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Trump ante las urnas: Psicología de una derrota

hace 11 horas
15 min de lectura

¿Podría la derrota electoral de Trump cambiar su comportamiento político y alterar el rumbo de las guerras y los conflictos internacionales?... ¿En que afectará a EEUU, Irán, Ucrania, Rusia, China y Venezuela? ¿Sabrán asimilar la pérdida, la casa Blanca y el partido Republicano?



Un grave error de cálculo personal

 

La historia de las democracias nos enseña que ganar elecciones es importante, pero saber perderlas puede ser aún más trascendental. La victoria permite ejercer el poder. La derrota pone a prueba la relación que un gobernante mantiene con ese poder, con sus convicciones y con las instituciones que lo limitan. Este martes 3 de noviembre de 2026, los estadounidenses acudieron a las urnas para renovar los 435 escaños de la Cámara de Representantes y 35 puestos del Senado... Donald Trump pidió expresamente a los estadounidenses que, al acudir a las urnas, vieran su imagen reflejada en cada voto. Con ello, convirtió las elecciones legislativas en una suerte de referéndum sobre su propia gestión y liderazgo. Consideramos que allí cometió uno de sus errores políticos más significativos: confundir la lealtad de sus seguidores con el respaldo de toda una nación y sobreestimar su capacidad de influencia sobre el electorado. Una decisión que, a nuestro juicio, revela un exceso de confianza y una peligrosa dosis de prepotencia política. Al personalizar de tal manera la contienda, terminó convirtiendo también los resultados adversos en un cuestionamiento directo a su presidencia. Porque cuando un gobernante pide que cada voto sea interpretado como un juicio sobre su persona, debe estar dispuesto a aceptar tanto el reconocimiento de una victoria como el mensaje de una derrota. Los ciudadanos en realidad no eligieron presidente, lo rechazaron y a la vez renovaron la composición del Congreso que seguramente confrontará a Donald Trump durante los últimos dos años de su segundo mandato… ¿Cómo reaccionará política y personalmente Trump? ¿Podría una derrota modificar sus relaciones con los ciudadanos estadounidenses, con sus adversarios internos y, particularmente, con los dirigentes de Irán, Venezuela, Ucrania, Rusia y China o Israel?... Consideramos que debemos estudiar tres dimensiones inseparables, como son la psicología de la derrota, las consecuencias institucionales de un Congreso adverso y las posibles transformaciones de la política exterior estadounidense. Y no basta con preguntarnos qué hará Trump ya que debemos comprender cuáles y qué factores podrían influir sobre sus decisiones, qué límites encontraría y cuáles serían las consecuencias para Estados Unidos y para el resto del mundo…

 

El antecedente de 2020 cuando Trump perdió la presidencia

 

Existe un acontecimiento que no podemos ignorar. En noviembre de 2020, Donald Trump perdió las elecciones presidenciales frente a Joe Biden y se negó a reconocer públicamente la legitimidad de los resultados durante el período posterior a la votación. Denunció un supuesto fraude electoral generalizado, promovió impugnaciones judiciales y sostuvo una narrativa que fue rechazada por múltiples tribunales y que no encontró respaldo probatorio suficiente para modificar el resultado. Aquella experiencia terminó convirtiéndose en una de las crisis institucionales más importantes de la historia política estadounidense. Desde la psicología política, el episodio permite estudiar comportamientos observables, como el cuestionamiento de resultados, confrontación con adversarios y persistencia de una narrativa política. En 2020 Trump perdió personalmente la presidencia. Esta vez perdió parte del respaldo institucional de su gobierno, pero conserva la presidencia y sus atribuciones constitucionales. Diferencia que podría resultar decisiva…

 

Una derrota electoral no significa perder la Casa Blanca

 

La Constitución estadounidense establece una distribución de poderes que puede limitar las iniciativas presidenciales sin impedir el funcionamiento del Ejecutivo. Los demócratas seguramente impulsarán investigaciones, cuestionarán decisiones presupuestarias y dificultarán nuevas leyes propuestas por el presidente. Trump con sus facultades podría vetar las leyes propuestas y aprobadas por los demócratas, así como negociar acuerdos diplomáticos dentro de los límites constitucionales y ejecutar políticas autorizadas por el ordenamiento jurídico. Para superar un veto presidencial serían necesarias mayorías de dos tercios en ambas cámaras, muy difícil de lograr… Lo interesante es que la Casa Blanca ya está preparando este escenario. Una investigación de Reuters publicada el 1 de noviembre señala que colaboradores de Trump, entre ellos Stephen Miller y Russell Vought, han trabajado con los abogados presidenciales en alternativas para continuar determinadas políticas mediante facultades ejecutivas si los demócratas conquistaban el Congreso. Entre las áreas examinadas figuran inmigración, aranceles, vivienda y gasto federal. Esto revela que la administración no depende exclusivamente de una eventual reacción ante la derrota. También existe una planificación política e institucional anticipada. Asimismo, Trump podrá terminar gobernando con mayores obstáculos internos, pero conservando una considerable capacidad de iniciativa internacional…

 

¿Podría Trump reafirmar su liderazgo mediante la política exterior?

 

En las relaciones internacionales existe un concepto conocido como guerra de distracción, o diversionary war theory. Esta hipótesis plantea que algunos gobernantes podrían utilizar confrontaciones externas para desviar la atención de dificultades internas o intentar fortalecer el apoyo nacional. Las decisiones internacionales dependen de múltiples factores como amenazas reales o percibidas, evaluaciones militares, intereses económicos, relaciones con los aliados, información de inteligencia y restricciones institucionales. No obstante, la derrota podría modificar los incentivos políticos de la Casa Blanca. Podemos identificar tres orientaciones posibles. Uno: sería la reafirmación mediante la confrontación, intensificando presiones diplomáticas, sanciones o amenazas para conseguir concesiones y mantener la iniciativa política. Dos: sería la reafirmación mediante los acuerdos, al obtener resultados diplomáticos que permitan presentar la presidencia como capaz de resolver conflictos internacionales. Tres: sería la adaptación pragmática, al reducir los compromisos más costosos, negociar con adversarios y concentrar los esfuerzos en aquellos asuntos donde existan posibilidades de resultados concretos.

 

Irán: una guerra que podría definir el futuro de su presidencia


 

Existe una posibilidad real de que Estados Unidos reanude operaciones militares importantes después del desastroso resultado para de estas elecciones. No es solamente una especulación iraní: Informaciones de Reuters, Associated Press y NPR documentan preparativos militares, advertencias a países aliados y deliberaciones dentro de la administración Trump. Aunque, hay un dato del 2 de noviembre, donde Trump negó estar considerando nuevos ataques y afirmó que podría alcanzarse un acuerdo con Teherán. Por tanto, no podemos dar por decidida una ofensiva (AP). ¿Qué saben los iraníes y por qué se están preparando?: Tres informaciones ayudan a comprender la gravedad de la situación, el 1° de octubre reseña Reuters: que altos funcionarios iraníes revelaron preparativos para una represalia más amplia si Estados Unidos reanudaba ataques de gran escala. Se estudiaban posibles objetivos estadounidenses y de países que facilitaran operaciones militares contra Irán. El 20 de octubre fuentes iraníes afirmaron que Teherán consideraba posible una nueva ofensiva estadounidense y que se preparaba militarmente para ella. También describieron una estrategia negociadora influida por las elecciones estadounidenses. El 28 de octubre, Associated Press indica que diplomáticos confirmaron que Washington había advertido a varios aliados del Medio Oriente sobre posibles ataques posteriores a las elecciones y eventuales represalias iraníes contra instalaciones energéticas e infraestructura crítica. Estas informaciones permiten concluir que la preocupación iraní tiene fundamentos concretos. Pero prepararse para un ataque no significa tener información definitiva de que Trump haya ordenado realizarlo. En cuanto a la cuestión de las bombas tácticas hay una distinción fundamental. El 15 de octubre, ABC News informó que el Pentágono había preparado alternativas militares que incluían el empleo de la GBU-43/B, conocida como MOAB o “madre de todas las bombas”. Se trata de un arma convencional de enorme potencia, pero no de una bomba nuclear. Su potencia explosiva es equivalente a unas 11 toneladas de TNT, aproximadamente 0,011 kilotones. No debe confundirse con una bomba nuclear táctica, cuya potencia puede variar considerablemente y que produce efectos nucleares y radiológicos adicionales. El 16 de octubre, Trump declaró expresamente que no utilizaría armas nucleares contra Irán y aclaró que la MOAB no es nuclear. Otro dato es que Mientras los estadounidenses votaban Estados Unidos atacó objetivos iraníes. Reuters y Associated Press El 3 de noviembre, fuerzas estadounidenses realizaron ataques limitados contra objetivos iraníes en la isla de Qeshm, en el estrecho de Ormuz. Funcionarios estadounidenses describieron la operación como defensiva, vinculada a amenazas contra sus medios militares, y señalaron que no representaba el regreso a operaciones de combate de gran escala. Reuters+1 Este acontecimiento merece atención porque demuestra que la actividad militar no está completamente suspendida, aunque las negociaciones continúen.

 

El factor más preocupante

 

Podemos distinguir un escenarios de actuación presidencial: No es solamente la posibilidad de un ataque estadounidense, sino la reacción que Teherán ha anunciado. El 1 de noviembre, Mohsen Rezaei, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán, advirtió que su país respondería con armamento nuevo y ataques devastadores ante otra ofensiva. Ello podría poner en peligro instalaciones petroleras, bases militares y otros objetivos regionales. Nuestra conclusión es que la derrota legislativa de un presidente no conduce necesariamente a una guerra nuclear, pero puede cambiar el contexto político en el que se decide continuarla o terminarla. En el caso de Irán, la amenaza no es imaginaria ya que existen preparativos militares estadounidenses, advertencias a países aliados y declaraciones iraníes de represalias ampliadas. La gran incógnita es si Donald Trump considerará que puede conseguir mediante la diplomacia lo que no ha logrado obtener a través de las operaciones militares. Porque una ofensiva puede destruir instalaciones, pero no garantiza que desaparezcan las razones políticas, estratégicas y psicológicas que alimentan un conflicto…

 

Venezuela: ¿prevalecerá lo petrolero o la transición democrática?

 

 

Una derrota republicana podría introducir nuevas presiones legislativas sobre la política de Washington hacia Caracas. Los congresistas demócratas podrían investigar los acuerdos energéticos, revisar determinadas autorizaciones y exigir avances verificables en materia electoral, derechos humanos y garantías institucionales. Trump podría optar por preservar una relación pragmática que favorezca la estabilidad y el suministro energético, o aumentar las exigencias políticas para alcanzar una transición democrática. No necesariamente tendría que escoger una sola de estas opciones. Nuestra posición ha sido que Venezuela necesita una transición negociada, con garantías para los distintos sectores, recuperación institucional, participación ciudadana y un calendario electoral creíble. En ese contexto, una conversación entre Delcy Rodríguez y María Corina Machado podría contribuir a construir acuerdos, siempre que existan compromisos concretos y condiciones de seguridad y libertad política. Para Estados Unidos, el desafío sería no confundir estabilidad inmediata con solución democrática duradera. El petróleo puede contribuir a reconstruir una economía, pero no sustituye la legitimidad que solamente pueden conferir instituciones democráticas y elecciones libres. Y una derrota republicana no tendría por qué representar necesariamente un obstáculo para Venezuela. También podría abrir espacios para acuerdos bipartidistas sobre una transición pacífica.

 

Ucrania y Rusia: la oportunidad y los riesgos de una negociación

 

La guerra entre Rusia y Ucrania continúa siendo uno de los principales desafíos para la seguridad europea. Las relaciones entre Trump y Vladímir Putin, la asistencia estadounidense a Ucrania y las exigencias de seguridad de los países europeos constituyen variables decisivas. Reuters informó el 25 de octubre que un Congreso controlado por los demócratas podría impulsar nuevas iniciativas de asistencia a Ucrania y cuestionar decisiones de la administración relacionadas con las sanciones contra Rusia, pero el Congreso no podría sustituir al presidente en la conducción de las negociaciones diplomáticas. Trump podría intentar alcanzar un acuerdo que permitiera presentar el final de la guerra como uno de los grandes resultados de su segundo mandato. Pero la dificultad no reside únicamente en conseguir que Putin y Volodímir Zelenski acepten conversar. El problema fundamental es encontrar condiciones de seguridad, soberanía y cumplimiento que puedan sostenerse después de cualquier acuerdo. Un entendimiento que deje abiertas las causas de la guerra podría resultar temporal e inestable. Por eso, Europa también debe desempeñar un papel primordial. Los países europeos son directamente afectados por el resultado de la confrontación y por cualquier modificación de los compromisos estadounidenses. Trump al perder el control del Congreso, se encuentra con mayores presiones para fortalecer a Ucrania o revisar sus relaciones económicas con Rusia. Pero también podría buscar un acuerdo diplomático que disminuya los costos de la guerra. El desenlace dependería, sobre todo, de las posiciones reales de Moscú y Kiev, de la participación europea, y de las garantías internacionales disponibles.

 

China: el gran competidor que no desaparece con una elección

 

A diferencia de Irán o Ucrania, la relación con China implica una competencia estructural de largo plazo. Ambas potencias disputan influencia económica, tecnológica, comercial y militar. La inteligencia artificial, los semiconductores, las cadenas de suministro, el comercio internacional, el mar de China Meridional y Taiwán forman parte de una relación que no puede reducirse a las preferencias personales de dos presidentes. Una derrota legislativa podría aumentar el control del Congreso sobre determinadas políticas comerciales y tecnológicas. Pero no eliminaría las amplias facultades diplomáticas del Ejecutivo. Trump podría continuar negociando con Xi Jinping, buscar acuerdos comerciales o mantener restricciones sobre sectores considerados estratégicos. Un acuerdo económico significativo podría mejorar determinadas relaciones comerciales y contribuir a reducir incertidumbres para empresas y consumidores estadounidenses. También podría constituir uno de los resultados internacionales de mayor importancia para su legado. Sin embargo, una negociación comercial no resolvería automáticamente las tensiones militares alrededor de Taiwán ni la competencia tecnológica entre las dos potencias. La gran cuestión sería si Washington y Pekín pueden mantener una rivalidad estratégica sin transformarla en una confrontación militar. Algo semejante ocurre con Rusia porque las relaciones entre potencias nucleares exigen mecanismos de comunicación incluso cuando sus gobiernos mantienen desacuerdos profundos.

 

Israel, Europa y el orden internacional

 

Aunque Irán, Venezuela, Ucrania, Rusia y China ocupan buena parte de nuestra atención, no podemos ignorar a Israel y Europa. El Congreso estadounidense influye sobre la ayuda militar a Israel, las decisiones presupuestarias y las condiciones de cooperación internacional. Una mayoría demócrata podría intensificar el debate sobre el suministro de determinadas armas y las responsabilidades de Washington frente a los conflictos del Medio Oriente. Europa, entretanto, enfrentará la necesidad de fortalecer su autonomía estratégica y sus capacidades defensivas. Para los aliados de Estados Unidos, lo importante no es únicamente quién controla la Casa Blanca, sino también si Washington mantiene compromisos previsibles y si existe suficiente consenso institucional para respaldarlos. Una política exterior que dependa exclusivamente de decisiones presidenciales cambiantes puede generar incertidumbre entre aliados y adversarios, y cuando se combina con armas nucleares y conflictos territoriales, constituye un riesgo que ninguna nación debería subestimar…

 

Escenario para los próximos dos años

 

 

El presidente enfrentará investigaciones, mayores exigencias de supervisión y dificultades para aprobar nuevas leyes. En política exterior, podría producirse una combinación de confrontación interna, negociaciones diplomáticas y disputas presupuestarias. Trump encontrará mayores obstáculos institucionales para desarrollar su agenda. El Congreso podrá investigar, impulsar nuevas leyes, cuestionar gastos y aumentar la presión sobre sus decisiones internacionales. No obstante, el presidente conservaría el veto y sus atribuciones constitucionales. Sin mayorías suficientes para superar ese veto, los demócratas también necesitarán negociar. En este escenario, la capacidad de alcanzar compromisos adquiriría una importancia fundamental. Existe una enseñanza de la ciencia política que no debemos olvidar: controlar el Congreso no equivale a controlar toda la política exterior, del mismo modo que ocupar la presidencia no significa gobernar sin límites, y cuando se hace así se obtienen las consecuencias del martes pasado…

 

El factor humano: ¿confrontación, adaptación o negociación?

 

Regresemos a nuestra pregunta psicológica inicial: ¿Qué ocurre cuando un líder que ha construido su discurso alrededor de sus capacidades para conseguir resultados enfrenta una pérdida significativa de respaldo político? Pues bien, la derrota puede favorecer la reflexión, la búsqueda de nuevas estrategias y la negociación. También puede intensificar disputas políticas o fortalecer las convicciones anteriores. El comportamiento dependerá de la interpretación que se haga del resultado y de los incentivos que rodeen a cada decisión. Una decisión puede responder a un cálculo estratégico de seguridad nacional, a una presión institucional del Congreso, los tribunales o los aliados, o a objetivos políticos relacionados con la influencia presidencial, y el legado histórico. Frecuentemente responderá a una combinación de los tres. Si Trump intensifica las presiones contra Irán, no bastará con afirmar que actúa porque perdió una elección. Habrá que examinar los objetivos militares, las condiciones diplomáticas y las razones públicamente expuestas. Si negocia con Putin, tampoco podremos concluir que simplemente busca una victoria personal. Deberemos estudiar las condiciones del acuerdo, sus consecuencias para Ucrania y su viabilidad internacional. Y si acelera una transición venezolana, deberemos analizar sus efectos institucionales y democráticos, además de sus implicaciones petroleras. La psicología puede ayudarnos a comprender la conducta política. Pero no debe convertirse en un instrumento para atribuir intenciones sin evidencia.

 

Al final…

 

 

… Ahora conocemos mejor la voluntad electoral de los ciudadanos estadounidenses. Donald Trump deberá terminar la jornada con un Congreso adverso. Lo cual modifica las condiciones políticas de los últimos dos años de su presidencia. Afortunadamente, la democracia estadounidense no depende únicamente de quién gana una elección. Lo hace también de que sus dirigentes reconozcan las instituciones, acepten los límites del poder y comprendan que sus adversarios políticos representan igualmente a ciudadanos de la nación. La psicología nos recuerda que todos los seres humanos necesitamos reconocimiento, seguridad y una cierta percepción de control sobre nuestras vidas. Los gobernantes no son excepciones. Quienes ejercen responsabilidades de Estado deben aprender a distinguir sus aspiraciones personales de los intereses colectivos… En nuestras conversaciones, mi esposa María Mercedes Gessen nos incorpora una reflexión desde la psicología humanista: “Cuando una persona siente que pierde algo importante, lo que más necesita no siempre es recuperarlo, sino comprender qué significado tiene esa pérdida. A veces creemos que ser fuertes significa no retroceder nunca, cuando la verdadera fortaleza consiste en reconocer que hay momentos para cambiar de rumbo. Un gobernante también debería comprenderlo. Porque detrás de sus decisiones no solamente está su prestigio, sino las vidas de millones de ciudadanos que deseamos vivir sin miedo, criar a nuestros hijos, consentir a nuestros nietos y bisnietos y tener un futuro en paz”.

 

Coincido con María Mercedes, y agregaría que la fortaleza psicológica no debe confundirse con la inflexibilidad, ni la capacidad de liderazgo con la imposibilidad de reconocer errores. Recordemos que Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov, dirigentes de dos potencias enfrentadas durante la Guerra Fría, fueron capaces de negociar acuerdos de control de armamentos que contribuyeron a reducir los riesgos de una confrontación nuclear. Aquellos pactos no eliminaron las diferencias ideológicas, pero demostraron que la voluntad política puede transformar relaciones consideradas irreconciliables. Trump todavía dispone de más de dos años para influir sobre acontecimientos que determinarán el futuro internacional. Podría lograr una solución negociada con Irán, favorecer una paz sostenible en Ucrania, estimular una transición democrática en Venezuela y desarrollar mecanismos de cooperación y competencia responsable con China y Rusia. Pero por lo que hemos vistos en la historia de personajes obcecados, también podrían agravarse algunos de esos conflictos por decisiones extremistas de Estados Unidos, de sus adversarios o por la incapacidad de alcanzar compromisos. Por ello no podemos anticipar con certeza que la paz está por llegar. Las guerras tienen consecuencias que trascienden a quienes las ordenan. Y en un mundo que posee suficientes armas nucleares como para provocar una catástrofe de la civilización, las decisiones de los dirigentes de las grandes potencias adquieren una responsabilidad extraordinaria. El dilema no es cómo reaccionará Donald Trump, sino qué hará Estados Unidos con el poder que todavía conserva su presidente. Porque, al final, el liderazgo no se demuestra únicamente ganando elecciones, imponiendo condiciones o derrotando adversarios. También se demuestra cuando alguien acepta los mandatos de sus ciudadanos -entre ellos un no rotundo a la guerra y un grito por la paz- y comprende que alcanzarla puede requerir más coraje que continuar una confrontación... La mayor victoria que podría alcanzar un presidente en los últimos años de su mandato no sería vencer a sus enemigos políticos, sino contribuir a que sus compatriotas y el mundo vivan con menos miedo y mayores esperanzas… Hasta la próxima y que la Divina Providencia Universal nos acompañe, apreciado lector… Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en psicologosgessen@hotmail.com...








 

Apéndice psicológico:

La psicología de perder cuando se está acostumbrado a ganar

Una derrota no produce las mismas consecuencias emocionales en todas las personas. Su significado depende de la importancia atribuida al objetivo perdido, de las expectativas previas, de la identidad personal y de los recursos psicológicos disponibles para afrontar la frustración. Para algunas personas, perder representa una oportunidad de aprendizaje. Para otras, puede convertirse en una amenaza a la autoestima, al reconocimiento social o a la percepción de control… En el liderazgo político existe una dimensión adicional, porque el gobernante no solamente representa sus intereses personales, sino también las esperanzas, expectativas e identidades de millones de seguidores. Por eso, perder una elección puede interpretarse simultáneamente como un fracaso estratégico, una disminución de influencia y un cuestionamiento público del proyecto político que se defiende… Además, en el caso de Trump debemos ser cuidadosos. No conocemos su experiencia emocional íntima y sería inapropiado atribuirle un trastorno psicológico sin una evaluación clínica. Lo que sí podemos, en cambio, es examinar sus comportamientos públicos y aplicar los conocimientos de la psicología para comprender los procesos que suelen intervenir ante una derrota política, en su caso…

 

¿Los mecanismos defensivos u ofensivos?

De forma general en toda derrota están presentes cinco mecanismos psicológicos particularmente importantes. Primero: La amenaza a la identidad. Cuando una persona construye una parte significativa de su personalidad pública alrededor del éxito, la autoridad y la capacidad de conseguir resultados, una derrota puede cuestionar esa representación. En el ámbito político, el dirigente en alguna medida interpreta que no solamente ha perdido una votación, sino también una parte de su legitimidad ante los demás. La respuesta suele consistir en aceptar la nueva situación, modificar estrategias, reforzar las convicciones anteriores o intentar restablecer su influencia mediante nuevas iniciativas. El segundo mecanismo es la disonancia cognitiva. El psicólogo social León Festinger desarrolló, en 1957, la teoría de la disonancia cognitiva, según la cual las contradicciones entre nuestras creencias, decisiones y experiencias pueden generar una ansiedad, desasosiego y una presión que buscamos reducir. Imaginemos a un dirigente convencido de que su proyecto cuenta con un apoyo mayoritario. Si los resultados electorales contradicen esa convicción, deberá encontrar una explicación. Podría atribuir la derrota a problemas económicos, cuestionar las estrategias de campaña o reinterpretar el significado político del resultado. Pero también podría intentar desacreditar evidencias que contradigan sus expectativas. La teoría no permite anticipar cuál de estas respuestas escogerá una persona determinada, pero ayuda a comprender por qué reconocer una derrota puede resultar psicológicamente difícil. El tercero es la atribución externa de responsabilidades. Los seres humanos tendemos, en determinadas circunstancias, a atribuir nuestros éxitos a nuestras capacidades y nuestros fracasos a factores ajenos. La psicología social ha estudiado este fenómeno mediante investigaciones sobre los sesgos de atribución y la protección de la autoestima. En política, este mecanismo puede manifestarse cuando un dirigente responsabiliza a sus asesores, al partido, a los medios de comunicación, a las circunstancias económicas o a sus adversarios. Sin embargo, también puede existir una explicación estratégica como es desplazar responsabilidades, buscar conservar apoyos y evitar divisiones entre los seguidores. Por tanto, no debemos confundir automáticamente una estrategia comunicacional con un mecanismo psicológico inconsciente. El cuarto es la necesidad de recuperar el control. La percepción de control es fundamental para el bienestar psicológico y para la conducta humana. Cuando alguien pierde capacidad de decisión, puede procurar recuperarla mediante nuevas iniciativas, negociaciones, confrontaciones o modificaciones de su comportamiento. En un presidente, esa búsqueda puede adoptar formas políticas diversas, que van desde reorganizar parte de su gabinete y del cuerpo de asesores, cambiar prioridades, negociar con adversarios o utilizar facultades constitucionales para continuar gobernando. El quinto mecanismo es la preocupación por el legado personal. En el caso de Donal Trump es muy importante dado su comportamiento público de dejar una huella. Como todo gobernante también se enfrentan a una pregunta profundamente humana: ¿cómo seré recordado? La historia puede reconocerlos por su prosperidad económica, por las guerras que dirigieron, por los acuerdos internacionales que consiguieron o por la manera en que respetaron las instituciones. En Trump, como en cualquier presidente que se aproxima al final de su mandato, el problema del legado adquiere una dimensión política particular ya que las decisiones que tome entre 2027 y enero de 2029 influirán sobre la valoración histórica de su segunda presidencia.


Puede publicar este artículo o parte de él, siempre que cite la fuente del autor y el link correspondiente de Informe 21. Gracias. © Fotos e Imágenes Gessen&Gessen

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