Mr. Dánger y la quincuagésima primera adhesión
- Horacio Biord Castillo

- hace 2 horas
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Años atrás, la declaratoria del presidente de una potencia mundial, como los Estados Unidos, de convertir un país independiente y soberano en un nuevo estado de la federación estadounidense hubiera generado, cuando menos, un gran escándalo. Sin embargo, desde el año pasado el presidente Trump ha hecho declaraciones similares sobre Panamá, Canadá, Groenlandia y, ahora, Venezuela. Como dice el dicho, hay que tomar las cosas según de donde vengan.
El presidente Trump nos ha acostumbrado a una retórica exaltada. Sus palabras deben ser interpretadas no literalmente, sino como un metalenguaje. En el caso de Panamá, su referencia era básicamente al manejo del Canal y a las crecientes alianzas económicas con China. En el de Canadá, probablemente aludía a una colaboración más estrecha entre Estados Unidos y el país más extenso del continente americano, aunque los movimientos independentistas de la provincia canadiense de Alberta sitúan en otro plano las declaraciones de Trump. En el caso de Groenlandia, hablaba de los intereses geoestratégicos y geoeconómicos de los Estados Unidos en las cercanías del Círculo Polar Ártico. Esto quizá era lo que más se acercaba a una intención de compra o anexión, que se ha reiterado desde el siglo XIX.
En el caso de Venezuela, como ya han interpretado algunos analistas, se trata de un mensaje complejo, dada la situación venezolana, empujada por los sucesos acaecidos el 3 de enero. El hecho de que no haya aparecido la Guayana Esequiba en el dibujo publicado en las redes sociales del presidente Trump, quizá se deba a una manera de comprender a Venezuela y a Guyana que, nos guste o no, ha sido una constante en la historia de los Estados Unidos y su apoyo al Reino Unido. Más allá de las grandes implicaciones de esta omisión, el problema central no es una anexión sino más bien una colaboración y una alineación del régimen venezolano con los intereses de los Estados Unidos.
Probablemente, la declaración de Trump sobre Venezuela obedezca a razones de control de recursos naturales, en especial el petróleo. Debe aludir también a otras razones más complejas de geopolítica hemisférica e internacional que, en el laberíntico tablero de ajedrez de la política venezolana, habrá que ir desentrañando. Quizá Trump visualiza alianzas indeseables que deben transformarse o eliminarse y otras más deseables, aún por delinearse y construirse.
Míster Dánger conocía bien las llanuras venezolanas y por eso hizo ingentes negocios turbios. Si había que regalarle aguardiente a Lorenzo Barquero, poco importaban los cuestionamientos éticos que ello suponía. Ojalá que para el futuro prive una nueva forma de proyectar y ejecutar las relaciones hemisféricas de Latinoamérica con los Estados Unidos, en especial ante la crisis que se desarrolla en ese país. Esa perspectiva de hermandad e igualdad será bienvenida, más aún en la víspera de la celebración del bicentenario del Congreso Anfictiónico de Panamá (1826). Allí, en esa idea de Bolívar, se encuentra precisamente el quid de la cuestión. América Latina debe integrarse de manera paulatina, pero creciente.
Una comunidad de varios cientos de millones de habitantes, un mercado con igual número de consumidores y un elevado número de productores y emprendedores, una región con tantas afinidades sociohistóricas, culturales y lingüísticas podrá tener un peso importante en la escena mundial y, a partir de su integración, negociar su papel en un mundo globalizado y de apetencias desmedidas. La democracia, incluso redefinida o sometida a procesos de reingeniería política e institucional, y no la tiranía ni el autoritarismo, debe guiar ese proceso.



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