¿Quién será el nuevo inquilino de la Casa de Nariño?
- Vladimir Gessen
- hace 8 horas
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Los colombianos el domingo se la juegan y deciden entre los escenarios hacia la continuidad, lograr un giro conservador, o la fragmentación…
Colombia llega a estas elecciones presidenciales en uno de los momentos más tensos, emocionalmente agotados y peligrosamente polarizados de las últimas décadas. No se trata únicamente de escoger un presidente. Lo que realmente está en juego es definir hacia dónde se moverá el país después del experimento político iniciado por el presidente saliente, Gustavo Petro. Colombia decidirá si continuará profundizando un proyecto de izquierda que promete transformación social, si girará nuevamente hacia una derecha de orden, autoridad y seguridad, o si terminará atrapada en una fragmentación política que podría volver todavía más difícil la gobernabilidad futura. Colombia parece debatirse entre tres emociones colectivas totalmente diferentes: el deseo de cambio, el miedo al deterioro, y la necesidad desesperada de estabilidad… Las encuestas más recientes muestran una competencia dominada por tres grandes fuerzas, el oficialismo de izquierda encabezado por Iván Cepeda por una parte, por la otra, una derecha conservadora y de seguridad representada por dos segmentos encabezados por Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia, y un tercer factor, un centro político debilitado alrededor de figuras como Sergio Fajardo, que intenta sobrevivir en medio de una polarización que devora los matices, y convierte la moderación en debilidad.
Un escenario resuena
La verdadera elección comenzaría después de la primera vuelta. Lo primero que parece posible es que Colombia vaya a una segunda vuelta presidencial. Y para entender la enorme importancia de esto hay que comprender cómo funciona el sistema electoral colombiano. La ley establece que para ganar la presidencia en primera vuelta un candidato debe superar el 50% de los votos válidos. Si ningún aspirante alcanza esa cifra —como parece probable en el escenario actual— los dos candidatos más votados pasan a una segunda elección definitiva semanas después, el 21 de junio de 2026. Lo que cambia completamente la psicología de la política. La primera vuelta suele ser emocional, ideológica y fragmentada. La segunda… se convierte en matemática pura, supervivencia política y concentración de poder. Porque deja de ser únicamente de quién despierta más entusiasmo… y comienza a tratarse de quién logra unir más rechazo contra el adversario principal… Y precisamente allí podría esconderse el verdadero desenlace de esta elección…
Más votos en la primera pero no en la segunda
El escenario pareciera ser el siguiente, el petrismo podría terminar obteniendo el mayor número individual de votos en la primera vuelta. Eso no sería extraño. La izquierda colombiana posee hoy una maquinaria territorial, sindical, mediática y emocional mucho más sólida que hace apenas una década. Conserva apoyo importante en sectores populares, jóvenes urbanos, movimientos sociales y votantes que siguen viendo en el proyecto iniciado por Petro una ruptura histórica frente a décadas de desigualdad, corrupción y abandono social. Pero al mismo tiempo, el desgaste del gobierno comienza a sentirse. Una cosa es votar entre izquierda y derecha. Y otra muy distinta es votar por la continuidad directa del “petrismo” en medio del aumento de la inseguridad, el cansancio económico, la incertidumbre institucional y la percepción creciente de desorden político. Y allí aparece el límite del oficialismo. El petrismo parece conservar un núcleo duro muy fuerte… pero encuentra enormes dificultades para crecer más allá de él. Eso significa que podría ganar la primera vuelta… sin lograr más del 50 % del electorado. Entonces comenzaría el escenario probablemente más delicado y más peligroso para el oficialismo como sería la unificación de las derechas democráticas y sectores moderados alrededor del candidato opositor más fuerte. Y ese fenómeno —el “toconpe” (todos contra el petrismo)— podría cambiarlo todo. Porque en la segunda vuelta las diferencias internas muchas veces se reducen frente al miedo compartido de que continúe el adversario principal. Así, los sectores conservadores, liberales, empresariales, votantes de centro, antiguos uribistas, e incluso, ciudadanos no ideologizados podrían terminar agrupándose alrededor de quien llegue con más fuerza para enfrentar al petrismo. No necesariamente por amor político. Sino por necesidad estratégica. Y allí podría emerger un enorme “voto castigo”. Un voto emocional. Un voto de cansancio. Un voto de temor. Un voto que no necesariamente ama a la derecha… pero que teme la continuidad del actual modelo político. Y eso convierte esta elección en algo mucho más complejo que una simple disputa ideológica. Demostrando —una vez más— que la política moderna ya no funciona solamente por adhesión o por ideologías. Funciona también por rechazo. Millones de ciudadanos ya no votan únicamente “por” alguien. Votan contra el miedo. Contra la inseguridad. Contra la inflación. Contra el caos. Contra el desgaste. Contra el otro. Y cuando una sociedad entra en esa dinámica emocional, las segundas vueltas pueden transformarse en verdaderos terremotos políticos. El ascenso de Abelardo de la Espriella refleja precisamente ese fenómeno. Representa una nueva derecha mucho más emocional, mediática, confrontacional y centrada casi exclusivamente en autoridad, orden y combate frontal contra el crimen. Su crecimiento recuerda parcialmente fenómenos recientes observados en otros países latinoamericanos, donde el miedo colectivo termina fortaleciendo liderazgos duros y discursos de restauración del control. Y Colombia conoce demasiado bien el trauma de la violencia como para subestimar esa narrativa. Mientras tanto, el uribismo tradicional enfrenta quizá su momento más complejo. Durante más de dos décadas Álvaro Uribe dominó gran parte de la vida política colombiana. Pero estas elecciones parecen mostrar el inicio de algo nuevo, el “pos-uribismo”. Paloma Valencia representa todavía la continuidad ideológica de esa corriente histórica. Sin embargo, parte del electorado conservador parece estar mirando hacia figuras más agresivas, disruptivas y emocionalmente intensas como De la Espriella. La derecha se divide en la primera vuelta… pero podría unirse en la segunda. De esta forma podría decidirse completamente el futuro político colombiano. Lo cual nos indica que el verdadero problema colombiano ya no parece ser únicamente electoral. Es psicológico. Es emocional, y a la vez es institucional… Colombia enfrenta simultáneamente demasiadas tensiones acumuladas como la desigualdad histórica, el narcotráfico persistente, la violencia estructural, el agotamiento económico, la pérdida de confianza institucional, polarización ideológica extrema, y una ciudadanía emocionalmente saturada. Por eso esta elección se siente distinta. Porque millones de colombianos intuyen que no están votando simplemente por un presidente… sino por el modelo completo de país en el que desean vivir durante las próximas décadas.
Al final…
… lo más inquietante de Colombia no sea quién gane la presidencia… sino el estado emocional que esta elección deja al descubierto. Porque las democracias modernas están entrando en una etapa donde el miedo comienza a pesar más que la esperanza. Las redes sociales amplifican la rabia. Los algoritmos premian la confrontación. Y la política aprende rápidamente que asustar moviliza más que convencer. Por eso las campañas ya no prometen solamente futuro… prometen protección frente al desastre que supuestamente representa el otro. Y en medio de ese clima emocional, Colombia parece acercarse a un escenario particularmente probable, la de un petrismo fuerte en primera vuelta, seguido por una segunda vuelta donde las derechas democráticas y sectores moderados podrían terminar uniéndose alrededor del candidato opositor revitalizado para intentar derrotarlo. Allí podría decidirse todo.
"Y ojalá —me comenta mi esposa María Mercedes Gessen— que Colombia, con su larga historia de dolor, violencia y resiliencia, logre atravesar este proceso electoral fortaleciendo su democracia y no debilitándola. Porque América Latina conoce demasiado bien una tragedia que se ha repetido muchas veces en la historia moderna, la de los líderes y movimientos que llegan al poder por la vía democrática… pero que luego utilizan las propias herramientas de la democracia para debilitar sus instituciones, concentrar poder, erosionar las libertades, y hacer cada vez más difícil la alternancia política”.
De esta manera hemos visto en las últimas décadas como las democracias latinoamericanas no murieron como antes, únicamente bajo los tanques militares. Vimos como comienzan a apagarse lentamente desde dentro, mientras conservan todavía la apariencia de legalidad. Por eso, más allá de quién gane en Colombia, el verdadero desafío será preservar el equilibrio republicano, la separación de poderes, la libertad de expresión, el derecho a disentir y la posibilidad real de alternancia democrática. Porque cuando una sociedad pierde la capacidad de cambiar libremente a sus gobernantes… comienza lentamente a perder también una parte esencial de su libertad. Y ninguna ideología —de izquierda o de derecha— debería estar jamás por encima de la democracia y de la libertad misma, porque al final las naciones sobreviven no cuando un sector derrota al otro… sino cuando todos aceptan convivir dentro de las reglas de la libertad… lo que no permiten los autócratas… Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en psicologosgessen@hotmail.com... Que la Suprema Providencia Universal nos acompañe a todos…

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