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Construir la fuerza o desatar la violencia


La fuerza puede utilizarse de manera legítima y positiva. Foto: RyanMcGuire, Pixabay

Hace pocos días, en un consultorio médico, conversé con una paciente que me confió

su escepticismo sobre la realización de las elecciones primarias. Argumentó sus dudas

acerca de la participación de los candidatos inhabilitados y, más tarde, comentó que el

régimen no entregaría el poder, aunque perdiera. Cuando le hablé sobre la

construcción de fuerza ciudadana, endureció su discurso, argumentando que en el

pasado esos eventos generaron violencia y que nosotros, al no tener armas, solo

servimos como carne de cañón. A pesar de esto, la señora manifestó su disposición a

permanecer en el país y hacer oposición desde su espacio.


A raíz de esa conversación, he decidido emitir mi opinión sobre varios temas. Es cierto

que estamos inmersos en una carrera de obstáculos, asimilable a una yincana. Pero no

somos ingenuos, sabemos que ningún autócrata entrega el poder de buena gana.

Debemos probar de que madera estamos hechos, construyendo una masa crítica

sólida que nos permita enfrentar al mandamás y decirle que perdió y debe entregar el

poder. En segundo lugar, estamos convencidos de que hacer oposición a un régimen

tiránico implica peligros potenciales y reales, tal como lo demuestran los hechos

pasados que han dejado pérdidas humanas. Sin embargo, la libertad de nuestro país

sigue demandando sacrificios. En tercer lugar, queremos dejar en claro que no somos

violentos y cuando hablamos de construcción de fuerza, no pensamos en agresiones;

solo ejerceremos nuestro derecho a luchar contra disposiciones ilegales e ilegítimas a

través de la desobediencia civil, pero de manera pacífica.


Vale la pena recordar un sonado caso de desobediencia civil: el ejecutado por la

activista negra Rosa Parks, quien se negó a ceder su asiento a un blanco en un

autobús en Alabama. Parks fue arrestada por violar las leyes de segregación racial,

pero ese acto llevó al boicot de los autobuses en Montgomery. El boicot duró 381 días y

finalmente, la Corte Suprema de Estados Unidos dictaminó que la segregación en el

transporte público era inconstitucional. Rosa Parks se convirtió en un símbolo icónico

de la lucha por la igualdad y los derechos civiles. A este hecho se le puede aplicar un

dicho de mi tierra: “Uno es, hasta que deja de serlo”, el apellido queda a libre

interpretación.


También debo precisar que la fuerza y la violencia son conceptos distintos. La fuerza se

refiere a la capacidad de ejercer poder, ya sea físico o moral, mientras que la violencia

es el uso intencional de la fuerza o el poder para causar daño a otros. La fuerza puede

utilizarse de manera legítima y positiva, como en situaciones de protección, defensa o

superación de obstáculos, mientras que la violencia implica un comportamiento

agresivo y dañino hacia otros, y generalmente se considera inaceptable socialmente.


La fuerza puede manifestarse en la política a través de negociaciones diplomáticas

entre países o actores políticos. Por ejemplo, cuando dos naciones tienen disputas

territoriales, pueden emplear su fuerza diplomática para resolver el conflicto mediante

negociaciones, acuerdos y compromisos, evitando así la escalada hacia la violencia.


En la política, la fuerza también puede provenir de líderes carismáticos, como está

ocurriendo en Venezuela, quienes inspiran y movilizan a la población hacia una causa

común. Estos líderes pueden usar su fuerza de carácter y habilidades retóricas para

unificar a las personas y promover cambios sociales positivos.


La violencia se caracteriza por el uso intencional de la fuerza o el poder con el

propósito de causar daño o destrucción. Suele tener consecuencias negativas y no es

una forma aceptable de resolver conflictos. Los actos de agresión física, como peleas o

ataques, son ejemplos claros de violencia. Estas acciones pueden causar lesiones

graves y daño emocional tanto para el agresor como para el agredido.


La violencia no siempre implica actos físicos; también puede manifestarse a través de

palabras hirientes, acoso, intimidación o manipulación psicológica. Estos

comportamientos pueden tener un impacto profundo en la autoestima y el bienestar

emocional de las personas afectadas.


Los regímenes autoritarios suelen recurrir a la violencia para silenciar o reprimir a

opositores políticos o movimientos de protesta. Esto se traduce en arrestos

injustificados, uso excesivo de la fuerza por parte de los cuerpos de seguridad y la

restricción de las libertades civiles.


Es fundamental comprender que, aunque la fuerza y la violencia pueden coexistir en el

ámbito político, su naturaleza y propósito son diferentes. La fuerza puede utilizarse de

manera constructiva para promover la estabilidad, el desarrollo y el bienestar de la

sociedad, mientras que la violencia es una manifestación destructiva que causa

sufrimiento y viola los derechos humanos.



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