Ponerse de pie: la vida que empieza cuando termina el viaje
- Juan E. Fernández, Juanete
- hace 1 hora
- 3 Min. de lectura

Hay obras que uno decide ir a ver y hay otras que, sin avisar, terminan viéndolo a uno. Ponerse de pie, la obra de Moisés Rivas que se presenta en Savia Espacio Cultural en Buenos Aires, pertenece claramente a esa segunda categoría. No es una obra que se
consuma y se olvida; es una experiencia que se queda, que incomoda, que remueve
cosas que uno creía acomodadas en algún lugar seguro de la memoria.
La propuesta parte de un hecho real: un viaje de seis días desde Venezuela hasta Argentina. Pero lo interesante es que no está contada como una historia lineal ni como un relato épico de superación. En escena, Moisés Rivas, Saraí Pérez, Francisco Badilla y Jesús Colina no interpretan personajes fijos; se desplazan, se prestan voces, se convierten en distintos momentos en quienes parten, quienes esperan, quienes deciden y quienes miran. Lo que se construye es una especie de memoria fragmentada, un rompecabezas emocional donde el viaje deja de ser geográfico para volverse profundamente humano. No importa tanto por dónde se pasa, sino lo que se pierde, lo que se transforma y lo que queda en el camino.
A medida que la obra avanza, uno empieza a entender que no se trata solamente de contar la historia de Moisés. Lo que sucede en escena es más amplio y, al mismo tiempo, más íntimo. Los materiales documentales —audios, recuerdos, testimonios— se integran de tal forma que por momentos desaparece la frontera entre lo teatral y lo real. Lo que aparece es una experiencia compartida, una acumulación de vivencias que podrían pertenecer a cualquiera que haya tenido que irse, incluso a quienes no atravesaron las mismas condiciones.
Ahí es donde la obra encuentra su verdadera fuerza. No está centrada en el momento de la partida, ni en el dramatismo del trayecto, sino en algo mucho más difícil de nombrar: lo que ocurre después. Cuando el viaje termina, cuando se llega, cuando el relato deja de ser extraordinario y se vuelve cotidiano. Es en ese punto donde Ponerse de pie deja de
ser una obra sobre migración y se convierte en una reflexión sobre la identidad, sobre la
reconstrucción personal y sobre ese proceso silencioso en el que uno intenta volver a
armarse en otro lugar.
En lo personal, la experiencia fue inevitablemente movilizadora. Hace diez años tomé la
decisión de irme de Venezuela y establecerme en Buenos Aires. Mi viaje fue distinto. No hubo rutas interminables ni fronteras atravesadas a pie. Tuve la fortuna —y es importante decirlo así— de poder subirme a uno de los pocos vuelos directos de Conviasa que conectaban Caracas con Buenos Aires. Fue un traslado relativamente simple, casi cómodo si se lo compara con tantas otras historias. Sin embargo, mientras veía la obra, se hacía evidente que hay algo que no cambia, independientemente de cómo se realice el viaje.
Uno no se va únicamente de un país. Se va también de una versión de sí mismo. De una vida que, de alguna manera, queda suspendida. Y eso es algo que la obra logra poner en escena sin necesidad de subrayarlo. Está en los silencios, en las pausas, en los momentos en los que el humor aparece como un mecanismo de resistencia más que como un recurso narrativo. Porque sí, hay humor, y no es un detalle menor. Es un humor que no busca alivianar la historia, sino hacerla soportable, tanto para quienes la cuentan como para quienes la reciben.
El espacio también juega un papel clave. Savia Espacio Cultural no permite esconderse detrás de la distancia. La cercanía con los intérpretes obliga a involucrarse, a estar presente, a no mirar desde afuera. No hay grandes artificios escénicos ni distracciones visuales. Hay cuerpos, voces y una historia que se sostiene justamente por su honestidad.
Al salir, lo que queda no es una evaluación técnica ni una impresión superficial. Lo que
queda es una sensación más profunda, difícil de sintetizar en pocas palabras. Cada
espectador se lleva algo distinto, pero en mi caso quedó la certeza de que hay procesos
que no terminan nunca. Que el viaje no se mide en días ni en kilómetros, sino en todo lo
que sigue ocurriendo después.
Ponerse de pie no habla de levantarse como un gesto puntual. Habla de sostenerse en el tiempo, de encontrar equilibrio en un terreno que ya no es el propio, de reconstruir una identidad con piezas que no siempre encajan de la misma manera. Y en ese sentido, más que una obra sobre migración, es una obra sobre lo que significa, en definitiva, seguir adelante cuando todo lo conocido quedó atrás.