Las vueltas y transformaciones de la vida
- María Mercedes y Vladimir Gessen
- hace 1 día
- 13 Min. de lectura
La vida rara vez sigue el mapa que imaginamos y planeamos: se desvía, nos cambia, nos desafía… y aun así nos enseña a seguir adelante… Después de todo llega el momento de decir: ¡qué cosas cambios tiene la vida!... y quizás hubiéramos querido saberlo más jóvenes…
Como en la física, la vida también se transforma
Hay una verdad que el ser humano aprende lentamente, casi siempre después de muchas alegrías… y también de muchas pérdidas, la vida cambia. Recambia constantemente. Los objetivos varían, aunque no queramos. Se transforma incluso cuando creemos haber encontrado estabilidad. Y quizás una de las mayores dificultades humanas sea precisamente esa, el aceptar que vivir no significa controlar un camino… más bien, son distintas las vías que se nos presentarán, y debemos aprender a transitarlas… Cuando somos niños imaginamos que la vida será más o menos como la soñamos. Pensamos que los adultos saben exactamente lo que hacen. Que el futuro tiene orden. Que existe un mapa claro. Pero crecer es descubrir algo claramente distinto, como es que la existencia humana se parece más al mar que a una carretera. Hay corrientes inesperadas. Tormentas. Desvíos. Naufragios. Y también puertos maravillosos que jamás habríamos imaginado y fuera de nuestros planes. El gran problema es que muchas personas construyen su vida creyendo que todo dependerá exclusivamente de sus decisiones individuales. Y no es así... Influyen las guerras, las crisis económicas, las migraciones, las enfermedades, los accidentes, los cambios tecnológicos, sociales, políticos, las separaciones, los duelos, los gobiernos, los amores inesperados, la maternidad, la paternidad, la soledad, los encuentros, y hasta las casualidades… La vida humana nunca ocurre en aislamiento. Sucede dentro de la historia. Y eso —querámoslo o no— transforma nuestros planes, una y otra vez…
La niñez: cuando el mundo todavía parece infinito
Ser niño o niña quizás sea la etapa más cercana a la magia. El tiempo parece inmenso. Un verano puede sentirse eterno. Una habitación suele convertirse en un Universo. Un abrazo puede solucionar el mundo entero. El niño vive intensamente el presente. Aún no carga el peso de la comparación social ni de las responsabilidades futuras. Por eso los recuerdos de infancia suelen permanecer grabados con enorme fuerza emocional. La neurociencia ha mostrado que las experiencias afectivas tempranas participan profundamente en la construcción de la identidad y de la regulación emocional futura. No obstante, también allí comienzan las primeras heridas invisibles. El miedo al rechazo. La sensación de no ser suficiente. La necesidad de aprobación. Y muchas veces, sin saberlo, empezamos a construir una imagen de quienes creemos que debemos ser para ser amados. En esta etapa sembramos las bases de quienes vamos a ejercer en el futuro, porque allí comienzan a formarse nuestra maneras de amar, de confiar, de relacionarnos con los demás y hasta de interpretar el mundo. Las palabras que escuchamos, el afecto que recibimos, las ausencias, los miedos, la seguridad o la inseguridad emocional que vivimos durante esos años dejan huellas claves que muchas veces nos acompañarán silenciosamente durante toda la vida… Por ello, los padres tenemos una enorme responsabilidad, ya que no solo alimentamos y protegemos a nuestros hijos, también modelamos su mundo emocional, su autoestima, su manera de vincularse, y la forma en que algún día enfrentarán la vida, el amor, el dolor y la felicidad.
La adolescencia: el terremoto interior
Luego, llega la adolescencia… esa etapa extraordinaria y difícil donde el ser humano intenta descubrir quién es, mientras todo dentro de él cambia al mismo tiempo. Cambia el cuerpo. La voz es más grave. Las emociones son diferentes, más intensas. La percepción de sí mismo es otra. Cada adolescente necesita pertenecer… pero también diferenciarse. Quiere libertad… pero aún necesita protección. Busca identidad mientras combate inseguridades. Desde la psicología evolutiva, Erik Erikson describió esta etapa como el conflicto entre identidad y confusión de roles, un verdadero desafío, el de descubrir quién se es realmente. Y allí nace una de las primeras grandes tensiones humanas, como es el de entender que nadie llega a ser exactamente quien imaginó ser a los quince años. A esa edad, una opinión puede sentirse definitiva, un rechazo puede doler como una tragedia, y una aceptación suele parecerlo todo. También, es la etapa donde muchos jóvenes comienzan a cuestionar a sus padres, a la sociedad, a las normas y hasta sus propias creencias, porque necesitan construir una identidad propia y no simplemente heredarla. El problema es que mientras intentan encontrarse, viven bajo enormes presiones sociales, académicas, emocionales y ahora también, digitales, en un mundo donde las redes sociales amplifican las comparaciones, las inseguridades y las expectativas irreales. Por eso, tantos adolescentes oscilan entre momentos de enorme entusiasmo y otros de profunda fragilidad emocional. Y una de las cosas más importantes que necesitan en esta etapa no es únicamente corrección o disciplina, sino también escucha, orientación, paciencia y la sensación de que —aun en medio de sus contradicciones— siguen siendo amados y comprendidos...
Los veinte: la ilusión de que todo es posible
Los veinte años son generalmente una mezcla de vértigo, entusiasmo y contradicción. Se ama. Se sueña y se aspira el futuro. Se cree que todavía hay tiempo para todo. Es la etapa de las primeras grandes decisiones en los estudios, en la profesión, en la independencia personal, en la selección de las parejas, las amistades, y se ejerce plenamente la sexualidad, los viajes, los ideales políticos y filosóficos. Pero también aparece algo silencioso: la comparación. Ver cómo otros “avanzan”. Medirnos con los logros ajenos. Sentir ansiedad por no tener todavía resuelta la vida, la que casi nadie la tiene a esta edad. Lo que ocurre es que muchas veces las redes sociales muestran resultados… pero esconden las incertidumbres. A esa edad, muchos sienten la presión de encontrar rápidamente “su lugar en el mundo”, como si existiera un calendario exacto para el éxito, enamorarse, independizarse o descubrir definitivamente quién eres. Pero la realidad humana rara vez funciona con tanta precisión. Hay quienes aparentan seguridad mientras viven llenos de dudas, y otros que parecen perdidos… cuando en realidad apenas están comenzando a encontrarse. También es una etapa donde en ocasiones se toman decisiones impulsivas, algunas maravillosas y otras dolorosas, porque el cerebro emocional todavía tiene enorme peso sobre la percepción del futuro y del riesgo. A los veinte, además, muchos creen que los amigos ocupan un lugar tan importante como la familia —o incluso mayor— porque los vínculos afectivos se construyen desde la identificación, la complicidad y el deseo de pertenecer a un grupo propio. Así, las amistades de esa época suelen vivirse con enorme intensidad emocional y parecen, en muchos casos, eternas. Se vive de esta manera porque todavía se siente cierta sensación de invulnerabilidad, como si el tiempo fuese infinito y los errores siempre pudieran corregirse después. Y quizás precisamente por eso los “veintes” dejan recuerdos tan importantes, porque en esos años el ser humano ama, se equivoca, cambia, cae, vuelve a levantarse y comienza —por primera vez— a comprender que crecer no significa tener todas las respuestas… sino aprender a convivir con las preguntas…
Los treinta: cuando la realidad comienza a negociar con los sueños
En los treinta aparece algo nuevo: la conciencia del tiempo. Ya no sentimos que todo puede esperar indefinidamente. Comienzan a pesar las responsabilidades. Trabajo. Familia. Hijos. Hipotecas. Migraciones. Exigencias económicas. Muchos descubren que la vida profesional no era exactamente como la imaginaron. Otros, comprenden que el amor duradero requiere mucho más que pasión. Y algunos empiezan a sentir una tensión silenciosa entre lo que soñaron… y lo que realmente están viviendo. Es allí donde muchas personas redefinen el significado del éxito. Pero también hace presencia algo valioso, comenzamos a conocernos mejor. Ya no actuamos únicamente desde la impulsividad juvenil, sino desde una experiencia que lentamente nos enseña a elegir con mayor conciencia. Por lo que aprendemos a ser más seguros de nosotros mismos. Y aunque los treinta pueden traer cansancio y presión, también nos aportan una mayor capacidad para construir, amar, resistir y comprender que la felicidad no siempre está en llegar rápido… sino en aprender a darle sentido al camino que estamos recorriendo.
Los cuarenta: el espejo existencial
Los cuarenta traen más preguntas. No es solamente “qué tengo”… sino “quién soy”. El cuerpo empieza a enviar señales del tiempo. Aparecen cambios hormonales, físicos y emocionales. Algunos enfrentan divorcios. Otros pérdidas familiares. Otros sienten agotamiento existencial aun teniendo estabilidad material. Y surge entonces una interrogante: ¿La vida que construimos se parece a la vida que deseábamos vivir? Desde la psicología humanista, Carl Jung señalaba que la mitad de la vida obliga al ser humano a confrontar su verdadera individualidad, dejando atrás las máscaras sociales construidas durante décadas. A veces, por el contrario, los cuarenta no destruyen la vida… la revelan. Pero también los cuarenta pueden ser una etapa extraordinariamente poderosa. Muchas personas alcanzan entonces una mayor madurez emocional, profesional y afectiva. Ya no se vive con tanta necesidad de aprobación externa. Se comienza a entender que no vale la pena desgastarse intentando agradar a todo el mundo. A esa edad, muchos desarrollan una mirada más serena sobre sí mismos y sobre los demás. Se gana experiencia, capacidad para resolver problemas, inteligencia emocional y una comprensión más de lo verdaderamente importante. Incluso el amor cambia: suele hacerse menos impulsivo, pero más consciente, más sólido y más humano. Y aunque los cuarenta obligan a mirar el paso del tiempo, también permiten descubrir algo muy valioso, que todavía hay vida para reinventarse, corregir rumbos, comenzar proyectos nuevos, y construir una versión más auténtica y libre de uno mismo. Por ello buena parte de las parejas se afianzan —y se reenamoran— como nunca antes…
Los cincuenta: comprender dónde está realmente la felicidad
Al cumplir el medio siglo, buena parte de las personas comienzan a valorar cosas distintas. El tiempo adquiere otro significado. Se aprecia más la tranquilidad que la apariencia. Más la paz que la competencia. Más la autenticidad que la aprobación social. También, se comprende algo determinante, que no todo salió exactamente como se planeó. Y eso por lo general se percibe como positivo. Porque la vida humana no es como las matemáticas. Es adaptación constante. Muchas veces las personas que creían haber perdido el rumbo terminan encontrando una versión más auténtica de sí mismas precisamente gracias a aquello que no salió como esperaban. Y es justamente en esta etapa cuando muchos nuevamente a buscar nuevas metas, se retoman sueños que habían quedado pospuestos durante años o a se construyen proyectos diferentes a los imaginados en la juventud. Algunos, redescubren talentos olvidados. Otros vuelven a estudiar, emprenden, viajan, escriben, aprenden a vivir con más serenidad. Ya no se trata únicamente de obtener objetivos materiales o de cumplir expectativas sociales, sino de encontrar sentido y bienestar emocional. Poco a poco, se comprende algo liberador, se hace cada vez más evidente que el propósito más importante de la vida no era cumplir un plan exacto, ni siquiera alcanzar algunos objetivos trazados… sino aprender, a pesar de todo, a ser felices.
Los sesenta: el valor de lo esencial
A los sesenta aparece una mirada más amplia sobre la existencia. Muchos se desprenden de conflictos innecesarios. Ya no se quiere demostrar tanto. Ya no se vive para impresionar a otros. Se valora más la conversación sincera. La familia. La amistad. La salud. El tiempo, siempre el tiempo. Y surge una realidad emocional: muchas de las cosas que parecían urgentes décadas atrás… realmente no lo eran. Diversos estudios sobre bienestar psicológico muestran que la percepción subjetiva de felicidad muchas veces mejora a partir de estas etapas de la vida, especialmente cuando disminuye la presión constante de la validación externa. Pero además, los sesenta pueden convertirse en una etapa profundamente fértil y luminosa. Muchas personas descubren una libertad emocional que nunca habían experimentado antes. Ya no sienten tanta necesidad de competir ni de encajar en expectativas ajenas. Se recupera tiempo para uno mismo, para la pareja, para los hijos, los nietos, las amistades o incluso, para proyectos personales que durante décadas quedaron relegados. Algunos comienzan nuevas actividades, escriben, enseñan, viajan, ayudan a otros, o desarrollan una espiritualidad más profunda y serena. También, aparece una mayor capacidad para disfrutar las pequeñas cosas como una conversación tranquila, un café compartido, un amanecer, una llamada inesperada o simplemente la paz de sentirse vivos. Y quizás allí se comprende con más claridad algo esencial, que la felicidad muchas veces no estaba en llegar más lejos que todos… sino en aprender a vivir con más conciencia, agradecimiento y amor porque todavía tenemos tiempo por delante. Por ello, se pueden iniciar nuevos planes, aspiraciones y reforzar el propósito de vida…
Después de los setenta: la trascendencia y el legado emocional
Después de los setenta el tiempo cambia nuevamente de textura. Los recuerdos adquieren un valor inmenso. Las fotografías se convierten en puentes emocionales. Los nietos representan continuidad. La nostalgia aparece con frecuencia, pero también cierta sabiduría emocional, difícil de explicar. Muchos descubren entonces algo extraordinario: que a esa edad la vida no se mide únicamente por logros materiales… sino por el amor compartido, los vínculos construidos y las memorias dejadas en otros. Porque nadie recuerda exactamente cuánto tenía alguien. Pero sí recuerdan cómo los hizo sentir. Y, sin embargo, esta etapa no es solamente una mirada hacia el pasado. También puede ser una etapa de profundidad humana y emocional. Muchas personas después de los setenta conservan intactas sus ganas de aprender, conversar, escribir, viajar, enamorarse de la vida y seguir soñando... Otras, encuentran una serenidad que nunca tuvieron en décadas anteriores, porque finalmente perciben que no necesita demostrar nada para tener valor. Además, existe algo muy hermoso en esta etapa. Los abuelos —y bisabuelos— muchas veces transmiten historias, afectos, experiencias y enseñanzas que ninguna tecnología puede reemplazar. Su presencia conecta generaciones y da sentido de continuidad a la familia y a la vida misma. También es una etapa donde muchas personas desarrollan una espiritualidad más profunda, una relación distinta con el tiempo, con la naturaleza, con el Universo, y hasta con el misterio de existir. Y allí, aparece una de las comprensiones más importantes de todas: que vivir plenamente nunca dependió únicamente de la juventud o de la fuerza física… sino de conservar la capacidad de amar, emocionarse, agradecer y encontrar belleza en seguir estando aquí…
El gran error: creer que existe un único plan perfecto
Durante décadas la sociedad vendió una idea rígida de éxito. Se trataba de estudiar, trabajar, casarse, prosperar y mantener una línea ascendente continua. Pero la realidad humana rara vez funciona así. Hay personas que emigran y deben empezar de cero, quienes pierden todo económicamente y vuelven a levantarse, quienes encuentran el amor a los sesenta, quienes cambian de profesión a los cincuenta, quienes nunca tuvieron hijos y construyeron vidas profundamente significativas, y hay quienes lo tenían todo planeado… hasta que la historia cambió el escenario. La pandemia global del Covid-19 reciente mostró precisamente que el ser humano controla menos de lo que imagina. El filósofo Zygmunt Bauman hablaba de una “modernidad líquida”, donde las estructuras estables de antes se vuelven cambiantes e inciertas. Y quizás por eso hoy más que nunca necesitamos propósitos amplios y flexibles, no planes rígidos e inamovibles. Porque cuando el propósito es demasiado estrecho, cualquier cambio puede sentirse como un fracaso definitivo. Pero cuando el propósito es más profundo y humano —crecer, aprender, amar, ayudar, vivir con dignidad o intentar ser felices— entonces incluso los desvíos inesperados pueden adquirir sentido. La vida muchas veces obliga a replantearlo todo, pero también ofrece oportunidades que jamás estaban en nuestros planes originales. Hay personas que descubren su verdadera vocación después de una crisis, que encuentran fortaleza al perderlo casi todo, o que construyen una existencia más auténtica precisamente luego de haber visto derrumbarse antiguas certezas. Una de las mayores señales de madurez emocional es entender que adaptarse no significa rendirse. Significa comprender que vivir también es cambiar, reconstruirse y volver a encontrar esperanza aun cuando el camino imaginado haya desaparecido. Porque al final, más importante que cumplir exactamente el plan inicial… es lograr que la vida, con todas sus vueltas inesperadas, siga teniendo sentido, amor e innumerables momentos de felicidad…
El propósito más importante
Pensamos que una de las metas más inteligentes no sea controlar cada detalle del futuro… sino construir una forma de vivir capaz de sostenernos incluso cuando el futuro cambia. Y allí, aparece un propósito humano: conseguir el mayor grado de felicidad que nos sea posible. No una felicidad ingenua o permanente o una felicidad perfecta, sino una felicidad más real: la capacidad de encontrar sentido, vínculos, gratitud y esperanza incluso en medio de las dificultades. La psicología positiva contemporánea —desarrollada por investigadores como Martin Seligman— ha mostrado que el bienestar humano no depende únicamente del placer o del éxito material, sino también de las relaciones, el propósito, la resiliencia y la percepción de significado. Y quizás eso sea lo verdaderamente importante. En nuestro libro Maestría de la Felicidad demostramos que la felicidad no suele aparecer como un destino final al que un día se llega definitivamente, sino como una construcción cotidiana que depende de cómo interpretamos la vida, de cómo enfrentamos los cambios y de la capacidad de adaptarnos sin perder nuestra esencia. Nosotros, vemos la felicidad como una habilidad que puede adiestrarse mediante procesos conscientes de pensamiento, emoción y acción. Comprendimos también que el bienestar humano no nace únicamente de las circunstancias externas, porque personas con enormes logros pueden sentirse vacías, mientras otras —en medio de dificultades— logran experimentar plenitud, amor y esperanza. Nuestro enfoque es integral para lograr aumentar la felicidad a través del autoconocimiento, la neurociencia aplicada y la gestión emocional, combinando herramientas científicas y reflexiones espirituales con un tono accesible y motivador. La verdadera felicidad muchas veces surge de aprender a valorar lo esencial, de desarrollar vínculos sanos, de mantener propósitos amplios, de cuidar la salud emocional y de encontrar sentido, incluso en las etapas más complejas de la existencia. Porque vivir plenamente no significa evitar el dolor o los cambios inevitables de la vida… sino aprender a atravesarlos sin perder completamente la capacidad de amar, de agradecer y de volver a empezar…
Al final…
… la vida termina siendo mucho menos parecida a un plan arquitectónico… y mucho más similar a una travesía humana en una naturaleza que también es cambiante. En la actualidad no se llega exactamente al lugar que se imaginó cuando se era un niño. Pero eso no significa que el viaje haya sido incorrecto. A veces los caminos que parecían errores nos llevaron hacia personas o situaciones fundamentales. También las pérdidas nos obligaron a descubrir fortalezas ocultas. A veces aquello que rompió nuestros planes… también abrió posibilidades que jamás habríamos visto de otro modo. Porque vivir no es únicamente avanzar. Es adaptarse. Transformarse. Caerse y levantarse. Reinventarse. Y seguir. La verdadera madurez aparece cuando dejamos de preguntarle obsesivamente a la vida: “¿Por qué cambiaste mis planes?” …y comenzamos a cuestionarnos: “¿Qué puedo construir ahora con esta nueva realidad?” Porque mientras exista conciencia… mientras exista capacidad de amar… mientras podamos emocionarnos con una conversación, un amanecer, una canción, un abrazo o una memoria… la vida —con todas sus vueltas inesperadas— todavía sigue abierta. Y cuando llegamos a ciertas etapas de la existencia comprendemos algo simple y extraordinario al mismo tiempo: que, a pesar de los dolores, las pérdidas, los cambios inesperados y las incertidumbres, ¡vivir ha valido la pena! Porque incluso en medio de las dificultades hubo amor, aprendizajes, encuentros, risas, sueños, personas inolvidables, y momentos que iluminaron nuestra historia como nuestra familia, hijos, hijas, nietos, nietas y ahora bisnieta. Por eso emociona tanto aquella frase inmortalizada por Mercedes Sosa y por Joan Baez: “Gracias a la vida… que me ha dado tanto”. Porque al final, quizá la verdadera sabiduría no consista únicamente en entender la vida… sino también en agradecerla…
Por favor, si desea hacernos un comentario o una consulta escríbanos a: psicologosgessen@hotmail.com. Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos…
María Mercedes y Vladimir Gessen, psicólogos.

(Autores de “Maestría de la Felicidad”, “Que Cosas y Cambios Tiene la Vida” y de “¿Qué o Quién es el Universo?”)
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“Gracias a la vida”...






