EEUU: Elecciones intermedias entre la tensión y la calma
- María Mercedes y Vladimir Gessen

- 10 feb
- 15 Min. de lectura
Se votará por parte del Congreso, gobernaciones y legislaturas estadales en medio de una batalla cultural entre la pugna permanente y la paz… Lo ocurrido en el Super Bowl y la respuesta de Trump fue un presagio. Y en la política estas señas suelen decir más que los discursos…
Cuando observamos el clima electoral de los Estados Unidos a comienzos de 2026, a menos de un año de las elecciones de medio término, es inevitable percibir algo más que los simples números o porcentajes. Lo que está en juego no es únicamente el control del Congreso, es el estado emocional de una sociedad que lleva más de una década viviendo en tensión permanente. Las encuestas más recientes —y aquí no hablamos de una sola firma, sino de promedios consistentes— muestran una ventaja clara, aunque no arrolladora, de la oposición demócrata en el llamado “generic ballot”, ese indicador que pregunta a los votantes si, en términos generales, prefieren un Congreso demócrata o republicano. Hoy, esa ventaja oscila entre ¡cuatro y seis puntos! porcentuales y en ascenso. Históricamente, esa diferencia, sostenida a esta distancia temporal, suele traducirse en una recuperación de la Cámara de Representantes por parte del partido opositor. Promedios continuos muestran una ventaja demócrata de más de 5 puntos en el generic ballot a nivel nacional. Distintos rastreadores coinciden en que este indicador ha estado persistentemente al alza para los demócratas a comienzos de 2026. No es una ley matemática, pero sí una regularidad política. Este índice es un predictor importante —aunque no infalible— del resultado en la Cámara de Representantes, y suele anticipar olas partidistas. Los análisis cualitativos de sitios especializados en pronósticos electorales sugieren que, bajo las condiciones actuales varios distritos tradicionalmente disputados se inclinan hacia los demócratas, especialmente en zonas urbanas o suburbanas. Las proyecciones de grupos como Cook Political Report indican un número considerable de distritos en disputa que podrían definir el control de la Cámara. No obstante, aunque el promedio nacional favorece a los demócratas, en estados clave del Medio Oeste o Sur (como Iowa, Ohio, Texas o Florida), las encuestas muestran que los republicanos aún mantienen cierta ventaja o equilibrio moderado.
Ahora bien, la Cámara no lo es todo. El Senado, como siempre, cuenta otra historia, las diferencias son más estrechas, más quirúrgica, más dependiente de perfiles personales que de climas nacionales. En este escenario, cinco o seis estados decidirán el equilibrio real del poder. Los demócratas ven un posible camino hacia la mayoría en el Senado, pero con márgenes ajustados y dependiente de resultados en estados pendulares. En cuanto a las gobernaciones y legislaturas estatales, las victorias demócratas pueden afectar el ambiente general en favor de su estrategia nacional.
El ambiente
Pero antes de hablar de mapas y escaños, conviene detenerse en algo que consideramos primordial, como es el estado anímico del votante estadounidense. Hoy, el ciudadano medio no está radicalizado, está cansado. No busca epopeyas ni discursos grandilocuentes. Busca normalidad funcional. Estabilidad. Previsibilidad. Quiere que el sistema vuelva a respirar. Esto explica la paradoja clave del momento político, se trata de que los republicanos mantienen una base sólida, intensa y leal, pero pierde terreno de manera persistente entre los independientes, las mujeres suburbanas, los jóvenes y los votantes moderados. No porque estos últimos se hayan vuelto ideológicamente progresistas, sino porque están agotados del conflicto constante. En la política, el agobio es un factor electoral poderoso, y la extrema molestia estalló en el corazón de Estados Unidos en el frío de enero de 2026. Minneapolis se convirtió en un punto de inflexión que resonó mucho más allá de sus límites urbanos. Lo que comenzó como una operación de control migratorio de la agencia federal de inmigración, el U.S. Immigration and Customs Enforcement (ICE), desencadenó una ola de dolor, sorpresa y rechazo que todavía no ha cesado. La política de aplicación migratoria sin contemplaciones, conocida como Operation Metro Surge, había congregado a miles de agentes y generó —según residentes y observadores— un ambiente de miedo y tensión sostenida en las comunidades de la ciudad. Familias enteras empezaron a sentir que no solo los inmigrantes eran objeto de agresiones, sino también ciudadanos con arraigo, trabajos, sueños y rutinas intactas —hasta que su vida cotidiana fue alterada por una brutalidad inesperada. En el corazón de esa espiral de tensión, ocurrieron dos hechos que sacudieron a esta nación. Primero fue la muerte de Renée Good, una ciudadana estadounidense, poeta y madre de familia, de parte de un agente de ICE en las calles de Minneapolis. Luego, la muerte de Alex Pretti, un enfermero de cuidados intensivos, de 37 años, que también fue abatido por disparos de agentes federales, en circunstancias que las imágenes indican cómo ocurrió, mostrando que portaba únicamente un teléfono en la mano. Estas pérdidas no son solo cifras amarillistas de un periódico, son vidas —dos seres con familia, con rutinas, con historias que se desvanecieron bajo el fuego de una política que parecía haber perdido sus límites.
La eclosión cultural
A partir de ahí, algo cambió en el ambiente político y cultural de Estados Unidos, porque cuando una política se convierte en mito colectivo y cuando la música responde a la política, sabemos que algo enorme ha ocurrido en la psiquis colectiva. En este caso, Bruce Springsteen, una voz venerada de la música estadounidense y figura simbólica de la conciencia social, lanzó una canción que no es un simple tema protestante, es un grito poético que conecta el dolor de hoy con los clamores de ayer. Su tema “Streets of Minneapolis” —inspirado directamente en la indignación ante los tiroteos mortales en Minnesota— saltó rápidamente a la cima de las tendencias y sacudió a millones. Esa canción no sólo es un lamento, sino una traducción cultural de lo que muchos perciben, que la violencia contra civiles, que debería ser excepcional y siempre sujeta a investigación, se ha convertido en una práctica rutinaria disfrazada de política de seguridad. Al igual que los himnos de protesta de los años sesenta —en una época en la que “Ohio” de Crosby, Stills, Nash & Young se volvió estandarte contra los abusos del poder— “Streets of Minneapolis” está tocando una fibra sensible que muchos creían dormida o superada. Esta canción produce un impacto emocional porque no solo denuncia lo ocurrido, más bien recuerda quiénes somos como nación, qué heridas seguimos cargando, y hasta dónde puede llegar una sociedad cuando la política de seguridad se confunde con la confrontación permanente. La música, la poesía y el arte funcionan aquí como espejos colectivos porque nos muestran lo que a veces preferimos no ver, y nos recuerdan que más allá de la ley está la vida.
El agotamiento cultural y emocional del estadounidense medio
Lo que ocurre ahora en Minnesota no es aislado. Es el resultado de un malestar que venía acumulándose desde hace años. Este fenómeno ha provocado que decenas de miles salieron a las calles clamando “ICE fuera”, en las manifestaciones en distintas ciudades del país in crescendo. Familias enteras se sienten bajo amenaza y no solo los inmigrantes, sino sus vecinos, amigos y ciudadanos estadounidenses. Muchos han relatado el temor de salir de su casa tras redadas agresivas, de sentir que la propia nación que juraron como patria se ha convertido en un lugar de vigilancia y sospecha constante, donde da miedo acudir a los tribunales o a los policías por ayuda y a la vez que muchos ciudadanos y hasta los niños huyen de ellos al verlos. La mayoría ahora rechaza lo que percibe como un enfrentamiento permanente del ICE no solo contra inmigrantes que no han cometido crímenes graves, sino contra niños y adultos humildes, trabajadores, estudiantes, y ciudadanos enfermeros y madres de familia. No solo se trata de inmigración o control de fronteras, el asunto es cómo el Estado se comporta con quienes están en su seno, y cómo esas prácticas se reflejan en la cultura y el sentir colectivo.
El impacto cultural no es accesorio, es central
La respuesta musical, la protesta masiva, la indignación pública, y el repudio transversal —desde comunidades artísticas, religiosas, académicas y populares— hasta el ciudadano común, apuntan a algo más que una política fallida. Traducen que la sociedad estadounidense está en un momento de autoevaluación a fondo. El rechazo que ahora se escucha en las calles y en los himnos populares no es simplemente contra una agencia o contra una administración política. Es en contra de la transformación —o percepción de transformación— de algo que muchos consideraban un país de oportunidades, libertades y respeto por la vida humana, hacia otra cosa que se siente más fría, más punitiva, más hostil al ciudadano común. Cuando la música y sus músicos —como Bad Bunny, Lady Gaga, Ricky Martin, entre otros— se convierten en un himno cultural, así como cuando la memoria histórica resuena con los clamores de una nueva generación, estamos ante un comento que va mucho más allá de lo político, estamos en medio de una catarsis emocional y cultural. Eso fue precisamente lo que se vivió durante el Super Bowl. Más allá del deporte, el mayor escenario mediático del país se transformó —a través de la música, los gestos, los mensajes explícitos e implícitos de artistas que representan a millones— en un espejo del malestar social acumulado. La cultura popular, que siempre ha sido el termómetro más sensible de una nación, habló donde la política ya no logra escuchar. Y cuando eso ocurre en un evento seguido por decenas de millones de personas, no estamos ante una anécdota artística, sino ante una señal inequívoca de que algo grande se está moviendo en la conciencia colectiva estadounidense. Estas heridas no se curan con discursos oficiales ni con declaraciones institucionales. Se sanan es cuando una sociedad descubre —en su música, en sus palabras, en sus protestas— que aún tiene corazón para sentir, y que este late más fuerte que cualquier política oficial. Y es precisamente esa fuerza —esa música, esa indignación, esa búsqueda colectiva de justicia— lo que nos recuerda que, al final, una nación no es un gobierno, sino la suma de sus historias humanas vividas y compartidas. Y como suele ocurrir, cuando la cultura habla con más potencia que el poder, la reacción de la Casa Blanca no fue de escucha, sino de furia… La respuesta airada del presidente sobre lo ocurrido en el Super Bowl evidenció algo más que una molestia personal, ya que reveló el choque entre dos formas de entender la realidad. Mientras el evento cultural fue seguido por alrededor de ¡135 millones de telespectadores!, y multiplicó su impacto en redes sociales hasta alcanzar cientos de millones de visualizaciones y reacciones, el acto paralelo que el propio Trump intentó impulsar —como un contrapeso simbólico— alcanzó apenas 5 millones de espectadores en vivo y pasó prácticamente desapercibido, con una audiencia mínima y escasa resonancia digital. En términos de audiencia, este evento no se acercó remotamente a la cifra del Super Bowl. Lo que no es un detalle menor. En la política contemporánea, la atención es poder, y la cultura —no el discurso oficial— fue la que capturó masivamente la conciencia colectiva. Esa asimetría explica, en buena medida, la irritación presidencial, porque no se trató de perder el control del relato por una noche, sino de constatar que en el presente los grandes escenarios emocionales del país ya no responden al poder, sino a la sociedad misma.
Recordando el mayo francés
En el Super Bowl se incluyó un mensaje de unidad y diversidad que resonó con amplias audiencias y se viralizó mucho más allá del estadio, convirtiéndose en tema de conversación global y en un símbolo de inclusión cultural. Lo ocurrido en el Super Bowl fue un gesto. Y en la política estas señas suelen decir más que los discursos. Cuando millones de personas celebran, aplauden y hacen suyo un mensaje cultural que saben incomodará al poder, estamos frente a algo más que entretenimiento, estamos ante una pérdida del miedo. En las protestas del Mayo Francés, una joven colocó una flor en el cañón de un arma. No detuvo al ejército, no cambió un gobierno en ese instante, no firmó ninguna ley. Pero algo se quebró. En ese gesto mínimo, la autoridad perdió su aura de invencibilidad. El poder armado quedó, por un segundo, desnudo frente a la fragilidad humana que ya no tenía miedo. Lo que vimos en el Super Bowl pertenece a esa misma genealogía simbólica. No fue un enfrentamiento frontal. Nadie tomó las calles con consignas directas. Nadie gritó el nombre del adversario. Simplemente, la cultura actuó como si el miedo ya no fuera necesario, y gritó: “Lo único más poderoso que el odio es el amor”. Y eso, en política, es decisivo.
Durante años, Donald Trump ha construido su liderazgo sobre un eje psicológico muy claro: el miedo. Miedo al otro, al extranjero, al diferente, miedo al caos, al desorden, a la pérdida de identidad. Ese miedo funcionó. Cohesionó a su base y silenció a muchos. Pero el miedo tiene un problema, dura poco. Lo que vimos en el Super Bowl fue exactamente eso, una cultura que ya no pide permiso. Un escenario seguido por más de cien millones de personas donde los artistas no se escondieron, no suavizaron, no se disculparon. Cantaron, mostraron, representaron. Y la gente respondió con entusiasmo, no con temor. Eso es clave.
Desde la psicología política, sabemos que el poder comienza a debilitarse no cuando se le enfrenta frontalmente, sino cuando deja de intimidar. Cuando la burla sustituye al miedo. Cuando la celebración reemplaza al silencio. Cuando la cultura se atreve a decir: “ya no nos asustas”. Por esto, la reacción furiosa de Trump ante el evento no fue casual ni exagerada, fue reveladora. El enojo suele aparecer cuando alguien percibe que está perdiendo el control del relato. Y aquí, el contraste fue brutal, mientras el Super Bowl capturaba una audiencia masiva y una viralidad que se multiplicaba en cientos de millones, el acto paralelo impulsado desde su entorno quedaba confinado a una audiencia mínima, casi íntima. No perdió una discusión política, perdió el escenario emocional del país. Y esto, para un liderazgo construido sobre la dominación simbólica, es contundente. No representa que Trump haya dejado de tener poder político ni seguidores fieles. Pero sí indica algo que ningún líder debería ignorar: cuando la cultura se emancipa del miedo, el poder comienza a quedarse solo con la fuerza, y la fuerza sin legitimidad siempre es frágil. Por eso, más que un desafío directo, lo que comenzó en Minneapolis, y sigue en distintos escenarios, son actos de desobediencia serena. Lo más curioso es que nadie grita consignas contra Trump. Simplemente no se nombra. Solamente, se le dejó fuera del centro. No hay señalamiento severo sino irrelevancia simbólica. Si esto se consolida —si la cultura, los jóvenes, los trabajadores, los inmigrantes, los artistas y buena parte de los ciudadanos comunes siguen perdiendo el miedo— entonces sí, Trump no solo enfrenta una oposición electoral. Enfrenta algo más complejo, a una sociedad que ya no se define a partir de su figura.
El mapa donde se decide el poder en las elecciones parciales
Si observamos los estados clave, el panorama es claro. Michigan, Pensilvania, Wisconsin, Arizona y Nevada muestran hoy una inclinación favorable a los demócratas, especialmente en zonas suburbanas y urbanas educadas. Allí, confluyen tres factores, el rechazo al ruido político, la preocupación económica cotidiana, y una mayor participación femenina. En contraste, estados como Texas o Tennessee siguen siendo bastiones republicanos. Sin embargo —y esto es determinante— incluso en ellos se detecta una erosión lenta pero constante en suburbios de clase media. No es un fenómeno decisivo para 2026, pero sí una advertencia estratégica de largo plazo. El verdadero campo de batalla está en algunos estados: Ohio, Carolina del Norte, Georgia, Montana y, nuevamente, Pensilvania en el Senado. En estos territorios, la ideología pesa menos que la psicología del candidato. Gana quien transmite serenidad, competencia y sentido común. Pierde quien parece prisionero del conflicto permanente. En estos casos no triunfa el partido más ruidoso, sino el candidato más confiable.
Qué puede hacer el Partido Republicano y el gobierno de Trump

Si el Partido Republicano y la actual administración continúan exactamente por la misma ruta, todo indica que perderán la Cámara de Representantes. No por un rechazo masivo, sino por el desgaste acumulado. Sin embargo, aún existe margen de maniobra.
El primer paso sería despresidencializar la elección. Menos centralidad de Trump en distritos competitivos, y mayor protagonismo de candidatos locales con agenda propia. El votante independiente no quiere votar un plebiscito permanente sobre una sola figura. El segundo paso es volver a la economía cotidiana: inflación, vivienda, costo de vida, empleo real. Menos épica cultural, más soluciones prácticas. El tercero es reducir la sensación de conflicto institucional constante. En política, la percepción importa tanto como la realidad. El votante moderado castiga el caos, incluso cuando simpatiza parcialmente con el fondo del mensaje. Y, finalmente, algo ineludible como es reconectar con el voto femenino, no desde la confrontación ideológica, sino desde la seguridad, la salud y la estabilidad familiar.
Qué deben hacer los demócratas para no desperdiciar la ventaja
La oposición, representada por el Partido Demócrata, tiene hoy una ventaja real, pero frágil. No está ganando por entusiasmo, sino por contraste. Puede recibir apoyo de los decepcionados de Trump y de quienes se sienten traicionados por él. Pero esto puede evaporarse rápidamente. Debe lograr ser un polo magnético que atraiga por sí mismo el respaldo de la mayoría como se logró recientemente con Mikie Sherrill que ganó la elección para gobernadora de Nueva Jersey, Abigail Spanberger obtuvo una victoria importante en Virginia, donde la gobernación pasó de manos republicanas a demócratas con un amplio margen de votos. Zohran Mamdani ganó la alcaldía de Nueva York, un símbolo del cambio generacional y demográfico en la política urbana estadounidense y en Miami-Dade la demócrata Eileen Higgins ganó la alcaldía de la ciudad de Miami, marcando un giro político significativo en Florida, una región que muchos consideraban definitivamente perdida para los demócratas. En las elecciones de 2025, los demócratas lograron ganar escaños en las legislaturas estatales, incluyendo 18 escaños obtenidos en asambleas estatales frente a los republicanos, sin perder ninguno de los suyos, en las cámaras legislativas que estuvieron en disputa. Además, los demócratas consolidaron supermayorías en cuerpos como la Asamblea General de Nueva Jersey y rompieron supermayorías republicanas en estados como Mississippi e Iowa. El mayor riesgo del partido Demócrata es el exceso de confianza, el lenguaje elitista y la desconexión con sectores rurales y las clases trabajadoras conservadoras. Si nacionalizan demasiado la elección y convierten todo en un referéndum sobre Trump, corren el riesgo de movilizar más a la base republicana que a la propia. La clave para consolidar la victoria está en candidatos moderados, mensajes locales y una obsesión sana por la participación electoral. Si el turnout —el número de personas que acuden realmente a votar— baja, especialmente entre jóvenes y minorías, la ventaja desaparecerá.
Escenarios probables
Al día de hoy, y proyectando los datos disponibles, el escenario más probable es que los demócratas recuperen la Cámara de Representantes y que el Senado quede en un equilibrio extremadamente estrecho, quizá 50–50 o 51–49. No sería un mandato contundente, sino un reflejo de una nación dividida que busca, al menos, bajar el volumen. Existe un escenario alternativo en el que los republicanos limiten las pérdidas y conserven una de las cámaras por márgenes mínimos. Y, será un escenario disruptivo —crisis económica, internacional o institucional— que podría reconfigurar todo el tablero.
Una elección emocional, no ideológica
Estas elecciones no se decidirán entre derecha e izquierda. Se decidirán entre fatiga y calma. Entre ruido y gobernabilidad. Entre la prolongación del conflicto o la posibilidad de un respiro. Quien entienda eso —y actúe en consecuencia— tendrá la ventaja. Porque, al final, la política no solo se gana con ideas. Se gana entendiendo cómo se siente una sociedad cuando entra al cuarto oscuro. Y hoy, Estados Unidos está cansado, no enfurecido, pero con la intuición silenciosa de que la era Trump ya no marca el paso del país, sino que resuena detrás, como un eco que se desvanece mientras la historia comienza a cambiar de ritmo, a buscar otro destino, mientras el presidente camina con el sol a sus espaldas.
Al final…
… Toda época de fatiga contiene, casi sin notarlo, la semilla de su propio relevo. Estados Unidos no es la excepción. Cuando el ruido empieza a cansar más que a convencer, cuando el conflicto deja de movilizar y se comienza a agotar, algo se reordena lentamente bajo la superficie. No hace titulares. No grita. Pero avanza. Incluso en los viejos partidos. Al terminar este ciclo político del siglo pasado —marcado por la tensión, el sobresalto y la confrontación permanente— empezará a asomar con mayor claridad una nueva generación de dirigentes. No nacen del espectáculo ni del miedo, sino del hartazgo. Son mujeres y hombres formados en este siglo en un mundo interdependiente, conscientes de que la fuerza sin legitimidad no construye futuro, y de que gobernar no es imponer, sino cuidar. No prometen grandezas abstractas ni enemigos permanentes. Prometerán algo más difícil y más valioso, la normalidad democrática, la cooperación internacional, el respeto por la diversidad, y una política exterior que entienda que la paz no es debilidad, sino inteligencia estratégica. Una América que vuelva a liderar no por intimidación, sino por modelo. No por volumen, sino por coherencia. Esta nueva generación no niega los conflictos del mundo, pero se niega a vivir de ellos. Comprende que el siglo XXI no se gana con espavientos, sino con acuerdos. No con muros simbólicos, sino con puentes reales. No con el miedo como método, sino con la confianza como proyecto. Estados Unidos ha atravesado otras noches largas. Siempre lo ha hecho. Y cada vez, cuando parecía extraviado en su propio ruido, encontró una forma de reencontrarse consigo mismo. Hoy, mientras una sociedad obstinada entra al cuarto oscuro buscando calma y respiro, algo empieza a insinuarse con claridad: el futuro no será una repetición del grito, sino un aprendizaje del silencio. Quizá no sea inmediato. Quizá no sea perfecto. Pero será distinto. Y en ese cambio —más humano, más sereno, más consciente de su responsabilidad global— Estados Unidos puede volver a ser, no el país que asusta, sino el país que inspira. No solo para sí mismo, sino para un mundo que también necesita, urgentemente, volver a creer en la paz como destino posible… Si quieres profundizar sobre este tema, consultarnos o conversar con nosotros, escríbenos a psicologosgessen@hotmail.com. Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos.
María Mercedes y Vladimir Gessen, psicólogos.
(Autores de “Maestría de la Felicidad”, “Que Cosas y Cambios Tiene la Vida” y de “¿Qué o Quién es el Universo?”)
Puede publicar este artículo o parte de él, siempre que cite la fuente de los autores y el link correspondiente de El Nacional. Gracias. © Fotos e Imágenes Gessen&Gessen










This was a very insightful article explaining the political atmosphere in the United States. The discussion about the upcoming midterm elections and the balance between tension and stability was especially interesting. It clearly shows how voter sentiment and political divisions can shape election outcomes and national direction.
As a student exploring international education opportunities like mbbs from uk, I also find it useful to understand global political environments, since they often influence study-abroad decisions and student mobility. Overall, this was a thoughtful and informative analysis.
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