterio del gobernante, porque recordemos éstos no son cargos de elección popular, han robado nada más y nada menos que la cantidad de 3 mil millones de dólares, como dicen en los noticieros: según cifra oficial (recordemos que en Venezuela siempre existe una cifra oficial y una real). Este asombro tan (des)-caro no sólo lo es a nivel numérico, 3 mil millones de dólares, cifra que de por sí es difícil de imaginar para un venezolano, porque el salario promedio en nuestro país no alcanza los 100 dólares mensuales.


Además del valor monetario de los 3 mil millones de dólares que se perdieron, este asombro

tan (des)-caro golpea directa, moral y existencialmente la vida de los venezolanos. Este (des)-

caro da nuevamente una cachetada a todos los venezolanos que diariamente van a un hospital público, en el cual deben costearse cada uno de sus exámenes y hasta los insumos médicos. Lo único que encuentra un venezolano en un hospital público es la buena voluntad de médicos y enfermeras, que a pesar de cobrar una miseria y trabajar en condiciones paupérrimas, son personas comprometidas con realizar su labor independientemente de las consecuencias, lo hacen porque así lo dice el deber.


El costo de este (des)-caro pudo ser invertido en nuestras universidades y escuelas públicas,

que no sólo están perdiendo sus infraestructuras, las cuales con mucha suerte sólo reciben una pintura en sus fachadas, mientras que internamente las filtraciones, la falta de equipos

tecnológicos y hasta la ausencia de implementos básicos como un bombillo, son el común

denominador de los centros educativos. Si paseamos por la avenida Francisco de Miranda

durante la noche vemos cómo el Ministerio del Poder Popular Para el Hábitat y la Vivienda

sorprende por el juego de luces de diferentes colores que en su fachada encontramos, lo que

nos lleva a pensar que la falta de bombillos y faros en las instituciones públicas no se debe ni a escasez ni a fallas energéticas ni al supuesto bloqueo. Quizás el propósito de no darle

iluminación a las aulas, direcciones y pasillos de las universidades sea una metáfora que

refleja la intención de oscurecer el pensamiento. Y no debemos olvidar que durante el 2019, la Universidad Simón Bolívar perdió casi la totalidad de su servicio de transporte porque el

Ministerio de Educación Universitaria, bajo la dirección de Hugbel Roa, el que hoy en día está

implicado en el robo de 3 mil millones de dólares, no reconoció la deuda con la empresa que

prestaba servicio. El poco transporte que pudo sobrevivir fue gracias a los donativos realizados por los egresados de la casa de estudios.


A esta situación de derrumbe de las condiciones físicas se le agrega la fatal pérdida de la

fuente principal de conocimiento que son los profesores y maestros, quienes al igual que los

médicos están mal pagados y se han visto obligados tanto a abandonar como a ausentarse

constantemente de las aulas de clases. Pero esta ausencia no es sólo del personal docente,

también los jóvenes han abandonado los centros educativos, un ejemplo de ello es la población estudiantil de la Universidad Simón Bolívar, la cual contaba con un promedio de 5 mil estudiantes, y hoy en día la cifra no sobrepasa los 3000, según información dada en el mes de enero por la universidad a través de su correo institucional. Y a esta lista de situaciones difíciles y precarias del país se le pueden agregar cientos de casos y sectores, como los empleados públicos, pensionados y jubilados, los servicios de transporte público, el servicio eléctrico y un larguísimo etc.


Lo que no puede dejar de sorprendernos es que se ha perdido aquel sentimiento que se llama vergüenza y que desde los más antiguos pensadores como Aristóteles, ha sido una pasión a tener en consideración. La vergüenza se entiende como aquella tristeza que surge del temor de ser censurados por los otros, la opinión que de nosotros emiten nuestros conciudadanos tiene un valor que nos conduce a controlar nuestras acciones, especialmente a evitar las malas acciones. Sentir vergüenza no sólo nos invita a revisar nuestro actuar sino que implica que en nuestras acciones tomemos en consideración a los otros. Por tanto, la vergüenza es un elemento que nos hace juzgar y autocriticar nuestras elecciones y comportamiento por temor a ser censurados, es un control interno de cada individuo que no requiere de una coacción externa. Lastimosamente el tener vergüenza en nuestra sociedad se ha perdido, y vemos cómo representantes del gobierno, quienes escogieron a los estafadores de los 3 mil millones de dólares para ejercer como Ministros y otros cargos, hacen declaraciones respecto a la red de corrupción sin sentir la más mínima vergüenza sin ni siquiera ruborizarse, como si esta red de corruptos hubiese sido creada de la noche a la mañana, como si hubiese sido un hecho inesperado e inadvertido, como si hubiese sido el asalto a un banco. Esto nos demuestra la poca consideración que se tiene a la opinión del venezolano, a la vida del venezolano, quien sufre directamente este robo. Estos mismos que hoy denuncian esta red de corrupción son lo que se han hecho la vista gorda ante los lujos de los representantes del gobierno y ante la miseria que vive el resto del país. Y esto es lo que se llama Descaro, el desprecio a la vergüenza y con ello a las opiniones de los ciudadanos.


Para concluir, quiero recordar lo que decía el filósofo francés René Descartes “se vuelven

descarados quienes, miden el bien y el mal solo por las comodidades del cuerpo”, y en la

situación de Venezuela agregaría sin importar la muerte y miseria que viven los ciudadanos.


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