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Ni perdón ni olvido

 Carmen Teresa Navas lo dio todo, puso toda su energía en esto, y ahí se quedó.
 Carmen Teresa Navas lo dio todo, puso toda su energía en esto, y ahí se quedó.

El 4 de mayo de este año, una mujer de 81 años se paró sola en la Plaza Altamira de Caracas. Sostenía una foto de su hijo y un cartel con una sola palabra: desaparecido. Se llama Carmen Teresa Navas. Su hijo, Víctor Hugo Quero Navas, había sido detenido el 1 de enero de 2025. Llevaba más de un año sin saber dónde estaba.


Carmen recorrió la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM) en Boleíta Norte, la Zona 7 de la Policía Nacional Bolivariana y dependencias de este cuerpo policial en La Yaguara. Visitó cárceles — al menos 21, según documentó la ONG Foro Penal. Tocó puertas de ministerios. Habló con quien quiso escucharla. Nadie le dijo nada. "¿Adónde no he ido yo?", preguntó ante las cámaras. Y pidió "un poquito de dignidad y respeto" hacia una persona de su edad.


Tres días después de esa conferencia de prensa, el Estado venezolano respondió. El 7 de mayo de 2026, el Ministerio para el Servicio Penitenciario confirmó que Víctor Hugo Quero Navas había muerto el 24 de julio de 2025. Lo habían enterrado el 30 de julio en el cementerio Jardín La Puerta, en silencio, sin avisar a la familia, alegando que el detenido "no suministró datos filiatorios". Su madre llevaba 491 días buscando a un hombre que llevaba casi diez meses muerto.


Víctor Hugo tenía 51 años. Era comerciante — vendía ropa, vitaminas, productos de Hierbalife. Era karateca. Era el sostén económico de su madre. Los cargos en su contra: terrorismo, conspiración y traición a la patria. El motivo aparente, según las organizaciones de derechos humanos que siguieron el caso: haber prestado servicio militar años antes. Eso bastó.


El viernes 8 de mayo, bajo el sol inclemente del cementerio Jardín La Puerta, Carmen Teresa Navas presenció la exhumación del cuerpo de su hijo. Cuando la comisión policial terminó, la anciana hizo algo que ningún protocolo ni ningún comunicado oficial podrá borrar jamás: se quitó sus propias medias y pidió con voz quebrada que se las pusieran a los restos de Víctor Hugo. También le colocó la gorra con la que ella misma se había cubierto del sol durante los 16 meses que pasó esperando a las puertas de las cárceles.


Diez días después de ese momento, el domingo 17 de mayo, Carmen Teresa Navas murió en un centro de salud de Caracas. Presentó dificultades respiratorias y se apagó.


Tenía 81 años. La periodista Maryorin Méndez, que la había acompañado durante meses, dijo que, aunque los exámenes médicos iniciales parecían estables, la mujer se estaba "apagando" emocionalmente desde que supo el destino de su hijo. "Siento que Carmen Teresa Navas lo dio todo, puso toda su energía en esto, y ahí se quedó".


El diario Tal Cual registró que Carmen es la quinta madre de un preso político que muere en Venezuela en los últimos seis meses. No es una estadística. Es una política.


"Yo no he querido dar declaraciones porque me mataron a mí; nunca me dejaron verlo. El dolor de una madre no lo supera nadie", dijo Carmen Teresa cuando finalmente pudo hablar. Este no es un caso venezolano. Es un caso humano. Es el mismo caso de siempre.


Los desaparecidos


Hay una tecnología que los gobiernos han perfeccionado a lo largo de los siglos con una

eficiencia que debería avergonzar a cualquier civilización que se precie de tal. No es la bomba atómica. No es la inteligencia artificial. Es algo más antiguo, más barato y más efectivo: hacer desaparecer a las personas que piensan diferente.


El método tiene una lógica impecable. Matar a alguien deja un cuerpo, y un cuerpo puede convertirse en prueba, en mártir, en bandera. La solución fue elegante en su perversidad: si no hay cuerpo, no hay crimen. Si no hay crimen, no hay víctima. Y si no hay víctima, el poder puede seguir gobernando con la conciencia que otorga la impunidad.


El 23 de agosto de 1962, Felipe Vallese, obrero metalúrgico y militante de 22 años, fue secuestrado y se convirtió en el primer desaparecido político de la historia contemporánea argentina. Su delito: ser obrero y peronista en tiempos de proscripción.


Luego de las torturas, su cuerpo desapareció. Lo que sí apareció fue un comunicado sindical con una pregunta que todavía no tiene respuesta satisfactoria: ¿Puede desaparecer una persona?


La respuesta, como demostró la historia, era sí. Y podía hacerse a escala continental.


La desaparición como sistema


La Operación Cóndor fue creada formalmente en noviembre de 1975, cuando el jefe de espionaje de Pinochet invitó a 50 oficiales de inteligencia de Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Paraguay y Uruguay a Santiago. Era una alianza para exterminar opositores sin importar fronteras. La Corte Interamericana de Derechos Humanos la definió como una "coordinación transnacional muy organizada, con sistemas de comunicación avanzados, centros de inteligencia y planificación estratégica, así como un sistema paralelo de prisiones clandestinas y centros de tortura."


Los números para quien todavía crea que los números dicen lo que las palabras no alcanzan: los Archivos del Terror registran 30.000 desaparecidos, 50.000 asesinados y casi medio millón de encarcelados. En los llamados "vuelos de la muerte" alrededor de 2.000 detenidos políticos fueron arrojados con vida desde aviones al Río de la Plata. En Chile, los últimos testimonios que sobreviven de Villa Grimaldi muestran a jóvenes trasladados encapuchados y atados de pies y manos en camionetas que cruzaban la cordillera de noche… El poder aprendió la lección. Y la exportó.


No hay desaparecidos de izquierda o de derecha: ¡hay desaparecidos!


Hay una hipocresía que la izquierda latinoamericana todavía no ha terminado de digerir. Los mismos gobiernos que durante décadas condenaron con razón las desapariciones de las dictaduras militares de derecha — que marcharon, que denunciaron, que alzaron la voz con toda justicia — hoy tienen sus propios desaparecidos. Venezuela, Cuba, Nicaragua. Países que construyeron su identidad política sobre la memoria del horror ajeno y luego reprodujeron, con otros uniformes y otras consignas, exactamente el mismo horror. La herramienta no tiene ideología. El método no distingue entre izquierda y derecha. Solo distingue entre el poder y el que se le opone.


Y acá es importante hablar de El Helicoide, que fue concebido en los años 50 como un

lujoso centro comercial futurista en Caracas, llegó a exhibirse en el MoMA de Nueva

York en 1961. Nunca abrió sus puertas comerciales. Desde 2015, el edificio pasó a ser

utilizado por el Servicio Bolivariano de Inteligencia y se convirtió en uno de los centros de tortura más grandes de América. Entre las prácticas documentadas: golpes, asfixia con bolsas de insecticida, electrocuciones, colgar personas de las extremidades, obligarlas a sumergir el rostro en bolsas con heces. Un ex detenido describió haber pasado veinte días en un cuarto oscuro, de metro veinte de ancho, con otras veinte personas. Dormían parados. Ahí estuvo Víctor Hugo Quero Navas. O en algún lugar igual.


Alguien me preguntará, con esa tranquilidad que da la distancia geográfica o la comodidad ideológica, si no es hora de perdonar. De pasar la página. De mirar hacia adelante.


La respuesta es No.


No es hora de perdonar cuando los responsables no pidieron perdón. No es hora de olvidar cuando las madres mueren buscando a sus hijos. No es hora de pasar la página cuando la misma página se sigue escribiendo, con nombres nuevos, en países distintos, con los mismos métodos y la misma impunidad de siempre.


Y es por eso que marcho cada 24 de marzo, Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia. No por nostalgia ni por liturgia política. Marcho para que no se olviden historias como las de Carmen Teresa Navas, quien recorrió 21 cárceles durante 16 meses buscando a un hombre que el Estado ya había enterrado en secreto, y cuando finalmente lo supo, se murió de tristeza. porque a Víctor Hugo lo desaparecieron y lo asesinaron en un hospital militar; Marcho porque Felipe Vallese tenía 22 años cuando desapareció en 1962 y aún no se sabe dónde está.


Ni perdón. Ni olvido.


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