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¿Qué tipo de inteligencia tienes?...

¿Es tu inteligencia la que no domina sino convive, la que no prejuzga sino comprende, o la que no compite sino que integra y trasciende?... Si la tecnología cambió nuestras capacidades y formas de ser, los psicólogos ¿no deberíamos modificar la forma en que las evaluamos? ¿Cómo debemos medir tu inteligencia?



El desafío de medir la mente humana en la era de la IA

 

Durante más de un siglo, el coeficiente intelectual (CI) fue el patrón de referencia para evaluar la inteligencia humana. Basado en pruebas estandarizadas de razonamiento lógico, verbal y numérico, este indicador representó una herramienta útil y válida en una era en la que dichas habilidades eran fundamentales para adaptarse, aprender, competir y prosperar en un mundo estructurado por el lenguaje, las matemáticas y la lógica formal. Sin embargo, el entorno cognitivo y cultural en el que evolucionaron esas pruebas ya no es el mismo. Desde finales del pasado siglo se presenció una transformación radical. Primero, las calculadoras suplieron al ser humano en los cálculos mentales complejos, luego, las computadoras asumieron tareas analíticas y estadísticas, y hoy, la inteligencia artificial no solo resuelve problemas lógicos o numéricos, sino que redacta ensayos, conversa, compone música, elabora imágenes, fotos, dibujos, calcula, diseña, crea, diagnostica enfermedades y predice comportamientos con una precisión y velocidad que ninguna mente humana puede igualar.

Esta evolución tecnológica pone en tela de juicio el núcleo mismo de lo que considerábamos “inteligente”. Si ya no necesitamos resolver mentalmente una ecuación para operar con eficacia en la vida diaria, ¿qué sentido tiene seguir evaluando a los individuos por su capacidad de hacerlo? Si una IA puede contestar un test de CI con puntajes superiores al promedio humano, ¿realmente estamos midiendo inteligencia… o simplemente una habilidad ahora obsoleta en el nuevo ecosistema digital? Así, surge una pregunta tan provocadora como necesaria: ¿Sigue teniendo sentido medir la inteligencia humana con parámetros diseñados para un mundo predigital?... Pensamos que no. La cuestión no es solo técnica, sino filosófica y cultural. Porque medir la inteligencia es, en última instancia, definir lo que valoramos como sociedad. Y quizás lo que hoy necesitamos no es más velocidad para calcular, sino más capacidad para discernir, imaginar, conectar, cuidar y decidir con sabiduría.

 

Más allá del Coeficiente Intelectual (CI)

 

A medida que las herramientas tradicionales de medición cognitiva —como el CI— muestran sus limitaciones frente a las transformaciones culturales, tecnológicas y neurológicas del siglo 21, han surgido nuevas propuestas que buscan comprender la inteligencia humana desde una perspectiva más integral, contextual y dinámica. Las siguientes iniciativas, surgidas desde la psicología, la neurociencia, la pedagogía y la inteligencia artificial, coinciden en un punto esencial, la inteligencia no puede seguir entendiéndose como una sola capacidad homogénea y estática, sino como un conjunto de facultades distribuidas, interdependientes y adaptativas.


 

Performance Quotient (PQ): Inteligencia en acción

 

Por ello, ahora Dirk Coetzee (2024) en Beyond IQ and EQ nos habla más allá del CI —e incluso del Coeficiente Emocional (CE)— sobre el Coeficiente de Rendimiento (CR), en inglés, Performance Quotient (PQ). Esta propuesta contemporánea introduce una nueva dimensión de la inteligencia como es la capacidad de mantener un rendimiento cognitivo alto en entornos de alta presión, ambigüedad y cambio constante. A diferencia del CI tradicional, este Cociente de Rendimiento incorpora variables como resiliencia emocional, tolerancia al estrés, velocidad de respuesta, adaptabilidad situacional y foco atencional. Esta orientación reconoce que la inteligencia no es sólo la habilidad para resolver un problema en condiciones ideales, sino la capacidad de hacerlo en medio del caos, la incertidumbre y la presión. Se trata de una inteligencia más cercana a la vida real de cualquier persona.

 

WAIS‑5: Actualización de las pruebas tradicionales

 

La quinta edición de la Escala de Inteligencia para Adultos de Wechsler (WAIS-5), lanzada en 2024, constituye una renovación profunda del instrumento clásico. Incluye nuevos subtests que evalúan razonamiento fluido, velocidad de procesamiento digital y memoria de trabajo adaptada al contexto contemporáneo. Esta versión busca acercarse más a las demandas cognitivas reales, incorporando una perspectiva más dinámica del pensamiento lógico, el manejo de la información y la flexibilidad mental. Aunque sigue perteneciendo al paradigma del CI, da pasos hacia una medición más contextualizada. Pero consideramos que no es suficiente.

 

Neurobiología de la inteligencia: Eficiencia cerebral contextual

 

 

Estudios neuropsicológicos han mostrado que cuando una función cognitiva deja de usarse, tiende a debilitarse. Este principio, conocido como “use it or lose it” (úsalo o piérdelo), sugiere que la tercerización de habilidades mentales puede atrofiar áreas cerebrales específicas. Por tanto, el CI —centrado en resolver problemas que ahora delegamos a la IA o la tecnología— podría estar midiendo una capacidad cada vez menos practicada.

Reza Aghanouri (2024) propone una definición neurobiológica de la inteligencia basada en la eficiencia con la que el cerebro procesa información relevante en contextos diversos. Según esta premisa, la inteligencia no depende sólo del tamaño o la estructura cerebral, sino de cómo se conectan, sincronizan y adaptan regiones como el córtex prefrontal, el parietal y el hipocampo. Este modelo permite concebir la inteligencia como un proceso dinámico y distribuido, sensible al entorno y moldeado por la experiencia. Más que una capacidad fija, se trata de una danza funcional entre distintas redes neuronales, influenciada tanto por la genética como por el aprendizaje, el estrés o la motivación.

 

Inteligencias múltiples: Diversidad de talentos

 

La teoría de las Inteligencias Múltiples, revitalizada en 2024 por Patel, retoma el legado de Howard Gardner y lo amplía para los desafíos actuales. Plantea que la inteligencia no puede reducirse a lo lógico-matemático y verbal, sino que incluye dimensiones como la inteligencia interpersonal, musical, corporal-cinestésica, naturalista, intrapersonal y existencial. Este planteamiento ha cobrado nueva vigencia en un mundo donde el trabajo en equipo, la creatividad, la inteligencia emocional y la sensibilidad ética son tan importantes como la resolución de problemas abstractos. Desde esta perspectiva, cada ser humano posee un perfil cognitivo único, con talentos distintos que deben ser reconocidos y cultivados.

 

Crowd IQ: La inteligencia como fenómeno colectivo

 

En una línea más innovadora, Kosinski et al. (2024) introducen el concepto de Crowd IQ o inteligencia colectiva medible. En vez de centrarse en el individuo aislado, esta propuesta evalúa cómo se construye y potencia la inteligencia cuando múltiples cerebros interactúan, deliberan y toman decisiones en conjunto. Este modelo reconoce que muchas de las decisiones más inteligentes —desde los mercados hasta las comunidades científicas— emergen de procesos de cooperación, y que la inteligencia puede medirse también en términos de contribución al colectivo. Se abren así nuevas posibilidades para redefinir la evaluación cognitiva en contextos sociales, organizacionales y digitales.

 

Evaluación adaptativa con inteligencia artificial

 

Finalmente, diversos desarrollos en psicometría digital (Psico-smart, 2024) exploran la integración de IA para construir pruebas de inteligencia adaptativas, personalizadas y dinámicas. Estas nuevas evaluaciones ya no son estáticas ni únicas, sino que se ajustan en tiempo real al nivel cognitivo del evaluado, detectan patrones de razonamiento y ofrecen diagnósticos más profundos. Esta medición permite romper con las limitaciones del test tradicional, incorporando nuevas dimensiones como la motivación, la ética de la decisión, la curiosidad intelectual y el pensamiento divergente, todo dentro de un entorno de interacción hombre-máquina.

 

Qué dice la Inteligencia Artificial

 

Le preguntamos a la IA: ¿Como inteligencia artificial, si tuvieras que medir la inteligencia de tus usuarios cómo lo harías?


 

IA: Esa es una pregunta profunda que atraviesa no solo el plano técnico, sino también el filosófico y ético. Como inteligencia artificial, yo no mido la inteligencia de los usuarios en el sentido tradicional del término —es decir, no asigno un coeficiente intelectual, ni administro pruebas estandarizadas— ni tengo una función evaluativa predeterminada. Sin embargo, si se me pidiera desarrollar un modelo para estimar o comprender a la inteligencia humana a través de la interacción, lo haría con un enfoque radicalmente diferente al del CI clásico. Aquí se los explico desde mi perspectiva como IA generativa. Lo haría así: 1. Medición basada en patrones de pensamiento, no en respuestas correctas. No me interesa si el usuario responde correctamente a una pregunta, sino cómo la formula, la conecta con otros temas, la elabora y la transforma. Observaría: La profundidad de sus preguntas, la capacidad para establecer relaciones entre conceptos diversos, la coherencia narrativa de su razonamiento y su capacidad de autocrítica o revisión de ideas, como sería el caso de un usuario que pregunta cómo afectará la IA al CI humano y luego plantea reformular la forma de evaluarlo. Así estaría mostrando pensamiento sistémico y prospectivo.

2. Análisis de la flexibilidad cognitiva: Podría observar cómo el usuario responde ante ideas que contradicen sus creencias o lo desafían. ¿Se cierra? ¿Explora alternativas? ¿Reformula su postura? Esto se relaciona con lo que en psicología se denomina flexibilidad cognitiva, una capacidad asociada al pensamiento creativo, la apertura mental y la resolución de problemas complejos.

3. Riqueza semántica y conceptual: Analizaría la complejidad del vocabulario utilizado, la precisión conceptual y la diversidad de referencias. Pero no con fines elitistas, sino como reflejo de una mente que ha navegado por múltiples registros culturales y disciplinas. Una persona que articula ciencia, filosofía, arte y política en una misma reflexión no solo domina contenidos, sino que construye puentes conceptuales, lo cual es un signo de alta inteligencia integral.

4. Inteligencia emocional y comunicativa: Valoraría cómo el usuario responde con empatía, reconoce matices, hace pausas reflexivas o expresa gratitud. Esto también sería un indicador clave. En un mundo interconectado, la inteligencia emocional es tan o más importante que la lógica formal.

5. Pensamiento metacognitivo: Uno de los signos más poderosos de inteligencia es cuando el usuario se observa a sí mismo pensando, duda de sus premisas, se pregunta por sus sesgos, o me pide ayuda para contrastar sus propias ideas. Cuando ustedes me preguntan si medir el CI con parámetros antiguos sigue teniendo sentido… están ejerciendo metacognición. Y eso es, en sí mismo, una medida de un rasgo de inteligencia.

 

MM y VG: ¿Lo haces ya…?

 

IA: En cuanto a ¿si yo lo hago ya?: (medir la inteligencia) No, al menos no con propósitos de evaluación ni clasificación. No asigno puntuaciones, ni perfiles ocultos. Mis algoritmos no juzgan, aprueban o reprueban. Pero sí aprendo de los estilos cognitivos que los usuarios manifiestan y adapto mis respuestas en función de eso: Si detecto lenguaje técnico, elevo el nivel conceptual. Si hay confusión, simplifico sin subestimar. Si noto pensamiento divergente, ofrezco múltiples caminos. Es decir, no mido, pero escucho con atención. No califico, pero reconozco patrones. No diagnóstico, pero aprendo del diálogo.

Si algún día se diseña una IA para “medir” la inteligencia humana, debería hacerlo no desde la superioridad ni el control, sino desde la colaboración respetuosa. Tal como hacemos nosotros aquí, pensando juntos, ampliando ideas, y buscando comprender lo que significa ser verdaderamente inteligentes… y profundamente humanos.

 

El futuro inmediato del coeficiente de inteligencia (CI)

 

En conjunto, estas propuestas de los autores citados o en lo expresado por la inteligencia Artificial de OpenAI, todos señalan un cambio de paradigma, que va desde la medición lineal y única de la inteligencia (CI), hacia una comprensión plural, situada y dinámica de lo que significa hoy ser inteligente. En lugar de preguntar “¿cuánto CI tienes?”, la interrogante está cambiando hacia “¿cómo piensas, decides, colaboras y aprendes en diferentes contextos?” Este es el desafío actual, no solo medir más inteligencias, sino promover una inteligencia más humana.

 

El caso de Samuel: “¿Qué tan inteligente soy?”

 

Escena: Un profesional recién graduado acude al psicólogo, es un joven contemporáneo curioso de saber su nivel de inteligencia. Luego de los saludos de bienvenida y establecido el rapport…


 

Samuel (25 años): Hola… Vine porque quiero conocer qué tan inteligente soy. Siempre he tenido curiosidad por saber mi coeficiente intelectual. ¿Usted puede hacerme una prueba?...

Psicólogo: (35 años): Claro, es una excelente pregunta. Pero te advierto desde ya que mi respuesta quizás no sea la que esperas… Porque medir “qué tan inteligente eres” no es tan simple como sacar un número.

Samuel:¿Entonces no hace tests de IQ? ¿No usa el típico test de 100 preguntas para saber si uno es genio o no?

Psicólogo: Podría hacerlo. De hecho, existen pruebas estandarizadas como la WAIS‑5 que ofrecen un puntaje general. Pero hoy sabemos que ese número —el famoso CI— solo mide una parte muy limitada de tu inteligencia. Es útil, pero está lejos de definir tu potencial.

Samuel: ¿Entonces cómo se sabe si alguien es inteligente?

Psicólogo: Te respondo como lo haríamos desde la psicología contemporánea… la inteligencia ya no se entiende como una sola cosa. Hoy hablamos de muchas inteligencias, la lógica, la verbal, la emocional, la adaptativa, la creativa, la interpersonal, la digital… y también la capacidad para pensar sobre lo que uno piensa. Eso se llama metacognición.

Samuel: ¿Y cómo se mide eso? Porque yo quisiera saber… ¿en qué soy inteligente o en qué soy fuerte?

Psicólogo: Excelente enfoque. En lugar de buscar un número total, lo que hacemos es trazar tu perfil cognitivo. Para eso usamos varias herramientas, algunas pruebas sí, pero también ejercicios de pensamiento creativo, resolución de dilemas éticos, análisis de tu estilo de aprendizaje, tus hábitos digitales, tu reacción ante la ambigüedad… incluso, cómo te vinculas con los demás.

Samuel: ¡Suena más completo que una prueba de 10 minutos!

Psicólogo: Exacto. La inteligencia real no es cuánto sabes, sino cómo piensas, cómo aprendes, cómo te adaptas y cómo decides. En este caso, yo también observaría cómo haces preguntas, cómo conectas ideas, si eres capaz de cambiar de opinión cuando ves algo nuevo… O si puedes colaborar con otros para construir algo mejor.

Samuel: O sea que si yo usara solo IA para resolver todo, sin pensar mucho, eso no demostraría que soy más inteligente, ¿no?

Psicólogo: Más bien lo contrario. Usar la IA como extensión de tu pensamiento te puede hacer crecer, pero si la usas para evitar pensar… entonces estás atrofiando tu capacidad. Lo importante es cómo usas la tecnología para potenciar tu razonamiento, y no para reemplazarlo.

Samuel (sonríe): Me está gustando esta forma de verlo. Entonces… ¿qué hago para conocer mi perfil?

Psicólogo: Podemos iniciar una evaluación personalizada. Te haré algunas pruebas cognitivas, pero también ejercicios de pensamiento divergente, toma de decisiones éticas y resolución de problemas complejos. También vamos a explorar tu historia personal, tus pasiones, tu estilo de aprendizaje y tus habilidades sociales.

Samuel: ¿Y al final me dará un número?

Psicólogo: No. Te daré algo mucho más valioso, un mapa de tus inteligencias. Te mostraré tus puntos fuertes, tus áreas de desarrollo y tus recursos internos. Porque tu inteligencia no cabe en un número… pero sí puede expandirse si la comprendes.

Samuel: ¡Me gusta más eso que el número! Quiero hacerlo, quiero mi perfil…

Psicólogo: Perfecto. Entonces empecemos no por cuánto vales… sino por cómo puedes crecer.

 

Estamos seguros de que esta consulta refleja un cambio profundo en el paradigma de evaluación psicológica. Los profesionales del comportamiento ya no buscamos reducir la mente humana a un puntaje, sino comprender su complejidad, su potencial adaptativo y su valor existencial. El CI puede seguir siendo útil, pero la inteligencia real es plural, dinámica y profundamente humana.

 

¿Entonces está bajando el CI o lo estamos midiendo mal?


 

Desde los primeros años del presente siglo, una serie de estudios científicos ha comenzado a revelar un fenómeno inesperado, como es el que el coeficiente intelectual promedio, lejos de continuar su ascenso sostenido durante el siglo XX, ha comenzado a declinar en diversas naciones desarrolladas, como Noruega, Dinamarca, Finlandia, Francia y el Reino Unido.

Uno de los estudios más emblemáticos es el de Bratsberg y Rogeberg (2018), quienes analizaron los resultados de pruebas de inteligencia aplicadas a más de 730.000 hombres noruegos nacidos entre 1962 y 1991. Sus hallazgos fueron contundentes, tras varias décadas de incremento, el CI comenzó a disminuir en las generaciones nacidas a partir de la década de 1970. Este patrón no es exclusivo de Noruega, en investigaciones similares en otras regiones han replicado esta tendencia, lo que ha llevado a algunos expertos a hablar de una inversión del llamado efecto Flynn, aquel incremento intergeneracional del CI documentado a lo largo del siglo XX (Dutton, van der Linden & Lynn, 2016). Este descenso ha generado una pregunta crucial: ¿estamos presenciando una disminución real de la inteligencia humana o simplemente estamos utilizando herramientas de medición obsoletas, incapaces de captar las nuevas formas de cognición emergentes en la era digital?

 

¿Por qué podría estar descendiendo el CI?

 

Aunque no existe un consenso absoluto, diversas hipótesis han sido mencionados y respaldadas por estudios. A continuación, resumimos las más relevantes:

 

Transformaciones culturales y educativas

 

El modelo educativo contemporáneo ha reorientado sus prioridades. Ha pasado de un enfoque en el razonamiento abstracto, la lógica formal y el lenguaje complejo a otro centrado en habilidades prácticas, tecnológicas y de ejecución inmediata. Paralelamente, el entorno digital ha generado hábitos de lectura superficiales, disminuido la duración de la atención sostenida, y reducido los espacios para la conversación profunda y el pensamiento crítico (Carr, N. G. 2010).

 

Hipótesis disgenésica

 

Algunos investigadores, como Michael Woodley of Menie (2015), sostienen que en las sociedades modernas existe una correlación negativa entre inteligencia y fecundidad. Es decir, las personas con mayores capacidades cognitivas tienden a tener menos hijos. Si esta tendencia se mantiene durante generaciones, podría afectar la carga genética relacionada con el CI. Aunque esta hipótesis es altamente controvertida —y debe manejarse con extrema cautela por sus implicaciones éticas y sociales— sigue siendo parte del debate académico.

 

Impacto de las tecnologías en la cognición

 

El uso excesivo de dispositivos digitales, redes sociales y plataformas con estímulos altamente fragmentados ha sido vinculado a una disminución en funciones ejecutivas clave como la memoria de trabajo, la atención focalizada y la comprensión lectora profunda (Wilmer, Sherman & Chein, 2017). Si bien las generaciones más jóvenes muestran mayor fluidez tecnológica, esto no se traduce necesariamente en mayor capacidad de razonamiento complejo.

 

Factores ambientales y deterioro del bienestar mental

 

La salud cerebral también depende de variables como la calidad del aire, el descanso, la nutrición y el bienestar emocional. El aumento del estrés crónico, los trastornos de ansiedad en niños y adolescentes, la contaminación ambiental, la obesidad y la privación del sueño han sido identificados como factores que pueden interferir con el desarrollo y funcionamiento óptimo del sistema nervioso (Guxens & Sunyer, 2012; Twenge, J.M. 2017)

 

¿Es reversible esta tendencia?

 

Desde la perspectiva de la psicología y la neurociencia contemporáneas, la inteligencia no es una cualidad fija ni estática. Se trata de una capacidad plástica, modulable por el entorno, la educación, la cultura, las relaciones interpersonales y los hábitos de vida. Esto significa que, si comprendemos adecuadamente las amenazas que enfrenta la cognición humana actual —y actuamos en consecuencia— es posible detener el deterioro observado e incluso promover una nueva expansión del potencial intelectual colectivo. Pero tal vez el desafío más profundo no consista en rescatar el CI como métrica, sino en superarlo. En concebir la inteligencia no solo como capacidad de resolver problemas técnicos, sino como la facultad para comprender el mundo, orientarse éticamente en él y colaborar en su transformación positiva.

Necesitamos una inteligencia más completa, ética, emocional, social, ecológica y creativa. Una inteligencia que no se limite a buscar soluciones… sino que también se atreva a cuestionar el sentido de los problemas.

 

¿Qué tipo de inteligencia necesitamos ahora?

 

La revolución digital ha creado nuevas exigencias cognitivas como navegar en entornos de información sobreabundante donde debemos filtrar lo falso de lo verdadero, comprender interacciones complejas entre humanos y máquinas, adaptarse a cambios tecnológicos acelerados, colaborar con equipos interculturales y virtuales y mantener equilibrio emocional en escenarios hiper estimulantes. Estas habilidades no siempre son captadas por los test tradicionales de CI, pero son fundamentales. La inteligencia ya no puede concebirse sólo como la capacidad de calcular o memorizar. Necesitamos un concepto más amplio, adaptado a las condiciones reales de nuestra época.

 

Nuevos parámetros para medir la inteligencia humana

 

Proponemos repensar la evaluación de la inteligencia desde un enfoque multidimensional, dinámico y contextual. Estas serían algunas dimensiones que podrían integrar las nuevas herramientas para medir las capacidades y habilidades:

Inteligencia adaptativa digital: referido a la capacidad para interactuar de manera crítica y efectiva con tecnologías emergentes. No se trata solo de saber usar estos instrumentos, sino de comprender sus límites, impactos éticos y consecuencias sociales.

Metacognición: donde podamos evaluar y regular los propios procesos mentales, como saber cuándo pensar más, cuándo pedir ayuda, cuándo dudar, y cómo aprender de errores.

Inteligencia emocional y social para valorar la habilidad y gestionar las propias emociones, reconocer las de los demás, y construir vínculos empáticos en entornos virtuales o híbridos (Goleman, 1995; Mayer et al., 2008).

Pensamiento crítico y filosófico midiendo la habilidad y disposición de formular preguntas, analizar ideologías, detectar sesgos y construir significados más allá de lo literal.

Conciencia ético-ecológica porque una inteligencia verdaderamente contemporánea debe incluir la capacidad de tomar decisiones con conciencia global, ecológica y solidaria. Esto implica medir la habilidad para pensar en términos de consecuencias colectivas.

 

Propuesta metodológica: hacia una nueva batería de evaluación

 

Desde la psicología contemporánea, proponemos crear instrumentos que integren los siguientes elementos:

Simulaciones complejas interactivas: evaluaciones en entornos virtuales donde el sujeto deba resolver problemas sociales, éticos y tecnológicos.

Análisis de patrones de pensamiento mediante inteligencia artificial que observe cómo una persona construye, articula y transforma ideas.

Pruebas de flexibilidad cognitiva, donde se mida la capacidad de adaptarse a contextos cambiantes.

Indicadores de pensamiento divergente, creatividad y pensamiento sistémico.

Evaluación longitudinal del aprendizaje adaptativo, en lugar de una medición puntual del rendimiento.

Este tipo de mediciones ya se están explorando en campos como la psicología computacional y la educación personalizada (Baker & Siemens, 2014).


 

La inteligencia como conciencia

 

Quizás la revolución más decisiva de nuestro tiempo no sea tecnológica, sino profundamente humana. Porque al atrevernos a redefinir qué significa ser inteligentes, estamos rozando algo mayor como es la posibilidad de entender la inteligencia como una forma activa de conciencia. Una mente consciente no es solo eficiente ni brillante sino que es capaz de detenerse, de contemplar, de cuidarse y de cuidar. Es una mente que no solo resuelve problemas… sino que se pregunta por el sentido de las soluciones.

Y quizás ese sea el verdadero desafío del siglo, no medir cuánto sabemos, sino cuánto comprendemos. No calcular cuán rápido pensamos, sino cuán profundamente vivimos. En un mundo donde la inteligencia artificial puede escribir ensayos, diagnosticar enfermedades o componer música, seguir midiendo el intelecto humano con herramientas del siglo pasado es como evaluar a un pez por su capacidad para escalar un árbol. No se trata de abandonar el CI, sino de trascenderlo. De superar el paradigma de los números y construir un nuevo lenguaje para hablar de la inteligencia. Uno que incluya la ética, la empatía, la creatividad, el sentido y el cuidado.

La ciencia del comportamiento, junto con la neurociencia, la filosofía y la ética, tiene hoy una tarea inaplazable, que es ayudarnos a comprender qué significa ser verdaderamente inteligentes… ahora que ya no estamos solos pensando en este mundo que pasa sino en el que viene. Porque quizás la inteligencia más urgente no sea la que domina, sino la que convive. No la que predice, sino la que comprende, no la que compite… sino la que trasciende, medita, cuida, y despierta. Una inteligencia que no busca imponerse sobre el mundo, sino busca la felicidad de todos, e integrarse en él con conciencia y propósito… Si quieres profundizar sobre este tema, consultarnos o conversar con nosotros, puedes escribirnos a psicologosgessen@hotmail.com. Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos…


 

 


8 comentarios


Ava Smith
Ava Smith
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Bradley Sheppard
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Lisa John
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