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La venganza de la Filosofía

Mamá soy un idiota está protagonizada por Darío Sztajnszrajber y Leticia Mazur. Dirección: Martín Rechimuzzi. Producción ejecutiva: Sofía Cornell. Foto: Juanete
Mamá soy un idiota está protagonizada por Darío Sztajnszrajber y Leticia Mazur. Dirección: Martín Rechimuzzi. Producción ejecutiva: Sofía Cornell. Foto: Juanete

Durante el velorio de su madre, el filósofo Darío Sztajnszrajber atraviesa un acontecimiento que resquebraja la realidad y llena el escenario de relatos y personajes que ya no responden a la lógica ordenada del duelo. Esa es la premisa de Mamá, soy un idiota, la obra que Sztajnszrajber estrenó el pasado viernes 22 de agosto en el Teatro Politeama, y a la que tuve el privilegio de asistir en su primera función.


Igual antes de hablarles de la obra, hay algo que he notado desde que la Inteligencia Artificial tomó protagonismo: Cada vez más personas se van volcando a ciencias que creíamos extintas, y una precisamente es la madre de todas las ciencias, ciertamente

estoy hablando de la filosofía.


Y es que, en estos tiempos, donde cualquiera con un celular en la mano puede tener una

conversación con una máquina que responde con la fluidez de un doctorado, los seres

humanos volvimos, casi por instinto de supervivencia, a las preguntas de siempre: cuál

es el sentido de la vida, cómo va a ser nuestra relación con esta IA, qué nos queda de

humanos cuando delegamos el pensamiento en un prompt, qué hacemos con el duelo y

con la muerte cuando ya no hace falta saber nada de memoria.


Estas preguntas que durante décadas quedaron encerradas en seminarios de facultad,

ahora volvieron a la conversación general. Y en ese marco, filósofos como Tomás

Balmaceda y Darío Sztajnszrajber se transformaron en algo parecido a rockstars: llenan

auditorios, agotan localidades, generan el tipo de expectativa que antes le pertenecía

solamente a la música o al stand up.


Me pregunto, honestamente, si Platón alguna vez imaginó semejante escena. Que la

filosofía —esa disciplina que él soñaba practicada al aire libre, entre discípulos y sin

cobrar entrada— terminaría llenando un teatro de setecientas butacas, con gente

pagando para escuchar hablar de la caverna, del caballo azotado en Turín, o del idiota

griego que se atreve a mirar el mundo con ojos propios. Sospecho que no. Sospecho que

ni en sus diálogos más audaces se le hubiese cruzado la posibilidad de que, dos mil

quinientos años después, en una ciudad que ni siquiera figuraba en su mapa, la filosofía

fuera a competir en la cartelera teatral porteña.

Pero volvamos a la obra: La referencia central de Mama soy un idiota es el célebre

colapso de Nietzsche en Turín, cuando el filósofo se abrazó llorando al cuello de un

caballo que un cochero azotaba en plena calle, ese instante en que la compasión le gana

la pulseada a toda la arquitectura racional construida durante una vida.


Sobre esa bisagra, la historia dirigida por Martín Rechimuzzi y con Leticia Mazur como

partenaire escénica de Darío, se construye una ficción filosófica que vuelve difusos los

límites entre pensar y actuar, entre explicar la muerte de la madre y directamente vivirla

arriba del escenario.


Ahí es donde las dos cosas que venía hilando —la filosofía convertida en fenómeno

masivo y el ritual sagrado de ir al teatro— terminan de encontrarse en un mismo punto.


Porque lo que Sztajnszrajber logra en el Teatro Politeama no es una clase magistral disfrazada de espectáculo: es la prueba viviente de que la gente, en este momento exacto de la historia, necesita que alguien suba a un escenario y confiese en voz alta que no tiene ni

idea de cómo se procesa la muerte de una madre, ni con toda la filosofía occidental leída

de punta a punta.


El título mismo es una pequeña obra maestra de precisión emocional: Mamá, soy un

idiota no es autoflagelación, es la confesión que uno le hace a la madre muerta cuando

ya no hay forma de que responda, la admisión de que toda la sofisticación intelectual se

derrumba justo cuando más se la necesita.


Ahí el divulgador que todos conocemos por la tele se convierte en hijo a secas, con toda

la torpeza que ese lugar implica, y ese despojo es exactamente lo que setecientas

personas fueron a buscar, con entrada pagada, un sábado a las siete de la tarde, después

de un café y una caminata por Corrientes.


Quizás esa sea la verdadera razón por la que la filosofía volvió a llenar teatros en

tiempos de inteligencia artificial: porque ninguna máquina, por más rápida que

responda, puede pararse frente a setecientas personas y llorar en serio la muerte de su

madre. Eso, todavía, sigue siendo trabajo exclusivamente humano.


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