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Más que un partido de fútbol

La icónica plaza del Obelisco, en Buenos Aires, fue escenario para festejar el triunfo sobre Inglaterra y la resistencia frente a España. Foto: Juanete
La icónica plaza del Obelisco, en Buenos Aires, fue escenario para festejar el triunfo sobre Inglaterra y la resistencia frente a España. Foto: Juanete

Las horas previas ya venían cargadas. La FIFA había prohibido el ingreso de banderas, camisetas, franelas o cualquier elemento alusivo a Malvinas al estadio, y la ministra de Seguridad salió a anunciarlo como si un trapo pudiera desatar algo que ochenta años de

diplomacia no resolvieron. Scaloni, antes de que arrancara todo, bajó la espuma con una

frase que ya conocíamos de memoria sin que él la dijera: "es solo un partido de fútbo"

la misma que Diego había repetido antes de saltar a la cancha en México 86, tratando de

bajarle el peso a algo que, para el resto del país, pesaba mucho más que noventa

minutos.


Yo lo vi en casa, con la tele de la cocina y la de la habitación prendidas al mismo tiempo, aunque lo que en el fondo quería no era mirar la pantalla sino escuchar el grito de mis vecinos, porque a nosotros la transmisión nos llegaba con unos segundos de delay y esos segundos de más eran justamente los que me hacían sentir que el gol pasaba en otro lado y llegaba tarde hasta mí.


Cuando Inglaterra abrió el marcador estaba tranquilo, casi raro de tranquilo, con esa calma un poco impostada que uno se pone cuando todavía falta mucho partido y prefiere no gastar los nervios de una. Pero el fútbol no perdona esa estrategia. A medida que pasaban los minutos y el empate no llegaba, la calma se fue yendo de a poco hasta que terminé sentado en el borde exacto del sofá, con el cuerpo más adelantado que la cabeza. Hubo dos pelotas que pegaron en el palo —una de Mac Allister que pasó tan cerca que por un segundo el grito ya estaba armado en la garganta y no salió— y esas dos maderas fueron, creo, las que terminaron de convencerme de que ese partido no se iba a definir por lo lógico.


Y entonces llegó el gol de Enzo Fernández, uno de esos que primero necesitas confirmar con el cuerpo antes de creerle a los ojos. El empate ya hubiera alcanzado para dejarme temblando el resto de la noche. Pero unos minutos después llegó el segundo: Lautaro Martínez, de cabeza, tras un pase de Messi que solo Messi puede pensar en ese momento del partido.


Con Florencia nos tomamos el subte en Los Incas y Triunvirato, y el vagón se fue llenando de gente que subía cantando, sumándose al coro sin que nadie lo organizara: "el que no salta es un inglés", "la cuarta estrella" y algún que otro clásico de cancha que hace rato dejó de necesitar cancha para salir. En algún momento del viaje alguien mostró en el celular la foto que ya corría por todos lados: Lo Celso con una bandera improvisada en una sábana de hotel,"Las Malvinas son argentinas" escrito a las apuradas, desplegada junto a Cuti Romero y Lisandro Martínez en pleno festejo. Bajamos derecho al Obelisco, que para cuando llegamos ya era una marea de gente que no se conocía entre sí, pero se abrazaba como si se conociera de toda la vida.


Para mí esa noche tuvo un peso extra que nadie a mi lado podía adivinar del todo. La final de Qatar la terminé viviendo en Chile, no en Buenos Aires, festejando desde afuera algo que sentía profundamente mío pero que me tocó vivir con otro acento alrededor. Esa vez no hubo Obelisco para mí.


Todavía falta la final, el domingo, contra España. Pero esa noche del 15 de julio, en ese

subte y en ese Obelisco, ya gané algo que Qatar me había dejado debiendo.


Y ahora si la final


La final, en cambio, la vivimos raro. La vivimos tranquilos. Y no porque no importara —era la final, la de la cuarta estrella y el tetracampeonato—, sino porque, comparado con lo de Inglaterra, esto era, efectivamente, "solo un partido de fútbol". Ahí no había ministra prohibiendo banderas, ni ochenta años de historia. Solo dos pueblos hermanos que serían rivales por más de 90 minutos. Había pizza, había amigos, había alguno que otro nervio de final, pero nada que se pareciera al agite de esa otra noche. Raro reconocerlo, pero contra Inglaterra jugábamos con algo adentro que, contra España, por suerte o por desgracia, no estaba.


Y en la cancha, la cosa fue de la misma calma tensa. España dominó con esa parsimonia

de equipo que sabe tocarla mil veces antes de tirar un centro, y Argentina se plantó atrás

a resistir como pudo. El Dibu Martínez volvió a hacer de Dibu, tapando lo que había que tapar, y el partido se fue apagando de a poco en un 0 a 0 que empezaba a oler a alargue.


Ahí, sobre el final del tiempo reglamentario, llegó el golpe: Enzo Fernández, que ya tenía amarilla desde el minuto 82 por protestarle al árbitro, se fue una entrada tardía y temeraria sobre Pau Cubarsí en el minuto 93 y el esloveno Slavko Vinčić no dudó: segunda amarilla, roja, a la ducha.


Diez contra once para el suplementario, justo lo que Argentina menos necesitaba. Y con

la Selección jugada al límite físico y anímico, el resto de la noche se sintió como jugar con la soga corta: Lisandro Martínez y Cuti Romero terminaron saliendo lesionados, y Tagliafico “bancó los trapos” hasta el final con una pierna que ya no daba más, todos síntomas de un plantel que había llegado justo, muy justo, al partido más importante.


Con diez, aguantar treinta minutos más contra España era pedirle demasiado al cuerpo. Y así fue: en el minuto 106, apenas arrancado el segundo tiempo suplementario, un centro de Pedro Porro desde la derecha encontró a Nico Williams peinando de cabeza para dejarle la pelota servida a Ferrán Torres, que definió con violencia y dejó a Dibu sin reacción. Gol de España. 1 a 0. Y ahí nomás, el trofeo cambió de dueño.


Se terminó el partido y, aunque suene contradictorio, la gente salió a festejar igual. No al estilo Obelisco desbordado del 15 de julio, pero sí con esa sensación de "dimos todo,

se jugó como se pudo, y el título más importante ya lo tenemos guardado hace cuatro

días". Porque para el hincha argentino, en el fondo, el partido que de verdad se sentía en

el cuerpo era el otro. España fue justa ganadora, jugó su fútbol de siempre, no se traicionó nunca, y esa Argentina que llegó a la final estaba lejos —muy lejos— de la que había levantado la Copa en Qatar o la que había hecho pedazos a Inglaterra apenas cuatro días antes.


Al final del día, uno se queda con las dos noches. Una para festejar un triunfo “por los pibes de Malvinas”; y otra para celebrar el segundo lugar, que ya no pesa tanto como las de Italia 90 a Brasil 2014.


Juan E. Fernández, Juanete



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