El retorno de los emigrantes

El tema que da título a este artículo lo traté en días recientes con el periodista Román Lozinski en su escuchado programa radial de todas las mañanas en Éxitos 99.9.
A partir de la extracción de Nicolás Maduro y Cilia Flores el 3-E, tomó fuerza la posibilidad del retorno de una gruesa capa de los venezolanos que huyeron de las condiciones de miseria y escasez en las que cayó Venezuela a mediados de la década pasada, cuando se desplomaron los precios del petróleo, quedando en evidencia la ruina de Pdvsa y el saqueo inmisericorde al que había sido sometida la nación durante el gobierno de Hugo Chávez y los primeros años de Maduro.
El país, luego de la desaparición del caudillo, entró en una fase de decadencia acelerada que tomó a los venezolanos en condiciones de extrema debilidad: un gobierno cuestionado e inepto como el de Maduro; sin partidos políticos opositores porque sus direcciones nacionales habían sido perseguidas y obligadas a escapar al exterior; sin sindicatos ni gremios fuertes porque esas agrupaciones habían sido acorraladas y sus líderes amenazados o desaparecidos; con una sociedad civil debilitada debido a que sus instrumentos organizativos se habían debilitado por el acoso al que el régimen las
sometió; y con unos medios de comunicación amordazados, forzados a seguir la pauta impuesta por el régimen.
La gente comenzó a fugarse de Venezuela por la hiperinflación incontrolable, la caída de la economía -los expertos estiman que el PIB cayó cerca de 80% en menos de diez años y cerraron miles de empresas y actividades comerciales e industriales-, el desempleo subsecuente, la represión y la violencia que acompañaron las protestas ciudadanas, especialmente de los jóvenes.
La emigración ha sido ampliamente investigada por el sociólogo Tomás Páez, director del Observatorio de la Diáspora Venezolana (ODV) y autor de un libro fundamental para
comprender el fenómeno: La voz de la diáspora venezolana.
Ahora, hay que intentar saber cuántos de los ocho o nueve millones de compatriotas que se fueron al exterior estarían dispuestos a retornar y en cuáles condiciones. Ese era el punto clave de la conversación con Lozinski. Desde luego que ambos sabíamos que intentar un cálculo, aunque sea aproximado, resulta aventurado. De acuerdo con Acnur, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y el ODV, la tasa promedio de retorno de los
migrantes anda por 20%. Es una cifra muy baja. Probablemente, en el caso venezolano ese porcentaje podría elevarse. La inmensa mayoría de los venezolanos en el exterior sienten nostalgia por el país. Lo extrañan y quisieran regresar. Sin embargo, al momento de tomar la decisión prevalen criterios pragmáticos. Numerosos compatriotas han echado raíces en los países de acogida. Se han establecido con sus familias. Han conseguido empleos estables y
bien remunerados. Han construido redes sociales de apoyo e incontables motivos para sentirse arraigados.
Venezuela, entonces, tendría que ofrecerles a esos compatriotas un conjunto de incentivos que les hagan muy atractivo volver al país y emprender una nueva vida o reconstruir la que ya
tenían. Para volver a imantar a los venezolanos, habría que derrotar la inflación. Venezuela volvió a ser la nación con el mayor incremento de precios del planeta. El FMI proyecta la inflación para 2026 en 387%. Muy por encima de los dos países que le siguen: Sudán, con 75%, que se encuentra en medio de una cruenta guerra civil; e Irán, con 68%, metida en un conflicto bélico con Estados Unidos e Israel.
Con una inflación tan elevada, es imposible estabilizar el nivel de ingreso de los trabajadores y de las familias. En el caso específico de Venezuela, la escalada de precios está ligada a la devaluación del bolívar. El Gobierno no tiene ni la menor idea de cómo enfrentar el problema con coherencia y continuidad. La inflación conectada a la devaluación constituye uno de los mayores motivos para disuadir a los venezolanos que viven fuera de nuestras fronteras.
La falta de estabilidad política representa otro de los factores que aleja a los venezolanos. La ausencia de un gobierno legítimo, elegido por el pueblo, constituye un claro desestimulo. El régimen dirigido por Delcy Rodríguez siempre será precario. Tendrá que basar su permanencia en Miraflores en el uso de la fuerza y la represión, aunque esta -por la tutela norteamericana- no alcance los niveles de sadismo que llegó a mostrar cuando gobernaba Maduro.
Aunque la tasa de retorno sea baja, es posible -como insiste Tomás Páez- comprometer a millones de venezolanos con la reconstrucción nacional. No es indispensable que esos venezolanos se desplacen físicamente al país, para que colaboren con sus conocimientos y habilidades. Lo que se necesita es una estrategia, una política y unos planes concretos que hagan posible aprovechar internamente el inmenso talento que poseen los emigrantes
venezolanos.
La Plataforma Unitaria Democrática (PUD) debería incluirla
en sus propuestas de cambio.




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