Irán en el filo del cálculo estratégico
- Vladimir Gessen
- hace 4 horas
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Flotas, silencios y escenarios de una probable guerra que nadie quiere anunciar pero que todo indica que en cualquier momento puede estallar. La paz pende del estado emocional de líderes de edad avanzada donde el deseo de cerrar su vida con un acto “histórico” puede estar presente...
Estados Unidos mueve su poder naval
Durante las últimas semanas, y con mayor claridad en los días recientes, el mundo ha vuelto a observar un movimiento que nunca es inocente: Estados Unidos despliega una flota naval hacia el Medio Oriente en relación con Irán. Lo cual no es un movimiento casual ni aislado, sino una señal política–estratégica clara, especialmente en este contexto de tensiones crecientes. No se trata de un ejercicio rutinario ni de una señal improvisada. Cuando una potencia mueve sus flotas, no está hablando solo a su adversario directo, sino al sistema internacional completo. El grupo de ataque del portaaviones USS Abraham Lincoln ha llegado a la región, reforzando la presencia militar estadounidense ante un escenario de creciente tensión con Irán. Las autoridades señalan que esto mejora la capacidad de defensa y las opciones militares disponibles en caso de una escalada. Medios internacionales informan que Estados Unidos ha movido activos navales y otras fuerzas aéreas al Golfo Pérsico y aguas adyacentes, como respuesta a la situación en Irán. El lenguaje oficial y mediático utilizado —como “armada”, “masiva presencia” o “refuerzo militar”— indica un mensaje deliberado hacia varios actores, en particular a Irán, aliados regionales, y a la comunidad internacional. No parece ser una simple rotación rutinaria. La llegada de un grupo de ataque con portaaviones y destructores es una señal operativa de amplia envergadura, que tiene implicaciones geopolíticas directas y visibles, como lo fue el traslado de la Cuarta Flota al Mar Caribe cerca de Venezuela.
La responsabilidad del liderazgo mundial
Donald Trump (79 años), Benjamín Netanyahu (76 años), y Ali Jamenei (86 años) decidirán el destino de la paz en el Medio Oriente en medio de advertencias públicas, retórica de guerra y líneas rojas reiteradas, la estabilidad regional depende menos de escenarios teóricos que de sus decisiones concretas y de la manera en que administren —o no— la presión, el lenguaje y el cálculo emocional, y así la paz deja de ser el resultado natural de la contención para convertirse en una elección frágil, sostenida casi exclusivamente por la voluntad de estos comandantes en jefe de no cruzar el último umbral.
El propio presidente Donald Trump ha mencionado que “muchos barcos” se están moviendo hacia la región por si acaso, lo cual no es un lenguaje típico de ejercicios benignos sino de señalización política y militar calculada.
Mientras tanto en Irán…
La movilización militar estadounidense no ocurre en el vacío ni responde a una lógica rutinaria de rotación de fuerzas. Se produce en un contexto de tensiones crecientes con Irán, marcado por una combinación particularmente inestable de presión interna, confrontación retórica externa, y riesgos acumulados de escalada regional. En el plano interno, Irán atraviesa uno de los ciclos de mayor tensión social y política de los últimos años. Las protestas recurrentes contra el régimen —motivadas por restricciones políticas, deterioro económico y represión social— han sido respondidas con endurecimiento del control estatal, incluyendo detenciones masivas, uso de fuerza letal en miles de episodios y restricciones severas a internet y a las comunicaciones. Organismos internacionales de derechos humanos y medios occidentales han advertido que esta represión ha incrementado el aislamiento diplomático de Teherán y ha elevado la presión externa sobre el régimen. Este escenario interno es relevante desde el punto de vista estratégico porque los regímenes bajo estrés doméstico elevado tienden a adoptar posturas externas más firmes o simbólicamente desafiantes, ya sea para reafirmar el control interno, desviar la atención pública, o reforzar la narrativa de amenaza externa. En otras palabras, la fragilidad adentro no reduce necesariamente el riesgo de afuera ya que, en algunos casos, lo incrementa. A ello se le suma una cadena de advertencias cruzadas entre Irán, Estados Unidos e Israel. Washington ha reiterado que no permitirá alteraciones graves del equilibrio regional ni amenazas a la navegación internacional, especialmente en el Golfo Pérsico y el Estrecho de Ormuz, por donde transita una parte sustancial del comercio energético mundial.
Teherán, por su parte, ha respondido con declaraciones que advierten sobre “consecuencias imprevisibles” ante cualquier acción hostil directa o indirecta, manteniendo deliberadamente un tono ambiguo pero desafiante. Autoridades iraníes también han desplegado símbolos de advertencia pública contra Estados Unidos, incluyendo murales con mensajes de retaliación ante una posible acción militar, lo cual no solo es un acto de propaganda sino señal de que el régimen percibe y responde al movimiento externo. En el ámbito político-diplomático, portavoces iraníes han emitido declaraciones firmes acerca de estar preparados ante cualquier confrontación, lo que aumenta la percepción de riesgos y hace más comprensible la presencia de fuerzas externas. Otro dato, es que el aumento de tensiones no es solo militar o verbal, sino que tiene efectos tangibles en otros ámbitos. Importantes aerolíneas europeas han suspendido rutas sobre el espacio aéreo del Golfo, Irán e Irak ante el riesgo de conflicto, como ocurrió antes del ataque a Venezuela, lo que refleja una percepción de riesgo real por parte del sector privado internacional.
Israel añade un tercer vector de tensión
Las autoridades israelíes han reforzado en los últimos meses su discurso sobre la amenaza estratégica iraní, particularmente en relación con las capacidades militares y de disuasión como algún reinicio o intento de lograr la capacidad nuclear. Aunque sin anunciar acciones concretas, la reiteración pública de líneas rojas estratégicas introduce un factor de incertidumbre adicional, ya que la doctrina israelí histórica privilegia la acción sin aviso previo cuando percibe riesgos existenciales. En 2025, hubo reportes de ataques israelíes contra instalaciones nucleares y militares iraníes, que fuentes atribuyeron a una acción “preventiva” motivada por preocupaciones sobre el avance del programa nuclear de Irán. En este punto, el despliegue naval estadounidense cumple una función múltiple. No solo busca disuadir a Irán, sino también contener a sus aliados, evitar decisiones unilaterales precipitadas y enviar una señal clara a los mercados, a las rutas comerciales y a la comunidad internacional con un mensaje: el de que la región está bajo observación directa de Estados Unidos, y cualquier alteración del statu quo tendrá respuesta. Desde esta perspectiva, la movilización militar no debe leerse como el preludio inevitable de una guerra, sino como un intento de administrar una crisis compleja en un momento donde convergen factores internos iraníes, tensiones regionales acumuladas, y una arquitectura de seguridad global cada vez más frágil. Irán vuelve así al centro del tablero global. No como un actor aislado, sino como el nódulo de fricción donde confluyen tres lógicas distintas del poder, la de la disuasión estadounidense, la resistencia estratégica iraní, y la doctrina de ataque anticipado israelí. El resultado es un escenario de tensión contenida, donde el peligro no es tanto la voluntad de guerra, sino algún error de cálculo.
Una confrontación de tres estrategias
Estados Unidos mostrando fuerza para evitar usarla: El refuerzo naval estadounidense en la región —bajo la coordinación del U.S. Central Command y la U.S. Fifth Fleet— responde a una lógica conocida como es disuadir sin disparar. El mensaje no es táctico, es psicológico y político. Es una forma de decir “estamos presentes, atentos y preparados”. Este patrón no es nuevo. Estados Unidos lo ha aplicado en el Caribe, en Asia y en Europa Oriental. La presencia visible busca condicionar decisiones, tranquilizar aliados, y advertir a adversarios sin cruzar el umbral de la guerra abierta. No obstante, el Medio Oriente no es un tablero estable. Aquí, los márgenes de error son mínimos, y los actores secundarios pueden detonar crisis mayores.
Irán resiste sin provocar, contiene sin ceder: El gobierno iraní enfrenta una presión simultánea por las sanciones económicas, aislamiento diplomático, tensiones internas y una vigilancia militar constante. Su estrategia es una combinación de paciencia estratégica y ambigüedad calculada. Teherán sabe que una guerra directa con Estados Unidos sería devastadora, pero también está al tanto de que mostrarse débil erosionaría su poder regional y su legitimidad interna. Por eso Irán avanza paso a paso sin un enfrentamiento final. Habla duro sí, pero actúa indirectamente, utiliza aliados regionales y evita —hasta ahora— un punto de no retorno. No busca la guerra, pero tampoco puede permitirse parecer derrotado sin combatir. Esa tensión es, precisamente, el mayor riesgo. El problema de Irán es su absurda y fanática estrategia: Desaparecer a Israel.
Israel juega con otra lógica: Históricamente, no anuncia sus decisiones estratégicas más sensibles. Su doctrina de seguridad se basa en un principio simple y peligroso: si la amenaza se vuelve existencial, se actúa antes de que sea irreversible. Israel observa a Irán no como un adversario más, sino como un riesgo estratégico de largo plazo. Si decide actuar, es improbable que lo comunique con antelación. Y aunque Estados Unidos no lidere un ataque, podría terminar respaldándolo diplomática o estratégicamente. Esta variable —la acción unilateral israelí— es la menos predecible del tablero.
Escenario de guerra
Estrecho de Ormuz: Paso obligado de una parte significativa del petróleo mundial. Cualquier incidente en esta área tendría impacto inmediato en la energía, los mercados y el transporte global.
Golfo Pérsico: Alta concentración de activos navales, bases militares y rutas comerciales. Escenario propenso a incidentes “accidentales”.
Eje Irán–Israel (largo alcance): Espacio estratégico donde una acción puntual puede generar una escalada regional indirecta.
Rutas marítimas ampliadas (Mar Rojo–Golfo de Adén): Vulnerables a efectos colaterales de una escalada.
Países árabes que albergan bases militares de Estados Unidos: Baréin (sede de la Quinta Flota), Catar (base aérea de Al Udeid), Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Jordania e Irak. Cualquier escalada regional los convierte en territorio indirectamente involucrado, ya sea como plataformas logísticas, objetivos potenciales de represalia o focos de presión política y social interna.
Una confrontación contenida… hasta que deja de serlo
Las dinámicas actuales entre Estados Unidos, Irán e Israel no apuntan a un único desenlace, sino a un abanico de escenarios cuya probabilidad depende menos de intenciones declaradas que de percepciones, errores de cálculo, o de decisiones no anunciadas. Hagamos una estimación razonada de los escenarios más plausibles en el corto y mediano plazo…
Escenario 1: Disuasión prolongada. Probabilidad estimada: 45–50 %
Es el escenario más probable en el momento actual. Estados Unidos mantiene flotas visibles y operativas en el área como señal de presencia y control, sin intención inmediata de atacar. Irán responde con retórica firme, ejercicios militares, demostraciones simbólicas de capacidad y acciones indirectas a través de aliados regionales. Israel, por su parte, observa, evalúa y prepara, sin intervenir de forma directa. Este escenario permite ganar tiempo, no resolver el conflicto. Es una lógica de contención mutua donde ninguno de los actores desea cruzar el umbral de la guerra abierta, pero tampoco pueden retirarse sin perder credibilidad. El riesgo aquí no es la intención, sino la fatiga estratégica, aunque prolongar la tensión aumenta la posibilidad de incidentes “accidentales” o malinterpretados.
Escenario 2: Golpe encubierto. Probabilidad estimada: 25–30 %
Este escenario implica ciberataques, sabotajes selectivos, ataques a infraestructuras críticas, operaciones encubiertas o acciones atribuidas a “terceros actores”. Es una modalidad cada vez más frecuente en los conflictos contemporáneos porque envía mensajes claros sin asumir formalmente la autoría ni declarar la guerra. Lo que encaja tanto en la lógica estadounidense como en la israelí, y también en la iraní. Permite castigar, advertir o frenar avances estratégicos sin activar mecanismos de escalada directa. El peligro reside en que, al no haber reconocimiento oficial, el adversario puede responder de forma desproporcionada, creyendo que el ataque fue más grave o más directo de lo que realmente haya sido.
Escenario 3: Escalada regional limitada. Probabilidad estimada: 15–20 %
Este escenario supone un ataque puntual y localizado, muy probablemente israelí, contra objetivos estratégicos iraníes —infraestructura militar o capacidades sensibles— seguido de respuestas indirectas de Irán a través de aliados regionales, milicias o acciones asimétricas. No se trata de una guerra total, pero sí de una escalada peligrosa. El margen de error aquí es mínimo. Un cálculo equivocado, una víctima inesperada o un impacto económico mayor al previsto, como en el caso de rutas energéticas, podría empujar a los actores a subir un peldaño más en la confrontación. Es el escenario donde la diplomacia corre detrás de los hechos, y no delante.
Escenario 4: Guerra abierta y directa. Probabilidad estimada: 5–10 %
Hoy sigue siendo el escenario menos probable, pero no descartable... Una guerra abierta entre Estados Unidos e Irán tendría costes enormes por el impacto inmediato en los mercados energéticos, en la disrupción del comercio global, en la inestabilidad regional prolongada y en un desgaste político significativo para todos los actores involucrados. Este escenario solo se activaría ante un evento disruptivo mayor como un ataque con numerosas víctimas, el cierre prolongado de una ruta estratégica como el Estrecho de Ormuz, o una acción que sea percibida como cruzar un punto de no retorno. Ningún actor lo busca, pero todos lo contemplan como posibilidad extrema. Si Irán insiste en avanzar en algún armamento nuclear, Israel ni Estados Unidos lo permitirían como ya lo han demostrado. La suma de estos escenarios revela una paradoja inquietante como es que la paz no es estable, pero la guerra tampoco es deseada y se evita. El mundo se encuentra en una zona gris donde la disuasión funciona… pero puede dejar de hacerlo. En este tipo de contextos, la historia narra que las guerras no comienzan cuando alguien decide iniciarlas, sino cuando nadie logra detener a tiempo una cadena de decisiones emocionales o de creencias religiosas extremistas.
Al final…
… Este no es un conflicto impulsivo. Es uno de autocontrol estratégico. Las guerras del siglo XXI no comienzan con furia, sino con percepciones mal interpretadas, silencios mal leídos y señales exageradas. Hoy, nadie puede querer la guerra. La cuestión es que a pesar de ello, todos se preparan para ella. Y cuando todos lo hacen, el riesgo se convierte en posibilidad, en contingencia... El mundo no está al borde de una guerra inevitable, pero sí de un error evitable. Las flotas se mueven, los discursos se endurecen y los silencios se vuelven densos. En esta circunstancia, la verdadera pregunta no es quién dispararía primero, sino quién sabrá detenerse a tiempo. Irán, Estados Unidos e Israel caminan sobre una cuerda floja. Y cuando el equilibrio global depende del cálculo emocional de un puñado de líderes, la prudencia deja de ser una virtud moral y se transforma en una necesidad histórica urgente. No estamos hablando de abstracciones institucionales, sino de seres humanos concretos, con biografías, edades, creencias, miedos y deseos de trascendencia. Hoy, las decisiones que pueden empujar o contener una guerra mayor están en manos de dirigentes que no se encuentran al inicio de su trayectoria, sino en etapas avanzadas de sus vidas políticas y personales. La psicología del poder enseña que, en esos momentos, el riesgo no siempre es la impulsividad juvenil, sino algo más sutil y peligroso como es la tentación de cerrar la propia historia con un acto “definitivo”.
A ello, se suma el factor religioso y simbólico, particularmente relevante en este conflicto, y con un grado de influencia distinto pero significativo en los tres actores principales. No se trata de teocracias equivalentes ni de liderazgos movidos exclusivamente por la fe, pero sí de marcos culturales, narrativos y morales que influyen en la manera en que se percibe el poder, al enemigo y el sentido de la historia.
En Irán, la influencia religiosa es estructural y explícita. El sistema político se organiza alrededor del chiismo duodecimano y del principio del Velayat-e Faqih, que otorga al liderazgo religioso un rol rector sobre el Estado. La confrontación con Estados Unidos e Israel no es solo geopolítica, sino también simbólica e identitaria y se presenta como resistencia frente a fuerzas consideradas corruptoras, hegemónicas o impías. En este marco, entre el bien y el mal, la política exterior se entrelaza con una narrativa de sacrificio, y una misión histórica y divina. Ello no implica una pulsión suicida, pero sí una mayor tolerancia al sufrimiento prolongado o al martirio, y a los costos materiales, en nombre de una causa que trasciende lo inmediato.
En Israel, la influencia religiosa es indirecta pero creciente. El Estado nació como un proyecto laico, pero en las últimas décadas el peso de sectores religiosos y nacional-religiosos en la coalición de gobierno y en la opinión pública ha aumentado. Para estos sectores, la seguridad nacional no es solo un asunto estratégico, sino también existencial y bíblico. La idea de “nunca más” —marcada por la memoria del Holocausto— se fusiona en algunos discursos, con nociones de promesa, tierra y de la supervivencia histórica y religiosa del pueblo judío. Esto refuerza una doctrina de prevención absoluta que consiste en que cuando la amenaza se percibe como potencialmente terminal, la acción anticipada se vuelve moralmente justificable, incluso si es políticamente costosa.
En Estados Unidos, la influencia religiosa es menos institucional, pero no irrelevante. No opera desde el Estado como en Irán ni desde la identidad nacional como en Israel, pero sí desde el entorno político y cultural. Sectores del cristianismo evangélico, con fuerte peso electoral y simbólico, interpretan el Medio Oriente a través de una lente moral. Para ellos, el apoyo a Israel no es solo estratégico, sino también teológico, y la confrontación con Irán se inscribe en la narrativa de sus creencias religiosas. Aunque las decisiones finales se toman en clave secular y estratégica, este clima simbólico condiciona el lenguaje, los límites, y las presiones internas del liderazgo estadounidense. La combinación de estos tres marcos —una teocracia que se percibe en misión, un Estado que se concibe bajo amenaza existencial, y una potencia global atravesada por narrativas morales— introduce un elemento decisivo: cuando la política se reviste de sentido trascendente, el costo humano puede relativizarse. En ese punto, la disuasión deja de ser solo cálculo racional y se convierte en un delicado ejercicio de autocontrol ético. Por eso, en este conflicto, el riesgo no reside únicamente en las armas o en las flotas, sino en las historias que los líderes se cuentan a sí mismos sobre quiénes son, qué representan y cómo desean ser recordados. Cuando el poder se mezcla con la fe, la identidad y el legado, la prudencia ya no es solo estrategia, es un acto de responsabilidad frente a la historia.
¿Un mandato divino?
Cuando los marcos de interpretación del mundo incluyen nociones de misión histórica o de mandatos celestiales, destino nacional o de órdenes trascendentes, las decisiones dejan de evaluarse solo en términos de costos y beneficios racionales, y comienzan a leerse como actos de significado, de legado, incluso de redención. En ese terreno, la línea que separa la disuasión del exceso se vuelve peligrosamente difusa, me recuerda mi esposa María Mercedes: "La edad, la ideología, la fe y la percepción del “último capítulo” influyen más de lo que suele admitirse en público. Un líder que siente que no habrá una segunda oportunidad —ni electoral, ni histórica— puede inclinarse a asumir riesgos que un dirigente más joven o con mayor horizonte político evitaría. No por irracionalidad, sino por una lógica íntima: si este es el final, que sea memorable."
Así, la guerra no surge necesariamente del odio, sino del sentido, de la narrativa que cada líder construye sobre sí mismo, y sobre su lugar en la historia. Y cuando tres narrativas distintas —la del poder disuasivo, la de la resistencia existencial y la de la prevención absoluta— se cruzan en un mismo tablero, el peligro no está en lo que se dice, sino en lo que cada uno cree que debe hacer para no traicionarse a sí mismo y a sus creencias. Por esto, hoy más que nunca, la prudencia no es cobardía ni debilidad. Es conciencia del límite humano. Es reconocer que, cuando las armas existen, lo verdaderamente revolucionario no es usarlas, sino saber detenerse a tiempo. Durante siglos, las guerras en el Medio Oriente se libraron en clave religiosa en nombre de lo sagrado. Aunque esto mermó en el tiempo, no se borró ese impulso. Cuando la política se debilita, la guerra vuelve a presentarse como destino. Y cuando líderes que se saben en su último tramo calculan desde ese marco, la prudencia deja de ser virtud y se convierte en urgencia histórica, y quienes escribimos debemos lanzar la alerta… Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en psicologosgessen@hotmail.com... Que la Suprema Providencia Universal nos acompañe a todos…

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