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De rezos a vulgaridades: la historia de un loro


Expresiones comunes para calificar o referirse a ciertas personas es "hablar como un loro" o, sobre todo, "repetir como un loro”. Imagen IA Gemini
Expresiones comunes para calificar o referirse a ciertas personas es "hablar como un loro" o, sobre todo, "repetir como un loro”. Imagen IA Gemini

Las memorias familiares han recogido la historia de una piadosa dama de fines de la Venezuela rural. Vivía la honorable señora en una hacienda en el sur del estado Aragua, donde las montañas se aferran a la serranía pero van bajando hacia llanuras irregulares que luego se abren a las sabanas del alto Llano. La dama tenía un loro que en los corredores de la casona familiar había escuchado una y mil veces los rezos cotidianos y las más devotas jaculatorias y peticiones. Ese loro tan reverente causaba la sorpresa de parientes y allegados, además de los familiares más cercanos y las personas de servicio y apoyo.


Un loro que supiera rezar era un portento. De allí que la dueña pensara en obsequiarlo al

arzobispo, como testimonio de religiosidad y buenas costumbres, de decencia en una época en la que era muy importante ser reconocido como "gente decente" lo cual aseguraba aprecio y estatus social en una Venezuela aún muy provinciana. El loro, pues, salió de la hacienda en una caravana de arrieros que trasladaban productos agrícolas a la ciudad.


Esto debió suceder a principios de la década de 1920, o quizá un poco antes, cuando había

muy pocos automóviles y no existía una red de carreteras que posibilitara el tránsito automotor. Los arrieros llevaban productos y objetos diversos de los campos a las ciudades y viceversa, así como también los correos y las noticias. El oficio implicaba recorrer largas distancias y con frecuencia enfrentarse a la naturaleza desbordada: lluvias, tormentas, ríos crecidos, derrumbes o árboles caídos. Un obstáculo podía demorar el viaje de forma inesperada o generar peligros considerables.


El loro de la buena señora debió viajar varios días y acompañar a los arrieros en sus correrías y costumbres viajeras, muy distintas de los apacibles modos de las casas de hacienda y sus

rutinas hogareñas y devocionales. El ave dejó de escuchar el rezo diario del rosario y las

oraciones que a menudo resonarían en los corredores y demás estancias de la casa. Quizá no más libre, pero sí más desenfadado, el loro se acostumbró en el viaje a expresiones

altisonantes, a groserías y frases subidas de tono.


Bastaron esos pocos días para que el loro, sin la presencia amable de la dama, que quizá lo

hacía repetir una y muchas veces, cada oración y jaculatoria, acostumbrara su oído musical a

otro tipo de vocabulario. Al llegar a poder del arzobispo, el loro solo sabía vulgaridades y

palabrejas. ¡Qué vergüenza habría sentido la dama al enterarse de lo sucedido!


Probablemente el prelado haya sabido entender el cambio de registro lingüístico y  la cortedad del animalito, que solo repetía lo que escuchaba reiteradamente una y otra vez, casi sin parar, todos los días, mañana, tarde y noche. El ave no era dueña de sus palabras, sino que estas provenían de los contextos y experiencias que le tocaba vivir. Del rosario y la supuesta pureza de corazón, pasó a la vulgaridad y el impudor, ajeno siempre al sentido de las palabras que por imitación reproducía, forzado, casi obligado, por las circunstancias. Expresiones comunes para calificar o referirse a ciertas personas es "hablar como un loro" o, sobre todo, "repetir como un loro”.


Cambios radicales en el léxico o los modos recuerdan la historia del loro y los arrieros, que,

cual fábula, ilustra no solo la escasa conciencia del hacer y el decir, sino también la actitud

acomodaticia como sobrevivencia. Si el loro hubiera seguido rezando sin parar, los arrieros tal

vez lo hubieran soltado en la pasión de una noche de tragos y dados. Acostumbrarse al bosque no hubiera sido una tarea menor para el loro, como tampoco olvidar las comodidades y prebendas de la jaula de oro. Mejor blasfemar como los arrieros que rezar como la dama ya muy lejana. A rey muerto, rey puesto.


1 comentario


Maestro, esta historia nos recuerda una verdad incómoda: todos creemos pensar por nosotros mismos, pero muchas veces terminamos hablando el lenguaje de los ambientes que habitamos. El loro cambió sus palabras en pocos días; los seres humanos, a veces, cambiamos nuestros principios sin darnos cuenta. Una reflexión sencilla en apariencia, pero profunda en su mensaje. Gracias por compartirnos esta joya literaria. Sigue compartiéndonos tu sabiduría.

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