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La profecía del poeta

hace 55 minutos
6 min de lectura

El preclaro Alfredo Maneiro, cuya prematura partida sigue gravitando en la vida pública venezolana. Foto: Archivo
El preclaro Alfredo Maneiro, cuya prematura partida sigue gravitando en la vida pública venezolana. Foto: Archivo

“Iniciamos un movimiento desasistidos de recursos y aislados de la opinión. Convencidos que

la vieja política había muerto y que lo único que falta son sus enterradores. Decidimos

escoger a Catia y a Guayana, en la Venezuela que vale la pena. Fue nuestra decisión. A varios años del esfuerzo iniciado, ahora Guayana y Catia nos han escogido a nosotros”

Alfredo Maneiro 1977.


15 años después de estas palabras, el movimiento fundado por Maneiro, La Causa R, ganaba

la gobernación del estado Bolívar, la Alcaldía de Caracas y casi conquistó la presidencia de la

república.


Pocos días de la muerte de Maneiro, ocurrida un 24 de octubre de 1982, llegó a la casa muy

temprano el poeta Pedro Luis Hernández (mi hermano mayor). ¿Me preguntó sorprendido:

“¿qué le pasó a Alfredo"? Le respondí que murió de un infarto. Casi sin pausa, con esa

sensibilidad especial y clarividencia que tienen los poetas me dijo: "se han cancelado las

posibilidades de cambio real en Venezuela en los próximos 50 años." La expresión fue

pesimista, pero como bien reza la frase atribuida a otros poetas, “un pesimista es un

optimista bien informado”.


Todavía restan 6 años para que termine de cumplirse aquella profecía para Venezuela, un

país de oportunidades perdidas, como afirmara Arturo Uslar Pietri. Al consuelo se une la convicción de que cada vez falta menos.


Con estas reflexiones quiero abrir este artículo y rendir homenaje a mi maestro en la política

y el periodismo. El preclaro Alfredo Maneiro, cuya prematura partida sigue gravitando en la

vida pública venezolana.


“Desde 1958 no se veía algo igual: Con exclusión de los gobernantes de entonces y de

ahora, una complacida, satisfecha y risueña unanimidad, ilustra la reconciliación entusiasta

del país político. Toda la unidad que ayer logró la constitucionalidad, hoy se repite

conmovedoramente con el presupuesto. De la unidad en el espíritu del 23 de enero, a la

unidad en los 45 mil millones. Sindicalistas y empresarios; nacionalizadores, socializadores,

revertores, indemnizadores y Ejecutivos de la Creole, Ejecutivos de la Shell, Ejecutivos de la

Mobil, mayorías y minorías parlamentarías, gobernantes y gobernados; policías y detenidos;

cobradores y deudores; iletrados y funcionarios del Inciba: todo el país político unido y

unánime funciona a coro, como para hacer obligatoria la aceptación de la gran hora nacional

del momento que vivimos.


"En efecto, el petróleo es un don natural y forma parte de una justa pedagogía nacional

recordar que no es el resultado directo y meritorio del esfuerzo de los venezolanos; que la

presencia bajo nuestro suelo no es producto de nuestro trabajo.


"Insistimos, en las condiciones sociales actuales es absolutamente imposible impedir el

deterioro y, realmente, el efecto corrosivo de una abundancia fiscal que no está asociada

directamente, ni con el trabajo de los venezolanos, ni con las luchas ( y consecuencialmente)

ni con la conciencia de la nación. Y no es sólo una preocupación conservacionista lo que nos

mueve, pues es mucho o más lo que está en juego. No se trata ya, ni tanto ni únicamente,

de lesionar la infeliz servidumbre al petróleo. Se trata de impedir una dependencia suicida,

nacionalmente, de esta abundancia fiscal." Alfredo Maneiro, Caracas, 2 de junio de 1974.


Es difícil encontrar en la historia del pensamiento político venezolano contemporáneo una

pieza política más lúcida, aguda y premonitoria que la que hemos transcrito para nuestros

lectores en los anteriores párrafos. Tal vez sólo el Manifiesto de Cartagena de 1812 o la

Carta de Jamaica de 1815 salida del genio y de la pluma de Bolívar, puedan servir como

punto de comparación. Claro, tenía que ser el genio de Alfredo Maneiro quien produjera este

documento ejemplar y mediante el cual dibujara con la agudeza y el detalle propios de

maestros de la plástica, el momento político y económico de la Venezuela de 1974 y

visualizara con asombrosa propiedad y precisión el futuro venezolano de las tres siguientes

décadas.


No le alcanzó a Maneiro la vida para ver cumplida su prognosis, en cierta forma similar a la

de Juan Pablo Pérez Alfonzo, ya que murió, a los 45 años de edad. Tal vez se pueda hacer una analogía entre la prematura desaparición física de Maneiro y la de otro venezolano de excepción como Albreto Adriani, quien también recibió la inapelable sentencia de la muerte en 1936 a los 38 años de edad. En ambos caso, aunque en momentos históricos diferentes, Venezuela perdió a dos de sus más preclaras mentes del siglo XX, lo cual truncó de cuajo la maduración y desarrollo del pensamiento de estos hombres. El tiempo confirmaría después lo trágico que resultó aquello para el futuro de la patria.


“Unidad en los 45 mil millones”, refiere el documento. Al contextualizar la expresión, nos

habla Maneiro de la apotiosis fiscal de una Venezuela que pasó de un presupuesto de 13 mil

millones de bolívares en 1974 a 45 mil millones en 1975. Los precios petroleros habían

mutado de 3 dólares el barril a 16 dólares como consecuencia de la guerra del Yom Kippur

entre árabes e israelíes ocurrida en 1973. En efecto Venezuela se indigestó con aquella

riqueza súbita y azarosa. 30 años después conocemos los efectos de la paradoja de la

abundancia o de la abundancia sin crecimiento. El país de 1974 pasó de índices

socioeconómicos de 25% de pobreza, inflación de 2% anual, moneda estable y dura,

desempleo de 3% y crecimientos del PIB sostenidos, a inflación crónica de dos dígitos en los

últimos 40 años, desempleo creciente, 80% de pobreza y colapso de servicios básicos.


Propuso Alfredo en 1974, frente a la seguridad de que ese sobre ingreso fiscal petrolero iba a

ser derrochado y que también iba a erosionar institucional y moralmente a la república, la

idea de reducir drásticamente la producción petrolera. Cuando Carlos Andrés Pérez inventó

en su primer gobierno el Fondo de Inversiones de Venezuela para “administrar la abundancia

con criterio de escasez”, a fin de que sirviera como un instrumento de ahorro de la bonanza,

Maneiro simplemente sonreía y decía “ sí, como no”.


La inmensa riqueza petrolera que recibió el fisco nacional entre 1975 y el año 2014,

calculada en un más de un millón de millones de dólares (a dólares constantes de 1998),

terminó casi la mitad de ella en las cuentas bancarias privadas radicadas en el exterior de las

cuales son titulares un puñado de venezolanos, produciéndose la más tremenda exportación

neta de capitales y privatización de fonos de origen público que haya conocido país alguno.

El otro instrumento de transferencia directa del dinero del petróleo a grupos influyentes es el

volumen del servicio de la deuda externa e interna que consumía 80% del ingreso fiscal

derivado de los hidrocarburos hasta el inicio del nuevo ciclo de precios petroleros altos

ocurrido a partir de principios de la presente centuria.


En homenaje a este venezolano que tuve el orgullo de conocer y con quien pude compartir

amistad y reflexiones sobre el país, que llamó la atención sobre la perversión que significaba

que un Estado y su gobierno pudieran tener una inmensa riqueza en su poder que no era el

producto de la laboriosidad de la nación, lo cual le permitía avasallar a los ciudadanos y

desarrollar autonomía funcional respecto a la sociedad, dedicamos estas líneas.


En esta Venezuela revolucionaria de hoy, de enfrentamientos irreales y artificiales, de una

polarización que sólo esconde una enorme pobreza de ideas, recordamos aquellas palabras

pronunciadas por Alfredo Maneiro en 1982, unos dos meses antes de su muerte en un acto

en la sala plenaria del parque central: “Ahora que todos aquellos títulos notariados de

revolucionarios han hecho aguas, ahora que el esquema de izquierda y derecha revela su

condición conservadora por todas partes y tiende a ocultar la verdadera divisoria entre un

país de 200 mil venezolanos con uniforme y sin él, dueños de privilegios y agentes del abuso

y 12 millones de compatriotas que ni tienen privilegios, ni los solicitan y que viven

cotidianamente el abuso. La verdadera divisoria venezolana entre una pequeña Venezuela de decenas de miles de usufructuadores de la riqueza petrolera, y una gran Venezuela de

millones, que ni siquiera se han enterado de la existencia de esa riqueza”.



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