La venganza de la Filosofía
- Juan E. Fernández, Juanette

- hace 2 horas
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Durante el velorio de su madre, el filósofo Darío Sztajnszrajber atraviesa un acontecimiento que resquebraja la realidad y llena el escenario de relatos y personajes que ya no responden a la lógica ordenada del duelo. Esa es la premisa de Mamá, soy un idiota, la obra que Sztajnszrajber estrenó el pasado viernes 22 de agosto en el Teatro Politeama, y a la que tuve el privilegio de asistir en su primera función.
Igual antes de hablarles de la obra, hay algo que he notado desde que la Inteligencia Artificial tomó protagonismo: Cada vez más personas se van volcando a ciencias que creíamos extintas, y una precisamente es la madre de todas las ciencias, ciertamente
estoy hablando de la filosofía.
Y es que, en estos tiempos, donde cualquiera con un celular en la mano puede tener una
conversación con una máquina que responde con la fluidez de un doctorado, los seres
humanos volvimos, casi por instinto de supervivencia, a las preguntas de siempre: cuál
es el sentido de la vida, cómo va a ser nuestra relación con esta IA, qué nos queda de
humanos cuando delegamos el pensamiento en un prompt, qué hacemos con el duelo y
con la muerte cuando ya no hace falta saber nada de memoria.
Estas preguntas que durante décadas quedaron encerradas en seminarios de facultad,
ahora volvieron a la conversación general. Y en ese marco, filósofos como Tomás
Balmaceda y Darío Sztajnszrajber se transformaron en algo parecido a rockstars: llenan
auditorios, agotan localidades, generan el tipo de expectativa que antes le pertenecía
solamente a la música o al stand up.
Me pregunto, honestamente, si Platón alguna vez imaginó semejante escena. Que la
filosofía —esa disciplina que él soñaba practicada al aire libre, entre discípulos y sin
cobrar entrada— terminaría llenando un teatro de setecientas butacas, con gente
pagando para escuchar hablar de la caverna, del caballo azotado en Turín, o del idiota
griego que se atreve a mirar el mundo con ojos propios. Sospecho que no. Sospecho que
ni en sus diálogos más audaces se le hubiese cruzado la posibilidad de que, dos mil
quinientos años después, en una ciudad que ni siquiera figuraba en su mapa, la filosofía
fuera a competir en la cartelera teatral porteña.
Pero volvamos a la obra: La referencia central de Mama soy un idiota es el célebre
colapso de Nietzsche en Turín, cuando el filósofo se abrazó llorando al cuello de un
caballo que un cochero azotaba en plena calle, ese instante en que la compasión le gana
la pulseada a toda la arquitectura racional construida durante una vida.
Sobre esa bisagra, la historia dirigida por Martín Rechimuzzi y con Leticia Mazur como
partenaire escénica de Darío, se construye una ficción filosófica que vuelve difusos los
límites entre pensar y actuar, entre explicar la muerte de la madre y directamente vivirla
arriba del escenario.
Ahí es donde las dos cosas que venía hilando —la filosofía convertida en fenómeno
masivo y el ritual sagrado de ir al teatro— terminan de encontrarse en un mismo punto.
Porque lo que Sztajnszrajber logra en el Teatro Politeama no es una clase magistral disfrazada de espectáculo: es la prueba viviente de que la gente, en este momento exacto de la historia, necesita que alguien suba a un escenario y confiese en voz alta que no tiene ni
idea de cómo se procesa la muerte de una madre, ni con toda la filosofía occidental leída
de punta a punta.
El título mismo es una pequeña obra maestra de precisión emocional: Mamá, soy un
idiota no es autoflagelación, es la confesión que uno le hace a la madre muerta cuando
ya no hay forma de que responda, la admisión de que toda la sofisticación intelectual se
derrumba justo cuando más se la necesita.
Ahí el divulgador que todos conocemos por la tele se convierte en hijo a secas, con toda
la torpeza que ese lugar implica, y ese despojo es exactamente lo que setecientas
personas fueron a buscar, con entrada pagada, un sábado a las siete de la tarde, después
de un café y una caminata por Corrientes.
Quizás esa sea la verdadera razón por la que la filosofía volvió a llenar teatros en
tiempos de inteligencia artificial: porque ninguna máquina, por más rápida que
responda, puede pararse frente a setecientas personas y llorar en serio la muerte de su
madre. Eso, todavía, sigue siendo trabajo exclusivamente humano.



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