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Pastillas para la paz


Una pastilla para la felicidad sería algo milagroso. Imagen: marcofedermann, Pixabay

Todo comenzó con la trágica muerte de uno de mis primos. Fue justo después de su entierro que el miedo se apoderó de mí. Las siguientes semanas fueron terribles, pues me la pasé rogándole a Dios que la muerte no me llegara tan pronto. Negociaba constantemente con ella para que no me llevara ni a mí, ni a un conocido y mucho menos a otro familiar.


La verdad es que ese año fue terrible, salía a trabajar o a la universidad y sentía que algo o alguien me perseguía. Tenía tanto miedo, que dejé de disfrutar la ciudad a pie (cuando en Caracas se podía caminar seguro) y me compré un carro, al que convertí en mi burbuja protectora. Ya no sentía que me perseguían en el metro, ni en el carrito por puesto, ni en la principal de Las Mercedes; pero entonces se apoderó de mi otro temor: el de sufrir un accidente de tránsito, entonces comprendí que necesitaba ayuda.


No sabía a quién acudir, así que hablé con mi profesora de psicología de la comunicación y ella me remitió con una psicóloga amiga suya. La doctora París me ayudó muchísimo, fui con ella varios meses, y después de algún tiempo, podría decirse que me curé. O al menos eso creía yo. Incluso emprendí uno de mis sueños: convertirme en corresponsal de guerra, lo malo fue que me tocó cubrir conflictos en mi propio país, pero eso es otra historia. En esos años iba a cuanta marcha, manifestación o concentración me pautaran, y no me importaba meterme entre el humo de las lacrimógenas, ni en los piquetes de la Guardia Nacional o de la policía, sólo para obtener las mejores tomas, esas que abren el noticiero. De verdad me sentía bien y ya no tenía miedo.


En ocasiones, una silueta difusa del temor trataba de apoderarse de mí, pero una píldora

milagrosa, mi “pastilla de tranquilidad” lo ahuyentaba y me permitían seguir adelante. Tenía

control total de mis nervios, y gracias a eso me gradué, trabajé en lo que quise y donde quise,

viajé, regresé y hasta me casé.


Poco después me enteré que mi esposa estaba embarazada, y entonces sentí temor. Pero aclaro, el miedo normal que sentimos todos cuando damos pasos trascendentales que nos cambiarán la vida. Comencé a preguntarme ¿En qué mundo le tocaría crecer a mi hijo?


Una noche de agosto llegó mi hijo, el parto se complicó, pero al final el doctor resolvió. Pero mi hijo casi no la cuenta. Nuevamente el miedo de perder a alguien querido, o, mejor dicho, al más querido de los seres, reapareció.


El pequeño fue creciendo y a medida que crecía, el miedo a que le pudiese pasar algo aumentaba también, venían los paseos, las salidas, y después la escuela. En su primer día de colegio, recuerdo que me estacioné frente a la escuela, le entregué el niño a la maestra, me metí en mi carro y no me moví hasta la hora de salida. No me separé de la entrada ni un minuto.


Caracas se fue poniendo cada vez más hostil. En los periódicos, todos los días daban el parte de guerra. Robos, secuestros y demás estaban desgraciadamente de moda. Un día leí el titular: “Muerto niño de 3 años durante balacera”. Resulta que, justo cuando una madre buscaba a su hijo en la escuela, un policía trató de frustrar un robo y los delincuentes lo

enfrentaron. Lamentablemente la madre y el niño quedaron en la línea de fuego. Ese fue el

detonante para que tomáramos la decisión de mudarnos fuera de la ciudad.


A raíz de ese hecho mis miedos volvieron, se agudizó de tal forma que, aunque traté de ocultar mi problema, se volvió demasiado evidente, me volví demasiado irritable. Entonces retomé la terapia.


Ya han pasado varios años de eso, la terapia se ha vuelto parte de mi vida casi como el gimnasio, entro y salgo cuando lo veo necesario. Ahora bien, el pasado fin de semana y después de ver lo que pasó en Medio Oriente, (eso sin contar con Ucrania, las primarias en Venezuela o las elecciones en Argentina) sentí pánico de nuevo. Entonces me pregunté: ¿Será hora de retomar mi “pastilla de tranquilidad”?


Espero que no sea necesario. ¿Algún laboratorio no estará trabajando en una pastilla para la paz? Sí, si dos personas van a pelearse se toman una capsula y a los 5 segundos ya están sentados riéndose y tomándose un vino. Eso sería genial ¿No les parece?



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