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Las villanas nunca mueren


Doris Wells fue una gran villana en los inicios de su carrera. Foto: Archivo AJM

Si de algo no pueden prescindir las telenovelas es de las villanas. En las de producción nacional comenzaron a destacar desde su mismo surgimiento, cuando el género empezó a desarrollarse. Doris Wells fue una gran villana en los inicios de su carrera, antes de convertirse en la posterior heroína de las obras que para la pequeña pantalla escribieron para ella José Ignacio Cabrujas, Román Chalbaud y Salvador Garmendia que le permitieron convertirse en la primera actriz que fue. ¿Cómo olvidarla encarnando a la malévola Reina Montero en Historia de tres hermanas? Ella le hacía todas las maldades habidas y por haber, no sólo a sus otras dos hermanas (Eva Moreno y Eva Blanco), sino a los pretendientes de ellas y hasta a su papá (José Jordá). Era una villana que expresaba su resentimiento desde adentro. Una penetrante mirada suya, afiebrada, retadora; o un gesto amenazante, solía sugerir las peores intenciones y le bastaba para amedrentar al más indiferente.


Ivonne Attas, en Venevisión, y Bárbara Teyde, vía Rctv, encarnaron al estereotipo de la villana tradicional, de esas que vivían con la ceja alzada, chupándose los cachetes y con el cuello erguido cuando cometían o planeaban hacerle la vida imposible a alguien, que generalmente resultaba ser la muy inocente y virginal protagonista.


Renée de Pallás era una temible matrona en El sol sale para todos, de César Miguel Rondón, a la cual le bastaba decir: “malo, malo, malo” cuando algo no le gustaba, para imaginar la proximidad de alguno de sus desmanes, que fueron muchos, y que su fiel lacayo, Versalles, encarnado por Jimmy Verdún, se encargaba de ejecutar como autor material. Amelia Román hizo otra muy recordada mala en La mujer prohibida. Personificaba a una india llamada La Waika, que siempre andaba envuelta en una boa constrictor, lo cual la hacía más tenebrosa. Por la misma época, Zoe Ducós brilló como la inescrupulosa Erika Heller, una fugitiva nazi que se residenciaba con su familia en la selva amazónica. Planeaba sus fechorías encerrada en su habitación, sentada en una mecedora y escuchando el emblemático tema de la Alemania hitleriana “Lili Marleen”, marcando con su bastón el ritmo de la música. Esta señora, fiel a sus creencias autoritarias, no tenía compasión por nada ni por nadie.


María Cristina Lozada fue memorable en La Dueña, de Cabrujas. Era Purificación Burgos, una encopetada dama de la Caracas gomecista, que no vacila en hacer “desaparecer” en una mazmorra durante años a la protagonista, Amanda Gutiérrez, para que su hijo, un militar que interpretaba Daniel Alvarado, no continuara cortejándola. Purificación terminaba volviéndose loca de atar, cuando la heroína, como en “El Conde de Montecristo”, sale de la cárcel para emprender su venganza contra los responsables de su desdicha (Purificación y familia), ya convertida en una mujer rica, pues su padre perdido (Héctor Myerston), un señor muy acaudalado logra localizarla. Las escenas de María Cristina volviéndose loca, lenta y progresivamente, eran de antología.


Otra villana proveniente de la fértil imaginación de Cabrujas fue Constitución Méndez, interpretada en la telenovela Señora por esa actriz todo terreno que es Caridad Canelón. Sin duda alguna, ha sido uno de los personajes más recordados de su prolífica y exitosa carrera histriónica.


Y con el reciente resurgimiento de los dramáticos en Venezuela, en el nuevo formato de serie por temporadas, que con el nombre de “Dramáticas” emite Venevisión, Lupita Ferrer, otrora sufrida damita joven, regresa en plena madurez encarnando a una villana en rol protagónico. Esta vez interpreta a una decadente actriz que se dedica a hacerle la vida imposible a todo el mundo, sobre todos a sus competidoras más jóvenes. Lupita, como mala malísima, brilla y sobresale como ella nada más sabe hacerlo.


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