Moria la titiritera
- Juan E. Fernández, Juanete

- hace 8 horas
- 4 min de lectura

Hay personajes que forman parte de una cultura antes de que uno termine de entender por qué. Moria Casán es uno de ellos. Cuando llegué a Buenos Aires, hace diez años, sabía quién era por supuesto, pero todavía estaba aprendiendo muchas de esas referencias de la cultura popular argentina que para los demás eran obvias. Con Moria me pasó algo parecido: sabía que era famosa, que había sido vedette, actriz, conductora, que tenía una manera muy particular de hablar (conocida como “Lengua Karateca”), por lo que cualquier cosa que dijera podía terminar convertida en noticia. Con el tiempo entendí que había algo más interesante detrás de todo eso: Moria no solamente construyó una carrera, construyó un personaje y, sobre todo, consiguió mantenerlo vigente durante décadas.
Por eso me interesaba ver Moria, la serie que Netflix estrenó el 14 de agosto, creada y dirigida por Javier Van de Couter, con ocho episodios y con la propia Moria Casán como productora general. Y creo que ahí está una de las claves para entenderla. Esto no es una biografía tradicional, de esas que intentan ordenar una vida desde el nacimiento hasta el presente y explicar cada cosa que pasó. La serie parece mucho más interesada en cómo Moria construyó su propia historia y en cómo decidió contarla. Hay hechos, pero también hay recuerdos, fantasías, exageraciones y bastante imaginación. Algo bastante lógico si estamos hablando de La One.
Una de las decisiones más interesantes es contar distintas etapas de su vida a través de tres actrices. Sofía Gala Castiglione interpreta a la Moria de los años setenta, cuando todavía era Ana María Casanova y empezaba a construir ese personaje que después se convertiría en una figura central del espectáculo argentino. El dato de que Sofía Gala sea su hija agrega una capa muy particular a la historia, porque estamos viendo a una hija interpretando a su madre antes de que ella misma existiera. No hace falta subrayarlo demasiado: la situación ya es bastante potente por sí sola.
Después aparece Griselda Siciliani, que toma el personaje en una etapa marcada por la
televisión y por la enorme exposición pública de Moria. Finalmente, Cecilia Roth interpreta a una Moria más grande, que puede mirar hacia atrás y observar todo lo que construyó. Las tres tienen estilos muy diferentes y, por suerte, la serie no intenta convertirlas en imitadoras de Moria Casán. Cada una construye una versión de ella correspondiente a una etapa determinada de su vida.
También hay un elenco que ayuda a reconstruir ese universo del espectáculo argentino, con Leticia Brédice, Marco Antonio Caponi, Luis Machín y otros actores que aparecen alrededor de la protagonista. Y ahí la serie empieza a mostrar algo que me resultó especialmente atractivo: no solamente está contando la historia de una mujer, sino también la transformación de una parte importante de la cultura popular argentina. El teatro de revista, la televisión abierta, el cine, los medios y esa maquinaria de fabricar celebridades que fue cambiando con los años.
Visualmente, además, la serie no pretende ser discreta. Todo está llevado un poco más allá: los escenarios, los vestuarios, el maquillaje, los colores, la iluminación. Hay una decisión clara de construir un mundo que se parece más a la memoria y a la fantasía que a una reconstrucción histórica. Y ahí sí encontré algo que me recordó a Fellini. No porque Moria sea Fellini ni porque haya que comparar cualquier película con Fellini para darle categoría, sino porque hay una idea parecida de convertir la realidad en espectáculo y de entender que los recuerdos muchas veces terminan pareciéndose más a cómo los imaginamos que a cómo ocurrieron realmente.
En ese sentido, me parece que la serie entiende bastante bien quién es su protagonista. Moria lleva décadas haciendo algo que no es sencillo: cambiar sin dejar de ser reconocible. Pasó por el teatro, el cine, la televisión, los escándalos, las entrevistas, las frases que se volvieron parte del lenguaje cotidiano y, más recientemente, las redes sociales. Cambiaron los medios, cambiaron las modas, cambiaron los códigos y cambiaron las generaciones, pero Moria encontró la manera de seguir ocupando un lugar.
Eso no significa que la serie sea perfecta. Hay momentos en los que quiere contar demasiadas cosas y termina pasando rápidamente por algunas etapas que podrían haber tenido más desarrollo. También hay momentos en los que uno tiene la sensación de que la Historia argentina está ahí, alrededor, pero la serie decide no meterse demasiado. Es una elección entendible porque el foco está puesto en Moria, aunque por momentos uno se queda con ganas de saber qué hubiera pasado si la serie hubiese decidido mirar un poco más de frente el contexto en el que ocurrieron algunas cosas.
Pero tampoco creo que tenga sentido pedirle a Moria que sea una biografía definitiva de Moria Casán. Probablemente no existe una versión definitiva de Moria, porque una de las características de este personaje es justamente que ella misma se encargó de reinventarlo una y otra vez.
Y eso es, para mí, lo más interesante de la serie. No tanto descubrir quién fue Moria Casán, porque eso ya lo sabemos en buena medida, sino observar cómo una mujer decidió construir su propia imagen y logró que esa imagen sobreviviera a distintas épocas. Hay mucho talento en eso, pero también hay una enorme conciencia del espectáculo y de los medios. Moria entendió muy temprano que ser famosa no consistía solamente en aparecer, sino también en controlar, en la medida de lo posible, la historia que los demás iban a contar sobre vos.
No tengo una admiración religiosa por Moria, ni creo que haga falta tenerla para disfrutarla. La admiro como artista y, sobre todo, como uno de esos personajes que terminaron convirtiéndose en parte de la cultura popular argentina. Hay personas famosas y hay personas que, con el tiempo, se convierten en una referencia que atraviesa generaciones. Moria pertenece a esa segunda categoría.
Quizás por eso lo mejor de la serie aparece cuando deja de intentar explicar demasiado y simplemente se dedica a mostrar a una mujer que durante toda su vida entendió que el espectáculo también podía ser una manera de contar quién era. Y en el caso de Moria, después de tantos años, cuesta separar a la mujer del personaje. Probablemente porque ella fue la primera en entender que no hacía falta separarlos.



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