Escenarios tras elecciones del 3 de noviembre en EEUU
Una victoria demócrata transformaría los límites del poder de Trump, pero sus efectos serían muy distintos si toman una o las dos cámaras… El presidente Trump, la Casa Blanca, el Pentágono y Estados Unidos en la encrucijada: así será el poder después del voto en tres escenarios…
Una elección puede cambiar algo más que la distribución de los escaños y también modificar la relación entre un gobernante y los límites de su poder. El próximo 3 de noviembre, los estadounidenses decidirán quiénes ocuparán la Cámara de Representantes y los escaños del Senado sometidos a elección y se eligen 36 gobernadores. También determinarán cuánto respaldo, cuánta vigilancia y cuánta resistencia institucional encontrará Donald Trump durante los dos últimos años de su mandato. Desde la psicología política, una elección de medio término puede interpretarse como una conversación entre las promesas y la experiencia. El ciudadano compara lo que esperaba con lo que vive, cuánto le alcanza el salario, qué teme por sus hijos, cómo percibe su seguridad y cuánto confía en quienes toman decisiones. También conoce la relación de la guerra con lo que ocurre en su familia. Sabe que su voto puede expresar adhesión, decepción o una necesidad de introducir contrapesos, sin que necesariamente haya cambiado toda su visión del mundo. El panorama electoral consultado favorece la recuperación demócrata de la Cámara, mientras la disputa por el Senado permanece abierta. Se han registrado movimientos favorables a los demócratas en ambas contiendas. Por ello, conviene tratar el Congreso dividido como escenario central de este análisis, no como un desenlace estadísticamente asegurado, y la conquista demócrata de ambas cámaras como una posibilidad real. Analizamos tres resultados: continuidad republicana en las dos cámaras, una Cámara demócrata con Senado republicano y una mayoría demócrata en ambas cámaras. Existe una cuarta combinación donde la Cámara queda en manos republicanas y el Senado en las de los demócratas. Pero, por lo poco probable que ocurra nos concentraremos en las tres primeras opciones.
Los escenarios
Primer escenario: los republicanos conservan ambas cámaras
Sería la continuidad institucional más favorable para Trump. Sin embargo, afirmar que “todo seguiría igual” puede subestimar el efecto político de la victoria. Sobrevivir a una elección adversa puede fortalecer a un presidente, especialmente si sus partidarios interpretan el resultado como una ratificación de su rumbo. Trump podría presentar el triunfo como autorización para profundizar su agenda. Un partido que esperaba perder y consigue mantenerse suele encontrar nuevos motivos para cerrar filas. Algunos legisladores que antes vacilaban podrían considerar más costoso distanciarse de la Casa Blanca. Es una inferencia política, no una certeza acerca de la conducta de todos los republicanos… En el terreno legislativo, conservar las dos cámaras facilitaría impulsar medidas tributarias, cambios en el gasto y otras prioridades compatibles con los procedimientos disponibles. El Senado permitiría seguir procesando nombramientos judiciales y ejecutivos con una mayoría políticamente cercana al presidente. Pero facilitar no significa garantizar: las diferencias internas, el tamaño de las mayorías y las reglas de procedimiento seguirían contando. No sería equivalente conservar la Cámara por dos escaños que hacerlo con una ventaja amplia. Una mayoría estrecha convierte a pequeños grupos de legisladores en actores capaces de condicionar acuerdos. Incluso bajo un gobierno del mismo partido, el desacuerdo puede paralizar decisiones. La fiscalización también tendría un tono distinto. Un Congreso republicano conservaría sus obligaciones de supervisión, pero sus dirigentes podrían orientar las investigaciones hacia prioridades menos incómodas para el Ejecutivo. La vigilancia efectiva dependería, en parte, de que algunos legisladores estuvieran dispuestos a anteponer su responsabilidad institucional a la conveniencia partidista. Para la oposición, el resultado obligaría a revisar candidatos, mensajes y organización. El rechazo a Trump habría resultado insuficiente para producir una mayoría. Una posible reacción sería la radicalización; otra, la búsqueda de una alternativa más persuasiva para quienes no se sienten representados por ninguno de los extremos. La continuidad también tiene un costo para quien gobierna ya que reduce la facilidad de atribuir los problemas a una oposición que controla el Congreso. Cuando se conserva la Presidencia y ambas cámaras, la responsabilidad por el rumbo nacional resulta más difícil de repartir… En política exterior, conservar ambas cámaras podría llevar a Trump a interpretar la victoria como una ratificación de su manera de ejercer el poder. En Irán, aumentaría el riesgo de una nueva escalada si entendiera ese respaldo como autorización para endurecer las operaciones militares, especialmente si fracasaran las negociaciones; pero también podría utilizar su fortalecimiento para cerrar un acuerdo que presentara como una victoria. El resultado electoral, por sí solo, no decidiría entre ambos caminos. En Ucrania, podría sentirse menos presionado a corregir sus diferencias con Zelensky y elevar las exigencias para que Kiev aceptara una negociación en términos que el gobierno ucraniano considerara desfavorables, aunque tampoco tendría garantizado el apoyo de todos los republicanos. En Venezuela, una continuidad republicana podría favorecer la prolongación de su entendimiento con el gobierno de Delcy Rodríguez, con el petróleo y la estabilidad como prioridades. El riesgo para los venezolanos sería que las garantías democráticas, un calendario electoral verificable y la participación efectiva de María Corina Machado quedaran subordinados a esos acuerdos. Sin embargo, Washington también podría emplear esa relación para exigir avances concretos. La cuestión decisiva sería qué haría Trump con el respaldo recibido, cuánto lo utilizaría para construir acuerdos y cuánto para imponer condiciones. Una victoria electoral puede fortalecer a un presidente, pero no convierte automáticamente sus decisiones en decisiones acertadas…
Segundo escenario: los demócratas ganan la Cámara pero no el Senado
En este caso se produciría una transformación importante: Trump perdería la colaboración de una de las dos instituciones necesarias para convertir su programa en nuevas leyes. La mayoría demócrata podría elegir la presidencia de la Cámara, dirigir sus comisiones y establecer prioridades legislativas. Podría impedir que ciertas iniciativas avanzaran y aprobar proyectos propios, aunque estos no llegarían a convertirse en ley sin superar el Senado y la etapa presidencial. Su poder más inmediato sería detener determinadas decisiones nuevas. Proyectos de recortes, cambios tributarios o reformas migratorias que necesitaran legislación encontrarían una barrera. Pero impedir una nueva ley no deroga una ya vigente. Las normas aprobadas anteriormente seguirían produciendo efectos mientras no fueran modificadas por las vías correspondientes. Esta distinción tendría especial importancia en el gasto público. Una Cámara demócrata podría condicionar su apoyo a futuras asignaciones de recursos, exigir información y negociar protecciones para programas. No podría cancelar por sí sola todos los fondos que el gobierno ya estuviera legalmente autorizado a utilizar, particularmente si fueron concedidos por varios años… El cambio más visible podría producirse en las investigaciones. Las comisiones podrían celebrar audiencias, requerir documentos y emitir citaciones dentro de sus competencias. Contratos, actuaciones de agencias, posibles conflictos de interés y decisiones administrativas podrían enfrentar una supervisión más intensa. Eso no presupone que existan delitos: investigar es establecer qué ocurrió, no anunciar anticipadamente una condena.
Tampoco una citación garantiza una respuesta inmediata. El Ejecutivo podría invocar privilegios o cuestionar solicitudes, y los conflictos de cumplimiento podrían desembocar en litigios. La capacidad de investigar es significativa, pero sus resultados dependen de la calidad de la evidencia, la persistencia institucional y los mecanismos para obtenerla… Como psicólogo, advierto que también puede convertirse en un espectáculo destinado a confirmar las creencias previas de cada bando. La oposición tendría que decidir cuánto de su energía dedicaría a esclarecer y cuánto a escenificar. Para Trump, una Cámara adversa ofrecería simultáneamente un límite y un adversario visible. Podría verse obligado a negociar, pero también atribuirles a los demócratas los obstáculos del gobierno. La derrota legislativa no garantiza moderación: puede estimular el acuerdo o intensificar la confrontación… Por otra parte, el presupuesto sería uno de los centros de la disputa. Los demócratas podrían vincular su respaldo a determinadas leyes de financiación con exigencias sobre salud, educación, vivienda o controles administrativos. Los republicanos intentarían preservar sus prioridades. El resultado podría ser un acuerdo parcial, una prórroga de financiación o un cierre parcial del gobierno si vencieran las asignaciones sin reemplazo… Conviene distinguir un cierre administrativo de una crisis del límite de endeudamiento porque responden a mecanismos diferentes. Tampoco todos los servicios ni todos los pagos federales se interrumpen de la misma manera. Para el ciudadano afectado, sin embargo, la distinción jurídica no elimina el costo de un salario retrasado, un trámite suspendido o un servicio deteriorado… En cuanto a la inmigración, el cambio sería importante, pero limitado. Una Cámara demócrata podría investigar prácticas, exigir rendición de cuentas e intentar introducir condiciones en nuevas leyes de financiación. Podría impulsar propuestas de regularización o de protección del debido proceso. No podría, por sí sola, conceder residencia a millones de personas, restablecer cualquier protección administrativa ni ordenar la suspensión general de las deportaciones.
Las familias inmigrantes necesitarían conocer esa diferencia. Una victoria legislativa puede abrir posibilidades, pero no modifica automáticamente el estatus migratorio individual. Prometerlo sería transformar la esperanza en una nueva vulnerabilidad… En la economía doméstica, tampoco habría un alivio instantáneo. Una mayoría demócrata podría dar prioridad a medicamentos, cobertura sanitaria, vivienda o beneficios tributarios para determinados hogares. Su capacidad de producir cambios efectivos dependería de acuerdos. El precio de los alimentos, las hipotecas y el empleo también responde a factores que ningún Congreso controla por completo. No existe una regla según la cual el gobierno dividido haga subir siempre la bolsa o reduzca necesariamente la inflación. Algunas empresas podrían valorar una menor probabilidad de reformas abruptas; otras resentirían la incertidumbre fiscal. Una familia juzgará el resultado menos por la distribución de los cargos que por la posibilidad de vivir con mayor estabilidad. El Senado republicano conservaría, además, una función decisiva: tramitar las confirmaciones presidenciales. La Cámara no participa en la confirmación ordinaria de jueces federales ni de los altos funcionarios que requieren aprobación senatorial. Trump podría perder capacidad legislativa y mantener una vía importante para influir en el futuro judicial del país.
En política exterior, el Congreso dividido introduciría obstáculos y negociaciones adicionales. En la guerra con Irán, una Cámara demócrata podría investigar las decisiones militares, exigir explicaciones sobre sus objetivos y costos, y condicionar su respaldo a nuevas asignaciones de recursos. Esto podría aumentar el costo político de una escalada y favorecer la búsqueda de una salida negociada, pero no garantizaría el fin de las hostilidades: Trump conservaría importantes facultades ejecutivas y los fondos previamente autorizados no desaparecerían con el cambio de mayoría. También podría intentar demostrar que la oposición no determina su conducta internacional. El desenlace dependería, además, de las decisiones de Irán y de la evolución de las negociaciones.
En Ucrania, Zelensky podría encontrar un contrapeso legislativo más receptivo a las necesidades de su país. La Cámara podría fiscalizar las decisiones sobre asistencia, reclamar explicaciones sobre eventuales restricciones y promover recursos para la defensa ucraniana. Sin embargo, necesitaría acuerdos con el Senado y, cuando correspondiera, con el presidente. Las diferencias entre Trump y Zelensky podrían continuar; lo que cambiaría sería la posibilidad de someterlas a un escrutinio institucional más intenso. Una coalición de demócratas y republicanos favorables a Ucrania podría tener mayor influencia que la confrontación partidista por sí sola. Para Kiev, el resultado ofrecería una oportunidad de respaldo, sin asegurar la continuidad ni el alcance de la ayuda estadounidense.
En Venezuela, una Cámara demócrata podría exigir mayor transparencia sobre los acuerdos petroleros y su relación con las promesas de democratización. Podría convocar audiencias, examinar decisiones sobre sanciones y reclamar garantías para los derechos humanos, un calendario electoral verificable y la participación política de María Corina Machado y de las demás fuerzas opositoras. Pero no podría, por sí sola, cancelar los entendimientos de la Casa Blanca con Delcy Rodríguez ni imponer elecciones en Venezuela. Tampoco debemos suponer que todos los demócratas compartirían una misma estrategia. El cambio más plausible sería una vigilancia mayor sobre una pregunta esencial: si la relación con Caracas está produciendo avances democráticos o si la estabilidad y el petróleo están desplazando esas exigencias. Para los venezolanos, se abriría otro espacio donde hacer oír sus demandas, aunque ninguna mayoría extranjera podría sustituir su propia capacidad de organización y negociación.
Tercer escenario: Una ola azul, ¿hasta dónde cambiaría el país?
Sería el mayor cambio de equilibrio entre los tres resultados examinados. La oposición podría coordinar agendas, investigaciones y negociaciones presupuestarias desde todo el Congreso. Pero seguiría compartiendo el poder con un presidente republicano.
El mensaje electoral sería más severo, aunque habría que interpretar su alcance con prudencia. Ganar por márgenes mínimos no equivale a recibir un mandato ilimitado. Tampoco todos los votantes demócratas compartirían una misma agenda: algunos votarían por convicción partidista y otros, simplemente, para establecer un límite al presidente. La diferencia más concreta respecto del escenario anterior estaría en los nombramientos. Un Senado demócrata podría bloquear candidatos, exigir perfiles negociados o retrasar confirmaciones. Si surgiera una vacante en la Corte Suprema, la composición del Senado sería crucial. Eso no permitiría a los demócratas nombrar por sí mismos a un magistrado: la nominación seguiría correspondiendo al presidente. Tampoco cesarían automáticamente los funcionarios o jueces ya confirmados… Para el futuro del país, este podría ser uno de los efectos más duraderos. Una ley puede modificarse; un nombramiento judicial vitalicio puede influir durante décadas. Sin embargo, bloquear nuevas confirmaciones tampoco transforma inmediatamente la composición existente de los tribunales. En relación a la legislación, las dos cámaras demócratas podrían aprobar iniciativas comunes y obligar al presidente a decidir si las acepta o veta. Eso les permitiría presentar con mayor claridad una alternativa y hacer visible quién respalda o rechaza determinadas medidas. Pero la aritmética impondría límites. Una mayoría de 51 o 52 senadores no eliminaría por sí sola la obstrucción legislativa. Incluso si los demócratas acordaran cambiar precedentes del Senado, seguiría existiendo el veto presidencial. Y la reconciliación presupuestaria no sería una llave universal para reescribir todas las políticas públicas… Por ello, una ola azul podría generar dos dinámicas simultáneas, una confrontación más amplia y una mayor necesidad de acuerdos. Trump necesitaría al Congreso para nuevas leyes y determinadas decisiones de financiación; los demócratas necesitarían acuerdos con el presidente, o apoyos republicanos extraordinarios, para convertir buena parte de su programa en resultados. La oposición tendría que demostrar que sabe ejercer el poder que solicita. Bloquear es una capacidad; gobernar implica también decidir qué debe continuar, qué merece corregirse y qué acuerdo imperfecto evita un daño mayor.
En Irán, un Congreso demócrata podría elevar los obstáculos políticos y presupuestarios a una prolongación o ampliación de la guerra. Ambas cámaras podrían coordinar investigaciones, exigir explicaciones sobre los objetivos militares y las condiciones para terminar las hostilidades, e intentar establecer restricciones legales o condiciones sobre nuevos fondos. Si las negociaciones continuaran abiertas, esa presión podría favorecer una salida diplomática. Sin embargo, no equivaldría a ordenar una paz inmediata: Trump conservaría facultades ejecutivas, podrían existir recursos previamente autorizados y las medidas legislativas enfrentarían las reglas del Senado y un eventual veto presidencial. Tampoco Teherán estaría obligado a aceptar un acuerdo por el resultado de una elección estadounidense. El cambio más probable sería una disputa institucional más intensa sobre los costos y límites de la guerra. Para Trump, negociar podría convertirse en una manera de recuperar iniciativa política; también podría responder endureciendo su discurso. Una derrota electoral puede modificar los incentivos de un gobernante, pero no determina por sí sola su reacción.
En Ucrania, el control demócrata de ambas cámaras podría ofrecer a Zelensky un respaldo institucional más amplio frente a sus diferencias con Trump. El Congreso podría promover asistencia militar y financiera, fiscalizar su ejecución e impulsar medidas para sostener la presión sobre Rusia. También podría cuestionar cualquier negociación que pretendiera comprometer el futuro de Ucrania sin una participación efectiva de Kiev. La diferencia sería que esas iniciativas podrían avanzar coordinadamente desde ambas cámaras, aunque su conversión en leyes y su aplicación seguirían dependiendo de los procedimientos, de posibles acuerdos con republicanos y de la relación con el Ejecutivo. Los demócratas no podrían dirigir por sí solos la diplomacia, garantizar toda la ayuda solicitada ni obligar a Rusia a detener la invasión. Para Zelensky, una ola azul abriría mayores oportunidades de apoyo, pero también el desafío de evitar que la defensa de su país quedara identificada exclusivamente con uno de los partidos estadounidenses. La alianza más sólida para Ucrania sería aquella capaz de sobrevivir a las elecciones de Estados Unidos.
¿Qué ocurriría con la política exterior y con Venezuela?
En cualquiera de los escenarios, Trump conservaría importantes facultades diplomáticas y ejecutivas. Un Congreso opositor podría investigar decisiones, debatir autorizaciones, legislar sobre sanciones y negociar condiciones para fondos futuros. La efectividad de esas iniciativas dependería del instrumento utilizado, de las mayorías y, cuando correspondiera, del veto. Para Venezuela, una mayoría demócrata podría ampliar el escrutinio sobre derechos humanos, acuerdos energéticos y decisiones de la administración. Sin embargo, sería imprudente anunciar que produciría automáticamente una política más dura o más flexible. Dentro de ambos partidos conviven prioridades y posiciones distintas. Los gobiernos extranjeros observarían cuánto respaldo conserva Trump, pero también cuánto puede comprometer sin cooperación legislativa. La negociación internacional incorporaría una pregunta adicional: ¿podrá Washington sostener internamente lo que promete afuera?
¿Podrían destituir a Trump?
La Cámara puede aprobar una acusación constitucional —impeachment— por mayoría simple. El Senado realiza el juicio y una condena que implique destitución exige dos tercios de los senadores presentes: 67 si participan los 100. Ganar ambas cámaras por mayorías ordinarias no alcanza para eso… Serían necesarios fundamentos para la acusación y, con una composición cercana al equilibrio, un respaldo republicano considerable para condenar. No basta la desaprobación política. Además, si el presidente fuera destituido y el vicepresidente permaneciera en funciones, lo sucedería JD Vance, y la presidencia no pasaría al Partido Demócrata… Confundir una victoria legislativa con la inminencia de una destitución alimentaría expectativas que las instituciones podrían no satisfacer. La frustración posterior sería terreno fértil para nuevas formas de desconfianza.
La dimensión psicológica en los tres escenarios
Una victoria republicana podría reforzar en Trump la percepción de que su estilo ha sido ratificado. Una derrota parcial podría impulsar negociación y confrontación en proporciones variables. Una derrota en ambas cámaras podría acelerar el debate sobre el futuro del Partido Republicano y la sucesión de 2028. Son hipótesis de conducta política, no diagnósticos clínicos ni destinos inevitables. Los demócratas enfrentarían su propia prueba emocional, como distinguir la satisfacción de vencer del trabajo de representar. Un triunfo obtenido con votantes moderados, progresistas e independientes no elimina las diferencias entre ellos. Cuanto mayor sea la expectativa, más importante será explicar con honestidad qué puede cambiar y en cuánto tiempo.
El ciudadano podría haber votado para frenar a Trump sin haber autorizado todas las propuestas demócratas. También podría haber respaldado a un republicano sin aprobar cada decisión presidencial. Reducir a millones de personas a una sola intención empobrece el análisis y prepara nuevos errores.
¿Y qué pasaría con ICE?
Para millones de inmigrantes y sus familias, las consecuencias de estas elecciones podrían sentirse en una detención, una separación o la incertidumbre de regresar a casa. El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, conocido como ICE, seguiría dependiendo del Departamento de Seguridad Nacional y de la conducción del Ejecutivo en los tres escenarios. Lo que cambiaría sería el respaldo político, la intensidad de la supervisión legislativa y la capacidad de negociar recursos y restricciones.
Si los republicanos conservaran ambas cámaras, Trump podría interpretar el resultado como respaldo para mantener o profundizar su política de detenciones y deportaciones. Encontraría, previsiblemente, un Congreso más dispuesto a sostener sus prioridades, aunque eso no eliminaría las diferencias internas ni los controles judiciales. Una victoria electoral tampoco ampliaría por sí sola las facultades legales de los agentes: ICE seguiría obligado a actuar dentro de la ley y a respetar los derechos aplicables a cada persona.
Si los demócratas ganaran solamente la Cámara, podrían intensificar las investigaciones sobre operativos, condiciones de detención, contratos y denuncias de abusos; exigir documentos y explicaciones, e intentar condicionar futuras asignaciones de recursos a mayores garantías de transparencia y rendición de cuentas. Pero no dirigirían los operativos ni podrían suspender por sí solos las deportaciones. Además, una parte importante de la financiación de ICE ha sido aprobada para varios años: bloquear nuevas partidas no significa que la agencia se quede inmediatamente sin recursos.
Si los demócratas conquistaran ambas cámaras, tendrían mayor capacidad para coordinar la fiscalización e impulsar cambios legales, restricciones al uso de fondos o la retirada de recursos todavía no comprometidos. También podrían promover garantías adicionales sobre identificación de agentes, registro de actuaciones, atención a detenidos y mecanismos de denuncia. Sin embargo, esas propuestas tendrían que superar los procedimientos legislativos y un posible veto presidencial. Un Senado demócrata podría examinar con mayor rigor nuevos nombramientos sujetos a confirmación, pero no reemplazar automáticamente a quienes ya ocupan sus cargos. Por tanto, ninguna de las tres combinaciones garantizaría por sí sola la desaparición de ICE, una regularización migratoria o el fin de las deportaciones. La diferencia estaría en cuánto respaldo encontraría la política presidencial y cuántos controles efectivos enfrentarían sus actuaciones. Para las familias, esa diferencia puede ser profundamente importante. Un Estado tiene la responsabilidad de aplicar sus leyes; también tiene la obligación de impedir que, al hacerlo, la arbitrariedad sustituya al procedimiento y la dignidad humana quede a merced de una orden. La distinción sobre los fondos plurianuales es especialmente importante: limita cuánto podría cambiar la operación de ICE mediante la sola negociación del presupuesto anual.
Al final…
La pregunta que dejarán estas elecciones será cuánto poder debe concentrarse y cuánta responsabilidad están dispuestos a asumir quienes lo reciben. Un país necesita gobernantes capaces de decidir y ciudadanos capaces de ponerles límites. Necesita una oposición que investigue con rigor y un Ejecutivo que comprenda que rendir cuentas forma parte de gobernar. Detrás de cada escaño hay una vida que no cabe en los discursos: una madre calculando si podrá pagar un medicamento, un trabajador que teme perder su empleo, una familia inmigrante que espera una respuesta, un joven que intenta imaginar su futuro sin sentir que todo está decidido de antemano. María Mercedes Gessen me aporta una reflexión: “Debemos mirar también lo que ocurre dentro de las familias cuando la incertidumbre política entra en sus hogares. El miedo al mañana puede acompañarlas a la mesa, alterar su descanso y hacer más difícil escucharse. Quien gobierna debería recordar que sus palabras pueden alimentar esa angustia o ayudar a contenerla. La tranquilidad de una sociedad también se construye cuando las personas sienten que sus derechos serán respetados, incluso si votaron por quien perdió”.
Ninguna de esas personas debería convertirse en rehén de una disputa presupuestaria ni en material de campaña permanente. La política pierde su sentido cuando olvida que administra decisiones cuyas consecuencias padecen otros. La medida humana del poder está también en lo que una familia puede dejar de temer.
El 3 de noviembre se contará quién ganó. En los meses siguientes habrá que observar algo más difícil de medir: quién supo escuchar. Porque la madurez de una democracia también se revela cuando el vencedor acepta que su victoria tiene límites y el derrotado comprende que el país sigue siendo suyo... Hasta la próxima y que la Divina Providencia Universal nos acompañe, apreciado lector… Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en psicologosgessen@hotmail.com...
Apéndice: Antes de imaginar el cambio…
… debemos comprender sus límites. El nuevo período del Congreso comienza el 3 de enero de 2027. Una victoria opositora en noviembre no sustituye a las autoridades legislativas hasta enero de 2027, y tampoco termina el mandato presidencial. Entre las elecciones y enero, el Congreso saliente conserva sus atribuciones con la actual composición. Ese intervalo podría adquirir importancia para aprobar acuerdos o acelerar confirmaciones pendientes. Estados Unidos no es un régimen parlamentario en el cual perder la mayoría legislativa obliga al presidente a abandonar el gobierno. Trump conservaría sus atribuciones ejecutivas. Para aprobar una ley, ambas cámaras deben acordar el mismo texto y remitirlo al presidente. Si este lo veta, superar su veto exige dos tercios de los votos en cada cámara, con el cuórum correspondiente. Una mayoría electoral ordinaria no proporciona automáticamente semejante capacidad. Además encontramos otra diferencia esencial, controlar el Senado no equivale a poder aprobar cualquier legislación. Bajo las reglas vigentes, cerrar el debate frente a una obstrucción requiere normalmente 60 votos cuando están cubiertos los 100 escaños. Los nombramientos siguen una vía diferente y pueden confirmarse por mayoría simple. La reconciliación presupuestaria permite tramitar determinadas medidas fiscales por mayoría simple, pero tiene límites y tampoco elimina el veto presidencial.
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