Una narrativa para la transición
- Horacio Biord Castillo

- hace 4 horas
- 3 Min. de lectura

"Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lc 23, 34). Se trata de unas de las
palabras de Cristo en la cruz. En la liturgia católica se utiliza esa frase para conmemorar la
pasión de Cristo en el sermón de las siete palabras. Constituye también una invitación al
perdón y a la misericordia. Aunque se refiere a la pasión y la condena de Cristo, podemos
entenderla como un mensaje que conmina a dejar atrás el rencor y el resentimiento. Esas
palabras de Jesús nos inspiran a pensar el momento actual que vivimos en Venezuela.
A pesar de esfuerzos significativos, según las circunstancias, en muchas transiciones
políticas no se ha logrado cauterizar, trascender o superar heridas que aún muchos años
después pueden supurar, alimentar resentimientos y odios sociales y hacer zozobrar
cualquier proyecto político. Por mencionar solo algunos cercanos, basta recordar los casos
de España y las profundas heridas de la Guerra Civil (1936-1939), iniciada hace noventa
años, y el régimen franquista, que se empezó a desmontar hace ya más de medio siglo; las
heridas que dejaron en Chile la turbulencia política del gobierno de Allende y la férrea
dictadura de Pinochet o la dictadura argentina con su violencia y su irrespeto a los derechos
humanos y a la vida de los opositores. Pensemos lo que pudiera pasar eventualmente en
Cuba y Nicaragua. Podemos rastrear situaciones similares en Colombia y Perú.
La transición venezolana, haya empezado realmente ya o esté por comenzar en algún
momento cercano, implica también la superación de tensiones, odios y rencores. Se impone
un ejercicio colectivo de perdón social, aunque sectores extremistas pudieran interpretar
esta distensión como traición, complacencia o complicidad con el contrario. Los delitos que,
por comisión u omisión, se hayan cometido deben ser juzgados por tribunales imparciales o
instancias internacionales. Debe, empero, prevalecer una actitud ecuánime en la sociedad.
Esto, visto con sinceridad y sin apasionamientos, es a todas luces necesario, pero no será
fácil. De allí, precisamente, la importancia de insistir en ello, aunque resulte no solo una voz
en el desierto, sino que implique condenas acríticas en redes y medios de comunicación
subordinados a intereses propangísticos, sin que sea posible generar debates consistentes
ni evitar que se someta al escarnio a quienes no están del todo de acuerdo o abogan por
posiciones conciliadoras.
Estas tensiones sociales han surgido principalmente de verdaderas acciones de represión y
exclusión, abusos de autoridad e irrespeto a las libertades y derechos humanos,
imposiciones ideológicas y uso de la fuerza bruta para repeler toda disidencia u oposición,
pero también de actitudes contrarias muy radicales. La superación de todo ello necesita
también de una narrativa polifónica convincente.
Será necesario construir una narrativa de reconciliación para una Venezuela, próxima quizá,
en la que se hayan liberado todos los presos políticos y los símbolos de la opresión se
hayan descartado. Será necesario igualmente hacer un balance equilibrado, ya que no
podrá ser imparcial, de los debes y haberes de estos años. Se debe procurar que la
preocupación social se valore y perfeccione y que la represión se condene, se supere y
nunca más se utilice como un arma de exclusión ideológica.
Narremos una transición pacífica, justa y presidida por ideales fraternos. Y que el Señor
perdone a quienes, de un lado o de otro, utilizan un lenguaje alejado de la concordia y
concitan así a la división y el aniquilamiento físico o moral del otro. No están conscientes de
lo que hacen.



Comentarios