top of page

Steven Spielberg: No estamos solos en la Tierra

Ciencia, historia y conciencia convergen en una idea inquietante: no vemos toda la realidad, y quizás nunca estuvimos solos… De Ezequiel a Spielberg, una misma intuición persiste: lo desconocido no está lejos, sino fuera de lo que podemos percibir.



Otra vez Spielberg

 

¿Y si la revelación no es que llegan, sino que siempre han estado aquí, fuera de nuestra percepción y comprensión?... En su nueva y esperada película Disclosure Day, “El día de la revelación”, en español, el cineasta Steven Spielberg vuelve a situarnos frente a una de las preguntas más persistentes de la humanidad: ¿estamos realmente solos?... Aunque, fiel a su estilo, no lo hace desde el espectáculo de una invasión, ni desde la simple llegada de lo desconocido, sino desde algo más inquietante, como sería la posibilidad de que la gran revelación no consista en que otros aparezcan, sino en que comprendamos —quizás demasiado tarde— que siempre han estado aquí, pero fuera del alcance de nuestra percepción. Desde esa premisa, el cine deja de ser solo entretenimiento para mostrarnos nuestras propias limitaciones cognitivas, abriendo el camino hacia una reflexión más amplia sobre la naturaleza de estos fenómenos desde la realidad y la conciencia humana. Sobre todo cuando Spielberg declara lo que piensa y qué le motivo producir este film: Tengo la fuerte sospecha de que no estamos solos aquí en la Tierra ahora mismo” … 

 

El giro psicológico: de afuera a adentro

 

La hipótesis —que suponemos estará presente en este film— nos sugiere una narrativa inquietante, que nos hace preguntar, ¿si las inteligencias no humanas no vienen del espacio, han coexistido con nosotros en la Tierra?... Este cambio no es simplemente un recurso de guion. Es un giro psicológico de impacto porque si lo lejano genera fascinación, lo cercano desconocido origina una desestabilización existencial en nuestro planeta, ya que introduce una interrogante incómoda —y difícil de evadir—¿Qué más está aquí… que no percibimos, y que no nos hayamos dado cuenta?

 

“Lugares invisibles” de la realidad: entre ciencia y percepción


 

Pensamos que son tres posibles espacios hasta ahora. La ficción —y, en ocasiones, la especulación científica— se han explorado tres escenarios recurrentes:

 

1. Las Profundidades oceánicas son un mundo casi inexplorado. Oscuro, vasto, silencioso. Más del 80% del océano permanece sin explorar de manera detallada, según estimaciones de la National Oceanic and Atmospheric Administration. Las profundidades marinas —particularmente la zona abisal y hadal— presentan condiciones extremas, con presiones aplastantes, ausencia total de luz solar, y temperaturas cercanas al punto de congelación. A pesar de ello, la biología ha demostrado algo crucial, que la vida no solo es posible en estos entornos, sino sorprendentemente diversa. Los llamados extremófilos —organismos que prosperan en condiciones extremas— han sido ampliamente estudiados (Rothschild & Mancinelli, 2001, Nature), revelando que la vida puede adaptarse a nichos que antes se consideraban inhabitables. Desde el punto de vista cognitivo, esto introduce una idea fundamental, de que la realidad biológica excede ampliamente lo que la experiencia humana cotidiana puede imaginar. Y se abre una pregunta: ¿Es posible vida marina inteligente, allá en los mares?

 

2. En el Subsuelo terrestre existen cavernas, sistemas ocultos, geografías no palpables, desconocidas. Investigaciones recientes han revelado la existencia de una biosfera profunda en el subsuelo terrestre. Estudios publicados por el Deep Carbon Observatory (2018) estiman que una fracción significativa de la biomasa del planeta se encuentra a varios kilómetros bajo la superficie, compuesta principalmente por microorganismos. Lo cual nos declara la posibilidad de vida biológica. Asimismo, exploraciones espeleológicas han descubierto sistemas cavernosos de enorme complejidad, con ecosistemas propios, aislados durante millones de años. Como señalan distintos autores de la geobióloga, el subsuelo representa: “una de las fronteras menos comprendidas de la vida en la Tierra”. Esto plantea una cuestión epistemológica relevante: No solo desconocemos qué hay ahí, sino que nuestras herramientas y sentidos son insuficientes para percibir directamente y preguntarnos si ¿hay vida inteligente allí?


 

3. La idea de “capas de la realidad” de dimensiones no accesibles a nuestros sentidos que se invocan desde la física contemporánea, adquiere un significado técnico. Hipótesis y desarrollos teóricos como la Teoría de cuerdas sugieren la posible existencia de dimensiones adicionales más allá de las tres espaciales y del tiempo (Greene, 1999; Kaku, 2005). Aunque estas dimensiones no han sido observadas directamente, forman parte de modelos matemáticos consistentes que buscan unificar las leyes fundamentales del universo. Por otro lado, la física cuántica ha mostrado que una parte significativa de la realidad no es accesible a la percepción directa. Lo que percibimos constituye apenas una fracción del espectro electromagnético, y fenómenos como el entrelazamiento cuántico desafían nuestra intuición clásica sobre espacio, tiempo y causalidad. A esto se suma la perspectiva de la neurociencia. Autores como Anil Seth (2021, Being You) sostienen que la percepción es una especie de “ilusión controlada”: una simulación interna que el cerebro genera constantemente a partir de predicciones, corregidas por señales sensoriales. En otras palabras, no vemos el mundo tal como es, sino como nuestro sistema nervioso puede interpretarlo. Esta idea, respaldada por investigaciones en neurociencia cognitiva y teorías como el predictive processing, sugiere que la realidad percibida no es una copia fiel del entorno, sino una construcción funcional que nos permite orientarnos y sobrevivir. Desde esta perspectiva, la pregunta deja de ser únicamente qué existe “ahí fuera”, y se transforma en algo más relevante: ¿Qué parte de la realidad queda fuera de esa construcción cerebral? ¿Quiénes —o qué— fueron aquellos que distintas culturas llaman ángeles, espíritus, fantasma o presencias?


 

El tiempo y las realidades paralelas: Otra dimensión que merece consideración es el tiempo —aún debatida en la comunidad científica— donde ciertos fenómenos pudieran implicar formas de interacción con realidades distintas a nuestro espacio-tiempo convencional. Mientras que numerosos físicos sostienen que el desplazamiento entre dimensiones o universos permanece altamente especulativo y sin evidencia empírica (Carroll, 2016), otros investigadores, desde marcos teóricos como la cosmología inflacionaria y la interpretación de los “muchos mundos” de la mecánica cuántica, han planteado la existencia potencial de múltiples realidades coexistentes (Tegmark, 2003; Everett, 1957). Incluso desde la física más rigurosa, la idea de una realidad más amplia no resulta ajena. Albert Einstein, al desarrollar la teoría de la relatividad, mostró que el espacio y el tiempo forman una estructura dinámica capaz de curvarse y, en ciertos modelos teóricos, de conectar regiones distantes a través de los denominados puentes Einstein-Rosen. Décadas más tarde, Stephen Hawking exploró las propiedades extremas del espacio-tiempo y consideró plausible la existencia de múltiples dimensiones y formas de vida en el Universo (Hawking & Hertog, 2018; Hawking & Mlodinow, 2010), aunque advirtió sobre los riesgos del contacto con inteligencias más avanzadas. Ninguno de ellos afirmó la existencia de encuentros con seres de otros dominios del espacio-tiempo. Sin embargo, sus teorías dejaron abierta la posibilidad de que la realidad sea mucho más compleja —y menos accesible— de lo que nuestra percepción y sentido común permiten imaginar. En este contexto —y siempre dentro del terreno de la hipótesis— algunos autores han sugerido que determinados encuentros reportados a lo largo de la historia podrían interpretarse no necesariamente como visitas desde otros planetas, sino como posibles interacciones con entidades provenientes de otros dominios del espacio-tiempo, pertenecientes a civilizaciones con capacidades tecnológicas que exceden nuestro marco actual de comprensión. Lo cierto es que ninguno de estos escenarios cuenta con evidencia de civilizaciones ocultas. Pero todos comparten algo esencial: Son espacios donde la percepción humana deja de ser confiable.

 

4. La convivencia inteligente desde los inicios la vemos en la historia porque estrictamente hablando, seres como los humanos no hemos estado solos. Durante miles de años, los Homo sapiens coexistieron con otras especies inteligentes como los Neandertales, con quienes incluso compartieron territorio, cultura e intercambio genético. Esta realidad, hoy ampliamente documentada por la paleoantropología, introduce una idea clave, la de la convivencia con “otros” que no es ajena a nuestra historia, sino parte de ella.


 

En paralelo, los textos antiguos —desde la Biblia, pasando por otros libros sagrados de otras religiones, hasta el Libro de Enoc— describen la presencia de seres que no encajan del todo en la categoría de lo humano: dioses y semidioses. “Los hijos de Dios se unieron con las hijas de los hombres, y de esa unión surgieron descendientes extraordinarios, asociados como los nefilines, de fuerza descomunal como Sansón, o entidades que interactúan con los hombres desde una condición distinta. También aparecen querubines y serafines, entidades con características no humanas, asociadas a funciones cósmicas y simbólicas más que biológicas. En el Libro de Enoc, los Vigilantes (Watchers, siglo III–I a.C.) descienden del cielo, interactúan con los humanos y transmiten conocimientos. En la tradición mesopotámica, los Anunnaki son descritos como seres que descienden del firmamento y participan en la organización del mundo humano.

En la tradición hindú, textos como el Mahabharata describen a los devas y asuras, entidades con capacidades superiores, involucradas en conflictos cósmicos y en interacción con los humanos.

En la mitología griega, los dioses olímpicos —aunque claramente simbólicos— interactúan directamente con los humanos, generando linajes híbridos —héroes semidivinos como Heracles— y en diversas tradiciones indígenas de América, se habla de seres celestes o “gente del cielo” que descienden para enseñar, advertir o intervenir en la vida humana.

Más allá de la interpretación religiosa o simbólica, estos relatos comparten una intuición persistente, la de una humanidad que no habría estado completamente sola al menos en sus orígenes. La pregunta, entonces, no es nueva —pero adquiere hoy una forma distinta— ¿Podría esa convivencia haber adoptado otras formas, menos evidentes, y actuar incógnitos a lo largo del tiempo? Resulta sugerente una línea presente en los avances o tráiler de Disclosure Day, de Steven Spielberg, donde se plantea si “7 mil millones de personas” deberían conocer la verdad. Más que una cifra, esta frase parece insinuar un acompañamiento entre seres que conviven, porque los humanos somos más de 8 mil millones. Así, la hipótesis deja de girar exclusivamente en torno a la existencia de “otros”, y se desplaza hacia algo más sutil, la posibilidad de que la convivencia no haya sido evidente, sino invisible… integrada en los límites mismos de nuestra percepción.

 

El cine como laboratorio de lo posible

 

Desde Close Encounters of the Third Kind hasta hoy, el cine ha funcionado como un territorio donde la humanidad ensaya sus preguntas de mayor incertidumbre. Lo relevante es que el foco ha cambiado en las presencias, antes llegaban en naves del espacio, ahora serán entes ya existentes en el planeta. Antes el contacto era externo, ahora la revelación es interna, antes la exploración se centraba en el Cosmos, ahora la es además en el planeta. Este desplazamiento no es trivial. Es el reflejo de una transformación cultural más amplia. Incluso, si la narrativa no lo plantea de forma literal, la idea contiene una lectura más intensa, donde los “otros” pueden representar todo aquello que existe fuera de nuestro marco mental. Como señalamos no percibimos la realidad completa, sino aquello que nuestro cerebro puede procesar y admitir. En ese sentido, la “revelación” podría no ser biológica… sino consciente en descubrir que la realidad es más amplia que nuestra mente…


 

¿Por qué esta idea aparece ahora en un film?

 

Pues, no la estimamos como casual. Vivimos en una época en la que la ciencia cuestiona la naturaleza misma de la realidad, en tanto que la inteligencia artificial redefine qué entendemos por inteligencia, y mientras que la conciencia comienza a ser abordada como un fenómeno investigable. En esa situación y su narración, el extraterrestre clásico —el que llega desde lejos— empieza a resultar insuficiente. El tema se vuelve más radical y se indaga ¿si lo desconocido no está lejos sino fuera de nuestro rango de percepción?

 

Al final…

 

… Durante siglos, la humanidad levantó la mirada hacia el cielo buscando respuestas. Creímos que el misterio habitaba en las estrellas, que lo desconocido venía de lejos, que la revelación sería un acontecimiento externo, visible, innegable. Pero quizás nos equivocamos de dirección. Quizás la gran revelación —si es que existe— no consista en descubrir que alguien llega… sino en aceptar, con una mezcla de asombro y vértigo, que nunca habríamos estado completamente solos. No necesariamente en el sentido físico que nuestra imaginación ha querido imponernos, sino en un sentido más lógico, más sutil, más difícil de captar, como sería que la realidad siempre ha sido más amplia que nuestra capacidad de observación. Porque ver, no es solo abrir los ojos, ya que significa comprender, lo que implica reconocer los límites de aquello que creemos conocer. Nuestra civilización humana ha construido culturas, ciencia, tecnología, sistemas de pensamiento extraordinarios. Hemos descifrado el genoma, explorado el Cosmos, penetrado en la materia hasta sus niveles más íntimos. Y, sin embargo, seguimos habitando una franja estrecha de cuanto existe, una versión interpretada, filtrada, reconstruida por nuestro cerebro para hacerla habitable. Una “verdad suficiente”… pero no necesariamente completa. Tal vez, a lo largo de la historia, las culturas no hablaban de lo imposible, sino de lo incomprensible. Tal vez los nombres cambiaron —ángeles, dioses, espíritus, presencias— pero la intuición permaneció intacta: la sensación persistente de que hay algo más, de que en el Universo y en la Tierra no estamos solos. Algo que no terminamos de ver. Que no sabemos nombrar. Algo que, sin embargo, vislumbramos. Y quizás esa intuición —repetida a lo largo de milenios, en lenguas distintas, en culturas separadas— no sea un error colectivo, sino una pista. No una prueba… pero sí una señal. Porque toda gran transformación en la historia humana ha comenzado con una sospecha, la de que lo que dábamos por cierto era apenas una parte de la verdad. Y tal vez hoy estemos, una vez más, en ese umbral. No ante la llegada de otros… sino ante la expansión de nuestra propia conciencia. No frente un descubrimiento externo… sino sobre una revelación interna.


 

Una revelación que no se impondrá con estruendo como señalara Ezequiel en su libro bíblico, ni con luces en el cielo como en el Mahabharata, ni con declaraciones de presidentes como Trump y Obama de que “son reales”. Más bien, con algo más silencioso… aunque más poderoso, como sería la progresiva comprensión de que el mundo —y quizás nosotros mismos— siempre han sido más vastos, más complejo y más misterioso de lo que hemos podido aceptar. Y entonces, la pregunta final ya no será si existen otros. Será esta: ¿Estamos dispuestos a reconocer que hay verdades que aún no comprendemos, realidades que aún no percibimos… y presencias —o dimensiones de existencia— que podrían haber estado siempre aquí, esperando no ser descubiertas… sino comprendidas? Porque tal vez la revelación no consiste en que algo aparezca. Quizás consiste en que, por fin, aprendamos a ver…

Por favor, sus comentarios en: psicologosgessen@hotmail.com. Hasta la próxima entrega… Que la Divina Providencia del Universo nos acompañe a todos.


 


 


 

 

Puede publicar este artículo o parte de él, siempre que cite la fuente de los autores y el link correspondiente de Informe 21. Gracias. © Fotos e Imágenes Gessen&Gessen

21

¡Gracias por suscribirte!

Suscríbete a nuestro boletín gratuito de noticias

Únete a nuestras redes y comparte la información

  • X
  • White Facebook Icon
  • LinkedIn

© 2022 Informe21

bottom of page