La reconciliación y el riesgo de impunidad
- Omar Ávila

- hace 2 horas
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La reciente propuesta de una Ley de Amnistía impulsada desde el Poder Ejecutivo venezolano, y asociada políticamente a la presidenta encargada Delcy Rodríguez, reabre un debate tan sensible como recurrente en la historia política del país: el uso de la amnistía como instrumento de pacificación frente a contextos de conflicto prolongado; sin embargo, más allá del lenguaje conciliador que suele acompañar este tipo de iniciativas, resulta imprescindible analizar el alcance real, las motivaciones políticas y las posibles consecuencias institucionales.
En términos jurídicos, la amnistía es una medida extraordinaria destinada a extinguir la responsabilidad penal por determinados hechos, usualmente vinculados a delitos de carácter político. En democracias funcionales, su aplicación suele responder a procesos de transición, acuerdos de paz o cierres institucionales de conflictos armados o autoritarios, bajo criterios claros, consensuados y, sobre todo, compatibles con el respeto a los derechos humanos.
En el caso venezolano, el problema no radica en la figura de la amnistía en sí misma, sino en el contexto institucional profundamente debilitado en el que se propone. La ausencia de independencia judicial, la falta de contrapesos efectivos y el historial de instrumentalización del derecho penal con fines políticos condicionan severamente cualquier lectura benevolente de la iniciativa.
Uno de los principales puntos críticos de la propuesta son los beneficiarios reales. La Dra.
Delcy Rodríguez anunció que quedan excluidos los condenados por homicidio, tráfico de drogas, corrupción y "violaciones graves a los derechos humanos". Es una lista que suena razonable hasta que se hace la pregunta obvia: ¿quién define qué constituye una violación grave?
Otro aspecto central es el impacto que una ley de este tipo tendría sobre las víctimas, ya que la experiencia comparada en América Latina muestra que los procesos de amnistía sin verdad, justicia ni reparación tienden a profundizar las fracturas sociales en lugar de cerrarlas. La reconciliación auténtica no puede decretarse por ley ni construirse sobre el olvido forzado.
Desde una perspectiva equilibrada, es válido reconocer que toda sociedad necesita salidas políticas a conflictos prolongados. Sin embargo, dichas salidas deben construirse sobre bases sólidas: transparencia, inclusión de todos los actores, respeto a los estándares internacionales y, especialmente, garantías de no repetición.
La Ley de Amnistía propuesta por la Primera Mandataria, tal como ha sido planteada en el debate público, plantea más interrogantes que certezas. Sin un marco claro, consensuado y verificable, corre el riesgo de convertirse en un acto simbólico orientado más a aliviar presiones políticas internas y externas que a resolver las causas profundas de la crisis venezolana.
La discusión sobre la amnistía no debería centrarse únicamente en quién la propone, sino en para qué y para quién se propone. En el contexto venezolano actual, cualquier iniciativa de este tipo debe ser examinada con rigor crítico, pues una amnistía mal diseñada no solo puede erosionar aún más el Estado de derecho, sino también hipotecar las posibilidades de una verdadera reconstrucción democrática.
Las amnistías, cuando se imponen desde el poder y sin consenso social profundo, suelen producir una paz aparente y una fractura moral duradera. Los Estados pueden cerrar expedientes, pero las víctimas no cierran duelos por decreto. Sin embargo, con la responsabilidad que nos caracteriza, desde Unida Visión Venezuela fijaremos posición formal una vez que tengamos la propuesta oficial de la Ley de Amnistía y Reconciliación Nacional.






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