¿Todavía crees que el pasado siempre fue mejor?
¿Fue mejor lo vivido o lo embellece el recuerdo? La ciencia y la historia revelan logros, retos y razones para ver el futuro con esperanza… Vivimos más, sabemos más y conquistamos derechos. ¿Por qué creemos que antes todo era mejor? Una mirada al progreso, la memoria y felicidad…
Lo que la añoranza nos oculta
Hay frases que parecen verdaderas porque llevan siglos acompañándonos. Una de ellas es que “el tiempo pasado fue mejor”. Se pronuncia ante una noticia terrible, una decepción política, una nueva música o canción, o ante una fotografía donde todavía sonríen quienes ya no están. Tiene la autoridad de lo repetido miles de veces y la intimidad de lo perdido. Pero ¿describe la historia de la humanidad o, muchas veces, la historia de nuestras emociones? Jorge Manrique escribió en sus Coplas por la muerte de su padre (en 1476, el siglo XV): “cómo, a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor”. 5 siglos y medio después, nuestra respuesta tiene que ser diferente: el pasado no fue, en términos generales, mejor que el presente en las posibilidades de sobrevivir, aprender, aliviar el dolor y ejercer derechos: vivir, pues. Tampoco podemos asegurar que cualquier futuro será mejor. Los avances son reales, pero pueden perderse. La esperanza necesita memoria y trabajo, no vive de garantías. Como psicólogos, reconocemos la verdad emocional de la nostalgia. Como observadores de la vida pública, debemos distinguirla de una evaluación histórica. Una persona puede haber sido más feliz hace treinta años sin que la humanidad viviera mejor entonces. Su sentimiento merece respeto, la generalización examen…
La investigación ayuda a entenderlo
Adam Mastroianni y Daniel Gilbert documentaron en Nature la persistente creencia en el deterioro moral en al menos sesenta países. Sin embargo, cuando los investigadores examinaron cómo las personas valoraban la conducta de quienes convivían con ellas en distintas épocas, no encontraron un deterioro equivalente al que tantos creían recordar. ¿De dónde surge, entonces, esa sensación de que cada generación es menos bondadosa que la anterior? Los autores sugieren que las noticias negativas que recibimos y la manera en que nuestra memoria transforma lo vivido contribuyen a esa impresión. El presente nos muestra sus heridas todos los días, mientras que el pasado llega hasta nosotros después de atravesar el filtro del recuerdo y de la idealización. El estudio no afirma que la humanidad sea cada vez mejor, pero invita a poner en duda esa sentencia, tantas veces repetida, de que ya casi no queda gente buena. Por nuestra parte reconocemos que detrás de un “antes era mejor” puede existir una pérdida personal. En el pasado estaban nuestros padres y nuestros abuelos. Había una voz que nos llamaba por nuestro nombre y una mesa donde todavía nadie faltaba. El futuro parecía tan extenso que apenas pensábamos en sus límites. Al decir que extrañamos aquella época, estamos diciendo cuánto evocamos a quienes la habitaban y quienes éramos nosotros entonces. Ese sentimiento merece ternura. Pero añorar una sobremesa no significa que deseemos volver a un tiempo con menos posibilidades de curar una enfermedad, menos libertades o más sufrimientos callados. Podemos llevar con nosotros lo que amamos del pasado y aceptar lo que hemos conquistado desde entonces. La memoria puede acompañarnos sin decidir por nosotros que lo mejor de la vida ya ocurrió sino que muy probablemente está por suceder.
Los hechos
Pensemos en la medicina. ¿En qué pasado querríamos enfermarnos?: ¡En ninguno de ellos!... Un estudio de modelización publicado en The Lancet estimó que la vacunación contra catorce enfermedades salvó al menos 154 millones de vidas sólo entre 1974 y 2024. De ellas, 101 millones correspondían a menores de un año. Son estimaciones, no un registro individual de personas rescatadas, pero permiten dimensionar un logro extraordinario de la cooperación científica y sanitaria. Detrás de esa cifra podemos imaginar cumpleaños que llegaron a celebrarse, madres que no tuvieron que despedirse de sus hijos, vidas que alcanzaron a descubrir el amor. La medicina no ha abolido la muerte, pero ha logrado aplazar millones de despedidas. El cambio excede a las vacunas. Las estimaciones internacionales reunidas por UNICEF indican que la mortalidad antes de los cinco años descendió de 93,5 por cada mil nacidos vivos en 1990 a 37,4 en 2024, una reducción del 60 %. Por eso importa asentir que esas muertes pueden evitarse, y ya hemos aprendido a hacerlo en una proporción mucho mayor.
También vivimos más. Naciones Unidas estimó la esperanza de vida mundial en 73,3 años para 2024, unos 8,4 años por encima de 1995. Indicador que resume más años de vida que anteriormente. Más seres humanos tienen la posibilidad de atravesar etapas de la vida que en el pasado muchos no alcanzaban. La pregunta sanitaria del presente se vuelve entonces más exigente ¿cómo convertir esos años adicionales en autonomía, bienestar y cuidados dignos? Haber avanzado nos permite aspirar a más. También nos obliga a que una atención eficaz no dependa del dinero o del lugar donde alguien nació.
La ciencia amplió, además, lo que podemos comprender. El Proyecto Genoma Humano, desarrollado entre 1990 y 2003, produjo una primera secuencia de referencia que aceleró el estudio de nuestra biología y sus aplicaciones médicas. No resolvió todos los misterios del organismo ni significó que cada enfermedad genética tuviera tratamiento. Abrió sí, un campo de posibilidades que nuestros antepasados no tenían. Los inventos también cambiaron la vida en lugares menos solemnes que un laboratorio, en la cocina, el lavadero, y el dormitorio donde alguien estudia después del anochecer… En Engines of Liberation, Jeremy Greenwood, Ananth Seshadri y Mehmet Yorukoglu desarrollaron un modelo económico sobre cómo las tecnologías domésticas contribuyeron a reducir el trabajo del hogar y facilitar la participación laboral femenina. Es una explicación de parte del cambio, no una atribución exclusiva porque las luchas por la igualdad y las transformaciones culturales también importan. Pero una lavadora puede parecer un objeto vulgar hasta que se piensa en las horas de esfuerzo que permite ahorrar. El progreso también consiste en disponer de tiempo para leer, descansar o elegir qué hacer con la propia vida. La comodidad no es necesariamente frivolidad ya que puede ser cansancio evitado.
En educación, los datos contradicen otra idealización. Según el seguimiento de la UNESCO publicado en 2026, la alfabetización mundial de adultos pasó del 81 % en 2000, al 88 % en 2024, en menos de una década. Saber leer impone una alternativa formidable para acceder al conocimiento y defenderse de quienes pretenden monopolizarlo. Podemos discutir, con razón, la calidad de la enseñanza actual. Pero en el pasado cientos de millones personas quedaban excluidas de las letras. La exigencia contemporánea es que la escuela enseñe a pensar y permita a cada estudiante descubrir sus capacidades. Un infante que aprende a leer recibe algo más que una herramienta, ya que puede empezar a escribir su destino…
La calidad material de vida también ofrece evidencia. Con la revisión de la línea internacional de pobreza a tres dólares diarios, expresados en paridad de poder adquisitivo de 2021, Naciones Unidas informó que unos 1.500 millones de personas salieron de la pobreza extrema entre 1990 y 2022… La precariedad, la vivienda inaccesible y la inseguridad económica siguen dañando vidas. Un promedio mundial tampoco invalida el empobrecimiento real de una familia o de un país. Sin embargo, reconocer estas heridas no exige borrar la reducción histórica de la miseria extrema. La pregunta razonable es cómo extender y sostener lo que ha funcionado…
En política debemos observar tanto las conquistas como sus límites. La Unión Interparlamentaria documentó que las mujeres pasaron de ocupar el 11,3 % de los escaños parlamentarios del mundo en 1995, al 27,2 % en 2025. Sigue siendo una representación insuficiente y no demuestra, por sí sola, la calidad democrática de cada parlamento, aunque sí registra una ampliación concreta de la participación femenina en los espacios de poder. No podemos ignorar que ese avance de mejora política ininterrumpida corre peligro. Freedom in the World 2026 registra veinte años consecutivos de deterioro de la libertad global: durante 2025, 54 países retrocedieron en derechos políticos y libertades civiles, mientras 35 mejoraron. Por lo que existen comparaciones con el pasado reciente en las que el presente sale perdiendo. Para defender el progreso debemos decirlo, y tomar nota para que el futuro corrija este paso atrás. Una de nuestras mayores conquistas, sigue siendo la formulación de derechos que pertenecen a toda persona. La Declaración Universal de Derechos Humanos, proclamada en 1948, reconoció la igualdad en dignidad y derechos y afirmó libertades relativas a la conciencia, la expresión, la educación y la participación política. Incluyó el consentimiento libre y pleno para contraer matrimonio. Su aprobación no ha eliminado cabalmente los abusos ni convirtió automáticamente cada artículo en una garantía efectiva. A pesar de ello, estableció un referente común desde el cual exigir responsabilidades.
¿Y el amor y la felicidad?
¿Acaso antes se amaba más porque las parejas permanecían juntas más tiempo? La duración, por sí sola, no distingue entre una unión feliz y una relación sostenida por el miedo, o la imposibilidad de marcharse. También existieron —y existen— matrimonios admirables y de fidelidades elegidas. El problema aparece cuando convertimos toda permanencia en prueba de felicidad. Betsey Stevenson y Justin Wolfers estudiaron las reformas que permitieron el divorcio unilateral en estados de Estados Unidos. Encontraron descensos en el suicidio femenino y la violencia doméstica asociados a esos cambios. La investigación analiza un contexto específico y no mide cuánto se amaba en cada época. Muestra que la posibilidad de salir de una relación puede tener consecuencias protectoras. Desde nuestra perspectiva psicológica, un vínculo gana dignidad cuando ambos pueden elegirlo. No podemos demostrar que hoy amamos más, pero sí defender que el amor tiene mejores condiciones para florecer donde existen consentimiento, autonomía y protección frente al abuso. Un “me quedo” adquiere otro significado cuando también es posible decir “me voy”… La felicidad exige una cautela semejante. No tenemos encuestas equivalentes que permitan comparar rigurosamente a toda la humanidad actual con la del siglo XV. Y sería un error suponer que cada invento o aumento del ingreso produce de forma automática una vida más feliz. Sí contamos con comparaciones recientes. El World Happiness Report 2026, basado principalmente en la Encuesta Mundial de Gallup, informa que, entre 136 países analizados, 79 registraron mejoras significativas en la evaluación de la vida y 41 experimentaron caídas, comparando 2006–2010 con 2023–2025. El panorama contradice una decadencia universal, aunque también recoge deterioros importantes en países occidentales y en el bienestar de sus jóvenes. En cuanto a los sentimientos, el presente puede ofrecernos más posibilidades y, aun así, encontrarnos acompañados —y una buena parte solos— frente a una pantalla. Esa contradicción merece atención, no una condena indiscriminada de toda nuestra época…
La guerra: ¿La excepción?
La guerra representa la cuestión más difícil de analizar. El conocimiento que ayuda a preservar la vida puede utilizarse para destruirla. El armamento nuclear introdujo una escala de devastación potencial que obliga a pensar en la supervivencia de sociedades enteras. Pero tampoco debemos imaginar un pasado bélico compasivo, ni afirmar que toda guerra contemporánea es necesariamente más mortífera que las anteriores. Cambian las armas, los contextos y la magnitud de las matanzas; el sufrimiento de las víctimas nunca es una abstracción. Sin embargo también hemos avanzado en la decisión de exigir responsabilidades por ese sufrimiento. El juicio principal de Núremberg, celebrado entre 1945 y 1946, marcó un hito al llevar ante un tribunal internacional a altos dirigentes nazis por crímenes contra la paz, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. Su trascendencia no consiste en que antes jamás se hubiera juzgado una atrocidad, sino en haber contribuido decisivamente a establecer que quienes gobiernan y dirigen ejércitos deben responder personalmente ante la justicia internacional. El poder no debía convertirse en un refugio para la impunidad… Los principios de Núremberg, formulados por la Comisión de Derecho Internacional de las Naciones Unidas en 1950, afirmaron que el cargo de jefe de Estado no exime de responsabilidad y que obedecer órdenes tampoco la elimina cuando existía la posibilidad de una elección moral. Desde una mirada psicológica, esto confronta una de las justificaciones más peligrosas de la crueldad: renunciar al propio juicio y entregar la conciencia a una autoridad. Ninguna sentencia podía devolverles la vida a las víctimas, pero juzgar a los responsables significaba reconocer que aquellas vidas no podían quedar reducidas a daños anónimos de la historia… Los datos recientes impiden afirmar que avanzamos continuamente hacia un planeta pacífico. Sin embargo, ese legado nos deja una conquista que debemos defender, como es la posibilidad de exigir cuentas a quienes convierten el sufrimiento humano en un instrumento de poder. La justicia sigue siendo incompleta y desigual, pero su promesa merece permanecer viva: que ninguna bandera, ningún cargo y ninguna orden basten para justificar una atrocidad... El Programa de Datos sobre Conflictos de Uppsala registró 61 conflictos armados con participación de al menos un Estado en 2024, la cifra más alta de su serie iniciada en 1946. Ese indicador cuenta conflictos pero no equivale al número de muertos ni permite afirmar que aquel fuera el año más letal… En la actualidad, la guerra en Irán y los nuevos enfrentamientos con Estados Unidos, junto con la persistente guerra de Rusia contra Ucrania, donde los ataques siguen cobrando vidas civiles, nos recuerdan que las conquistas de la humanidad pueden convivir con una devastadora incapacidad para resolver sus diferencias. A estos conflictos se suman amenazas muy peligrosas: Irán ha advertido sobre represalias contra instalaciones energéticas del golfo y un eventual enfrentamiento entre China y Estados Unidos por Taiwán entrañaría riesgos de escalada nuclear. A este panorama se añaden los distintos frentes del conflicto de Israel con sus adversarios: la persistencia de la violencia en Gaza y las acusaciones mutuas de incumplimiento del alto el fuego entre Israel y Hamás, los nuevos ataques entre Israel y Hezbolá en el sur del Líbano pese a la tregua y la intervención de los hutíes de Yemen, que lanzaron misiles contra Israel en apoyo a Irán. Son conflictos entrelazados que amenazan con extender la devastación y mantienen a poblaciones enteras bajo el miedo. Detrás de cada frente hay seres humanos cuyo deseo más profundo es poder vivir sin preguntarse si mañana seguirán juntos. Así, hemos aprendido a prolongar la vida pero todavía debemos aprender a protegerla de nuestras decisiones colectivas. Reconocer que el progreso exige también defender la diplomacia y recordar que ninguna victoria puede devolverles a los muertos el futuro que les fue arrebatado…
La paz
Al mismo tiempo, existe una construcción histórica considerable en favor de la paz. Desde 1948, Naciones Unidas ha desplegado 71 operaciones de mantenimiento de la paz. Esta trayectoria demuestra la institucionalización de esfuerzos colectivos para contener la violencia, aunque no permite suponer que su alcance crece todos los años ni que todas las misiones hayan cumplido sus objetivos. También existe evidencia académica sobre sus resultados. Lisa Hultman, Jacob Kathman y Megan Shannon encontraron, en su estudio de guerras civiles africanas, que mayores despliegues de personal militar y policial de la ONU se relacionaban con menos muertes de civiles. Los resultados dependen de capacidades y contextos y no autorizan a ignorar los fracasos. Sí muestran que proteger vidas mediante la acción internacional es una posibilidad concreta. Por eso podemos hablar de un desarrollo histórico de instituciones y conocimientos para la paz. Afirmar un crecimiento continuo de la paz mundial sería ir más allá de los datos. La esperanza más responsable consiste en fortalecer las herramientas que han demostrado proteger a las personas… ¿Será mejor el futuro? No lo sabemos. Podemos prolongar los avances en salud y educación, distribuir mejor sus beneficios y hacer más efectiva la protección de los derechos. También podemos desperdiciar esas posibilidades. La historia prueba nuestra capacidad de transformar condiciones que parecían inevitables. No certifica de antemano nuestras próximas decisiones…
El medio ambiente
Tampoco sería exacto dejar a la guerra lo más crítico. El cambio climático constituye otro deterioro real: el IPCC ha establecido la responsabilidad inequívoca de las actividades humanas en el calentamiento global. A ello se suman los retrocesos de libertades y los problemas de bienestar ya señalados. Reconocerlos permite corregir el rumbo, esconderlos debilitaría cualquier defensa del presente.
Al final…
… Cuando decimos que antes se vivía mejor, estamos buscando una puerta que el tiempo cerró. Detrás quedó la voz de nuestros padres, de los abuelos, de los abrazos ellos, o de una mesa donde todavía estábamos todos. Quisiéramos regresar apenas un instante, escuchar de nuevo cómo pronunciaban nuestro nombre, decir aquello que dejamos para después. Hay nostalgias que nacen de ese amor que sigue buscando a quién abrazar. Como psicólogos, sabemos que reconocer los avances del presente no borra esas ausencias. Ninguna estadística puede ocupar una silla vacía. Pero quienes tanto extrañamos, también habrían merecido una medicina capaz de concederles más años como a nosotros, un tratamiento que aliviara su dolor, una oportunidad que la época les negó. Quizá algunos de los progresos que hoy damos por sentados eran precisamente los milagros que entonces que ellos merecían. Conservemos del pasado lo que todavía puede darnos calor, la conversación sin mirar el reloj, la mano del vecino, la paciencia de los abuelos, el cuidado de unos por otros. Hagámosle espacio a esa herencia en la vida que estamos construyendo. Podemos llevarla con nosotros a un mundo donde más niños sobrevivan, más personas aprendan a leer, y nadie tenga que pedir permiso para vivir con dignidad… No, no es verdad que cualquier tiempo pasado fue mejor. Lo desmienten las vidas que hoy pueden salvarse, las voces que conquistaron el derecho a ser escuchadas y las personas que pudieron elegir un destino antes prohibido. El presente tiene heridas profundas. Algunas las hemos causado nosotros y nos corresponde repararlas. Pero también guarda posibilidades por las que lucharon generaciones que no alcanzaron a disfrutarlas… El futuro permanece abierto, y esa incertidumbre nos deja una responsabilidad y una esperanza. Cada niño que hoy nace recibirá algo de lo que decidamos hacer, de lo que consintamos y de lo que nos atrevamos a cambiar. Ojalá sepamos dejarle algo más que nuestros temores. Que el amor y la paz nos una a lo que fuimos y la esperanza nos recuerde que todavía hay felicidad por vivir. Que nuestros hijos, nietos y biznietos puedan mirar atrás con ternura y hacia adelante con ilusión. Que nos recuerden con amor, sin sentir que la felicidad se quedó a vivir en nuestro tiempo… Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos… Por favor, si desea hacernos un comentario o una consulta escríbanos a: psicologosgessen@hotmail.com.
María Mercedes y Vladimir Gessen, psicólogos.
(Autores de “Maestría de la Felicidad”, “Que Cosas y Cambios Tiene la Vida” y de “¿Qué o Quién es el Universo?”)
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