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Argentinos, ¡a las cosas!: un libro para entender lo que somos (o lo que creemos ser)

Martín Kohan y Juanete numeran cosas que en Argntina tienen presente y pasado.
Martín Kohan y Juanete numeran cosas que en Argntina tienen presente y pasado.

Hay un café en la esquina de Corrientes y Acuña de Figueroa que se llama La Orquídea. No es un café de moda. No tiene WiFi intervenido por algún algoritmo que recomienda lo que supuestamente te gusta. Tiene mesas chicas por todas partes, mozos que no te apuran y esa luz cálida que en Buenos Aires parece cosa del pasado. Es el tipo de lugar donde todavía se puede tener una conversación que dure más que un story. Ahí me encontré, una que otra vez, con Martín Kohan.


No voy a fingir que somos amigos íntimos. Somos algo más interesante: conocidos que, cuando coinciden, hablan en serio. Y en una de esas tardes —creo que fue después de la

Feria del Libro de 2024, cuando Kohan sacudió el panel sobre la "batalla cultural" con esa frase que se volvió viral: que reventar el INCAA (Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales) no es ninguna batalla cultural, que es una arremetida contra la cultura, y que ojalá hubiera una batalla cultural de verdad— me quedé pensando en la precisión quirúrgica de su cabeza. En cómo toma una frase hecha y la desmonta como si fuera un reloj viejo. Sin violencia. Con bisturí.


Lo que no sabía entonces era que ese mismo método, aplicado a lo íntimo en lugar de a lo político, estaba por dar lugar a uno de los libros más placenteros que me tocó leer desde que llegué a este país.


Nací en Venezuela. Soy argentino por adopción, por elección, por los años que ya van y por el asado del que nunca me voy a ir. Pero hay algo en la argentina que, cuando uno viene de afuera, resulta impenetrable. No la burocracia —esa es universal. Me refiero a otra cosa: esa trama de referencias, gestos, objetos y derrotas compartidas que los argentinos dan por sentadas y que constituyen, silenciosamente, una lengua dentro del idioma.


Argentinos, ¡a las cosas! es el libro que me enseñó esa lengua.


El título es una provocación culta. Kohan toma la famosa exhortación de José Ortega y Gasset —quien llegó a Argentina en los años veinte y, con la arrogancia amable del intelectual europeo de visita, le pidió a los locales que dejaran la abstracción y se

concentraran en las cosas concretas— y la convierte en algo completamente distinto. Le

agrega los signos de exclamación que la frase original no tenía. Y le adosa una pregunta

de Nabokov: ¿qué cosas exactamente?


Esa pregunta es el libro entero.


Siguiendo las huellas de una serie de palabras con un método paranoico-crítico emparentado con el de Salvador Dalí, Kohan se pregunta sobre lo argentino a través de

veinticinco postales significativas en la construcción de lo que consideramos la argentinidad. No hay aquí especulación abstracta sobre el alma nacional. Hay, en cambio, un Renault 12. Hay la Ruta Nacional 3. Hay la pizzería Los Inmortales. Hay la mano de Maradona. Hay la mesa de La Biela. Hay un sillón, un puente, una firma.


Cosas. Cosas argentinas. Y Kohan mirándolas con esa mezcla de rigor y ternura que es su marca registrada.


El capítulo sobre Luis Ángel Firpo es, a mi juicio, el más bello del libro. La noche del 24 de septiembre de 1923, el boxeador argentino se enfrentó a Jack Dempsey en Nueva York y estuvo a punto de ganar. Derribó al campeón del mundo. Lo sacó del ring. Y después perdió. Kohan se pregunta: "¿Y no fue más argentino por eso, de alguna manera, al conjugar hazaña y derrota, al conjugar mérito y caída?".


Esa pregunta me electrizó la primera vez que la leí. Porque nombra algo que uno intuye pero no sabe cómo decir: que la argentinidad no es solo la gesta victoriosa, sino también —y quizás especialmente— la épica de quedarse cerca. De llegar hasta ahí. De perder con grandeza, o al menos con estilo.


Kohan trabaja no solamente la épica victoriosa, sino las derrotas: Maradona en la final del 90, la estatua y el cajón de Firpo, el hundimiento. "Una identidad que al mismo tiempo se afirma y vacila", dice. Para alguien que lleva años mirando a este país desde adentro pero también desde cierta distancia de origen, esa fórmula aclara mucho.


Hay otro capítulo que me marcó: el de la mano de Maradona. No el gol. La mano. El engaño devenido en mito. Kohan no lo juzga. Lo observa. Lo disecciona como quien sostiene contra la luz una moneda antigua para ver los relieves. Y lo que aparece debajo no es trampa ni gloria sino algo más raro: una negociación permanente entre lo que se hizo y lo que se quiso que signifique lo que se hizo. Argentina, en esa negociación, lleva décadas sin llegar a un acuerdo. Y eso también, dice Kohan —sin decirlo exactamente—, es argentino.


Me pregunto qué hubiera pensado yo de este libro si lo hubiera leído antes de venir a vivir acá. Probablemente nada, o muy poco. Un ensayo inteligente sobre un país ajeno. Pero lo leí después de años caminando Corrientes a las dos de la mañana, de discutir de fútbol con gente que no conozco, de aprender que el "sí, dale" puede significar exactamente lo contrario. Lo leí, en cierta forma, como un manual de lectura retroactiva de lo que ya había vivido sin entender del todo.


Y ahí está el mérito mayor de Kohan: escribir un libro que los argentinos necesitan para verse y que los extranjeros necesitan para entrar. Un libro que funciona en los dos sentidos, como esas calles de Buenos Aires que de día son una cosa y de noche son otra pero igual son la misma.


El punto de partida fue tomar en serio y a la vez no tomar en serio a Ortega y Gasset,

volviendo a la frase "argentinos a las cosas" y haciéndole dos movimientos: enfatizarla con signos de exclamación y adosarle la pregunta de Nabokov. Surgió así la idea de pensar lo argentino en cosas concretas, como una forma de estar por fuera de la especulación abstracta. Que un método tan sencillo produzca un libro tan rico dice mucho del escritor. Que ese libro exista dice mucho del país.


No sé si la próxima vez que cruce a Martín en La Orquídea le diga todo esto. Probablemente le pida un café y hablemos de otra cosa. Pero si me pregunta qué libro recomendaría para entender Argentina desde adentro y desde afuera al mismo tiempo, la respuesta es fácil.


Argentinos, ¡a las cosas! No es un libro de historia. No es un ensayo sociológico. Es algo más extraño y más valioso: es un libro que enseña a mirar. Y en un país donde todos hablan y pocos observan, eso es casi un acto subversivo.


Léanlo. Los argentinos, para reconocerse. Los que llegaron de otro lado, para entender dónde cayeron. Y los que todavía dudan si quedarse: para que vean que este país, cuando se lo mira bien, tiene una profundidad que no se agota.


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