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¿Qué hicimos del amor en 100 años?

De la promesa silenciosa del siglo pasado al vértigo emocional del presente el amor cambió pero seguimos amando, aunque de formas diferentes… Antes, la estabilidad obligada superaba la libertad total: Hoy, el amor exige más conciencia que nunca… aunque esto lo haga más frágil…



¿Qué pasó en el tiempo con el amor?

 

Hubo un momento en que el amor no se preguntaba… se cumplía. No se negociaba… se mantenía. No se exhibía… se vivía en silencio. Era un amor que no necesitaba explicarse porque estaba contenido en una estructura social que lo definía todo. Desde quiénes éramos, qué debíamos hacer, hasta cómo debíamos permanecer. El amor, entonces, no era tanto una experiencia emocional como una decisión sostenida en el tiempo. Una mujer esperaba cada tarde el regreso de su esposo sin preguntarse si era “feliz” en términos contemporáneos. Un hombre trabajaba sin descanso convencido de que amar era proveer. No había manuales de comunicación emocional, ni conversaciones sobre “lenguajes del amor”, ni análisis sobre compatibilidad psicológica. Había algo más simple… y quizás más duro, la permanencia como forma de amor. Pero también —y esto es importante decirlo— había silencios, renuncias, frustraciones no dichas. Ese amor que se sostenía… porque muchas veces también se contenía. Luego, algo empezó a cambiar. El amor comenzó a preguntarse. A mirarse a sí mismo. A exigir algo más que estabilidad. Ya no bastaba con permanecer… entonces aparecía algo fascinante… había que sentir el amor. En los años 70, una mujer comienza a preguntarse si puede ser madre, profesional, y pareja, sin desaparecer en el intento. Un hombre empieza a descubrir que amar no es solo proveer, sino también escuchar, acompañar, expresarse. Entonces, el amor se volvió conversación. Y con ello, aparece algo nuevo, se abre la puerta a la posibilidad de que no funcione. Por primera vez en la historia moderna, millones de parejas empiezan a hacerse una interrogante que antes no tenía lugar: “¿Estoy bien aquí?”… Y esta pregunta —tan legítima como disruptiva— suena a cambio… pero también a incertidumbre. Y entonces llegamos a hoy, donde el amor no solo se pregunta… se analiza, se compara, se expone, se mide. Se vive en tiempo real… y frente a una audiencia. Una pareja comparte la mesa, pero no necesariamente el momento. Las miradas se desvían hacia las pantallas, donde también ocurre la vida. No es falta de amor… es exceso de mundo. Y lo que antes se resolvía en la cercanía, hoy se dilata. Un conflicto no se queda entre dos, se extiende en mensajes, se insinúa en redes y se instala en esos silencios digitales que, sin decir nada, lo dicen todo. Una relación no se evalúa solo por lo que se siente… sino por cómo se percibe en comparación con otras, o lo que dicen los demás. El amor ya no compite con la soledad. Lo hace con infinitas posibilidades. Y de esta manera cambió radicalmente su naturaleza…

 

Comentario de Diego P., 25 años, Madrid (Generación Z): “A veces siento que sí quiero una relación seria… pero también creo que siempre podría haber algo mejor. Y eso no me deja estar del todo tranquilo con nadie.”

 

Comentario de Valentina S., 23 años, Bogotá (Generación Z): “Queremos amor real… pero tenemos miedo de perder nuestra libertad. Entonces entramos, salimos, probamos… y al final, no sabemos si no funcionó la relación o si no supimos sostenerla.”


 

Hoy, diríamos que queremos un amor auténtico… pero también inmediato. Amor completo… pero sin dolor. Estable… pero sin renuncias. Libre… pero seguro. Queremos, en una sola relación, lo que antes se distribuía entre la sociedad, la familia, la tradición y el tiempo. Y cuando esa relación no logra sustentar ese nivel de exigencia… la duda aparece. Y muchas veces, antes de comprender lo que ocurre… se abandona. Pero, volvemos a la pregunta central: ¿Cambió el amor… o cambiamos nosotros? Tal vez el amor —en su esencia— sigue siendo el mismo con la necesidad del vínculo, del reconocimiento, del encuentro con otro. Lo que cambió fue el contexto humano que lo rodea. Antes, el amor estaba guiado por normas. Luego, por emociones. Hoy, lo está por las expectativas. Y allí radica el giro, no es que amemos distinto… es que esperamos algo diferente del amor. Esta narrativa no es un recorrido romántico. Es una travesía por tres épocas que, en realidad, son tres formas de conciencia. Una que amaba sin preguntarse, en la primera mitad del siglo 20, otra, la de la segunda mitad que empezó a hacer preguntas y a cuestionar,  y una actual en el siglo 21 que, a veces, pregunta tanto… y que se olvida cómo amar.  Porque, en el fondo, el gran desafío de nuestro tiempo no sea aprender nuevas formas de amar… sino de reconciliar lo que sentimos con lo que esperamos. Así como recordar que el amor —cuando es real— no siempre se siente perfecto… pero sí se construye, se cuida… y, sobre todo, se comprende antes de soltarse.

 

Primera mitad del siglo 20: Amar era permanecer

 

En la primera mitad del siglo 20, el amor no era un territorio de exploración, sino un territorio de destino. Las parejas no se elegían con la expectativa de felicidad constante, sino con la convicción —casi incuestionable— de construir una vida juntos… incluso, sin contar con herramientas emocionales para hacerlo. El matrimonio era una estructura. La pareja, una institución, la llamada “base de la sociedad”. El amor, muchas veces, era una consecuencia… no un requisito. Este modelo lo describía Émile Durkheim como una sociedad de fuerte cohesión normativa, donde los vínculos individuales estaban subordinados al orden social. La pareja no era solo un asunto privado, sino un engranaje dentro de un sistema mayor, la familia, la comunidad, y la tradición. (The Division of Labor in Society, 1893)

Más adelante, Talcott Parsons reforzaría esta idea al señalar que la familia nuclear cumplía funciones esenciales para la estabilidad social, con roles claramente definidos. El hombre como proveedor instrumental y la mujer como soporte afectivo. En ese esquema, el amor no era tanto un fenómeno psicológico complejo, sino un componente funcional del equilibrio familiar. Podríamos decir que predominaba una lógica de apego basado en la seguridad estructural, más que en la exploración emocional. El vínculo ofrecía previsibilidad, pertenencia y continuidad, elementos fundamentales en contextos marcados por guerras, crisis económicas, y cambios sociales abruptos. En ese mundo, el conflicto no era señal de incompatibilidad… era parte del camino. Separarse no era una opción accesible ni socialmente aceptada. Permanecer no solo era una decisión personal, era una expectativa colectiva. Y, sin embargo, este modelo contenía una paradoja profunda: Ofrecía estabilidad… pero muchas veces a costa de la expresión emocional. Ofrecía permanencia… pero no necesariamente plenitud.

Como señalaría décadas más tarde Anthony Giddens, en retrospectiva, estas relaciones estaban menos basadas en la intimidad reflexiva y más en lo que él denomina “vínculos tradicionales”, donde el compromiso precedía al conocimiento profundo del otro. Así, amar era, ante todo, permanecer. Sostener. Resistir. Continuar. No porque siempre se sintiera… sino porque así debía ser…

 

Comentario de Elena B., 82 años, Caracas (nacida en 1938): “Yo no sabía si estaba enamorada cuando me casé. Sabía que era un buen hombre. Y con eso bastaba. El amor… vino después, o tal vez lo inventamos con los años.”


 

En este tiempo, el vínculo se sostenía sobre pilares claros: el deber, la estabilidad, la familia y la persistencia. Lo vemos como un amor que estaba más cerca de la seguridad del apego que de la intensidad emocional. No se trataba de sentirse pleno… sino de no estar solo en el mundo. El conflicto no era motivo de ruptura. Era parte del contrato no escrito. Y no obstante, había algo poderoso en esa forma de amar… la decisión sostenida en el tiempo…

 

Segunda mitad del siglo 20: Amar era elegir

 

La relación de pareja se empezaba a cuestionar. A partir de los años 60, algo se resquebraja. No de forma abrupta, sino como una grieta silenciosa que comienza en lo íntimo y termina transformando lo social. Las mujeres ingresan masivamente al mundo laboral. La sexualidad se libera con la expansión de los anticonceptivos y el disfrute en la intimidad. Los movimientos culturales cuestionan la autoridad, la tradición y los roles establecidos. Y con todo ello, el amor deja de ser obligación… y se convierte en elección. Este giro no fue menor. Significó el paso de relaciones sustentadas por normas externas a los vínculos cada vez más definidos por la intimidad emocional, la comunicación, y la satisfacción mutua. El amor comienza a desplazarse desde lo institucional hacia lo psicológico. La socióloga Eva Illouz ha descrito cómo, en esta etapa, el amor romántico se entrelaza con la cultura moderna y el consumo, generando una nueva óptica, donde amar implica sentir intensamente, conectar profundamente y realizarse a través del otro. Pero esta metamorfosis trae consigo una tensión inédita. Porque cuando el amor se elige… también puede dejar de elegirse. Lo que denotó que ya no bastaba con permanecer. A partir de ese momento habría que sentir que vale la pena quedarse. Además, en los años 70, una mujer comienza a preguntarse si puede ser madre, profesional y pareja sin diluir su identidad. Un hombre empieza a descubrir que amar no es solo proveer, sino también escuchar, acompañar, y expresar vulnerabilidad. El vínculo deja de ser un destino… y se convierte en un proceso. Y con ello, aparece una pregunta que antes no tenía espacio: “¿Soy feliz aquí?”… Lo cual marcó otro cambio que reflejó el tránsito hacia la búsqueda de la autorrealización. La pareja ya no solo debe garantizar seguridad, sino también contribuir al desarrollo personal. Pero con la libertad llega la duda (Abraham Maslow, A Theory of Human Motivation, 1943), porque elegir implica renunciar a otras opciones. Y cuestionar envuelve aceptar que el amor… ya no es incuestionable. El aumento del divorcio en estas décadas no solo reflejó las rupturas, sino un cambio de paradigma, las relaciones dejaron de sostenerse por obligación… y comenzaron a mantenerse —o a romperse— por su significado. Así, amar en la segunda mitad del siglo 20 fue, dio un paso más en la historia moderna: atreverse a elegir… o a cuestionar lo elegido.


 

Comentario de Ricardo F., 67 años, Lima (nacido en 1958): “Mis padres nunca pensaron en separarse. Nosotros sí. No porque no quisiéramos amar… sino porque empezamos a preguntarnos si éramos felices...”

 

De forma que ya para las últimas décadas del siglo 20, el amor se vuelve un proyecto, donde debe emocionar, debe conectar y debe hacer sentido. Por ello surge una tensión nueva, profundamente humana como es querer estabilidad sin renunciar a la autenticidad. Los divorcios aumentan. Las parejas se replantean. El vínculo deja de ser definitivo… y pasa a ser evaluable. Y lo clave: emerge el amor romántico como ideal central. No obstante, trae consigo su sombra: la decepción, ya que cuando el amor se convierte en expectativa… también lo hace en posibilidad de fracaso.

 

Siglo 21: Amar es… ¿saber sostener lo que elegimos?

 

Hoy, el amor ha alcanzado su mayor libertad. Y, paradójicamente, su máxima complejidad. Nunca habíamos tenido tantas opciones, a la par de tantas dudas. Las relaciones ya no están definidas por la sociedad… sino por cada persona. Y eso nuevamente lo cambia todo. Este giro plantea que vivimos en una modernidad “líquida”, donde los vínculos son más flexibles, pero también más frágiles (Zygmunt Bauman, Liquid Love: On the Frailty of Human Bond, 2003). Las relaciones ya no están diseñadas para durar necesariamente, sino para adaptarse, satisfacernos… y, si es necesario: disolverse. Por su lado, Ulrich Beck y Elisabeth Beck-Gernsheim explican que hemos entrado en una fase de individualización avanzada, donde las personas deben construir sus propias biografías, incluyendo sus relaciones. El amor deja de ser un guion heredado… y se convierte en un proyecto personal que hay que diseñar, negociar y alimentar. Pero aquí emerge la paradoja central de nuestro tiempo: Si todo es elección… nada está garantizado. Elegir implica comparar. Comparar implica dudar. Y dudar, muchas veces, debilita el compromiso. En este contexto, el amor ya no compite con la soledad —como ocurría en épocas anteriores— sino con un horizonte permanente de posibilidades cómo lo serían otras personas, otras vidas, otras versiones de lo que podría ser. Esto se vincula con lo que algunos autores han llamado la “paradoja de la elección” donde explica que a mayor número de opciones, mayor dificultad para decidir… y menor satisfacción con lo elegido. Así, amar en el siglo 21 no es solo encontrar a alguien… es saber sostener una decisión en medio de distintas alternativas. Y eso exige habilidades que antes no eran necesarias como la comunicación emocional consciente, la regulación de las expectativas, la tolerancia a la frustración y la capacidad de construir, no solo de sentir. Porque hoy, más que nunca, el amor no se hereda… se diseña. No se impone… se negocia. No se sostiene solo… se trabaja. Y eso —otra vez— lo vuelve a cambiar todo.

 

Comentario de Valeria P., 24 años Buenos Aires (Generación Z): “Queremos amar… pero también queremos ser nosotros mismos. Y a veces no sabemos cómo hacer las dos cosas al mismo tiempo…”

 

El amor hoy…

 

No inicia con los padres de él o de ella presentándolos. No con los compañeros de clases… Se inicia en una app, se valida en las redes, se cuestiona constantemente en los chats, y se redefine en cada paso… Las expectativas son altísimas ya que queremos que la pareja sea amor, amistad, pasión, estabilidad, crecimiento personal, apoyo emocional… y todo, en una sola persona. Y cuando no lo es… aparece la frustración. El vínculo se vuelve frágil no porque se ame menos, sino porque se espera más de lo que sabemos y podemos construir.

 

Caso: ¿Por qué es tan difícil amar hoy? ...en consulta…


 

Contexto: Sofía (24) y Daniel (27) se sientan frente al psicólogo. Llevan dos años juntos. Se han separado tres veces. Siempre regresan. Hay amor. Pero no hay paz…

 

Sofía: No es que no lo ame… es que a veces siento que no es suficiente.

Daniel: Yo la amo… pero tengo la sensación de que siempre estoy fallando en algo que no entiendo.

Psicólogo: ¿En qué momentos sienten que algo se rompe?

Sofía: Cuando no responde como espero… cuando siento que no me prioriza… cuando dudo.

Daniel: Cuando siento que haga lo que haga, nunca llega a ese “nivel” que ella espera… como si siempre faltara algo.

Psicólogo: ¿Y saben qué es ese “algo”? (Silencio largo) ¿Qué esperan exactamente del amor?

Sofía: Sentirme segura… pero también libre. Sentirme elegida… pero no limitada. Que me entienda… sin tener que explicarlo todo.

Daniel: Yo solo quiero que estemos bien… pero parece que eso nunca alcanza.

Psicólogo (con calma): Lo que ustedes describen no es falta de amor… es un desajuste entre lo que sienten y lo que esperan.

En el pasado, las parejas aprendían a amar dentro de una estructura. Había reglas, roles, caminos definidos. Hoy, ustedes tienen que crear su propia forma… mientras intentan amar. Y eso es mucho más difícil de lo que parece.

Sofía (mirando hacia abajo): Entonces… ¿el problema soy yo por aspirar demasiado?

Psicólogo: No. El problema no es aspirar. El problema es hacerlo sin saber cómo se construye eso que aspiran

Daniel: ¿Y cómo se construye?

Psicólogo: Hablando con claridad como ahora. También aprendiendo a tolerar la frustración. Deben aceptar que el otro no es una extensión de ustedes y, sobre todo, decidir quedarse… incluso, cuando no todo sea perfecto. Amar hoy no es solo sentir. Es nutrir lo que se siente.

Sofía: Pero… ¿y si no es la persona correcta?

Psicólogo (leve sonrisa): Esa es la gran pregunta de su generación. Anteriormente las personas se preguntaban: “¿Cómo hago para que esto funcione?”. En el presente se preguntan: “¿Y si hay algo mejor?” Y mientras esa pregunta está abierta… el vínculo nunca termina de cerrarse.

Daniel (en voz baja): Entonces nunca vamos a estar seguros…

Psicólogo: No de la manera que imaginan. La seguridad en el amor ya no viene dada. Se construye. Y se construye con decisiones repetidas… no con emociones perfectas.

 

¿Que observamos en este caso?

 

En esta escena no hay una pareja rota. Hay una pareja contemporánea. Dos personas que sienten… pero también comparan. Que aman… pero también dudan. Que quieren quedarse… pero temen equivocarse. Y ahí, en ese espacio entre el deseo y la incertidumbre, se juega el amor del siglo 21. Pensamos que el problema no sea que hoy se ame menos… sino que se ama sin los mapas que antes guiaban el camino. Y sin mapa… sin un GPS que nos guie, se convierte en un acto de conciencia acorde a cada quién. La solución es sincronizarlas para crear la armonía…

 

Lo que permanece… y lo que cambia

 

A pesar de todo, hay algo que no ha cambiado, que el ser humano sigue necesitando el vínculo. Sigue necesitando ser visto. Sigue necesitando sentirse amado. Lo que cambió es el escenario. Desde que el amor se daba sin preguntarse. Pasando por cuando empezó a cuestionarse. Hasta el presente donde todo se analiza… y a veces provoca que se desgaste. Porque hoy no solo amamos… también interpretamos lo que sentimos. No solo vivimos el vínculo… lo evaluamos constantemente. No solo buscamos al otro… también nos buscamos a nosotros dentro de la relación. Y en ese doble movimiento —hacia el otro y hacia uno mismo— aparece una tensión permanente. El amor se vuelve más consciente… pero también más exigente. Y en ese equilibrio delicado, entre sentir y pensar demasiado, se juega su permanencia.


 

Al final…

 

…quizá no estamos viviendo una crisis del amor. Quizá el amor sigue intacto… pero anhelando y esperando ser comprendido. Lo que está en cuestión no es el sentimiento… es nuestra capacidad de sostenerlo en libertad. Porque amar cuando todo está escrito es más sencillo. Más fácil es leer en un “libro sagrado” quien es el Creador, y otra cosa es pensar por sí mismo quién es Dios —o el Universo— y encontrarlo. Por ello, amar cuando todo depende de nosotros… cuando no hay guiones, ni certezas, ni caminos trazados… exige algo más auténtico que sentir. Exige presencia. Exige conciencia. Exige aprender a permanecer… incluso en la duda. Hoy podemos elegir a quién amar… pero no siempre sabemos cómo cuidar lo que elegimos. Y en esta paradoja —tan humana como inevitable— se nos escapa, a veces, lo más valioso: un amor de por vida. Tal vez, entonces, el verdadero desafío de nuestro tiempo no sea encontrar el amor… sino convertirnos en alguien capaz de sostenerlo…

Por favor, si desea hacernos un comentario o una consulta escríbanos a: psicologosgessen@hotmail.com. Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos…

 


 


 


 

Puede publicar este artículo o parte de él, siempre que cite la fuente de los autores y el link correspondiente de Informe 21. Gracias. © Fotos e Imágenes Gessen&Gessen

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