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Memorias vigentes: Renny, Maneiro y la libertad

hace 9 horas
21 min de lectura

¿Qué ocurrió en aquella reunión entre Renny Ottolina y Alfredo Maneiro, dos hombres que imaginaron una Venezuela distinta? ¿Qué llevó a Renny a decirme: “Vladimir, allí va el Renny de la izquierda”? ¿Cómo respondió Carlos Andrés Pérez cuando le advertí sobre la conspiración militar que desembocaría en el golpe de 1992? ¿En qué momento los medios que permiten conquistar el poder se convierten en instrumentos para silenciar a los demás? ¿Qué podría suceder si la inteligencia artificial se utilizara para transformar nuestros miedos en obediencia? ¿Seremos capaces de escucharnos antes de que la intolerancia vuelva a cerrarnos el futuro?



Renny y Maneiro

 

Conocí a Alfredo Maneiro y fuimos amigos. En la clandestinidad había sido “Tomás”, comandante guerrillero en el estado Monagas e integrante de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional de Venezuela, organización militar de izquierda de los años sesenta. Era también un político e intelectual de gran valía, particularmente interesado en la relación entre comunicación, organización social y poder. Años después, promoví un encuentro entre él y Renny Ottolina (1928-1978) quien dejó una huella profunda en mi manera de comprender la política. Ambos me premiaron con su amistad. De aquella conversación, celebrada en casa de Renny, fui testigo y participante… Tras la derrota de la lucha armada, Maneiro participó activamente en la disidencia del Partido Comunista de Venezuela (PCV), donde había ingresado desde su adolescencia. En 1968, la invasión de Checoslovaquia por los países que conformaban el Pacto de Varsovia, bajo la jefatura de la Unión Soviética, generó una profunda conmoción en el seno de la izquierda venezolana que provocó la división y dispersión de estas organizaciones, para entonces, subversivas y alzadas en armas. A la postre, en enero de 1971, el Partido Comunista se dividió. Con Pompeyo Márquez y Teodoro Petkoff a la cabeza, fundaron una organización política aparte, el Movimiento al Socialismo (MAS), y se encaminó por la senda democrática. Sin embargo, en ese momento, la división del PCV no se limitó a dos sectores. Hubo un tercer factor liderado por Alfredo Maneiro que originó el movimiento “Venezuela 83”. Este pequeño grupo llegó a convertirse en el partido La Causa Radical (1971), mejor conocido como la Causa R, de tendencia laborista, que ejerció una influencia notable en la izquierda democrática venezolana. Maneiro era un hombre extremadamente inteligente, se graduó en filosofía en la Universidad Central de Venezuela (1977), y en tanto ideólogo de las luchas populares fue siempre una referencia para figuras de trayectorias muy distintas, desde Renny Ottolina, hombre de medios, animador de televisión y publicista, convertido luego en político de la centroderecha democrática, hasta dirigentes de la izquierda. Los temas tratados en aquella reunión permiten comprender la discusión ideológica, la acción política y el papel de los medios durante esos tiempos de cambio. Los dos, líderes entonces emergentes —uno creía en el capitalismo en función social, y el otro en el socialismo de mercado— podrían haber puesto en marcha otro esquema político y social para Venezuela. Lamentablemente, no fue así… De este intento formé parte… En ese encuentro se decidió el apoyo de Alfredo y de la Causa R a la candidatura de Renny para las elecciones de 1978. Recuerdo que, durante la conversación, coincidíamos en que lo esencial sería cómo transmitir y hacer comprender el nuevo mensaje político, económico y social a civiles y militares. Así lo explicaba Renny: “Mi único partido es Venezuela, mi ideología, la Constitución Nacional y mi método, el cumplimiento de la ley”… Los dos interlocutores se expresaban con excelencia. Renny, “El Número Uno”, como se le conocía, era, para mí, el más extraordinario comunicador que ha tenido Venezuela y gozaba de una enorme popularidad. Alfredo era un pensador gigante, a veces, la velocidad de su pensamiento impedía que todo se le entendiera, porque las palabras se le atropellaban en la boca… El encuentro se desarrolló dentro de un clima de gran amabilidad, con rasgos de la mejor voluntad para servirle al país y a su gente en aquella vital coyuntura. Corrían los años 70 y Venezuela vivía una época de desarrollo. Se registró una gran expansión y crecimiento de la economía por la coyuntura petrolera mundial, se nacionalizó la industria petrolera, se habían realizado cuatro elecciones democráticas (1958, 1963, 1968, 1973) con sucesiones constitucionales y alternancia entre partidos. En fin, fue una década cambiante para el país, el sistema político vivía sus mejores momentos. Además, estos años 70 fueron de gran apogeo para la producción de cine, televisión y teatro, es decir para el desarrollo de la cultura, además de los medios de comunicación. Al finalizar el encuentro, cuando Alfredo se marchó, Renny y yo nos miramos con asombro por la calidad y claridad de los análisis, por esa magistral vinculación de la teoría con la praxis política... Lamentablemente, la historia abruptamente cambió. Ottolina murió a los pocos días, el 16 de marzo de 1978, en un accidente de aviación cuyas circunstancias siguen suscitándome interrogantes… Como continuación de aquel acercamiento, Alfredo Maneiro —años después— se reunió con Jorge Olavarría, un político también de centroderecha, abogado, periodista e historiador, crítico de los gobiernos del Pacto de Punto Fijo, a pesar de haber participado en el primer gobierno de Rafael Caldera. El motivo del encuentro fue lanzar la candidatura de Olavarría para las elecciones presidenciales de 1983, pero Alfredo murió el 24 de octubre de 1982. Olavarría se presentó como candidato presidencial a las elecciones de 1983 —y también a las de 1988— sin éxito…

 

Foquismo comunicacional

 

Alfredo, comenzando su nuevo proyecto político, en 1971, viajó a China. Según nos relató a algunos de sus amigos al regresar, había recibido del gobierno comunista de Mao el título honorífico de “amigo del pueblo chino”. También nos contó que a su llegada le habían rendido honores militares y que más tarde se había reunido con Mao Zedong. A mi juicio, aquel recibimiento sugería vínculos previos con las autoridades chinas, posiblemente desde su etapa guerrillera en el oriente venezolano, aunque por sí solo no permitía establecer si habían sido políticos o militares. Pero, esta vez, lo que contó era que los chinos iban a ayudarlo para que montara una imprenta. Maneiro tenía clara la importancia de los medios desde entonces. Con esa imprenta nacería una nueva forma de hacer política en Venezuela, usando la teoría revolucionaria del “foco” inspirada por el Che Guevara y desarrollada como tal por Régis Debray, pero no en términos militares, y no para provocar otra “guerra de guerrillas”, sino con el objeto de la creación de los “focos sociales”, insertados en la vida ciudadana y democrática. Destacaba Maneiro que la lucha sería social y pacífica. Un pequeño foco que iniciara acciones políticas de nuevo tipo podría lograr con rapidez su extensión entre la población. De esta forma se escogieron a nivel universitario —una forma de captar al estudiantado— los “focos” de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Central de Venezuela (UCV) en Caracas, y de la Universidad de los Andes (ULA), en Mérida. A nivel sindical se constituyó el “foco” en las industrias del acero y del aluminio en Ciudad Guayana (Bolívar). Finalmente, a nivel de la organización popular se creó otro “foco” para iniciar actividades en la populosa barriada caraqueña de Catia. Pero había un detalle vital, que inicialmente no se buscaría una afiliación masiva, sino la formación de cuadros y vínculos comunitarios mediante los periódicos. La actividad originaria sería publicar y vender ejemplares de impresos locales y comunitarios. De esta forma nacieron los “periodiquitos”, donde se presentaban las ideas manejadas por el grupo, tanto en lo general, como en relación con la vida y problemáticas de las diferentes instancias escogidas. Cada uno tenía su propio ritmo, su propia forma de construir dirigentes, de definir sus afiliados. El primero fue Prag en la UCV, y lo dirigían José Rosales y José Lira, Bafle en Mérida, conducido por Lucas Matheus y Roberto Siso. Otro periodiquito fue Catia 83 y era dirigido en esta comunidad por José Mora y Denis Favier. Finalmente, apareció Matancero, cuyo artífice fue la mano derecha de Maneiro en Guayana, Pablo Medina, específicamente en la Siderúrgica del Orinoco, manejado por Tello Benítez y luego por Andrés Velázquez. El efecto sobre la carrera política de este último fue notable. Velázquez ganaría el poderoso sindicato de trabajadores de la industria siderúrgica primero, después sería concejal de Ciudad Guayana, luego en las elecciones de diciembre de 1989 gobernador del estado Bolívar, y casi ganó la presidencia de la República en las elecciones de 1993, la que para algunos analistas le fue arrebatada fraudulentamente…

 

El medio y el mensaje

 

La amistad con Ottolina y Maneiro me permitió entender lo que en esa época el canadiense Marshall McLuhan, profesor de literatura y teórico de los medios, expresó en su fórmula “el medio es el mensaje”. Comprendí que el medio de comunicación no es un recipiente indiferente porque su estructura y su forma de operar modifican la experiencia del mensaje y las relaciones entre las personas. Igualmente, comprendí otro concepto acuñado por él, la “aldea global”, en una época de expansión de los medios electrónicos. Sus ideas lo convirtieron en un visionario de la comunicación masiva y revolucionaron la forma de entender la producción y circulación de la información. Vistos desde el presente, los “focos” comunicacionales de Maneiro permiten reconocer semejanzas con formas de organización que hoy operan a escala global. No se trata de afirmar que las redes digitales desciendan de aquella experiencia venezolana, sino de advertir una lógica compartida, la de reunir personas alrededor de mensajes e intereses comunes. Hoy cualquier “foco” se puede viralizar y convertirse en un mensaje universal, tanto el contenido del propio mensaje como de quien lo emite. Así, hemos llegado a la sociedad de la información que previó McLuhan, con una enorme capacidad de los medios para influir sobre el individuo y la sociedad. La manera de percibir la realidad está relacionada con la estructura y la forma de informar, ya que cada medio moviliza de manera distinta nuestra atención, percepción y memoria. Esto ocurre tanto en la política como en otras esferas. Los medios de comunicación se han convertido, pues, en “focos” determinantes…  Han adquirido un poder decisivo en la formación de nuestras ideas, y ahora, la inteligencia artificial amplía a niveles superlativos esa influencia. Las corporaciones que la desarrollan controlan herramientas a las que muchas personas acuden para informarse, interpretar la realidad y decidir qué creer. La expresión “eso lo dijo la IA” para validar alguna información, corre el riesgo de convertirse en un argumento de autoridad, como si la respuesta de una máquina bastara para demostrar una verdad. Cuando dejamos de preguntar por las fuentes, las evidencias y los posibles errores, delegamos también una parte de nuestro juicio. La dimensión política de ese poder quedó de manifiesto el 29 de septiembre de 2026, cuando Donald Trump reunió en la Casa Blanca a dirigentes de las principales compañías de inteligencia artificial y anunció un acuerdo voluntario de seguridad basado en controles internos, destacando la autorregulación de la industria. Ante semejante concentración de influencia, resulta inevitable preguntarnos: ¿basta con que quienes desarrollan y comercializan estas tecnologías establezcan sus propias reglas, cuando sus decisiones y respuestas a cualquier asunto pueden moldear lo que millones de personas consideran como cierto?

 

Iskra, “la chispa”


 

Supe del periódico Iskra (“Chispa”) por Alfredo Maneiro. Su primer número se publicó en Leipzig, Alemania, en diciembre de 1900, destinado a la lucha política en Rusia, con el lema “de una chispa el fuego reavivará”. En su comité de redacción fundador figuraban Vladimir Lenin, Gueorgui Plejánov, Yuli Mártov, Pável Axelrod, Aleksandr Potrésov y Vera Zasúlich. León Trotski se incorporó posteriormente a su labor. La historia de la publicación permite distinguir ambas etapas. No era una simple frase hecha sino la expresión clara de un proyecto político que influiría enormemente en la organización de una nueva generación… Maneiro explicaba que, con los medios informativos, los “periodiquitos”, como él los llamaba, se buscaba “encender la llama”. La idea no era solamente dar a conocer noticias o puntos de vista, o hacer propaganda, sino también construir una práctica militante a través del uso y la difusión del periódico. Concebía el medio de comunicación más bien como un “sistema de organización política y social”. Con la ayuda del periodiquito, y a través suyo, se formaría una estructura de arraigo social, de formación y cambio de actitudes. Allí, se debería publicar todo lo relacionado con el interés de los lectores, “desde la elección de la madrina del carnaval”, hasta hechos económicos como el costo de la vida y los salarios, desde las situaciones políticas que tuvieran que ver con la localidad hasta el movimiento musical del barrio, el teatro, o las actividades recreacionales del sindicato y las organizaciones estudiantiles. El periodiquito había que imprimirlo, promoverlo, persona a persona, casa por casa, venderlo para procurar recursos, comentarlo con terceros hasta ser el mecanismo para contactar a la gente. Estas tareas permitían que el grupo originario estableciera una relación con la comunidad a la cual servía y que, poco a poco, incorporara a miembros de esos sectores a la causa que defendía. No eran invitados —en principio— a formar parte de un partido político ni de una tendencia ideológica, se les convocaba a participar en un medio de comunicación social. Hoy vemos este concepto y sus procedimientos replicados en las llamadas redes sociales. El mensaje hay que hacerlo y enviarlo, celular a celular, “reenviarlo” a terceros, para contactar a otros. Poco a poco, se van sumando seguidores, se “viraliza” el mensaje y se forma parte de una “tendencia” que transforma conceptos, actitudes y moviliza grupos sociales… Hasta se cambia la historia de los países… Si lo vemos con los ojos de hoy, Maneiro promovía una red social artesanal, sostenida por el papel y el contacto personal, pero con una clara intención política. A la larga, buena parte de las personas que se involucraron con los periodiquitos formaron parte de las organizaciones sociales en sus barrios o en los sindicatos controlados por esta organización y, por último, del partido político, o del movimiento electoral. Hemos traído el caso de Iskra por su influencia sobre la estrategia comunicacional de nuestro interlocutor. Su historia permite mostrar el papel de la prensa y, hoy, de las redes sociales como organizadoras colectivas en la formación de un movimiento popular. A ese escenario se suma ahora la inteligencia artificial…

 

Dilema de los medios de comunicación bajo el totalitarismo

 

Para Maneiro los periódicos revolucionarios eran el medio más apropiado para organizar un partido que tomara el poder. A inicios de 1971 se le cambió el nombre del movimiento que lideraba —Venezuela 83— por el de La Causa R, con la R al revés. Cuando le pregunté lo de la erre al revés me comentó: “La ponemos derecha cuando tomemos el poder”. Nunca se pudo voltear esta letra… Esta organización comenzó a hacerse visible en el sistema político venezolano a partir de las elecciones nacionales de 1988 cuando ganó tres puestos en la Cámara de Diputados del Congreso Nacional. La capacidad de un medio para organizar a una comunidad puede servir a proyectos políticos muy distintos. En la conversación con Renny y Alfredo buscaban un entendimiento pese a sus diferencias. El problema aparece cuando una organización, después de conquistar el poder, pretende reservarse la palabra y negar a los demás los instrumentos que ella misma utilizó para hacerse escuchar. Allí comienza otra historia: la del poder que convierte la comunicación en un mecanismo de sometimiento… Un antiguo e irónico dicho de atribución incierta señala que la codicia de los ricos es tal que le venderían la soga a quien los fuera a ahorcar. Esta sentencia nos hace reflexionar y nos sirve de referencia cuando observamos el asunto de los medios de comunicación libres cuando irrumpen en la escena política regímenes autoritarios. Si bien la norma que se seguía —bajo el fascismo, nazismo, o comunismo— era desaparecer o someter a los medios opuestos al nuevo orden político, se observan históricamente otros mecanismos de sometimiento, como la expropiación, la coacción jurídica y económica sobre los propietarios de medios de comunicación, obligándoles a venderlos al régimen, o el quitar la publicidad gubernamental como instrumento de presión. Sería éste un ensayo de ahorcamiento mediático perpetrado por la tentación totalitaria de quienes detentan el poder. Los medios supervivientes, cuando irrumpen las garras autoritarias en la escena, se ven forzados a atenuar sus informaciones o a dejar de publicarlas. Surge así la llamada “autocensura”…

 

Veamos el caso cubano


 

En 1957, antes de la toma del poder de Fidel Castro, existían más de 20 periódicos en La Habana. Entre los más reconocidos estaba el Diario de la Marina, diario de carácter conservador, considerado el decano de la prensa cubana, que circuló entre 1844 y 1960. Fue cerrado junto con el resto de prensa independiente por, supuestamente, apoyar el gobierno del derrocado dictador Fulgencio Batista o por publicar informaciones que el gobierno señaló como “falsas” sobre el ataque de Fidel Castro al Cuartel Moncada en 1953. De igual manera funcionaban una docena de emisoras de radio, que transmitían noticieros, y numerosas revistas, entre ellas la reconocida Bohemia, una de las más importantes y antiguas, fundada en 1908 y tomada por el gobierno comunista a mediados de 1960. También circulaba la revista Carteles, de temática deportiva y de espectáculos, fundada en 1919, que dejó de publicarse el 31 de julio de 1960. Ambas estuvieron en manos de Miguel Ángel Quevedo… A nivel regional, en Santiago de Cuba se publicaban los periódicos Diario de Cuba y Oriente. En otras ciudades o regiones y en rápido inventario, se registran El Camagüeyano, El Sol de Cuba, El Comercio, La Correspondencia, El Pueblo, La Región, El Justiciero, El Sol, La Voz, El Fénix, El Villareño, El Pueblo de Santa Clara, El Imparcial, El Republicano, Vocero Occidental y Vanguardia, entre los más destacados. Existían las populares revistas dirigidas a la mujer como Romances (1951-1960), Ellas (1934-1958) y la célebre Vanidades (fundada en 1937, trasladada a Miami desde 1960)… Respecto a lo audiovisual, tenemos lo siguiente: La televisión en Cuba se inauguró el 24 de octubre de 1950, con la salida al aire del Canal 4, perteneciente a Unión Radio TV. Luego, el 11 de marzo de 1951 inició sus servicios el Canal 6 de la muy famosa CMQ TV, y Telemundo, Canal 2, salió al aire el 18 de febrero de 1953. El 6 de agosto de 1960 fueron “nacionalizadas”, es decir expropiadas, las compañías norteamericanas, entre ellas la "Cuban Telephone Company" y sus filiales. Pronto les llegaría el turno a todas las demás empresas privadas. Las emisoras de radio y televisión quedaron bajo control estatal. El proceso de sometimiento se extendió también a la prensa escrita y a todos los medios de comunicación. La dictadura castrista impuso la misión de conducir y controlar la política de comunicación social estatal y gubernamental. Así se toma el control de los medios en estados totalitarios, comunistas. Lo primordial, lo estratégico, es el control absoluto de la información…

 

Los mecanismos

 

Las bases fundamentales para lograr el control total fueron tres: Uno, el control de la formación y de la educación de los niños y adolescentes. Dos, el control de todos los medios de información. Desde la prensa, radio, televisión, cine, teatro, publicación y venta de libros y de cualquier impreso, hasta todo medio de expresión cultural. Más tarde, esa pretensión de control se extendió al espacio digital: también las redes sociales y sus usuarios quedaron expuestos a restricciones y mecanismos de vigilancia que limitan la independencia y las libertades. Tres, el control social de todas las organizaciones que involucren a los ciudadanos a través de las comunas, los sindicatos, los gremios, los clubes, las asociaciones de vecinos, los centros de estudiantes, hasta las religiones, lo que en Cuba fueron los comités de defensa de la revolución… Estos tres mecanismos buscan moldear los conocimientos, las opiniones, las creencias y las ideologías de los ciudadanos para condicionar sus acciones. Su eficacia puede ser devastadora para la libertad, aunque nunca elimina por completo la capacidad humana de resistir. Estos mecanismos llevan inevitablemente a un reinado de la coerción, a la intolerancia y a la supresión de las libertades. La lógica inherente a regímenes como el castro-comunismo hace imposible encerrarlos en una esfera limitada. Todavía no nos hemos hecho cargo de lo que significó la propagación del castro-comunismo, ese mar de fondo que se apodera progresivamente de personas, procura dominarlas y debilitar su capacidad de resistencia. La total toma del poder del castrismo ha significado, a mi juicio, la destrucción de un país y el sometimiento de su sociedad a un poder desalmado y criminal. Su propagación es otra historia, pero allí están Nicaragua y Venezuela…

 

Propagación del “castro-comunismo” en Venezuela

 

Veamos algunos momentos del caso venezolano. Mucho antes de que Hugo Chávez fuera presidente, yo ya conocía las andanzas del proceso revolucionario cubano y sus vínculos con sectores de la política venezolana. El “comandante” Chávez, como le gustaba que lo llamaran, ya desde que era capitán había entrado en contacto con distintas organizaciones políticas de izquierda. Tocó la puerta de La Causa R, de Alfredo Maneiro, donde no obtuvo mayor apoyo. Luego, Pablo Medina se convirtió en uno de los acérrimos adversarios de Chávez. De esta manera, estuve al tanto de que los golpistas eran un grupo de militares radicales. En 1991, tuve conocimiento de la conspiración por medio de uno de los hombres más respetados en el mundo de la inteligencia en Venezuela, el abogado y exdirector de la antigua Dirección General Sectorial de los Servicios de Inteligencia y Prevención (DISIP), Arpad Bango. Se trataba, me dijo, de un grupo que denominó “Comacate”, acrónimo referido a comandantes, mayores, capitanes y tenientes del ejército. Bango me anunció que ese grupo daría un golpe de Estado y me proporcionó algunos detalles, entre ellos que los militares conspiradores eran revolucionarios de izquierda. La advertencia precedió al 4 de febrero de 1992. A finales de ese mismo año 1991, estando en el gabinete ministerial del presidente Carlos Andrés Pérez, como ministro de Estado, me llamó un senador de la república y militar retirado, quien me comentó que un alto general junto a un grupo de tenientes coroneles y otros oficiales de distintos rangos darían un golpe y habían pedido su ayuda. Le manifesté que debía llamar al presidente Pérez y decirle exactamente lo que me había dicho. Él asintió. Inmediatamente llamé al presidente Pérez y me fui a su despacho en el Palacio de Miraflores. Le conté todo cuanto conocía, incluido el nombre del general y del senador, así como los nombres que me dieron de los participantes. La respuesta me desconcertó: El presidente, después de escucharme con atención, me dijo muy airado: “Gessen, ¡qué sabe usted de asuntos militares!”, y me manifestó que él tenía absoluto control de las Fuerzas Armadas de Venezuela. Días después, en una recepción sentado en una mesa con un general de división del ejército y miembro del alto mando militar, y el mismo Carlos Andrés Pérez (CAP), aproveché una ausencia momentánea de este último para comentarle al general sobre el grupo de oficiales que podrían estar conspirando, según me habían revelado. Entonces, para mi sorpresa, me explicó que él le había pedido a CAP que los diera de baja, o al menos quitara del mando de batallones a algunos tenientes coroneles, entre ellos mencionó a Hugo Chávez y a Francisco Arias Cárdenas, y a otros, “porque le iban a dar un golpe.” Este general me dijo que el presidente también lo había “regañado” cuando se lo mencionó, aunque el general sí sabía obviamente de asuntos castrenses… En 1992, siendo embajador y ministro plenipotenciario de Venezuela en Canadá, y luego del golpe del 4 de febrero, Carlos Andrés Pérez me llamó y me expresó: “Embajador, tenía razón, se acuerda del general que me mencionó (…) Pues estaban en el golpe de Estado y los otros oficiales también”. Pasó de inmediato a darme algunas instrucciones… Las consecuencias ya son harto conocidas. En mi interpretación histórica, el 4 de febrero de 1992 fue un día infame que abrió el proceso que terminaría convirtiéndose en una ocupación de Venezuela por parte del régimen cubano. El asalto a Miraflores y a La Casona, y el intento de magnicidio por parte de los golpistas fueron acontecimientos muy dramáticos para los medios de comunicación, pero no todos defendieron la libertad y la democracia. Muchos dudaron ante los golpistas. No obstante, hubo honrosas excepciones…

 

El lenguaje del poder

 

El poder autoritario suele invocar la información “veraz y objetiva” para justificar su intervención sobre lo que puede decirse. La trampa aparece cuando se atribuye la facultad exclusiva de definir esos términos y castigar a quien contradiga su versión. El periodismo tiene el deber de investigar, contrastar y rectificar, los ciudadanos tienen el derecho de recibir informaciones diversas y formar sus propias conclusiones. Los hechos requieren pruebas, mientras que sus interpretaciones deben permanecer abiertas al debate. Ningún gobernante debería convertir su relato en una verdad obligatoria ni utilizar la exigencia de rigor como pretexto para silenciar a sus críticos. El gobierno puede tener y proclamar sus informaciones y opiniones, pero nunca en desmedro del derecho del resto de la sociedad —y, por supuesto, de sus opositores— a expresar las suyas. En Venezuela, bajo argumentos de responsabilidad, veracidad o convivencia, se han creado instrumentos que considero adefesios de censura, como la Ley de Responsabilidad Social en Radio, Televisión y Medios Electrónicos, conocida como Ley Resorte, cuyo texto original sobre radio y televisión data del 7 de diciembre de 2004 y cuya reforma de 2010 incorporó los medios electrónicos, o la otra llamada Ley contra el Odio, por la Convivencia Pacífica y la Tolerancia, aprobada por unanimidad por una Asamblea Nacional Constituyente, creada arbitraria y exclusivamente por miembros oficialistas, y publicada en Gaceta Oficial el 8 de noviembre de 2017… Afortunadamente en estos tiempos de cambio la presidente encargada anunció  que la ley del odio debe reformarse. El pasado 29 de septiembre Delcy Rodríguez solicitó a la Asamblea Nacional una reforma parcial de esta ley y reconoció que había sido mal aplicada y utilizada de forma abusiva. El Parlamento designó una comisión para redactar el nuevo proyecto. Ese reconocimiento merece registrarse. Rectificar exige garantizar que ningún ciudadano vuelva a ser perseguido por expresar una opinión crítica y atender las consecuencias de los abusos cometidos. En mi opinión solamente debe derogarse. Así de simple.


 

Inteligencia artificial

 

Hemos señalado que uno de los mayores peligros de la inteligencia artificial está en lo que puede hacer con ella el poder que la controle… En quién la diseña, quién la financia, con qué información la alimenta y para cuáles propósitos la utiliza. También existen riesgos de errores y de consecuencias imprevistas, pero, en el terreno político que aquí nos ocupa, la pregunta es ineludible: ¿estará al servicio de la libertad de los ciudadanos o de quienes aspiran a someterlos? Desde los “periodiquitos” de Maneiro hasta la radio, la televisión y las redes sociales, hemos recorrido distintas maneras de comunicar, persuadir y organizar a una sociedad. La IA introduce otra dimensión en esa historia, como es la posibilidad de automatizar la producción de mensajes y adaptarlos a distintos interlocutores… Pensemos en lo que esto significa para la propaganda. Un poder autoritario podría intentar hablarle a cada persona de una manera diferente: al desempleado desde su angustia, al empresario desde su incertidumbre, al joven desde sus aspiraciones y al anciano desde su temor al abandono con el algoritmo. La intención sería conducir emociones distintas hacia una misma obediencia. Como psicólogo, encuentro especialmente inquietante esa posibilidad. Para influir sobre una persona no siempre hace falta cambiar todas sus convicciones. Puede bastar con estimular un miedo, alimentar un resentimiento o confirmar una sospecha. Si un sistema se utiliza para identificar esas vulnerabilidades y ajustar continuamente los mensajes, la propaganda podría acercarse cada vez más a la intimidad del individuo. Eso no significa que una máquina pueda leer nuestra mente ni determinar inevitablemente nuestra conducta. Esto exige que examinemos con cuidado quién intenta influir en nosotros, con qué recursos y aprovechándose de cuáles circunstancias. En las dictaduras que hemos descrito, el poder buscaba controlar la imprenta, ocupar la emisora, someter el canal de televisión y decidir qué podía publicarse. Con los sistemas digitales aparece una posibilidad adicional, la de intervenir en aquello que cada ciudadano encuentra cuando busca información. Una censura semejante podría operar sin anunciar una prohibición. Bastaría con favorecer sistemáticamente ciertas versiones y hacer cada vez más difícil encontrar otras. La UNESCO ha advertido sobre los riesgos que el uso de la IA en la selección y difusión de contenidos plantea para la libertad de expresión, la privacidad y el acceso a la información. Así reaparece el problema del lenguaje del poder. Si una autoridad se atribuye el derecho exclusivo de definir la “verdad” y utiliza sistemas automatizados para imponerla, sus decisiones podrían presentarse ante el ciudadano como conclusiones técnicas, aparentemente ajenas a cualquier ideología. Pero una respuesta producida por una máquina no queda, por ese hecho, libre de errores, intereses o criterios humanos. Debemos poder interrogarla, contrastarla y discutirla. Ningún gobierno debería encontrar en un algoritmo la coartada para eludir tal responsabilidad. Tampoco sería suficiente mirar solamente al Estado. La concentración de estas capacidades en empresas privadas merece escrutinio. ¿Quién establece las reglas de lo que podemos consultar? ¿Qué intereses orientan las respuestas? ¿Cómo puede reclamar una persona cuando un sistema la perjudica? La defensa de la libertad exige que esas preguntas puedan formularse tanto ante un ministerio como ante una corporación. Por eso, nuestra posición debe ser aprovechar la IA y exigir responsabilidades a quienes la desarrollan y utilizan. Su aplicación puede ampliar el acceso al conocimiento, apoyar la investigación y ofrecer nuevas herramientas para la educación. Para que esas posibilidades beneficien a la sociedad, necesitamos proteger el pensamiento crítico, la pluralidad y la capacidad de revisar las decisiones automatizadas. La transparencia y la supervisión humana forman parte, precisamente, de los principios de la recomendación de la UNESCO sobre la ética de la inteligencia artificial…  Al recordar aquella conversación entre Renny y Alfredo, vuelvo a la cuestión que nos reunió, cómo fue comunicar una propuesta capaz de transformar un país. Hoy debemos añadir una pregunta, ¿cómo preservar la libertad de quien recibe el mensaje? Porque toda comunicación democrática tiene que reconocerle al otro el derecho a responder, a disentir y a decir que no… La inteligencia artificial puede ayudarnos a pensar. El peligro comienza cuando el poder pretende utilizarla para decidir lo que nos está permitido pensar.

 

Al final…

 

… Cuando vuelvo con la memoria a aquella conversación en casa de Renny, pienso en lo que hizo posible el encuentro, dos hombres de procedencias distintas estuvieron dispuestos a escucharse. Cada uno llevaba consigo sus convicciones, su trayectoria y su manera de imaginar Venezuela. Durante aquellas horas encontraron razones para conversar y buscar un propósito compartido. Yo estaba allí… Y todavía recuerdo el asombro de Renny cuando Alfredo se marchó: “Vladimir, allí va el Renny de la izquierda”, me dijo. Con los años, esa frase ha adquirido para mí un significado que va más allá del elogio. Reconocer inteligencia en alguien que piensa de otra manera exige una libertad interior que también debemos cultivar. La intolerancia comienza a cerrarnos el pensamiento cuando suponemos que nada valioso puede venir de quien situamos en la acera contraria. Entonces dejamos de escuchar a una persona y comenzamos a responderle a la etiqueta que le hemos puesto. También recuerdo las advertencias que llevé al presidente Carlos Andrés Pérez antes del golpe. Son episodios diferentes, pero al evocarlos encuentro una pregunta común: ¿qué hacemos con aquello que escuchamos? Podemos examinarlo, discutirlo, pedir pruebas, reconsiderar nuestras certezas. O podemos desecharlo porque incomoda nuestra visión de los acontecimientos. Quien gobierna tiene una responsabilidad especial, sus errores al escuchar pueden convertirse en tragedias para millones… Mi esposa María Mercedes Gessen, al conversar conmigo sobre estos recuerdos, me hace un comentario: “escuchar también exige aceptar que el otro puede mostrarnos algo que no hemos querido ver. Eso ocurre en una pareja, en una familia y en un país. Cuando alguien teme las consecuencias de decir lo que piensa, su silencio puede confundirse con un acuerdo. Y quien tiene poder debería preguntarse cuántas personas le hablan con sinceridad y cuántas le dicen solamente lo que quiere escuchar”.

Esta reflexión me devuelve al sentido de aquellas reuniones: Una de las primeras condiciones para reconstruir un país es que sus ciudadanos puedan hablar sin miedo y que sus gobernantes aprendan a escuchar sin sentirse amenazados… He conocido la política desde la psicología, la conversación privada, la función pública y el periodismo y me sigue preocupando ese momento en que una convicción se vuelve impermeable a toda pregunta. Como ciudadano, me preocupa todavía más cuando quien posee esa certeza dispone del poder para imponerla. Por eso escribo estos recuerdos. Quisiera que ayudaran a reconocer las ocasiones en que pudimos escucharnos mejor y las consecuencias de haber dejado de hacerlo. Los medios cambian, el periódico pasa de mano en mano, la voz atraviesa una emisora, la imagen llega a una pantalla y una inteligencia artificial responde nuestras preguntas. En cada etapa debemos preservar el derecho de la persona a examinar el mensaje y formar su propio juicio. Renny y Alfredo ya no están. Permanece en mi memoria aquella conversación y, con ella, la posibilidad de un país capaz de reunir a quienes piensan distinto sin exigirles que renuncien a sí mismos. Esa posibilidad merece seguir siendo defendida sobre todo en estos momentos en que todo los venezolanos deberíamos conversar. Porque un país es más libre cuando sus ciudadanos pueden decirle al poder lo que piensan, incluso cuando el poder no quiera escucharlo… Hasta la próxima y que la Divina Providencia Universal nos acompañe, apreciado lector… Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en psicologosgessen@hotmail.com...







Puede publicar este artículo o parte de él, siempre que cite la fuente del autor y el link correspondiente de Informe 21. Gracias. © Fotos e Imágenes Gessen&Gessen

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