Un bar donde la policía no encuentra nada

Estoy en plena desintoxicación de información, y no hablo de una dieta de moda sino de algo bastante más básico: reaprender a mirar el mundo con mis propios ojos y no a
través de una pantalla de seis pulgadas. El método tiene sus dificultades. El pulgar sigue
haciendo scroll por inercia, incluso cuando el celular está en el bolsillo, y cuando por fin
levanto la vista descubro que la calle seguía ahí, funcionando sin mi supervisión.
El mundo está terrible, claro. Me lo repiten por el celular, la tele, la radio y hasta con
señales de humo. Pero conviene hacer memoria: ¿cuándo no lo ha estado? Cada
generación ha creído vivir el peor momento posible, y la única diferencia real es que
antes la mala noticia llegaba con el periódico de la mañana y uno tenía el resto del día
libre para vivir. Lo dice alguien que se gana la vida con las noticias, así que tómenlo
como confesión de parte.
En esa búsqueda de contenido que me aislara de la realidad sin exigirme indignación a
cambio, volví a un podcast que sigo considerando maravilloso: El Bar de los Broder
Tolquin, un original de Spotify conducido por Raúl Cimas y Javier Coronas, producido
junto a El Terrat y estrenado en junio de 2021. Estos dos humoristas decidieron que lo
mejor que se podía hacer con un micrófono era sentarse a hablar de nada.
La premisa es una joya de la lógica absurda. Según la ficción con la que se presenta el
programa, en 2010 la policía instaló micrófonos ocultos en un modesto bar de Madrid
para desmantelar a una banda criminal peligrosa. El caso avanza y quedan las cintas:
según la presentación oficial de este experimento sonoro, se acumularon más de 43.000
horas grabadas en casetes de 90 minutos. Lo que sobró de la investigación es,
justamente, el podcast.
Lo que logran Cimas y Coronas es una comedia de una precisión rara, hecha de
anécdotas dudosas, discusiones sobre vocabulario y conversaciones que no van a
ninguna parte. En la mesa los acompañan los parroquianos del bar: El Pirata, Julio y
Julián, tres personajes que parecen haber nacido junto con el mostrador.
Lo mejor es que la investigación no avanza. Veintiséis cintas después, los cuerpos de
seguridad siguen sin tener nada. En un episodio, Coronas se enoja con el resto de los
parroquianos por unas quinielas. En otro aparece una sospechosa nueva llamada Paula y
nadie sabe quién es ni qué quiere. Mi favorito es cuando estos tertulianos de bar se
ponen filosóficos con los proverbios, los ríos y los puentes.
El Bar de los Broder Tolquin podría definirse como un caso criminal armado con la
materia prima de una sobremesa, y me dejó una lección para alguien que andaba
intoxicado de datos: escuchar sin concluir nada puede ser una forma perfectamente sana
de relacionarse con el mundo.
Cimas definió el podcast como un homenaje a "la sabiduría del bar", sobre todo a la que
nace en los bares pequeños de barrio, que según él dan fe de la vida del vecindario. Y
agrega algo que me pareció lo más honesto que he escuchado sobre el oficio de
informar: las anécdotas crecen a fuerza de contarlas, hasta convertirse en una historia
distinta de lo que realmente pasó. Después de años leyendo y escribiendo noticias, no
recuerdo una explicación más precisa de cómo se fabrica una.
Como argenzolano, sé reconocer una buena mesa de bar. Acá abundan esos lugares
maravillosos donde nadie llegó con un objetivo y todos se van con la sensación de haber
resuelto algo, aunque no sea cierto. Eso es lo que me devuelve el podcast, con una
ventaja adicional: puedo apagar la pantalla, guardar el teléfono y seguir escuchando
mientras miro la calle, que era justamente mi plan original.
El Bar de los Broder Tolquin está en Spotify Cada cinta dura unos treinta minutos, la policía sigue sin concluir nada y a mí, después de tanto titular, me parece una compañía excelente.




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