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¿Qué proponen María Corina y Delcy a Venezuela?

¿Cuáles son los modelos de gobierno a seguir que se comentan en el mundo político venezolano? ¿El modelo ruso? ¿El de la China o el polaco?... Mejor aún: ¿Podremos lograr un modelo venezolano como la mejor salida al atolladero en que se encuentra nuestro país?...



En medio de la dolorosa tragedia en que se encuentre Venezuela, un joven de las nuevas generaciones —que ha vivido buena parte de su vida durante el régimen chavista— me formuló una pregunta tan sencilla como inquietante: "¿Podría Delcy Rodríguez convertirse en la Gorbachov o la Deng Xiaoping de Venezuela?". Su interrogante me llevó inmediatamente a recordar una vieja frase de El Gatopardo: "Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie"… Lo que nos lleva a preguntarnos: ¿Vivimos una transformación destinada a preservar el régimen chavista, o ante cambios que terminarán modificándolo por completo?... ¿Estamos frente al inicio de una transición semejante a la de China después de Mao?, o ¿nos aproximamos a un escenario más parecido al de la Unión Soviética de Gorbachov? Y dentro de esas interrogantes aparecen otras aún más provocadoras: ¿podría Delcy Rodríguez convertirse en la Deng Xiaoping o en la Gorbachov de Venezuela?, o ¿María Corina Machado tomaría el camino de Lech Wałęsa en Polonia?... La cuestión no es tan descabellada como parece: A lo largo del siglo XX, los grandes sistemas comunistas enfrentaron un mismo desafío, el de cómo sobrevivir cuando su modelo económico deja de funcionar. Hoy, en pleno siglo XXI, Venezuela enfrenta un dilema similar, en medio de una prolongada crisis económica, política y social, y ahora agravada por el terrible impacto de los recientes sismos.

 

Cuando Mao muere en septiembre de 1976…

 

… Cuatro altos dirigentes intentaron conservar el poder del “maoísmo”. Los cuatro eran: Jiang Qing, esposa de Mao Zedong, Zhang Chunqiao, el importante ideólogo maoísta y estratega político más influyente del grupo, Yao Wenyuan, uno de los detonantes intelectuales de la Revolución Cultural, y Wang Hongwen quien fue visto hasta como posible sucesor del padre de la revolución china. Tras la muerte de Mao en septiembre de 1976, los cuatro intentaron preservar su influencia y poder dentro del Partido Comunista. Sin embargo, fueron tildados como criminales y traidores —“la Banda de los Cuatro”— y arrestados por la propia dirigencia comunista. Su caída tuvo una enorme trascendencia histórica porque permitió declarar concluida la “Revolución Cultural” y abrir el camino para las profundas reformas económicas que posteriormente impulsaría Deng Xiaoping. En cierto sentido, la “Banda de los Cuatro” funcionó como un "cortafuegos histórico". Al atribuir a ese grupo buena parte de los excesos y errores del período maoísta, el Partido Comunista logró preservar su continuidad institucional mientras modificaba radicalmente el rumbo económico de China. Algunos analistas se preguntan si, en una eventual transición venezolana, podría surgir una dinámica comparable. Es decir, si sectores internos del propio chavismo podrían llegar a distanciarse de Nicolás Maduro y de su esposa Cilia Flores, hoy objeto de acusaciones y procesos judiciales en Estados Unidos.

 

El ascenso de Xiaoping

 

Tras la muerte de Mao Zedong, y de la purga de los “maoístas”, fue Deng Xiaoping quien comprendió que el país no podía continuar encerrado en una economía rígidamente planificada. Sin desmontar el poder del Partido Comunista, abrió la economía, permitió la inversión extranjera, estimuló la iniciativa privada y sentó las bases para que China se convirtiera en una de las mayores potencias económicas de la historia contemporánea. Conviene recordar que la transformación china no fue obra de un solo hombre. Antes de Deng Xiaoping, figuras como Zhou Enlai habían defendido la modernización económica, científica y tecnológica del país, mientras que Lin Biao, inicialmente considerado otro probable heredero de Mao, no lo pudo ser tras su misteriosa muerte en 1971, episodio que debilitó a los sectores más radicales del maoísmo. Luego de las primeras reformas de Deng, China continuó su ascenso bajo Jiang Zemin y Hu Jintao, quienes profundizaron la apertura económica e integraron al país en la globalización…


 

Finalmente, Xi Jinping heredó una China ya en camino de ser convertida en potencia mundial y quien ha buscado combinar el dinamismo económico, construido durante cuatro décadas, con un nuevo fortalecimiento del control político y social del Partido Comunista, configurando así el modelo chino que observamos en la actualidad que reafirma el que todo “cambie” para que todo siga similar…

 

En la Unión Soviética… ahora Rusia

 

Mikhail Gorbachov era el secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética. Este fue el cargo que realmente le otorgó el poder. En la URSS, el verdadero centro del dominio no era la presidencia ni el gobierno, sino el Partido Comunista. Como Secretario General, Gorbachov era, el líder máximo del conglomerado de países soviéticos e intentó modernizar el socialismo mediante la Perestroika y la Glasnost. Introdujo reformas económicas, abrió espacios de libertad política y permitió un debate público impensable pocos años antes. A pesar de ello, una vez abiertas las compuertas, las fuerzas acumuladas durante décadas resultaron imposibles de contener. La Unión Soviética desapareció y el sistema que pretendía reformar terminó colapsando. Gorbachov quiso reformar el sistema y terminó transformándolo. El caso es que, tras la desaparición de la Unión Soviética, surgió Boris Yeltsin como primer presidente de la nueva Federación Rusa. Yeltsin impulsó la transición hacia una economía de mercado y un sistema multipartidista, pero también gobernó durante una etapa marcada por profundas crisis económicas, el surgimiento de los oligarcas, una fuerte caída del nivel de vida de millones de ciudadanos y un notable debilitamiento de la autoridad del Estado. A finales de 1999 Yeltsin designó como sucesor a su entonces primer ministro, Vladimir Putin, quien desde asumir el poder inició un proceso de reconstrucción institucional, recuperación de la autoridad estatal y reafirmación del papel de Rusia como potencia global. Bajo su sempiterno liderazgo se consolidó un modelo político que mantiene elecciones, partidos e instituciones republicanas, pero que concentra un enorme poder en torno a su liderazgo. Así, el sistema soviético desapareció formalmente, pero en Rusia fue reemplazado por una nueva estructura de poder que numerosos analistas describen como una autocracia electoral, donde existen mecanismos democráticos formales, aunque con crecientes cuestionamientos sobre el pluralismo político, la independencia institucional, y el alcance efectivo de las libertades públicas.


 

Existe además un elemento que alimenta este debate: Vladimir Putin ha permanecido en la cúspide del poder ruso durante más de ¡un cuarto de siglo!... Desde su llegada a la presidencia en el año 2000 —con una breve alternancia formal como primer ministro entre 2008 y 2012— ha dominado la vida política rusa durante una generación completa. Para los millones de rusos menores de treinta años, Putin ha sido prácticamente el único líder nacional que han conocido. Sus partidarios sostienen que devolvió estabilidad, orden y prestigio internacional a una Rusia debilitada tras el colapso soviético. Sus críticos, en cambio, consideran que la prolongada concentración de poder, las limitaciones a la oposición y el creciente control estatal sobre la vida política han alejado al país de los estándares de una democracia real. De allí irrumpe una pregunta que divide a analistas e historiadores: ¿Busca Putin reconstruir la antigua Unión Soviética o, más bien, restaurar a Rusia como una gran potencia bajo una nueva forma de centralización política y nacionalismo estratégico?...

 

Y en Venezuela… ¿Qué?

 

Una de las cuestiones para Venezuela sería: ¿cuál de esos dos caminos podría aproximarse más a su realidad, o si existe otro escenario? Algunos observadores consideran que ciertos movimientos recientes apuntan hacia un modelo de pragmatismo económico. La flexibilización de sectores productivos, la apertura a inversiones privadas y los cambios en la industria petrolera recuerdan, al menos superficialmente, la lógica utilizada por Deng Xiaoping en China, como es la de mantener el control político mientras se introducen mecanismos de mercado. No obstante, existe una diferencia importante. China inició sus reformas desde una posición de cohesión institucional extraordinaria y sin la intervención, vigilancia y supervisión de algún país como fue en el caso de Japón en 1945. El Partido Comunista chino conservaba un control absoluto sobre el aparato estatal, las fuerzas armadas y la estructura administrativa. Venezuela enfrenta desafíos mucho más complejos, como es el deterioro institucional, la polarización social, la emigración masiva, la crisis de confianza y una economía que todavía lucha por recuperar su crisis, acrecentada por los trágicos terremotos. Por lo que resulta prematuro afirmar que Venezuela esté siguiendo una ruta china. Tampoco parece encajar plenamente en el modelo soviético. Hasta ahora no se observa una apertura política comparable a la Glasnost ni una liberalización institucional que sugiera una transformación inmediata del sistema marxista venezolano. De hecho, diversos analistas sostienen que la prioridad aparente de Venezuela —y Estados Unidos— sigue siendo preservar la estabilidad y el control político mientras se impulsan determinados cambios económicos. Pero existe una alternativa cercana al recorrido ruso posterior al colapso de la URSS. En Rusia, el sistema soviético desapareció formalmente. Hubo elecciones, partidos y nuevas instituciones. Sin embargo, con el paso de los años el poder volvió a concentrarse alrededor de un liderazgo fuerte encabezado por Vladimir Putin. Rusia mantiene procesos electorales y estructuras republicanas, pero numerosos observadores nacionales e internacionales han cuestionado repetidamente el nivel de competencia política efectiva dentro del sistema. En otras palabras, el comunismo propiamente desapareció, pero una nueva forma de centralización del poder ocupó su lugar. La historia demuestra que los herederos de los sistemas comunistas suelen ser precisamente quienes terminan administrando las transiciones. Deng provenía del Partido Comunista Chino. Gorbachov provenía del Partido Comunista Soviético. Yeltsin había sido miembro del Partido Comunista. Incluso Putin emergió desde las estructuras estatales heredadas del sistema soviético, y comunista también. Las grandes transformaciones históricas rara vez son dirigidas exclusivamente por quienes estuvieron fuera del poder. Con frecuencia son impulsadas por sectores internos que concluyen que el sistema necesita cambiar para sobrevivir. Dicho esto, las interrogantes son: ¿Existe dentro del chavismo una generación dispuesta a reformular el sistema para garantizar su supervivencia política, o para crear un nuevo modelo económico y democrático? ¿Las reformas terminarán generando una transformación total, o el chavismo cambiará todo para instaurar otra forma de autocracia como en Rusia?...

 

El factor María Corina Machado


 

En este punto, aparece otro elemento fundamental. Ni en Rusia ni China existió un liderazgo alternativo o algún movimiento político distinto al partido comunista. La experiencia histórica demuestra que las transiciones no dependen únicamente de quienes ejercen el poder. También dependen de la capacidad de la oposición para convertirse en una alternativa viable. En este punto resulta inevitable recordar el caso de Polonia. Durante décadas, el régimen comunista parecía sólido e inamovible. Sin embargo, un movimiento sindical llamado Solidaridad, liderado por Lech Wałęsa, logró convertirse en la expresión política y moral de millones de ciudadanos que aspiraban a una transformación democrática. Lo interesante es que Wałęsa no tomó el poder mediante una insurrección armada. Tampoco lo hizo a través de una intervención extranjera. Lo consiguió mediante una combinación de legitimidad social, presión interna, negociación política y persistencia histórica… María Corina Machado ha construido, sin duda, uno de los liderazgos opositores más sólidos de la historia contemporánea venezolana. Su capacidad para movilizar apoyo popular, mantener presencia internacional y proyectar una narrativa de cambio la convierte en un actor central de cualquier escenario futuro. De manera que la experiencia polaca también enseña una lección importante. La legitimidad social es una condición necesaria, pero no siempre suficiente. Para alcanzar el poder suele ser necesario que converjan simultáneamente varios factores: apoyo popular, fracturas dentro del bloque gobernante, condiciones institucionales favorables y una correlación nacional e internacional que permita la transición. Lech Wałęsa no venció únicamente porque Solidaridad era fuerte. Venció porque el sistema comunista polaco había comenzado a perder capacidad para sostenerse…

 

Al final...

 

… Es probable que Venezuela no esté destinada a reproducir ni el modelo chino ni el soviético. Más bien puede terminar construyendo una transición propia, con elementos de ambos y características exclusivamente venezolanas. La historia nos recuerda que los cambios más amplios suelen pasar cuando reformistas internos y fuerzas democráticas externas coinciden, consciente o inconscientemente, en la necesidad de abrir una nueva etapa. Si Delcy Rodríguez será recordada como la dirigente que reformó el chavismo para preservarlo, o como la figura bajo cuyo liderazgo comenzó una transformación más amplia, como en el caso de Govachov, es algo que todavía pertenece al futuro. Y si María Corina Machado logrará convertirse en la Lech Wałęsa venezolana, dependerá no solo de su liderazgo, sino también de la capacidad de la sociedad venezolana para convertir la esperanza en una mayoría política efectiva. Porque al final, las naciones no cambian únicamente por quienes gobiernan. Se transforma cuando una parte suficiente de la sociedad decide que ha llegado el momento de escribir un nuevo capítulo de su historia… Mi esposa María Mercedes Gessen me llama la atención: "Cuando analizamos transiciones políticas solemos concentrarnos en los líderes, los partidos, los gobiernos y las ideologías. Sin embargo, no debemos olvidar que detrás de todos esos procesos existen millones de seres humanos que simplemente desean vivir con dignidad, seguridad y esperanza. Las sociedades no cambian únicamente porque un gobernante decide reformar un sistema o porque una oposición logra movilizar a la ciudadanía. Cambian cuando una mayoría de personas pierde el miedo, recupera la confianza en el futuro y comienza a creer que la convivencia es más valiosa que la confrontación permanente. Al final, el verdadero éxito de una transición no se mide por quién conquista el poder, sino por cuántos ciudadanos logran recuperar su libertad, sus oportunidades y su derecho a construir una vida mejor."…

 

Un acuerdo nacional...


Pienso que el verdadero desafío sea construir un acuerdo nacional que permita dejar atrás décadas de confrontación, exclusión y resentimiento. La historia nos muestra que ningún sistema es eterno. También demuestra que ningún pueblo está condenado para siempre. Las naciones que prosperan son aquellas que encuentran la sabiduría para reformularse antes de destruirse y para reconciliarse antes de fracturarse. Venezuela aún está a tiempo. No sé si terminaremos pareciéndonos a la China de Deng Xiaoping, a la Rusia de Gorbachov y Yeltsin, o a la Polonia de Lech Wałęsa. Tal vez el verdadero desafío consista en dejar de buscar respuestas en modelos ajenos, y comenzar a construir nuestro propio camino. Porque ninguna de esas naciones es Venezuela. Ninguna de ellas posee nuestra historia, nuestra cultura, nuestras heridas ni nuestras esperanzas. Creo que llegado el momento de dejar de observar qué hicieron otros pueblos para preguntarnos qué estamos dispuestos a hacer nosotros. Es probable —si no se repite la historia— que el futuro venezolano no necesite una copia de China, Rusia o Polonia. Quizás requiera, simplemente, el nacimiento del modelo venezolano. Un modelo donde la justicia no signifique venganza. Donde la reconciliación no implique olvido. Donde el cambio no represente exclusión. Donde la convivencia sea más importante que la derrota del adversario. Y donde el poder deje de ser un fin en sí mismo para convertirse en una herramienta al servicio de la nación, de la libertad y de la dignidad de todos los venezolanos. Porque al final, las naciones no alcanzan su grandeza cuando copian la historia de otros pueblos, la logran cuando después de una sacudida encuentran el valor de escribir la suya propia… Que la Suprema Providencia Universal nos acompañe a todos… Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en psicologosgessen@hotmail.com...


 



 

 

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