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¿Comenzó el relevo generacional en Estados Unidos?

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Cuatro generaciones votaron el mismo día. En los resultados asoma un relevo que podría cambiar a quién lidere y gobierne a nuestra nación… Un abuelo y su nieta llegan a la misma cabina de votación con memorias diferentes... Pero ambos deciden votar por un cambio trascendental…



Renovación generacional…

 

Algo extraordinario está por acontecer en la historia de los Estados Unidos de América y ya pudimos ver su comienzo el 3 de noviembre en las pasadas elecciones de medio término. Durante años, Joe Biden y Donald Trump, dos hombres que aprendieron a ejercer el poder en el siglo XX, ocuparon tanto espacio en la imaginación política de los estadounidenses que hasta el porvenir pareció depender de los dos hasta hace dos años. Ahora, en Texas, en las elecciones de medio termino, los electores le confiaron un escaño en el Senado a James Talarico, un joven maestro de escuela pública. En Georgia, le dieron a Jon Ossoff un segundo mandato… Existe un instante en la vida de una familia en que los padres se vuelven hacia sus hijos y les preguntan, “¿qué hacemos?”. Los padres conservan su experiencia. Lo que ha cambiado es que ahora están dispuestos a dejar una decisión importante en manos de aquellos a quienes enseñaron a decidir. Creemos que los Estados Unidos han llegado a uno de esos instantes de su historia… Pensemos en lo que pudo ocurrir en Texas el día de las elecciones. Una joven de dieciocho años pudo votar por primera vez por Jame Talarico quien pertenecía a esa generación que ya pide autoridad para poner a prueba sus ideas. Una madre de cincuenta años pudo juzgarlo por lo que sabía de las escuelas públicas donde estudian sus hijos. Y un abuelo de setenta y cinco pudo votar por aquel maestro pensando en una escuela rural que él conoció de niño, y que todavía necesita buenos maestros. Los cuatro participaron en la misma elección, cada uno desde un lugar distinto de la historia. Allí comienza, a nuestro juicio, el relevo generacional. Llega un momento en que quienes llevan décadas decidiendo el destino del país reconocen en alguien más joven tiene la capacidad de decidir también por ellos. Y ese acto de confianza, repetido millones de veces en la intimidad de las urnas, puede cambiar la historia de una nación… como ahora.

 

¿Quiénes encarnan ese relevo en las presidenciales de 2028? 

 

Todo cambio, de tres o cuatro nombres ahora el partido se abrió. Cualquier cosa puede pasar a nivel candidatural en ambos partidos en los Estados Unidos.


Los demócratas

 

Primero miraríamos a James Talarico, quien por cierto estudió en un seminario presbiteriano. Ganó en Texas el escaño al Senado frente a Ken Paxton. Su biografía encierra una posibilidad política que los demócratas harían bien en estudiar. Un maestro que habla de su fe puede conversar con un elector religioso en un idioma que a ambos les pertenece, incluso aunque discrepan sobre lo que el Estado debe hacer. Jon Ossoff, en Georgia, ofrece otra lección. Después de ganar un primer mandato, volvió a presentarse ante unos electores que ya podían juzgar su trabajo y derrotó a Mike Collins. Por su victoria y su experiencia, nosotros lo incluiríamos entre quienes tienen condiciones para competir en 2028, aunque él ha dicho expresamente que esa candidatura no le interesa. Talarico abrió una puerta que llevaba décadas cerrada. Ossoff demostró que era posible mantenerla abierta. Para las próximas presidenciales, Ossoff y Talarico apenas empezaría a responder por las esperanzas que han despertado. Y ambos tendrían en Josh Shapiro, reelegido gobernador de Pensilvania, un posible competidor que ya sabe conquistar mayorías en uno de los estados decisivos para llegar a la Casa Blanca. También mencionamos a Gavin Newsom, quien concluirá su mandato en California y quien representa una posibilidad distinta de relevo. Newsom tendría que responder ante el país por lo que ya hizo con el poder. Sus enfrentamientos con Donald Trump le dieron notoriedad nacional, y sus visitas a Nevada, Nuevo Hampshire y Carolina del Sur lo han acercado a los electores que tendrán voz en las primeras contiendas demócratas. También en el caso de Alexandria Ocasio-Cortez, congresista por Nueva York, la observamos por otra razón. Allí donde muchos jóvenes se preguntan por qué un empleo ya no les alcanza para pagar un alquiler, ella ha sabido llevar esa inquietud a la discusión nacional sobre los salarios y la desigualdad. También nos ofrece un caso de lo que venimos diciendo sobre las generaciones. Bernie Sanders y Ocasio-Cortez son contemporáneos, los separa casi medio siglo y, sin embargo, muchos ven en ella a la dirigente capaz de dar continuidad al movimiento que él convocó. La propia Ocasio-Cortez dijo en septiembre que decidiría después de las elecciones legislativas si aspiraría a la presidencia. De hacerlo, su gran prueba será conquistar también a quienes comparten su preocupación por llegar a fin de mes, pero desconfían de las soluciones que ella propone. El nuevo mapa tiene más nombres. Annie Andrews ganó en Carolina del Sur, Josh Turek en Iowa, Adam Hamilton en Kansas y Troy Jackson en Maine. Roy Cooper ganó en Carolina del Norte y Sherrod Brown en Ohio. En Michigan se impuso Abdul El-Sayed, en New Hampshire Chris Pappas, en Illinois Juliana Stratton y en Minnesota Peggy Flanagan… También hubo votantes que buscaron en una persona conocida la confianza necesaria para cambiar de partido. Sin duda alguna el partido demócrata se renovó. En los estados, el relevo tiene otro rostro en California, Xavier Becerra, exfiscal general del estado y exsecretario de Salud del gobierno de Joe Biden, acaba de ser elegido para suceder a Gavin Newsom. Es el primer latino que llega por elección a la gobernación de California. Su trayectoria nos devuelve a Ortega y Marías. Un país también se renueva cuando alguien con una larga vida pública llega a un lugar que, para muchos de sus conciudadanos así lo consideran. Pensemos en un niño californiano que lleva el apellido de sus abuelos mexicanos y que hoy, al conocer el nombre de su próximo gobernador, puede imaginarse a sí mismo allí. De cara a 2028, la proyección nacional de Becerra dependerá de cómo gobierne California y de lo que sus decisiones cambien en la vida de familias como la de ese niño. Gina Hinojosa ganó la gobernación de Texas, Amy Acton la de Ohio y Keisha Lance Bottoms, en Georgia, hizo historia como la primera mujer negra elegida gobernadora de un estado estadounidense. La importancia de estas elecciones se verá lejos de Washington. Allí donde una familia pide una plaza escolar, donde un hospital rural busca cómo mantener abiertas sus puertas, y un gobernador puede hacer que la palabra cambio adquiera un significado concreto.

 

Los republicanos

 

 

Por ahora están planteadas las candidaturas de J.D. Vance y Marco Rubio. Aunque la de Vance comienza a ser cuestionada por propios republicanos. Ambos tendrán que responder y superar una pregunta incómoda: ¿en qué momento su lealtad a Trump les permitió discrepar de él, y cuándo les exigió guardar silencio?... El relevo republicano también podría venir de los estados. Desde la Florida, un estado que sobrevivió el tsunami azul, su saliente gobernador Ron DeSantis, que ya se atrevió a disputarle la nominación en 2024 a Trump, podría volver a intentarlo. A nuestro juicio, quien mejor encarne el relevo generacional y no haya formado parte del gabinete Trump será aquel en quien los estadounidenses reconozcan algo que llevan años buscando, un dirigente capaz de escuchar lo que les preocupa hoy, incluso cuando eso lo obligue a disentir de quienes le abrieron el camino. Florida es el único estado que no arrasó la “super-ola” azul. Entre las mujeres, miraríamos con atención a Kelly Ayotte. En New Hampshire, los ciudadanos reeligieron a una gobernadora republicana y, en la misma jornada, enviaron al demócrata Chris Pappas al Senado. De cara a 2028, nos interesa lo que su victoria permite preguntar: ¿qué reconocieron los electores en Ayotte que estuvieron dispuestos a confiarle de nuevo su gobierno, aun cuando eligieron otro rumbo para Washington?... Sarah Huckabee Sanders, gobernadora de Arkansas y ya mencionada entre las posibles aspirantes presidenciales, afrontaría una prueba distinta, se trataría de mostrar cuánto de su liderazgo le pertenece a ella y cuánto sigue ligado a Trump. Entre los hombres destaca Byron Donalds, elegido en Florida como el primer gobernador negro del estado y el primer republicano negro elegido gobernador en la historia del país. Donalds llega con el respaldo de Trump, pero tendrá la oportunidad de ganarse una autoridad propia en decisiones que le importan a los electores como el costo de asegurar una vivienda en su estado. De los tres, Ayotte nos parece la figura más reveladora. El primer signo de renovación republicana fue cuando un votante republicano vuelva a preguntarse quién merece su confianza antes de preguntarse a qué partido pertenece… No podemos ignorar que la severidad de la derrota republicana abrirá un período de confrontación dentro del partido. El movimiento MAGA intentará conservar el liderazgo que construyó alrededor de Donald Trump. Los conservadores tradicionales buscarán recuperar la iniciativa, y de la propia derrota podría surgir una nueva generación de dirigentes con ideas y autoridad propias. Lo que estará en disputa es quién tendrá la confianza de los republicanos para explicarles por qué perdieron, y el coraje de decirles qué deben cambiar. De esa pugna saldrá el rumbo del partido hacia 2028 y quién lo liderará.

 

La Nueva Generación…

 

¿De qué se trata el cambio generacional? Si dejamos aparte la niñez para mirar la vida pública, podemos distinguir cuatro grupos de edad que conviven en la política de un país. José Ortega y Gasset en su obra En torno a Galileo, distinguió distintas generaciones entre contemporáneos y coetáneos, y Julián Marías desarrolló esa intuición en El método histórico de las generaciones… Ortega describió cinco edades de la vida en tramos aproximados de quince años. El primero la niñez. Entre los quince y los treinta años, los jóvenes comienzan a formarse un juicio propio sobre el mundo que reciben, que Ortega llamó la etapa de gestación, cuando una generación da forma a sus ideas, disputa candidaturas y propone otra manera de gobernar. Entre los cuarenta y cinco y los sesenta situó la etapa de gestión, cuando muchos de quienes ayer reclamaban cambios disponen ya de la autoridad para llevarlos a cabo y deben responder por sus consecuencias. A partir de los sesenta, la memoria política adquiere un valor singular. Quienes han visto prosperar una reforma o fracasar una promesa pueden reconocer algo que a los demás se les escapa. También pueden seguir ejerciendo el poder, como lo muestran las trayectorias de Biden y Trump. Estas edades son aproximaciones históricas porque la vida política tiene sus propios ritmos... Un abuelo, una madre y un nieto pueden entrar juntos al mismo centro electoral, recibir la misma papeleta y votar pensando en tres países distintos. Para uno, la palabra guerra acaso traiga el recuerdo de Vietnam. Para otra, las imágenes del 11 de septiembre. Para el más joven, es posible que sea la voz de alguien de su edad que transmite desde un refugio con su teléfono. Los tres son contemporáneos. Solo en un sentido figurado podríamos decir que han vivido el mismo tiempo.

 

¿Ha comenzado por fin el siglo XXI en la política de EEUU?

 

Quienes llegan a la vida en los años próximos encontrarán a un mundo ya organizado por sus mayores. Algunas de sus costumbres les parecerán naturales. Otras les resultan incomprensibles. Y llega un momento en que quienes explicaban cómo funciona el mundo tienen que escuchar a quienes han empezado a vivir en uno diferente. Lo más fecundo de este cambio es la convivencia entre generaciones que recuerdan, esperan y temen cosas distintas. Esto es lo que creemos ver en las pasadas elecciones del Congreso de EEUU. Los demócratas lograron el control de la Cámara de Representantes y del Senado. Esa mayoría es un hecho electoral. Nuestra interpretación es que, dentro de esa victoria, comienza el relevo generacional que la política estadounidense necesitaba desde hace años. Una elección puede abrir ese proceso. Para saber cuánto durará habrá que observar a quién escuchan los nuevos dirigentes cuando ya dispongan del poder…

 

Biden y Trump, el final de una época

 

 

Joe Biden, nacido en 1942, y Donald Trump, en 1946, nos parecen los últimos grandes representantes presidenciales de dos maneras de entender el poder que se formaron en la segunda mitad del siglo XX. Biden aprendió la política en el Senado, donde hasta el adversario con quien uno discutía por la mañana podía ser el aliado necesario para aprobar una ley por la tarde. Trump aprendió a ejercer influencia en los negocios y la televisión, dónde llevar el apellido en la fachada, y conseguir que todos hablaran de él, lo que tenía un valor tangible. Con el tiempo trasladó esa lógica a la política. Hasta pidió a los ciudadanos que vieran su nombre en una papeleta en la que no figuraba. Los electores le tomaron la palabra... Y votaron en su contra en lugar de elegir a un candidato al Congreso o la gobernación. Nosotros también pertenecemos a las generaciones del siglo pasado. Y por eso recordamos tan bien lo que significaba ser jóvenes en los años sesenta y setenta, cuando creamos un movimiento al que llamamos “Nueva Generación”. Queríamos que nuestros mayores escucharan lo que teníamos que decir. Hoy, que los mayores somos nosotros, vale la pena volver a la pregunta hacia nuestra propia generación. ¿Sabemos escuchar a nuestros hijos y nietos con la apertura que entonces reclamábamos para nosotros?... Lo que cuestionamos es la costumbre, tan arraigada en la política, de buscar en lo que aprendimos ayer todas las respuestas que el país necesita hoy. Pensemos en un educador que aprendió mucho en la escuela de su infancia. Si le preguntamos cómo llevar la enseñanza a más niños, quizá proponga construir más escuelas como aquella. Un maestro de otra generación, ante el mismo problema, acaso piense primero en el alumno que vive a dos horas del aula más cercana y se pregunte cómo llegar hasta él mediante la educación inmediata y a distancia. Ambos quieren que ese niño aprenda. La ciencia y la tecnología han ampliado las maneras de hacerlo, y cada maestro advierte una posibilidad distinta desde su propia experiencia. ¿Cuántos años más puede un país pedirles a sus hijos y nietos que elijan entre las soluciones de sus mayores antes de darles la oportunidad de ensayar las suyas?...

 

Llegó la Inteligencia Artificial

 

Algo parecido nos ocurre con la inteligencia artificial. En Estados Unidos, solamente uno de cada cuatro adultos de 65 años o más había utilizado un asistente de IA en febrero de 2026. Entre los jóvenes de 18 a 29 años, la proporción llegaba a dos de cada tres. Hay una distancia generacional, desde luego, pero basta pensar en lo que puede ocurrir cuando un nieto se sienta junto a su abuelo frente a la misma pantalla. Es probable el nieto sepa mejor cómo aprovechar la herramienta y el abuelo recuerde algo que a ninguno de los dos se le habría ocurrido preguntar. ¿Cuánto aprenderían el uno del otro si ambos conservaran esa curiosidad?

 


En la política, el relevo generacional comienza cuando quienes hasta ayer tenían que convencer a sus mayores de que valía la pena ensayar otra respuesta empiezan a recibir de los ciudadanos la autoridad para ponerla a prueba. Se puede llegar joven al Congreso y repetir las respuestas de siempre, del mismo modo que un dirigente de larga trayectoria puede reconocer una pregunta que su partido lleva años sin escuchar. Por ello, al mirar estas elecciones, nos interesa tanto la edad de quienes ganaron como aquello que sus electores reconocieron en ellos. ¿Qué les hizo pensar que podían confiarles su representación? Dos historias, una en Texas y otra en Georgia, nos acercan a la respuesta…

 

Los dos años más difíciles de Trump

 

Conviene escuchar a los propios electores antes de atribuirles nuestras esperanzas. En la encuesta de AP, alrededor de ocho de cada diez votantes declararon que la inflación había causado dificultades moderadas o graves en sus hogares. Cerca de la mitad consideró decisivos para su voto el costo de vida y la corrupción gubernamental. También pesó la guerra con Irán. Y aunque los jóvenes se alejaron de los republicanos, menos de la mitad del electorado expresó una opinión favorable del Partido Demócrata. Muchos cambiaron su voto sin cambiar necesariamente de convicciones. Confundir ese voto prestado con una adhesión permanente sería el primer error de los vencedores. A partir de enero, Trump tendrá enfrente a un Congreso con capacidad para convocar altos funcionarios, exigir documentos y examinar decisiones que hasta ahora su partido podía proteger del escrutinio. Podrían abrirse decenas de investigaciones en dos años. Hoy nadie conoce su número ni sus conclusiones. Habrá preguntas legítimas sobre los intereses económicos de la familia presidencial, la conducción de la guerra y el ejercicio del poder migratorio. Ante una denuncia de abuso o discriminación, lo que una democracia le debe a la persona afectada es la oportunidad de declarar, la investigación de lo ocurrido y, si los hechos lo justifican una reparación. Una audiencia concebida para conseguir el video más visto de la tarde difícilmente cumplirá ese deber.

 

Prevemos dos años de turbulencia

 

Trump conserva la presidencia y el veto… Los demócratas tendrán que decidir qué investigar, qué negociar y cómo explicar un fracaso cuando también ellos sean responsables del presupuesto. Psicológicamente, la tentación será simétrica. Trump podrá ver en cada investigación una persecución, y sus adversarios, en cada sospecha, una prueba. Si eso ocurre, hasta los dirigentes más jóvenes habrán aprendido a envejecer políticamente en tiempo récord…

 

¿Podrán Rubio o Vance renovar al Partido Republicano?

 

Marco Rubio y J.D. Vance tienen ante sí una dificultad distinta. Como secretario de Estado, Rubio tendrá que explicar qué decisiones internacionales defendió por convicción, qué resultados obtuvo y qué habría hecho de otra manera. Vance, como vicepresidente, carga con una asociación todavía más estrecha. Buena parte de su autoridad procede de la confianza que Trump depositó en él. Para conquistar autoridad propia tendrá que decir dónde termina esa lealtad y dónde comienza su criterio. No estamos seguros de que alguno pueda hacerlo. Tampoco daríamos por agotada la capacidad de renovación del partido que ambos aspiran a representar. La futura competencia por el liderazgo republicano bien podría empezar en una gobernación, lejos de quienes hoy ocupan los despachos más próximos al presidente.

 

¿Qué van a hacer con el futuro?

 

En política existe una ventaja que dura poco. Quien llega puede presentarse como dueño del porvenir y dejar a su adversario asociado con el pasado. A Trump podrían quedarle adheridos el recuerdo de los precios que subieron, la guerra que tantas familias temieron, las denuncias de corrupción y el trato que recibieron inmigrantes y minorías. Sus sucesores querrán que se los identifique con una economía sana, la integración del país, la convivencia y la tolerancia. La distancia entre esas dos imágenes se medirá en la cocina de cada hogar. Una madre que sigue sin poder pagar el medicamento de su hijo tiene pocos motivos para distinguir entre una promesa nueva y otra que ya escuchó. Las generaciones que se formaron con internet tienen una familiaridad con la tecnología que solo muy pocos de nosotros logramos adquirir. Eso puede favorecer las transformaciones que vienen. Pensemos en tres decisiones que pronto exigirán criterio político. Una clínica rural incorpora inteligencia artificial para detectar una enfermedad a tiempo. ¿Quién responde si se equivoca? Una escuela ofrece a cada alumno un tutor digital. ¿Cómo sabrá el maestro si el niño aprendió a pensar por sí mismo? Una empresa automatiza parte de su producción. ¿Participará el trabajador en la prosperidad que ayudó a crear o recibirá únicamente la carta de despido? Conocer la herramienta da cierta ventaja. Comprender a la persona a quien va a cambiarle la vida exige, requiere además, la experiencia de escucharla.

 


Al final…

 

Hay algo que nos preguntamos como psicólogos. ¿Qué sucede en una familia cuando los hijos empiezan a tomar decisiones que antes les correspondían a los padres? A veces el padre sigue hablando, el hijo deja de discutir y ambos confunden ese silencio con un acuerdo. Otras veces el padre tiene la curiosidad de preguntar “¿y tú cómo lo harías?”, y descubre que aquel muchacho a quien enseñó a mirar ya puede mostrarle algo que él no había visto. Tal vez eso les ha ocurrido a los Estados Unidos. Durante años sus dirigentes hablaron en nombre de una juventud a la que rara vez cedían la palabra. Ahora en Texas y en Georgia, entre otros lugares, esa juventud contestó con votos. Desde la mirada de mi esposa María Mercedes Gessen, hay una prueba más personal para quienes acaban de ganar. Imaginemos dos hermanos que votaron distinto y que dentro de unas semanas se sentarán a la misma mesa el Día de Acción de Gracias. Uno teme por su empleo. El otro teme que detengan a alguien a quien quiere. Ambos tienen buenas razones para pedirle algo al país. Si los nuevos gobernantes reconocen el miedo de uno y se burlan del miedo del otro, aquella familia seguirá partida, por joven que sea el rostro que aparezca en la televisión. El relevo comenzaría cuando esos dos hermanos, todavía en desacuerdo, puedan reconocer en quien gobierna a alguien que se ocupe de los dos. Para eso valdría la pena que, por fin, comenzara el siglo XXI en la política estadounidense… Hasta la próxima y que la Divina Providencia Universal nos acompañe, apreciado lector… Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en psicologosgessen@hotmail.com...

 

 






 

Puede publicar este artículo o parte de él, siempre que cite la fuente del autor y el link correspondiente de Informe 21. Gracias. © Fotos e Imágenes Gessen&Gessen

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