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Cuando al nazareno Jesús lo usan en la Casa Blanca

Del ego a lo divino, señales a la vista que debemos ver: ¿Puede un líder poner en riesgo la Libertad creando un culto a su personalidad?… Cuando el poder se vuelve personal y el gobernante se siente indispensable, la democracia entra en tensión. La historia ya lo ha escrito…



En los últimos días, una perturbación recorrió con fuerza las redes sociales, los medios de comunicación y los círculos académicos y políticos en los Estados Unidos… y más allá. No es solo una diferencia ideológica o una polémica política adicional. Es algo más preocupante. Diversas declaraciones atribuidas al presidente Donald Trump —entre ellas, comentarios sobre la posibilidad de “desaparecer” una civilización milenaria como la persa— han generado una ola de críticas que no se limitan a sus opositores tradicionales. Lo llamativo, y quizás más significativo, es que estas reacciones han surgido también desde sectores que históricamente le han sido afines, incluso partidarios del movimiento MAGA, conservadores influyentes, y hasta figuras del propio Partido Republicano. A esto se suma una polémica posterior con el Santo Padre, el papa León XIV, y, como si fuera poco, la publicación en su propia red social de, al menos, dos imágenes en la que aparece representado con rasgos que evocan a Jesus de Nazareth o a una figura divina en un acto de resurrección de una persona, o a Jesucristo a su lado apoyándole. Estos hechos aislados —podrían parecer anecdóticos— pero en conjunto, con los vaivenes —entre avances y retrocesos— de su proceder, han comenzado a generarse preguntas más acuciantes.

 

No solo en el ámbito político: También en el mental

 

Algunos psicólogos y psiquiatras han llamado la atención sobre la posible presencia de rasgos asociados al narcisismo, a la megalomanía y a la construcción de un culto a la personalidad. Y aquí es donde la discusión deja de ser meramente mediática… y comienza a rozar el terreno clínico. Como psicólogo, la interrogante surge casi de forma inevitable: ¿Es posible que el presidente de los Estados Unidos presente algún trastorno psicológico? Pero inmediatamente aparece una segunda cuestión, aún más importante —y más responsable—: ¿es correcto plantearlo en esos términos? El Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, conocido en español como el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5-TR), publicado por la American Psychiatric Association, establece criterios clínicos rigurosos para definir los trastornos. Dichos informes requieren una evaluación directa, contexto clínico y consentimiento, lo que hace inviable —y éticamente cuestionable— emitir juicios categóricos sobre figuras públicas sin ese proceso. A pesar de ello, esto no impide —ni debería restringir— el análisis y el debate, característica primaria de la Constitución del país de la Libertad. Porque más allá del diagnóstico clínico, lo que sí puede observarse —y estudiarse— son los patrones conductuales. Entonces la pregunta cambia de forma: ¿El comportamiento del inquilino de la Casa Blanca representa un riesgo para los Estados Unidos?... Pues bien, la historia ofrece una respuesta inquietante: ¡Sí!, y con bastante claridad… La narrativa política —y la evidencia histórica— registra numerosos casos en los que rasgos narcisistas y megalómanos, no solo se notaron en líderes de Estado, sino que se potenciaron mutuamente, especialmente en contextos donde el poder carecía de límites reales. No se trata aquí de diagnosticar retrospectivamente. Sino de reconocer patrones. A lo largo del tiempo, distintos jefes de Estado han mostrado conductas que hoy, a la luz de la psicología, pueden interpretarse como una necesidad extrema de admiración, una autopercepción de grandeza histórica —y no menos vital— la intolerancia a la crítica, o la construcción de realidades paralelas, y la auto identificación del líder con la nación, como ocurrió en Francia con la histórica frase: L’État, c’est moi” (“El Estado soy yo”) que se le atribuye a Luis XIV de Francia, el llamado Rey Sol, quien gobernó en el siglo XVII y es el símbolo más representativo del absolutismo monárquico. Para comprender el fenómeno revisaremos qué nos dice la psicología sobre estos rasgos, cómo se manifiestan en el poder y qué casos históricos los han hecho evidentes.


 

Comenzaremos por dos figuras contemporáneas que representan modelos distintos de ejercicio del poder: Vladimir Putin y Xi Jinping. Y finalmente, cerraremos este análisis volviendo al punto de partida, como es el caso de Donald Trump. Cuando el poder y la psicología se cruzan… la historia nunca es indiferente. También recorreremos algunos de los casos más emblemáticos del siglo XX y XXI para determinar hasta dónde puede llegar un jefe de estado con alguno de estos trastornos psicológicos. Hay un punto —sutil, casi imperceptible al inicio— en el que el ejercicio del poder deja de ser una responsabilidad y comienza a transformarse en una extensión del ego. En ese momento, el líder ya no gobierna únicamente un país, y comienza a habitar un relato donde él mismo es indispensable, excepcional, casi inevitable. La historia ha visto este fenómeno repetirse con inquietante frecuencia. Y cuando sucede, suele venir acompañado de dos fuerzas psicológicas profundamente humanas —y peligrosamente amplificadas por el poder— el narcisismo y la megalomanía. Pero hay un tercer elemento que convierte esta combinación en un fenómeno histórico: el culto a la personalidad.

 

Vladimir Putin: restauración, control y símbolo

 

Rasgos observables: Con el presidente de Rusia todo gira alrededor del líder. La narrativa del Estado se centra en su figura, presentándolo como quien garantiza la estabilidad, la seguridad y la continuidad del país. Al mismo tiempo, hay un cuidado extremo de la imagen, donde cada aparición está diseñada para proyectar fortaleza, disciplina y control. Y, poco a poco, la crítica deja de ser aceptada como algo normal. La disidencia comienza a verse como una amenaza, y los espacios para pensar distinto se van reduciendo dentro de un sistema cada vez más restrictivo.

Lectura psicológica: Narcisismo político funcional, basado en la necesidad de proyectar autoridad y control, con alta sensibilidad a la pérdida de estatus internacional. Narrativa de grandeza para la recuperación del rol histórico de Rusia como potencia remembrado la memoria imperial y a la Unión Soviética.

Megalomanía clínica: no hay base para afirmarla, pero sí se puede hablar de una visión histórica sobredimensionada del papel personal en ese proceso.

Culto a la personalidad: Presente en grado moderado–alto, más institucional y sobrio que exuberante con iconografía, representaciones pictóricas, imágenes, rituales de Estado, y omnipresencia mediática.

 

Xi Jinping: continuidad, doctrina y legitimidad

 

Rasgos observables: Con Xi Jinping vemos algo que ya la historia nos ha mostrado antes como es la concentración progresiva del poder. Se eliminan los límites de mandato y el liderazgo se centraliza cada vez más en una sola figura. Al mismo tiempo, se construye una base ideológica sólida, con el llamado “Pensamiento de Xi Jinping” incorporado al partido y al sistema educativo, evocando inevitablemente el “Libro rojo” de Mao. A esto se suma un control muy amplio del ecosistema informativo, acompañado de una narrativa constante de éxito nacional que refuerza la cohesión… pero también limita otras visiones.

Lectura psicológica: Narcisismo político institucional, con énfasis en el liderazgo personal como eje de la cohesión nacional y de la dirección de la nación China.

Narrativa de grandeza: al proponer el “rejuvenecimiento nacional” de China, una misión histórica de largo plazo, así como la Nueva Ruta de la Seda para reconectar a China con el mundo.

Megalomanía clínica: no hay evidencia directa. Sí una auto inscripción en un proyecto civilizatorio que puede adquirir tonos de excepcionalidad.

Culto a la personalidad: Creciente, y cuidadosamente administrado. Menos carismático que doctrinal, pero más cercano a Mao en la centralidad ideológica, aunque con estilo contemporáneo y tecnocrático.

 

Donald Trump: espectáculo, identidad y centralidad en sí mismo

 

En el caso de Donald Trump se introduce un matiz decisivo porque se trata de un liderazgo narcisista que opera dentro de un sistema democrático con contrapesos, y en una cultura mediática hiperexpuesta, que actúan como “vacunas sociales” de la libertad, y pueden frenar institucionalmente los excesos de liderazgos de vocación autoritaria y hegemónica.


 

Rasgos observables: En el caso de Donald Trump, lo que se aprecia es una búsqueda constante de atención. Medios, redes, mítines… prácticamente todos los espacios posibles se convierten en escenarios de exposición permanente. Su forma de comunicarse gira con frecuencia alrededor de su propia figura, con expresiones del tipo “yo hago”, “yo soluciono”, “he sido el mejor presidente de los Estados Unidos”… en fin, todo pasa por ese énfasis en sí mismo. Y a esto se suma una reactividad muy marcada frente a los demás, con una tendencia constante a la confrontación pública, donde la crítica rara vez se deja pasar sin respuesta.

Lectura psicológica: Narcisismo alto y funcional, con presencia de permanente visibilidad, necesidad de validación y en constante conflicto. La identidad política se alimenta de la exposición y la respuesta del público. La aprobación —aplausos, ratings, métricas— actúan como termómetro emocional de su liderazgo. Y por ello, en este caso, el narcisismo no se oculta, más bien se convierte en estilo.

¿Megalomanía? Entre la hipérbole y la convicción: Trump ha utilizado con frecuencia un lenguaje exclusivamente personal y de misión correctiva con frases como “voy arreglar el sistema”, o “soy el único que puede hacerlo”.

Narrativa de grandeza: Con Trump se nos presenta el líder como agente decisivo de restauración nacional. Sin él todo será malo o peor. Se encuentra auto convencido que sin su presencia Estados Unidos fracasaría como nación.

Hipérbole estratégica: Observamos la insistencia en la exageración como una herramienta de movilización y agenda.

Matiz clave: no hay fundamento para sostener una megalomanía en términos clínicos. Lo que sí emerge es una retórica de excepcionalidad que, en escenarios de polarización, puede adquirir la forma de una visión de destino histórico, entendida como la convicción de que el líder está llamado a cumplir una misión única, trascendente e irremplazable en el curso de la historia.

Elementos de culto a la personalidad: Existe adhesión e identidad con lealtad intensa de una base que adopta símbolos, consignas y narrativa constante. Cuenta con una personalización del movimiento ya que el proyecto político se asocia fuertemente a su figura.

En los Eventos masivos la identidad colectiva se articula alrededor del líder. Pero, a diferencia de regímenes autoritarios, este “culto” es voluntario y competitivo y coexiste con crítica abierta, la oposición organizada y la alternancia. Por cierto, al igual que Putin aspira y suela con ampliar el territorio de Estados Unidos con Groenlandia, Canadá, Panamá, Venezuela y Cuba…

 

La variable decisiva: el sistema

 

La diferencia sistémica frente a los casos clásicos en estados autocráticos, reinos o imperios es que se hace evidente la presencia de Montesquieu con los contrapesos institucionales del poder, el poder judicial con sus tribunales, el poder legislativo, con el congreso nacional y las legislaturas estadales, con el poder de la prensa libre, y la libertad de pensamiento y expresión, y con sistemas de elecciones libres y democráticas. Con pluralismo mediático y escrutinio constante y la posibilidad de alternancia y contestación pública. Esto introduce fricción porque el estilo personalista y autoritario puede tensionar al sistema, pero también es limitado por el sistema y sus leyes y por algo, que aunque lo cite de último, es lo más importante: Existe una Carta Magna, la Constitución que regimenta el comportamiento del Presidente, Jefe de Estado y comandante supremo de las fuerzas armadas.


 

Cuando no existe control de los poderes

 

En los sistemas no democráticos —donde los contrapesos institucionales son débiles, inexistentes o subordinados al poder central— estos rasgos de trastornos psicológicos tienden no solo a manifestarse, sino a intensificarse en niveles sombríos, fatales y hasta hacer posible un holocausto. Los jefes de Estado con tendencias narcisistas, megalómanas, y proclives al culto a la personalidad, suelen desarrollar un estilo de gobierno caracterizado por la concentración absoluta del poder, la eliminación sistemática de la disidencia y la construcción de una narrativa en la que el líder se presenta como figura indispensable, infalible y, en muchos casos, providencial, o hasta divina. En estos contextos, la crítica se transforma en traición, la oposición en enemistad, y la verdad en una variable subordinada a la voluntad del gobernante. El Estado deja de ser una institución al servicio de la nación y comienza a operar como una extensión del ego del líder, quien se autoidentifica con el destino del país. Es precisamente en estos entornos donde el narcisismo se convierte en dogma, la megalomanía en proyecto político, y el culto a la personalidad en mecanismo de control social. Los llamados “gobierno de unidad nacional o para todos” pasan a transformarse en su opuesto, un gobierno que, lejos de integrar, fractura. Bajo una retórica que invoca cohesión, termina por enfrentar a unos contra otros, entre “ellos”, los “distintos” o “los otros” contra “nosotros”, generando un fenómeno profundamente peligroso: el odio social organizado. En ese proceso, ocurre una mutación silenciosa pero decisiva. Parte de la nación deja de ser vista como ciudadanos… y comienza a ser percibida como enemigos. Ya no hay adversarios políticos. Más bien renegados, u obstáculos, y como “verdaderas” amenazas, enemigos pues. Y cuando esa línea se cruza, el lenguaje cambia, la percepción se altera y la convivencia se degrada. La historia —y la teoría política— han advertido este fenómeno. Aunque la frase suele atribuirse indistintamente a Lenin o Marx, la idea ha sido reiterada en distintos contextos revolucionarios, el conflicto —y en su forma más extrema, el odio— puede ser utilizado como motor de movilización política o como los camaradas lo expresan: “el odio social es el motor de la revolución”. Pero cuando el odio deja de ser una emoción espontánea y se convierte en una herramienta deliberada de poder, sus efectos son devastadores. Desde la psicología social sabemos que el odio político simplifica la realidad, deshumaniza al “otro”, justifica la agresión y reduce la capacidad de empatía. Erich Fromm o Hannah Arendt advirtieron que el proceso de deshumanización es el paso previo necesario para la violencia estructural. Nadie elimina, reprime o persigue a quien reconoce como igual. Por eso, cuando se siembra odios recoge tempestades y no surge de manera espontánea. Se construye. Se alimenta. Se dirige. Y, en muchos casos, se instrumentaliza. En este escenario, el líder con tendencias narcisistas o megalómanas encuentra un terreno fértil. Porque el odio cumple una función psicológica clave, ya que refuerza su identidad como líder indispensable, le permite consolidar lealtades y convierte el conflicto en justificación permanente de su poder. Lamentablemente así, la nación deja de ser un espacio común… y se transforma en un campo de batalla emocional entre los propios ciudadanos.

 

Una advertencia necesaria

 

Cuando una sociedad comienza a dividirse en “los nuestros” y “los otros”, cuando la discrepancia se convierte en enemistad, cuando el lenguaje político se llena de descalificaciones y exclusiones… el problema ya no es solo político. Es profundamente humano. Porque el odio, una vez instalado, no se detiene en el discurso, se filtra en las relaciones, se instala en la cultura y, en sus formas más extremas, termina justificando la violencia. Ningún país se destruye de un día para otro. Primero se rompe algo más sutil, como la capacidad de verse como parte de un mismo nosotros. Y cuando eso ocurre, el líder que divide deja de ser una anomalía… y comienza a parecer necesario.

 

Esto ya acaeció: veamos los casos

 

Revisaremos algunos de ellos donde la historia no solo documenta conductas… sino también sus consecuencias…


 

Benito Mussolini: la teatralización del poder


Mussolini entendió antes que muchos que el poder también es escenografía. Estuvo obsesionado por la imagen, por las poses calculadas, la gestualidad exagerada. En su megalomanía su visión era restaurar el Imperio Romano. En relación al culto de su personalidad mantuvo una omnipresencia en medios y espacios públicos. Fue, en muchos sentidos, un precursor del líder como espectáculo. Su narcisismo pudo buscar aplausos. Su megalomanía construyó destinos imaginados. Y su culto a la personalidad pudo transformar a ciudadanos en incondicionales.

Que significó su dictadura: El régimen de Mussolini no alcanzó los niveles de exterminio interno de otros totalitarismos, pero dejó tras de sí cientos de miles de muertos, particularmente en sus campañas coloniales y en su participación en la Segunda Guerra Mundial.

 

Joseph Stalin: el control absoluto del relato

 

Stalin entendió algo fundamental, como es que para controlar la realidad implica controlar la narrativa. Por ello reescribió la historia a su favor. Eliminó simbólica y físicamente a sus adversarios. Se presentó como figura paternal y omnisciente

Aquí el culto no era emocionalmente explosivo como en el nazismo, sino estructural, permanente, e institucionalizado.

Que significó su dictadura: El régimen de Joseph Stalin, especialmente en el período del Gran Terror (1937–1938), fueron ejecutadas 700.000 a 800.000 personas. El Total de víctimas del estalinismo si se incluyen las ejecuciones, las muertes en campos de trabajo como los Gulag, las hambrunas inducidas como el Holodomor, y las deportaciones masivas, produjeron entre 15 a 20 millones de muertes.

 

Adolf Hitler: el mito redentor

 

Hitler encarnó una de las combinaciones más extremas de narcisismo y megalomanía. Se auto percibía como el salvador de Alemania. Construyó un aparato simbólico de adoración masiva. Fue elevado —y se elevó a sí mismo— a una dimensión casi mesiánica. Su liderazgo no solo gobernó un país, hipnotizó una identidad colectiva.

Que significó su dictadura: Bajo el régimen de Hitler, el Holocausto —como política de exterminio sistemático— acabó con la vida de más de 6 millones de judíos, y otros millones de víctimas civiles, superando los 11 millones de asesinados directamente, mientras que la guerra que desató provocó entre 70 y 85 millones de muertes, convirtiéndolo en uno de los episodios más devastadores de la historia humana.

 

Mao Zedong: la revolución como religión

 

Mao llevó el culto a la personalidad a un nivel cultural total. Su imagen estaba en todas partes, literalmente. Su pensamiento era doctrina obligatoria. Millones lo veneraban como guía ideológico absoluto. La megalomanía se fusionó con la revolución. No solo lideraba un proceso… era el proceso.

Que significó su dictadura: Bajo el liderazgo de Mao Zedong, las políticas del Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural provocaron entre 40 y 60 millones de muertes, principalmente por hambrunas masivas y represión política, constituyendo una de las mayores tragedias humanas del siglo XX. Adicionalmente, durante la Revolución Cultural en China, impulsada por Mao, se estima que entre 1 y 2 millones de personas murieron como consecuencia de persecuciones, violencia política y represión masiva, en un proceso que desestructuró profundamente a la sociedad china.

 

Fidel Castro: la narrativa interminable

 

En Castro encontramos una combinación más complicada y prolongada en el tiempo. Con discursos extensos, casi rituales. Construcción de una figura histórica viva. Identificación del líder con la revolución misma. El narcisismo se expresaba en la una presencia constante. Y la megalomanía, en la convicción de encarnar el destino de Cuba.

Que significó su dictadura: Bajo el régimen de Fidel Castro, se estiman entre 2.000 y 5.000 ejecuciones directas en el “paredón”, y varios miles más de víctimas asociadas a la represión política y al sistema carcelario, en un modelo de poder donde el control del disenso se convirtió en política de Estado. En este caso, más allá de las cifras, el impacto se mide también en décadas de control político y absoluta limitación de libertades.

 

Kim Il-sung: la divinización del poder

 

En Corea del Norte el fenómeno alcanza su forma más pura. El líder es presentado como figura divina. Su historia se mitifica. Su familia hereda el poder como dinastía simbólica. El culto a la personalidad se convierte en religión de Estado.

Que significó su dictadura: Bajo el régimen de Kim Il-sung, se estima que entre 1 y 2 millones de personas murieron como consecuencia de la represión política, los campos de trabajo, y las fallas estructurales de un sistema profundamente centralizado, en el que el culto a la personalidad del líder se convirtió en eje absoluto del Estado. En Corea del Norte, el poder no solo se ejerce, se hereda, se sacraliza y se perpetúa en torno a una figura que trasciende al propio Estado. A Il-sung lo heredaron Kim Jong-il quien gobernó tras la muerte de su padre en 1994, consolidó el sistema basado en el culto a la personalidad, y reforzó el control político y militar. A su muerte, asume el poder en 2011 su hijo Kim Jong-un que continúa el modelo dinástico y hasta el presente mantiene y moderniza el control del Estado siempre omnipotente. Su posible heredera es su hija Kim Ju-ae quién ya comenzó a aparecer públicamente junto a su padre en eventos oficiales, especialmente en actos militares.

 

Hugo Chávez: Un mito carismático en construcción, truncado

 

Incluir a Hugo Chávez en este análisis no solo es pertinente, sino necesario para comprender una forma contemporánea —y profundamente latinoamericana— de articulación entre liderazgo, emoción colectiva y narrativa política. Hablar de Chávez exige matices. No se trata de simplificaciones, sino de observar patrones que la psicología política y la historia permiten identificar. Hizo uso constante de cadenas obligatorias de todos los medios, con programas como Aló Presidente que duraban entre ¡4 a 6 horas! Mantuvo comunicación directa, prolongada, íntima con la población. Mostró su necesidad de presencia continua en la vida pública. Aquí aparece un rasgo claro de narcisismo político como la necesidad de ser escuchado, visto, validado… no solo como gobernante, sino como figura central de un relato nacional.

Que significó su dictadura: En el caso de Chávez, más que cifras de ejecuciones masivas, lo que se observa es una represión sistemática con muertes, heridos, torturados y miles de presos políticos como señala la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas y que ha facilitado graves violaciones de derechos humanos y crímenes internacionales de un modelo de poder altamente  personalizado, autocrático, donde el liderazgo carismático, el discurso mesiánico y la construcción de su culto a la personalidad transformaron la relación entre el Estado y la sociedad, con profundas consecuencias institucionales y sociales que han provocado la migración contemporánea más masiva, cercana ya a los 9 millones de venezolanos que abandonaron su país, casi un tercio de la población.

 

Sin control de poderes…

 

A primera vista, las cifras de las víctimas entre estos sátrapas de la historia de regímenes no democráticos y dictatoriales son distintas. Los contextos también. Pero en el fondo, el patrón se repite con la concentración del poder, la intolerancia a la crítica, la construcción de una narrativa personal, la identificación del líder con el destino de la nación, y la represión generalizada. Y, en buena parte, algo aún más peligroso, como es la transformación del paisano en enemigo y … en algo prescindible

 

Al final…


 

… la historia no es solo una sucesión de nombres y cifras. Es una advertencia... Porque cada uno de estos casos comenzó de forma similar, con discursos, con promesas, con seguidores entusiastas por un destino mejor, y con una narrativa de “salvación”. Hasta que, en algún punto —casi siempre imperceptible al inicio— el poder deja de ser una responsabilidad y se transforma en una extensión del ego. Y cuando esto sucede… ya no estamos ante un problema político, estamos ante un problema humano, psicológico y, finalmente, histórico.

Mi esposa María Mercedes Gessen, más allá de las épocas o de las ideologías, me hace una pregunta que sigue abierta en las naciones que ejercen la libertad como sistema: “¿cuántas veces más estaremos dispuestos a elegir, tolerar… o seguir a estos líderes mesiánicos?”… y me comenta que: “quizás la lección más importante no está solo en los líderes, sino en las sociedades que los construyen. Porque ningún culto a la personalidad se sostiene únicamente desde arriba. También necesita ser creído desde abajo”.

Y, en efecto, ella tiene toda la razón: El ser humano —como individuo y como parte de una sociedad— puede caer en una antigua tentación, como es entregar su incertidumbre a cambio de una figura que prometa sentido y seguridad. El dilema es que cuando el poder deja de ser cuestionado… cuando el líder deja de ser el mismo… cuando la admiración se convierte en fe… entonces la historia deja de escribirse por los "ciudadanos" y comienza a escribirla el autócrata para sus "seguidores". Y en ese punto —como tantas veces— la grandeza deja de ser virtud… y se convierte en amenaza. Y lo más peligroso el individuo desaparece como ciudadano… y algunos —la minoría— renacen pero como "creyentes". Y quizá —solo quizá— el momento más decisivo de una sociedad no ocurre cuando un líder se “eleva”… sino cuando eso se tolera. Porque no es el poder lo que se impone primero, sino el silencio que lo permite. No es la fuerza lo que inaugura el exceso, sino la renuncia progresiva a pensar, a disentir, a poner límites. Y entonces, sin darnos cuenta, dejamos de mirar al poder… para empezar a mirarlo desde abajo. Y allí, en ese cambio casi invisible, es donde las naciones dejan de sostener la libertad… y comienzan, lentamente, a entregarla… En Estados Unidos, esperamos que la nación —encabezada por el Congreso y la Corte Suprema— mantengan intacto el espíritu de nuestra Carta Magna y no permitan, bajo ninguna circunstancia, que todo el poder termine concentrado en una sola persona…

Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en psicologosgessen@hotmail.com... Que la Suprema Providencia Universal nos acompañe a todos…


 




 

 

Puede publicar este artículo o parte de él, siempre que cite la fuente del autor y el link correspondiente de Informe 21. Gracias. © Fotos e Imágenes Gessen&Gessen


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