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Con Rusia hay que negociar


La clave para la paz reside en detectar un punto en el cual Zelensky y Putin puedan entenderse. Imagen: Rollstein, Pixabay

La voladura de la represa y la central hidroeléctrica de Nova Kajovka, al sur de Ucrania, una de las más grades e importantes de Ucrania, coloca la agresión rusa en un nuevo y más peligroso terreno, y hace aún más apremiante encontrar alguna fórmula que evite que el conflicto siga escalando hasta afectar a gran parte de Europa. Como siempre, Vladímir

Putin responsabilizó a Volodímir Zelenski de lo ocurrido. Sin embargo, esa versión no es creíble. La ciudad de Nova Kajovka, al sur de Ucrania, está ocupada por los rusos quienes instalaron un gobierno dirigido por el Kremlin. ¿Cómo es posible que un grupo de terroristas

ucranianos haya dinamitado una presa estratégica en una zona de alta seguridad para los invasores? Con ese cuento a otro lado.


Me cuento entre quienes pensaban el año pasado, cuando comenzó la invasión, que a Putin no había que darle tregua hasta derrotarlo en toda la línea. Al déspota había que escarmentarlo. Pero el tiempo pasa y lo único que se ve es destrucción en el este de Ucrania y en algunas zonas de Kiev atacadas por misiles enemigos. Se mantiene la destrucción de la infraestructura, el asesinato de civiles y el desmembramiento de una población obligada a desplazarse hacia los territorios menos peligrosos del país o hacia Europa del Este.


Dentro de Rusia, aunque se han registrado algunas protestas ciudadanas y deserciones, no se observa ningún indicio que revele la pérdida de poder y control por parte de Putin. El Ejército y la élite civil, a pesar de las derrotas sufridas, del escaso avance de las tropas y del

elevado costo económico de la embestida, se mantienen unidos en torno del mandatario.

Durante lo que va de 2023, Zelenski se ha anotado un amplio conjunto de triunfos diplomáticos internacionales. Todo el espectro político ha oído su mensaje. Algunos líderes se sienten más identificados con lo que él representa y defiende. Otros toman una distancia discreta, pero todos lo escuchan y, al parecer, respetan sus posturas y, especialmente, el heroísmo de los ucranianos.


En la más reciente cumbre del G7, que agrupa a los países desarrollados más importantes del planeta, con larga tradición democrática, Zelenski recibió un sólido apoyo político, financiero y militar. De esa reunión salieron fortalecidas Ucrania y los nexos entre Estados Unidos, Europa y la OTAN. Putin equivocó sus cálculos. Pensó que el triunfo de la agresión militar sería tan rápido, que la unidad europea se resquebrajaría, las fricciones entre Europa y Estados Unidos aumentarían y la OTAN se debilitaría. Ocurrió todo lo contrario. Los bloques cerraron filas para impedir que el gobernante ruso obtuviese una cómoda victoria que le sirviese de plataforma para expandir su dominio hacia el este de Europa.


Rusia, en cambio, se ha aislado aún más en medio del conflicto. El campo de acción de Putin es cada vez más restringido. Luego de la orden de captura dictada por la Corte Penal Internacional en su contra, por crímenes de guerra, el autócrata solo se atreve a desplazarse hasta Bielorrusia, donde gobierna su lugarteniente Alexander Lukashenko, y a algunos otros países con escasa importancia económica y militar.


El problema fundamental reside en que la confrontación entre Ucrania y Rusia se mineralizó. A esta altura, casi año y medio después de la invasión, los rusos no han podido ni podrán aniquilar a los ucranianos, y estos no han sido capaces de recuperar sino una pequeña

fracción de los territorios tomados por el ejército de ocupación en el este del país.


Todo indica que la guerra se prolongará por mucho tiempo más. En el horizonte no se vislumbra una solución que signifique la derrota aplastante de Putin, su ejército y sus mercenarios, ni una victoria categórica de Zelenski y el pueblo ucraniano, lo cual significaría

recuperar las regiones de Donetsk y Lugansk y la península de Crimea, anexionada por Rusia en 2014.


La clave reside en detectar un punto en el cual Zelensky y Putin puedan entenderse. Para el gobernante ruso, el reto resulta más fácil de afrontar: el esquema autocrático que ha armado permite pensar en que, de ser posible convencerlo de una solución, esta podría ejecutarse con relativa sencillez. El control que posee del Ejército, la Duma (Parlamento ruso), los medios de comunicación y el Poder Judicial, le facilitarían crear la atmósfera para convencer al pueblo y demás factores de poder de las virtudes de su "solución".


Algo diferente ocurre con Zelensky, quien es un gobernante democrático y, a pesar del estado de excepción que rige en Ucrania, tendrá que convencer al Ejército y a los ciudadanos, que han realizado esfuerzos inauditos, heroicos, de que aunque no se obtuvo todo aquello por lo cual se luchó, conviene firmar un acuerdo de paz que permita la

reconstrucción nacional. Zelensky ha probado ser un líder recio. Tendrá la oportunidad, en ese caso, de demostrar que es un jefe tanto para la guerra como para la paz.


En el complejo cuadro actual deberían actuar China, India, Brasil, Turquía y algunas otras grandes naciones que no se han involucrado directamente en la conflagración, y han manifestado su interés en servir de mediadores. El papel de China es crucial. Si le retira el apoyo a Putin, probablemente este admita negociar.


Llegó el momento de que se pongan en marcha todos los mecanismos diplomáticos que hagan posible conseguir la paz lo más pronto posible.


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