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Chingos o castrados


La corrupción y otros vicios vuelven a una nación inútil. Foto: RobinHiggins, Pixabay

Los sobornos en la política para mantener el poder, tanto público como privado, el tráfico de influencias y otros males del mundo, no nacieron ayer. El primer caso de corrupción, por ejemplo, según algunos, se remonta al antiguo Egipto y se le conoce como el Tebasgate. Un hombre conocido como Peser, antiguo funcionario del Faraón, denunció en un documento, los negocios sucios de otro funcionario que se había asociado con una banda de profanadores de tumbas para vender los cadáveres o sus partes. El caso se cerró con un proceso en el que ningún funcionario púbico fue condenado, según relata el investigador egipcio Admed Saleh.


}Según dice Saleh, existen otros documentos que demuestran que la corrupción y otros males estaban enquistados en las sociedades antiguas. En un decreto del Faraón Horemheb, dictado en el 1.300 antes de Cristo, se recogen normas contra las prácticas corruptas: “Se castigará con implacable rigor a los funcionarios que, abusando de su poder, roben cosechas o ganado a los campesinos con el pretexto de cobrar impuestos. El castigo será de 100 bastonazos y la amputación de la nariz. Si el involucrado fuera un juez la pena sería de muerte”. El Faraón egipcio también obligaba a los traidores a jurar por sus partes íntimas cuando eran llevados ante un juez.


El combate contra la corrupción también se ha valido de otros instrumentos, en diversos países del mundo, por ejemplo: El método “Lingchi” o muerte lenta, se practicó por primera vez en China, antes de Cristo y fue abolido en 1905, consistía en que, los ejecutores iban retirando tiras de piel del cuerpo de las víctimas durante el transcurso de 3 días. Las primeras cosas que retiraban eran los ojos, las orejas y los testículos. El condenado sufría alrededor de 3.500 cortes antes de que la tortura parara. Los verdugos también podían ser sobornados para realizar un corte fatal desde el principio para que la víctima no tuviera que sufrir. Era el golpe de gracia. El terrible método también se aplicó en Vietnam y Corea.


Sin embargo, estos decretos y prácticas no han tenido todo el éxito esperado en vías de extirpar el virus de la corrupción, flagelo que se extendió a la Grecia clásica y llevó a Cicerón a cargar fuerte contra el poder establecido, cuando señaló: “todos robaban, todos saqueaban y entonces las riquezas comenzaron a considerarse un honor, la pobreza un oprobio y la honradez sinónimos de malevolencia”.


La corrupción no solo lubrica engranajes de un gobierno, también actúa como un ácido que corroe y expropia las necesidades de los más pobres. Por lo tanto, hay menos dinero público para aminorar las desigualdades económicas, promover los derechos humanos y las minorías, combatir la violencia y la inseguridad. La corrupción y otros vicios vuelven a una nación inútil “debido a que sus prácticas constituyen un abuso de poder y representa el incumplimiento deliberado de una cláusula importante del contrato social”, dice el intelectual mexicano Gabriel Zaid.


Bertolt Brecht, en su obra sobre Julio César, escribió: “La ropa de sus gobernadores estaba llena de bolsillos”. Luis XIV en sus memorias reconocía que “no hay gobernador que no cometa alguna injusticia, soldado que no viva de modo disoluto, señor de tierras que no actúe como tirano. Incluso el más honrado de los oficiales se deja corromper, incapaz de ir a contracorriente”. Napoleón Bonaparte solía decir a sus ministros que les estaba concedido robar un poco, siempre que administrasen con eficiencia.


En Roma, el potentado caminaba seguido por una nube de clientes. Cuanto más larga era su corte, más se le admiraba como personaje. Esta exhibición tenía un nombre: “adesectatio”, dice la crónica de la época. A cambio, el gobernante protegía a sus clientes, con ayudas económicas, intervenciones en sede política, entre otros. Los clientes, a su vez, actuaban como escolta armada. Para encontrar un empleo solía recurrirse a la commendatio, que era el apoyo para conseguirlo.


El historiador español, Sabino Perea Yébenes, señala que, durante el Imperio romano, los altos cargos estaban muy vigilados: “Los romanos tenían un concepto de la política diferente. Lo más importante era el honor. Para llegar a la cumbre, el candidato tenía que tener cu­rrículo, haber ocupado cargos, tener una educación y proceder de una buena familia. Pero, además, tenía que tener patrimonio, ya que había de presentar una fianza a principio del mandato. Cuando finalizaba, se hacían las cuentas. Si se había enriquecido, tenía que devolverlo todo”. En caso de corrupción, había dos penas muy severas: una era el exilio; la otra era el suicidio.


Según el escritor italiano, Carlo Alberto Brioschi, la corrupción es un fenómeno inextirpable porque respeta de forma rigurosa la ley de la reciprocidad. Según la lógica del intercambio, a cada favor corresponde un regalo interesado. Nadie puede impedirle a un partido en el poder que se cree una clientela de grandes electores que le ayuden en la gestión de los aparatos estatales y que disfruten de estos privilegios.


Leyendo el resumen del libro de Brioschi Breve historia de la corrupción, elucubro sobre la cantidad de personas sin nariz y sin testículos con que nos cruzaríamos, día a día, en nuestro país, si por alguna casualidad se llegara a aplicar alguno de esos decretos faraónicos.

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