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La huida


Comencemos con la terapia... Foto: bdcbethebest, Pixabay

Todavía me tiemblan las manos cuando recuerdo a la madre de Valentina dándome la noticia.

Nunca pensé, cuando conocí a Valen aquella tarde en el bar notable La Orquídea, ubicado

entre las calles Corrientes y Acuña de la ciudad de Buenos Aires, lo que significaría esa mujer

en mi vida.


Con Valentina todo comenzó como una amistad inocente que consistía en visitar no sólo La

Orquídea, sino cualquiera de los bares históricos que están por toda la ciudad de Buenos Aires.


Con ella compartía el gusto por la literatura, el cine, el periodismo y por supuesto el humor. En poco tiempo nos convertimos en cómplices.


Por ejemplo, cada vez que algún novio le rompía el corazón, Valentina me enviaba un mensaje diciendo: “vamos a terapia”, y eso bastaba para que yo dejara lo que estaba haciendo para ir hasta La Orquídea a bajarnos varias botellas de Malbec. Aclaro que no lo hacíamos solo cuando a ella le rompían el corazón, porque más de una vez Valen me acompañó en algún despecho.


Aquel ritual era interrumpido únicamente por Gonza, el mesero del lugar cuando nos decía:

“Chicos, se acabó la función”.


Valentina y yo siempre nos gustamos, pero no queríamos enrollarnos, supongo que para

cuidar esa hermosa complicidad entre nosotros. Fue justo en una de esas terapias en La

Orquídea, que Valentina me contó que el canal de TV donde trabajaba, la enviaría a Ucrania

como corresponsal, lo que para ella era un sueño cumplido. Obviamente yo no me alegré,

porque cubrir una guerra no es joda ¿Y si le pasaba algo? Igual no dije nada y la felicité por su

logro profesional. En aquel encuentro también me contó que viajaría a la semana siguiente,

por lo que teníamos que planear algunas juntadas durante la semana para despedirnos, o más bien decirnos hasta pronto.


Aquella noche terminó como todas: Gonza diciéndonos “Chicos, se acabó la función”, corté a

Valentina abrazándome (como dos amigos borrachos) por Calle Corrientes y cantando el tema Prófugos de Soda Stereo. Acto seguido la dejé en la puerta de su casa y me fui a la mía a dormir. Pero aquella noche no dormí, sino que lloré a moco tendido.


Al día siguiente le escribí a Valentina por WhatsApp y la invité a la premiere de un

cortometraje que produje y que se proyectaría en el Festival de Mar del Plata. Ella se iría el

jueves y la proyección del corto se realizaría el martes, es decir, dos días antes de su viaje.

El día de la premiere, Valentina llegó al auditorio de La FUC (Universidad del Cine) con sus rulos rojizos, un abrigo largo negro, botas a juego y sus hermosos ojos celestes que iluminaron todo el lugar.


Luego de la proyección del cortometraje, todo el equipo de producción y los actores nos

fuimos a un bar en el barrio de San Telmo. Como yo había llevado el auto, preferí no beber, y

dejé que Valentina se entregara a una de las mejores cosas que tenemos en Argentina: El vino.


Ella me insistía en que bebiera, pero yo me negaba porque era conductor designado. Pero en

un momento de la fiesta, mi amiga Valentina, la loca linda con la que sufrimos nuestras

rupturas amorosas, se abalanzó sobre mí, me abrazó y me dijo al oído:


- Tomáte el vino boludo, quiero que esta noche nos despidamos como nos lo

merecemos.


Acto seguido le clavé un beso que nos dejó sin aliento y por un momento sentimos que éramos los únicos en el mundo. Entonces entendí, que a veces, sólo a veces, hay que saltarse las reglas, no solo las de tránsito, sino cualquiera de ellas, para poder ver el tazón de oro al final del arcoíris.


Ella me tomó de la mano, ni siquiera nos despedimos y subimos a mi auto. Yo enfilé por la Av.

9 de Julio, para caer a la calle Perón y desplazarnos hasta nuestro querido barrio de Almagro;

pero Valentina tenía otros planes. Se reclinó en mi hombro y susurrando comentó: Quiero ver el mar.


- Sus deseos son órdenes- Contesté.


Así que cambié la ruta y manejé hasta un enclave ubicado en la localidad de Acassuso conocido como “Perú Beach”. Cuando llegamos Valentina se carcajeó, pues pensó que iríamos a Mar del Plata o Pinamar.


-Dije el mar, no el rio (Refiriéndose al Rio de la Plata)- expresó Valentina.


A lo que le respondí:


-Boluda, Beach es playa en inglés, Además ¿Quieres que nos matemos? La playa está a 4 horas y estamos súper borrachos. Al terminar mi frase, reímos, nos vimos a los ojos y volvimos a fundirnos en un beso.


Pasamos la noche juntos, y dormimos en el auto abrazados. El hechizo terminó cuando la luz

del sol traspasando el parabrisas, nos avisó que había llegado un nuevo día, lo que significaba que a Valentina y a mí nos quedaban sólo 24 horas juntos, hasta que se marchara a cubrir una guerra.


Le dije que me tomaría ese día, que no iría a trabajar y que la acompañaría. Ella me dijo que

prefería que no, que la llevara a su casa porque tenía que arreglar las valijas, y dejarle

indicaciones a su madre, quien se ocuparía de cuidarle su casa, a sus gatos y a las plantas. Fue entonces cuando comencé a llorar, le pedí que no se fuera. Ella lloró también, me pidió que no le cortara las alas. El viaje hasta nuestro barrio fue muy incómodo, casi no dijimos una palabra mientras regresábamos a casa.


Cuando llegamos a Almagro Valentina me dio un frio beso en la mejilla y quedamos en vernos al día siguiente para llevarla al aeropuerto. No insistí en quedarme con ella, no la quise joder.


De últimas Valentina iría a Ucrania, haría el reportaje y volvería; entonces ahí comenzaría una

linda historia de amor entre nosotros, al menos eso fantaseaba yo.


La noche previa al viaje de Valentina casi no dormí, quería que el reloj detuviera el tiempo.

Pero el tiempo no espera a nadie, por lo que a las 7 am ya estaba con mi auto en la puerta de

la casa de Valen.


Toqué la bocina y salió Natalia, la madre de mi amiga, a quien le extrañó verme. Natalia fue la

encargada de romperme el corazón:


- ¿Qué hacés gordo? ¿Valen no te dijo?


Negué con la cabeza, las piernas y las manos me comenzaron a temblar: Natalia me comunicó que su hija había llegado el día anterior llorando, había recogido todo, cambió el boleto y se fue.


Ya hace casi 30 días que se fue Valentina. ahora estoy en La Orquídea, escuchando la canción Prófugos de Soda Stereo, llorando y tomando vino. Nadie entiende por qué pedí dos copas si sólo soy uno, y mucho menos para qué las lleno…


Imagino que, junto a sus bellos ojos celestes y sus rizos colorados, entrará Valentina por la

puerta, me dará un beso y dirá: Comencemos con la terapia.


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