Cuando una civilización es sentenciada a muerte
- Vladimir Gessen
- hace 2 horas
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IrĆ”n con ayatolas, y Donald Trump con un lĆ©xico que pudo encender otra cruzada religiosa. De geopolĆtica a deshumanización y crueldad⦠¿Vamos a una guerra de creencias o de una narrativa que la estĆ” creando? ĀæOtra vez podrĆamos regresar a las confrontaciones entre fanĆ”ticos?
Las palabras que cruzaron el umbral
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El 7 de abril de 2026 quedarĆ” āmuy probablementeā como una fecha de referencia en la historia contemporĆ”nea. Ese dĆa āni mĆ”s ni menosā el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, escribió en su plataforma digital una frase que rompe con dĆ©cadas de lenguaje diplomĆ”tico, incluso en contextos de guerra: āUna civilización entera morirĆ” esta noche, para nunca mĆ”s ser recuperada.āĀ No se trata de una interpretación. No es un anĆ”lisis. No es una extrapolación. Es una afirmación directa del presidente de la nación mĆ”s poderosa del planeta. Y cuando una civilización es nombrada como susceptible de desaparecer⦠el conflicto deja de ser polĆtico⦠Se vuelve existencial. Pero, en rigor histórico, este no es el primer momento en que el lenguaje humano cruza ese umbral. Hubo otros. Momentos en los que el poder āreligioso o polĆticoā dejó de hablar de adversarios⦠y comenzó a hablar de enemigos absolutos. En 1095, durante el Concilio de Clermont, el papa Urban II llamó a la cristiandad a recuperar Tierra Santa. No habló en tĆ©rminos de negociación ni de equilibrio. Habló de una misión sagrada. De una lucha que trascendĆa la polĆtica. De una guerra en la que el adversario no era simplemente otro poder⦠sino el obstĆ”culo para el orden divino. Siglos mĆ”s tarde, en distintas campaƱas cruzadas, monarcas europeos ācomo Richard I de Inglaterraā asumieron ese mismo lenguaje en una guerra no solo por territorios, sino por la salvación de una civilización. El adversario, en ese marco, dejaba de ser humano en tĆ©rminos polĆticos⦠para convertirse en una amenaza existencial en tĆ©rminos sagrados. Y cuando eso pasa, la violencia deja de necesitar justificación. Se convierte en deber. Ese es el punto de quiebre. Ese es el umbral. Lo que hace singular el momento actual no es que ese lenguaje exista āla historia demuestra que se ha pronunciado antesā sino que emerge nuevamente en un mundo que creĆa haber aprendido a contenerlo durante de miles de aƱos. Un mundo con memoria reciente de dos guerras mundiales. Con sistemas de derecho internacional. Con organismos multilaterales diseƱados, precisamente, para evitar que el otro sea concebido como prescindible. Y, sin embargo, la frase aparece. No en un manuscrito medieval. No en una proclama religiosa. Sino en una plataforma digital, en tiempo real, frente a una audiencia global. Y allĆ reside su verdadero poder. Porque hoy, a diferencia de las cruzadas, el lenguaje no se limita a convocar ejĆ©rcitos. Convoca percepciones. Activa emociones colectivas. Y, sobre todo, redefine āen cuestión de segundosā la forma en que millones de personas entienden al otro. Por eso, mĆ”s que preguntarnos quĆ© puede ocurrir despuĆ©s de una frase como esa⦠tal vez deberĆamos profundizar en algo mĆ”s preocupante como lo que ya ha comenzado a suceder en la mente del mundo⦠en el instante mismo en que fue pronunciada: ĀæEstamos regresando āsin advertirloā a ese punto de la historia en el que el otro deja de ser un semejante⦠y comienza a ser un destino a eliminar? ĀæSe ha activado, casi sin notarlo, la antigua división entre āellosā y ānosotrosā⦠donde la coexistencia deja de ser posible hasta las Ćŗltimas consecuencias?... Hubo un acuerdo de alto al fuego y no se produjo la desaparición de una civilización el pasado 7 de abril, pero la amenaza quedaā¦
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IrÔn: identidad, poder y proyección de conflicto
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Para comprender la gravedad de la frase pronunciada por Donald Trump, es necesario entender lo que representa Iran en el escenario global contemporĆ”neo. No es Ćŗnicamente una estructura estatal con intereses estratĆ©gicos. Es, sĆ, una cultura milenaria, portadora de una historia, de tradiciones y de una identidad compleja que precede por siglos al mundo moderno. Pero el IrĆ”n actual āel Estado surgido tras la revolución religiosa es tambiĆ©n otra cosa, es un sistema polĆtico teocrĆ”tico que ha asumido un papel activo en la configuración de conflictos regionales. Bajo la guĆa del imĆ”n Ruhollah Khomeini, el chiismo dejó de ser Ćŗnicamente una corriente espiritual para convertirse en una doctrina de poder con proyección geopolĆtica. Desde entonces, el rĆ©gimen iranĆ ha sido seƱalado āpor gobiernos occidentales, organismos internacionales y diversos analistasā por el apoyo a grupos armados guerrilleros y no estatales, que incurren en terrorismo, y por la financiación y entrenamiento de milicias en distintos escenarios y sus actuaciones e influencia en los conflictos en el LĆbano, Siria, Irak, Yemen y Gaza. TambiĆ©n por una retórica sostenida de confrontación con Estados Unidos e Israel. A ello se suma un punto simbólico que marcó el inicio de una larga escalada como fue la toma de la embajada de Estados Unidos en TeherĆ”n en 1979, que no solo fue un episodio diplomĆ”tico, sino un acto fundacional en la relación de antagonismo entre ambos paĆses. Desde entonces, la relación entre IrĆ”n y Occidente āparticularmente con Estados Unidosā ha estado ensartada por una lógica de desconfianza mutua, amenazas y episodios de confrontación directa o indirecta. Esto no convierte automĆ”ticamente a IrĆ”n en un actor monolĆticamente agresor. Pero tampoco permite describirlo Ćŗnicamente como vĆctima. Lo sitĆŗa, mĆ”s bien, en una posición mĆ”s compleja āy mĆ”s realā la de un actor que combina identidad histórica, con convicción ideológica que llega al fanatismo religioso y junto a una agresiva estrategia de poder polĆtico y hasta vengativo.
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El giro polĆtico: cuando la fe se convierte en Estado
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Con Khomeini, la identidad religiosa adquirió una forma institucional. La evolución religiosa no solo transformó un paĆs. Cambió, de manera radical, la relación entre la religión y el poder. La doctrina del velayat-e faqihĀ o la tutela del imĆ”n islĆ”micoĀ estableció que el liderazgo polĆtico debĆa estar guiado āy legitimadoā por la autoridad religiosa. Y con ello, la narrativa espiritual dejó de ser un marco Ć©tico para convertirse en estructura de Estado. AsĆ, cuando el Estado habla, entonces, no lo hace solo en nombre de una institucionalidad polĆtica. Habla āo se percibe que hablaā en nombre de lo sagrado, de Dios o AlĆ”. Y allĆ ocurre una mutación porque la discrepancia deja de ser polĆtica para convertirse, potencialmente, en disidencia moral o incluso en herejĆa. Porque cuando el poder se reviste de lo divino, la crĆtica pierde legitimidad. Y cuando la autoridad se presenta como expresión de Dios, el desacuerdo deja de ser un derechoā¦y comienza a ser una amenaza.
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Creación del Estado secularĀ
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Pero hay algo mĆ”s āy es aquĆ donde se inserta una de las claves del desarrollo histórico de la humanidadā uno de los grandes avances civilizatorios fue, precisamente, separar la religión del poder polĆtico. Ese proceso, que se consolidó progresivamente en Occidente tras las guerras de religión europeas y en el momento en que la Ilustración, redefinió el origen de la legitimidad. De esta forma el poder dejó de emanar de Dios⦠y comenzó a irrumpir del pueblo. Ya no es una Iglesia, ni un credo, ni una autoridad espiritual quien designa al gobernante. Es la ciudadanĆa. Ese trĆ”nsito ādel poder teológico al poder civilā no fue solo polĆtico. Fue profundamente psicológico porque introdujo una idea revolucionaria, la del gobernante que puede ser cuestionado, reemplazado, y limitado. La ley no es sagrada, es construida, debatida y reformable, y el disenso no es pecado, es parte del sistema. En ese sentido, la secularización del poder no eliminó la religión. Pero sĆ evitó que una Ćŗnica interpretación de lo sagrado se impusiera como verdad obligatoria para todos. Con ello, aconteció una de las transformaciones mĆ”s impactantes de la historia polĆtica como es que el soberano dejó de ser el rey⦠y comenzó a ser el ciudadano. La autoridad dejó de descender desde lo divino para instalarse en lo colectivo. Ya no es una Iglesia la que corona a los gobernantes, sino los ciudadanos quienes los eligen con sus votos. Y en ese trĆ”nsito, el poder adquirió una nueva naturaleza ya que el gobernante no habla en nombre de Dios, sino en representación de todos los electores. No es infalible. No es sagrado. Es responsable. Cuando ese principio se invierte ācuando la fe religiosa vuelve a fundirse con el Estadoā como en el caso de IrĆ”n, el sistema polĆtico adquiere otra naturaleza. Se vuelve menos flexible. Menos negociable. Menos equilibrio. Y, en contextos de conflicto, mĆ”s propenso a ser absolutos en sus posiciones. Porque ya no se trata solo de intereses. Se trata de convicciones que se perciben como inmutables. Y cuando lo polĆtico se vuelve sagrado⦠el conflicto deja de tener lĆmites claros. Para colmo, en el conflicto actual entre Iran, Israel y Estados Unidos, el componente religioso no estĆ” presente en un solo lado. IrĆ”n se define como una repĆŗblica islĆ”mica.
Pero, de forma paralela, en Occidente āparticularmente en el discurso reciente de Donald Trump y de sectores de su administraciónā ha comenzado a emerger un lenguaje que incorpora referencias explĆcitas al Dios cristiano, a la misión moral y, en algunos casos, a imaginarios propios del cristianismo. Incluso, se ha reportado que la guerra ha sido presentada, en ciertos cĆrculos, como parte de un propósito superior o de una narrativa casi providencial. Y allĆ aparece una simetrĆa inquietante porque cuando ambos lados comienzan a interpretar el conflicto en tĆ©rminos sagrados⦠la polĆtica pierde terreno frente a la convicción absoluta. Porque cuando cada actor cree āo transmiteā que su causa estĆ” respaldada por lo divino, el espacio para la negociación se reduce. Y el conflicto deja de ser solo una disputa de intereses⦠para convertirse en una confrontación de verdades y de creencias, y de actuar en nombre de una deidad.
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El espejo psicológico: cuando el enemigo confirma la identidad
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AquĆ aparece el punto mĆ”s delicado. Cuando una potencia global declara que una civilización puede desaparecer⦠¿quĆ© ocurre en la psicologĆa del otro? Sucede algo que la teorĆa psicológica reconoce con claridad, se trata de la confirmación de una narrativa que se convierte en verdad, se hace realidad. Si una identidad se ha construido durante siglos alrededor de la injusticia, la persecución y la resistencia, una amenaza de aniquilación no la debilita. La refuerza. La legitima en lo que podrĆamos llamar una coherencia trĆ”gica de la identidad.
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La historia
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Antes de Auschwitz hubo palabras, antes de las cĆ”maras hubo ideas, antes de la destrucción hubo legitimación. Y hoy, lo que queda⦠es la memoria imborrable. En el tiempo de nuestra civilización se nos ofrece precedentes inquietantes. En el siglo XX, el caso paradigmĆ”tico es el del rĆ©gimen nazi. No habló de una ācivilización judĆaā en tĆ©rminos geopolĆticos como hoy se podrĆa hablar de un Estado. Pero sĆ construyó, de manera sistemĆ”tica, una narrativa donde los judĆos eran presentados como una amenaza existencial, āun cuerpo extraƱo dentro de la naciónā, un enemigo que debĆa ser eliminado para que el āordenā pudiera sobrevivir. En Mein KampfĀ y en discursos de Hitler, el lenguaje no siempre anunciaba la destrucción inmediata⦠pero sĆ la hacĆa imaginable, justificable y, finalmente, ejecutable. Y este es el punto clave, antes del exterminio, hubo un conseja para que se volviera āpensableā, primer paso de āaceptableā. En la Europa de Adolf Hitler, el lenguaje no comenzó con las cĆ”maras de gases⦠empezó con las ideas que despojaban al otro de su humanidad. Doctrinas que lo convertĆan en amenaza global. En 1939, Hitler lo expresó con una claridad brutal: ā⦠Si el judaĆsmo logra nuevamente sumir a las naciones en una guerra mundial, entonces el resultado serĆ” la aniquilación de la raza judĆa en Europa.ā Solo eran palabras inicialmente. No era aĆŗn el hecho. Pero, era el anuncio āposibleā del hecho. Y aquĆ reside la lección fatal: Antes de que una civilización sea destruida⦠primero debe ser concebida como ādestruibleā.
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Lo inaceptable
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Cuando el presidente de los Estados Unidos ācon lo que ello implicaā afirma que "Una civilización entera morirĆ” esta noche, para nunca mĆ”s ser recuperadaā¦", la mayorĆa de los estadounidenses nos quedamos sorprendidos primero, y luego, hemos rechazado esa retórica.
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El propio Papa León XIV fue el primer ciudadano que censuró que la amenaza del presidente de destruir la civilización iranĆĀ era "verdaderamente inaceptable" ademĆ”s de seƱalar que era una violación a las leyes internacionales. El Papa pidió por la paz y se pronunció en contra de la guerra, "especialmente una guerra que mucha gente ha calificado como una injusta, que sigue escalando y que no estĆ” resolviendo nada." En los Estados Unidos las palabras del presidente causaron una indignación generalizada. ĀæSerĆ” capaz el presidente Trump de pedirnos disculpas a los ciudadanos por semejante amenaza a la humanidad?
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¿Guerra de civilizaciones⦠o el lenguaje que la produce?
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El concepto de la āTeorĆa del Choque de Civilizacionesā se asocia principalmente al politólogo estadounidense Samuel P. Huntington, quien en 1993 publicó un artĆculo en Foreign Affairs que luego desarrolló en su libro The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order. Su tesis central era provocadora tras el fin de la Guerra FrĆa, ya que los conflictos no serĆan principalmente ideológicos o económicos⦠sino culturales y ācivilizatoriosā. En realidad dividĆa al mundo en grandes bloques culturales mĆ”s que en civilizaciones. Los bloques culturales para Ć©l eran: el Occidental, el islĆ”mico, el asiĆ”tico o sĆnico (China), el hindĆŗ, el ortodoxo, el latinoamericano y el africano. Hoy, en universidades y centros de pensamiento como Harvard, Stanford, London School of Economics, entre otros, el debate ha evolucionado. La mayorĆa coincide en algo mĆ”s matizado, indicando que no hay una guerra inevitable de civilizaciones. Que no existe un destino histórico que obligue a estos bloques a enfrentarse. A pesar de ello, sĆ existen tensiones culturales profundas en base a los valores diferentes como entre democracia versus autoritarismo, o entre religión y el secularismo, o mĆ”s reciente entre una identidad nacional y la globalización. El verdadero riesgo es psicológico y narrativo como es el caso de que las sociedades comienzan a dividirse entre āunosā y āotrosā donde cada quien se siente el ābuenoā y sus iguales, y los ādiferentesā son los malos. De esta forma ambas identidades son incompatibles aunque sean ciudadanos del mismo paĆs porque sienten que sus culturas estĆ”n amenazadas asĆ como sus puntos de vistas, como fue el caso de la guerra civil americana. Todo ello activa un mecanismo clĆ”sico de la psicologĆa social como es la polarización āidentitariaā, lo que puede convertir tensiones manejables en conflictos reales. El problema de las declaraciones inaceptables es porque ese lenguaje comienza a configurar a miembros de la misma civilización humana como enemigas irreconciliables. MĆ”xime cuando se pronuncia: āborrar la infraestructura completaā, o de ādestruir sistemas vitales como el de la electricidad o del servicio de aguaā, o de desaparecer a una cultura milenaria, porque entonces la polĆtica se desplaza hacia otra dimensión donde la coexistencia pacĆficaĀ se percibe como imposible.
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Al finalā¦
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⦠QuizĆ”s el mayor error de nuestra Ć©poca no sea el conflicto en sĆ. La humanidad siempre los ha tenido. QuizĆ”s el verdadero peligro āel mĆ”s silencioso, el de mayor cuidadoā sea otro: la forma en que comenzamos a pensar de los demĆ”s. Porque cuando una civilización es nombrada como prescindible, cuando una cultura milenaria es colocada en el terreno de lo āeliminableā, cuando el lenguaje deja de reconocer humanidad⦠algo substancial se rompe. Y ese quiebre no ocurre en los campos de batalla. Sucede antes. En la mente. Hemos aprendido a lo largo de siglos āa travĆ©s de guerras, tragedias y erroresā que existen muchas culturas, muchas creencias, muchas formas de ver el mundo. Pero tambiĆ©n hemos aprendido āo creĆamos haber aprendidoā algo mĆ”s importante aĆŗn, que existe Ā”Una sola civilización: La humana!...
No existen mĆŗltiples humanidades enfrentadas. No hay especies distintas en conflicto. Lo que llaman ācivilizacionesā son, en realidad, expresiones culturales de una misma condición compartida. Distintas lenguas. Distintas historias. Distintas creencias. Pero una sola clave, una misma esencia. Por eso, cuando se habla de una āguerra de civilizacionesā, la idea en sĆ misma encierra una contradicción. Porque no serĆa una guerra entre civilizaciones. SerĆa una guerra dentro de la Ćŗnica civilización que existe. La nuestra. Y allĆ radica la advertencia mĆ”s profunda de nuestro tiempo: cada vez que el lenguaje convierte al otro en enemigo absoluto, cada vez que lo sitĆŗa fuera del Ć”mbito de lo humano, cada vez que lo vuelve ādestruibleā, no solo se amenaza a ese otro, se amenaza a la humanidad entera. Tal vez aĆŗn estamos a tiempo. Pero el desafĆo no es solo polĆtico. No es solo militar. No es solo diplomĆ”tico. Es, ante todo, humano. Debemos detener no solo las armas⦠sino las ideas que las hacen posibles. Porque si alguna vez llegamos a vivir una verdadera āguerra de civilizacionesā⦠no habrĆ” vencedores. Solo una derrota compartida. La de la Ćŗnica civilización que realmente existe: la humana. Y sin embargo, mĆ”s allĆ” de toda frontera, de toda fe y de toda ideologĆa, hay algo que nos precede y nos une: somos seres conscientes habitando un mismo Universo, hechos de la misma materia, atravesados por la misma capacidad de sentir, pensar y de reconocernos en el otro. Por eso, uno de los principios cardinales de los derechos humanos āla igualdad ante la leyā no es solo una norma jurĆdica, es una afirmación profunda de nuestra condición compartida. En la sociedad secular, ese principio protege la diversidad sin imponer una verdad Ćŗnica, y en paralelo, en las tradiciones abrahĆ”micas judĆas, cristianas y musulmanas, se expresa de otra forma, pero con la misma esencia, la de que todos fuimos creados a imagen y semejanza. Y es allĆ āen ese punto donde la conciencia, la ley y la espiritualidad coincidenā donde la humanidad se reconoce, no como fragmentos enfrentados, sino como una sola civilización que, al olvidarlo, corre el riesgo de perderse a sĆ misma⦠como cuando un presidente nos espeta que en sus manos estĆ” el poder de desaparecer una civilizaciónā¦
Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en psicologosgessen@hotmail.com... Que la Suprema Providencia Universal nos acompaƱe a todosā¦
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