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Crisis de identidad


Venezuela muestra síntomas de una transición del socialismo a un tipo de capitalismo. Foto: Majonews1, Pixabay

Venezuela desaprovechó el último gran impulso de un prolongado período de altos precios petroleros. En virtud de este posiblemente irrepetible fenómeno, se recibieron por exportaciones de crudo más de un billón de US dólar en un período de 10 años. Pero hoy las reservas monetarias internacionales están secas, buena parte del sector petrolero nacional es un amasijo de hierros fantasmales y la energía fósil para el consumo interno nos la proporciona un país como Irán, que dicho sea de paso, hizo una revolución política profunda, que ha sido objeto, durante décadas, de sanciones económicas por parte de EE.UU, pero que tuvo la precaución de no destruir su principal activo material: la industria de los hidrocarburos.


Entre 1999 y 2012, según cifras del Banco Central de Venezuela y fuentes independientes, la producción por habitante en el país acumuló en términos reales un incremento de 12% (0,9% anual) y el consumo por habitante 50% (3,8% anual). Es decir, consumíamos 4 veces más de lo que producíamos. A raíz de la caída del muro de Berlín es una verdad de Perogrullo decir que el socialismo intenta vanamente aumentar de forma sostenible el consumo de la población sacrificando el capital existente. Lamentablemente se dice que nadie experimenta en cabeza ajena.


Se trata de la disipación de capital más escandalosa de la historia mundial. La ciencia económica nos aporta las herramientas para hacer uso de recursos escasos y obtener de ellos resultados crecientes. Pero los venezolanos nos las ingeniamos para disponer de recursos casi ilimitados y obtener resultados decrecientes.


La inflación logró que el bolívar perdiera sus atributos como dinero y más de dos tercios de muestra economía ha dejado de existir. Es el saldo del socialismo bolivariano en sus más de 20 años en el poder.


Desde luego que hubo algo que mientras duró, nos permitió consumir sin producir. De algún lado tenía que salir ese diferencial entre lo producido y lo consumido. Pues bien, eso se resolvía con los cuantiosos ingresos externos que dispensó un período de altos precios petroleros, lo cual tuvo poco que ver con la marcha de la economía interna. También se recurrió al endeudamiento público masivo, al igual que a la emisión monetaria. Cuando cayeron los precios del petróleo, cuando se cerró el crédito internacional, nos quedó sólo la maquinita de emitir dinero y nos posicionamos en nuestro verdadero nivel.


Sobrevienen luego, ciertamente, las sanciones internacionales y luego los efectos que en la economía producen las medidas de distanciamiento social y cuarentena para combatir la ya superada pandemia global. La sumatoria de todos estos factores pone en estado comatoso a un paciente que venía ya en condiciones críticas.


En la esfera de lo político podemos decir, sin pecar de historicistas, que Venezuela ha mantenido durante los últimos 120 año un hilo conductor respecto a su desempeño histórico. El período del llamado liberalismo amarillo, una hegemonía muy poderosa, fue sustituida por

la hegemonía andino militar. Ésta a su vez fue reemplazada por la hegemonía adeca o de la república civil, y tal hegemonía a su vez fue sustituida por la poderosa corriente popular que conocemos con el nombre de chavismo. En este momento vivimos posiblemente en un interregno entre lo que hay y lo que habrá.


No es de extrañar que en ese tránsito desde lo que existe a lo que viene se perfilen como actores sobresalientes figuras que todavía no se divisan en el horizonte. De lo que sí

estamos bastante persuadidos es que el chavismo, como corriente popular, no tiende a desmembrarse, ni a fracturarse, ni a dividirse, tiende a disiparse. Ahí están sus rendimientos electorales decrecientes, aunque tal cosa, gracias, a la incompetencia de la oposición en su conjunto, no deriva todavía consecuencias políticas importantes que coloquen en peligro su permanencia en el poder. El chavismo disidente y el chavismo descontento, a mi juicio no existen, son espejismos. Una expectativa creada por aquellos que viven y trafican con eso.


Quienes se apartan del tronco central chavista no logran convertirse en una fuerza política importante, más allá de individualidades ruidosas. La alta aprobación que registra en las encuestas el gobierno de Hugo Chávez constituye a mi entender el recuerdo nostálgico de una época en la cual yo podía consumir 4 veces más de lo que realmente producía, es decir la típica burbuja que se pinchó. No supone ni una lealtad política, ni una lealtad de marca. Los

gobiernos de Carlos Andrés Pérez I y del general Marcos Pérez Jiménez, reciben un juicio popular positivo, aun hoy, y eso no supone la existencia de una fuerte corriente política perecista o perezjimenista. Con el tiempo ese recuerdo será más difuso.


En tal sentido, la revolución socialista bolivariana evidencia hoy un inmenso vacío de contenido emocional, conservando de su viejo encanto popular sólo la capacidad de convocar a segmentos clientelares de la población a través de una maquinaria político-electoral disciplinada pero cada vez menos eficiente. Le queda el poder, la fuerza que se deriva del control del Estado, de la lealtad del estamento militar, pero como decía el brillante y astuto Talleyrand, Ministro de Relaciones Exteriores de Napoleón, “las bayonetas sirven para cualquier cosa menos para sentarse sobre ellas”.


A los gobiernos, por más represivos que puedan ser, no los sostiene el uso de la violencia, sino el haber construido alguna base de consensos y apoyos considerables en el seno de una sociedad. En la construcción de esos apoyos y nuevos consensos se encuentra un sector del oficialismo en la actualidad, pero hasta ahora con un muy poco éxito.


Nos acecha la amenaza de dirigimos hacia un régimen ya definitivo de partido único en donde la oposición política sea un opaco reflejo de lo que fue. Tal circunstancia no quiere decir necesariamente que no se produzcan cambios económicos o tal vez también hasta políticos, los cuales deben ser en paz, sin violencia y dentro del orden constitucional existente para que sean sostenibles en el tiempo. El país demanda una buena dosis de estabilidad. La estabilidad no es todo, pero sin estabilidad no hay nada, decían los alemanes después del desastre de la segunda guerra.


Venezuela no muestra todavía síntomas de una transición del autoritarismo hacia democracia, sino del socialismo a un tipo de capitalismo, tal vez a lo chino o a lo vietnamita. Si algo nos demostró el siglo XX es que el capitalismo es la etapa superior del socialismo. Y este fenómeno, o lo entienden las fuerzas de la oposición, o se quedan en el hombrillo de la carretera. Si ese tránsito deriva en arreglos institucionales más democráticos de los que tenemos hoy, maravilloso, pero no es indispensable. Esta no es una formulación de deseos sino una simple descripción de lo que se asoma como realidad.


Lo que nos gobierna es una revolución socialista en el poder, sólo que ella tuvo un origen electoral, lo cual es un asunto crucial para entender la ecuación política venezolana. No tiene sentido debatir este tema sobre la base de los fines del socialismo, ni siquiera de sus

resultados, sino sobre la base de sus métodos prácticos.


El socialismo, y sobre todo el socialismo revolucionario, básicamente está constituido en su accionar por dos cosas: la destrucción del sistema de precios y la reducción sistemática y sostenida de la propiedad privada. En ambas califica el experimento iniciado por Hugo Chávez. Ignorar la verdadera naturaleza del régimen que gobierna a nuestro país explica en buena medida la actitud errática de quienes han asumido hasta ahora el liderazgo de la oposición.


El avance del proceso socialista ha sido tan grande que hasta el mismo gobierno bolivariano lo quiere revertir. El socialismo no es bueno ni malo, es imposible, por eso genera idénticos resultados en todas partes y en todos los siglos. La oposición hace caso omiso de tal fenómeno, porque en buena medida es también socialista o socialdemócrata. Ese ha sido el consenso ideológico que ha prevalecido en Venezuela en las últimas 6 décadas.


No es de extrañar, la mayoría de los partidos políticos venezolanos del siglo XX- y también los “nuevos” en la actual centuria- se edificaron sobre las idas del consenso socialista plasmado en el plan de Barranquilla de 1931 formulado por Rómulo Betancourt. Este consenso se ha sostenido bajo la premisa de que el Estado es el actor principal de las reformas en el país. Claro, esas eran las ideas que alimentaban el clima intelectual de la época.


La social democracia y el socialcristianismo del siglo XX y XXI en Venezuela se manifestaron incompetentes para liderar los cambios en el país. En la mayoría de las regiones y países del bloque soviético la transición del socialismo al capitalismo fue liderada por individuos, por corrientes y sobre todo por partidos políticos de corte liberal y conservador. Ahí están los casos de la ex Checoslovaquia, Polonia, Lituania, Letonia, Estonia, Eslovenia y en alguna medida Hungría. Las corrientes liberales y conservadoras marcaron desde el principio la cancha sobre la cual se iba a jugar en el futuro, edificando un nuevo consenso político en base a la propiedad privada, el respeto a los contratos voluntarios y el mercado como mejor forma de asignar los recursos en la sociedad.


En Venezuela hace falta un nuevo plan de Barranquilla, un nuevo paradigma político, que destierre la idea del Estado empresario, la visión estado-céntrica y fomente los principios de la empresarialidad, el ahorro, la inversión, el libre mercado para garantizar que las personas puedan disfrutar de los frutos de su trabajo.


Mientras que un líder como Deng Xiaoping en China decía en 1992 “ser rico es glorioso”, aquí en Venezuela en el siglo XXI alguien nos decía que “ser rico es malo” Así le fue a uno y así le fue a otro. Sin embargo, estamos al parecer en un momento de rectificaciones, pero también de dilemas: o nos enrumbamos hacia un modelo chino a la venezolana, o hacia un modelo chino a la cubana. El primero está constituido por reformas de corte capitalista de verdad y en serio, pero que puedan ir unidas a libertades políticas, sindicales y de asociación en general. Los chinos con Deng a la cabeza, dejaron atrás sin titubeos su viejo modelo maoísta, a pesar que mantienen en sus billetes del renminbi el rostro de Mao Tse Tung. La idea de un país con dos sistemas los convirtió en lo que son hoy. No se les ocurrió utilizar las reformas capitalistas para socorrer o auxiliar al modelo socialista.


Por su parte, el modelo chino a la cubana consiste en asumir reformas de mercado para darle un respirador artificial al sistema socialista, sin mayores alteraciones de fondo. La determinación en hacerlas avanzar y la profundidad de estas reformas pro mercado son cruciales. Además, que no sean solo un repliegue táctico, como les gusta decir a los marxistas.


El modelo chino a la venezolana recoge aquella interesante consigna del MAS en los años 70 del siglo pasado cuando decía “socialismo a la venezolana”. Es decir, sistema socialista con democracia. Vino la caída del muro de Berlín en 1989 y ya no había en pie ningún socialismo para democratizarlo. Pero aparece 10 años después el socialismo del siglo XXI. Chávez le imprime un sello ideológico a su partido y le cambia el nombre de Movimiento V República a Partido Socialista Unido de Venezuela, una jugada riesgosa pero que le salió bien. Así el chavismo pone sobre la mesa una oferta doctrinaria, una idea poderosa.


Ahora bien, cómo se combate una ida: pues con otra idea. Pero la oposición ha sido incapaz de hacer una contra oferta ideológica. Por lo visto se empeña en no hacerlo y de allí sus precarios resultados.


La posibilidad de aplicar un modelo tipo chino en Venezuela se desprende de la metástasis socialista que vivimos. Ese modelo ha sido exitoso para sacar a centenares de millones de personas de la pobreza. Sólo le falta su componente de pluralidad política. A mi juicio, es

posible dárselo, por la tradición democrática que tenemos en nuestro país, que hoy por hoy, a pesar del déficit de libertades públicas que tenemos, aun así, todavía existe mayor margen de acción para las fuerzas democráticas que el que hay actualmente en China.


En este momento muchos poderes oficiales, oficiosos, facticos y no facticos, empujan a favor de las reformas de corte capitalista. Hay otros, en el seno del oficialismo que apuestan a lo contrario y son poderosos En cierta forma, en el alto gobierno existe una crisis de identidad.


Ahora bien, que estas reformas de liberalización económica sean para dejar atrás políticas socialistas fracasadas o para auxiliar a un modelo socialista moribundo, es lo que está por verse.


Haciendo las cosas económicamente pésimas, la “nomenclatura” que llegó al poder en 1999, ha cumplido y superado su promesa de permanecer en él hasta el 2021. Si el desempeño de la economía nacional empieza a ser regular o razonablemente bueno -cosa que no se ve según los analistas- puede que se extienda la longevidad de dicha “nomenclatura”. Eso lo veremos y lo veremos pronto.


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