Una nueva Venezuela
- Horacio Biord Castillo

- 23 ago
- 3 min de lectura

No es nada fácil vislumbrar los caminos de la reconstrucción de Venezuela, llámese refundación, renacimiento o transición. Una gran cantidad de actores y analistas sugieren posibles rutas, pasos a seguir, metas y objetivos. Un abordaje se distancia del otro, una visión comparte puntos con otra. Cada analista prioriza sus áreas de especialización, cada actor enfatiza sus fines y percepciones. Mientras tanto, la gente se pregunta dónde estamos y hacia dónde vamos. Una pregunta complementaria, pero no menos relevante, es de dónde venimos.
La pregunta de dónde venimos puede ayudar a responder las otras dos. Con frecuencia, la
angustia por el presente nos lleva a olvidarnos de los antecedentes y el desespero por encontrar salidas a los problemas más acuciantes nos puede hacer obviar lo que, en algunos momentos, pudiera parecer superfluo, como son los orígenes. Probablemente, en el caso venezolano, sea todavía más importante precisar de dónde venimos.
Los antecedentes de la actual situación de Venezuela hay que buscarlos en el pasado, no
solamente reciente sino también mediato. El cansancio social y la frustración colectiva que se
produjeron a mediados de la década de 1980 y que se expresaron ya a finales de esa década y en la de 1990, tienen que ver con el agotamiento de un modelo político, con grandes virtudes, pero también con grandes males y letales distorsiones.
A veces escucho con sorpresa declaraciones como que, algún día, todo volverá a ser igual o que todo se restaurará. Sin embargo, no tenemos un referente ideal al cual volver, concepto además extravagante porque la historia, como la vida personal, no retorna a puntos del pasado. En todo caso, el invocar un momento ideal es solo un recurso mítico. Ese pasado dorado puede servir, sin embargo, como aliciente para construir un nuevo modelo de país, más justo e inclusivo, no solo respetuoso de su propia diversidad sino fundado en ella, por y para ella.
Si revisamos las causas más recientes de la situación actual o los eventos que le dieron origen a finales de la década de 1990, tenemos que admitir que existían condiciones objetivas, como ahora también, para buscar un cambio. Por ello, las cosas sucedieron entonces como sucedieron. Esta reflexión sobre los orígenes de la situación resulta, sin duda, más importante de lo que pudiera parecer. Para expresarlo en el lenguaje de la visión católica del sacramento de la penitencia o confesión, es necesario un examen de conciencia, que debe ir acompañado del llamado dolor de corazón o arrepentimiento. Se trata de identificar errores, admitir que incluso colectivamente hay responsabilidades, y tener el propósito de enmendarlos. Estas declaraciones encuentran mucha resistencia, pues es más fácil descargar toda la culpa en quien no piensa o actúa como nosotros o como creemos o nos gustaría que debe hacerlo.
Ese propósito de enmienda, en este caso social, debe guiar la construcción de un nuevo modelo de país. Para ello, además del concurso de los especialistas y representantes de distintas disciplinas y sectores, es también importante volver a la tradición venezolana, que en realidad debería expresarse en plural porque es la sumatoria de distintas tradiciones. Hay que volver sobre intelectuales y pensadores que aportaron ideas sobre el país o para su bienestar. A ello se debe añadir, en la medida de lo posible, las meditaciones de tantas mujeres y hombres sabios a los que a veces no se les otorga mayor visibilidad social por no ser grandes escritores o académicos relevantes.
Es la hora de convocar a todos, sin mezquinas exclusiones, de concertar y de volver sobre las ideas que, en el pasado, especialmente en el siglo XX, como espacio temporal cercano, se expusieron y propusieron para solventar los problemas del país y encarar los retos de su más adecuada resolución. No se trata de copiar propuestas, sino de alimentarnos de ellas para plasmar, de manera amplia, un nuevo país.



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