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¿La IA mató al productor de cine?

El rol del productor cinematogáfico se fue desarmando en silencio, mientras aparecían herramientas que hacen, en minutos, cosas que antes llevaban semanas. Imagen IA Sora
El rol del productor cinematogáfico se fue desarmando en silencio, mientras aparecían herramientas que hacen, en minutos, cosas que antes llevaban semanas. Imagen IA Sora

Hay algo que está pasando en la industria audiovisual y que, curiosamente, nadie está diciendo con claridad. No es porque no se vea. Es porque incomoda. Porque toca un lugar que durante años fue bastante estable, casi incuestionable. El del productor.


Durante décadas, producir fue —en gran parte— un ejercicio de orden. Conseguir el dinero, armar el equipo, hacer que un rodaje suceda sin que se incendie todo a mitad de camino. Resolver. Anticipar. Coordinar. Y sí, había algo de épica en eso: sacar adelante proyectos que parecían imposibles. Pero también había una zona cómoda, una especie de manual tácito que definía el rol. Sabías qué hacía un productor. Sabías dónde empezaba y dónde

terminaba.


Ese mapa se empezó a romper

.

No de golpe. No con un anuncio dramático. Se fue desarmando en silencio, mientras aparecían herramientas que hacen, en minutos, cosas que antes llevaban semanas. Presupuestos que se ajustan solos. Previsualizaciones que ya no requieren un equipo entero. Planificaciones que se recalculan en tiempo real. Y no, no es humo. Lo vienen marcando informes de consultoras como McKinsey y Deloitte: la inteligencia artificial ya está metida en el corazón de la producción audiovisual, achicando tiempos, optimizando decisiones,

cambiando cómo se piensa un proyecto incluso antes de rodarlo.


Entonces aparece una pregunta incómoda. De esas que no te dejan seguir igual.


Si producir deja de ser coordinar… ¿qué queda?


Queda lo que siempre estuvo, pero que muchas veces se delegaba o se esquivaba: el criterio. La visión. La capacidad de decir “esto sí” y, sobre todo, “esto no”. Porque cuando todo se vuelve más fácil de hacer, lo verdaderamente difícil pasa a ser elegir qué vale la pena hacer.


Y ahí es donde el rol del productor se vuelve mucho más interesante… y mucho más exigente.


El productor que viene no es el que mejor maneja una planilla. Es el que entiende el proyecto como un sistema vivo. El que puede moverse entre lo creativo y lo técnico sin perder el pulso de la historia. El que sabe cuándo usar inteligencia artificial para potenciar una idea y cuándo dejarla afuera para no arruinarla. El que arma equipos, sí, pero también arma procesos. Diseña cómo se va a crear.


Porque eso es lo que cambió: ya no alcanza con ejecutar bien. Hay que diseñar bien.


En un set tradicional, el productor era el que hacía que todo ocurra. En este nuevo escenario, es el que decide qué debería ocurrir en primer lugar. Parece un matiz, pero es un cambio de poder enorme.


Y no todos están preparados para eso.


Hay un tipo de productor que empieza a quedar desfasado. El que vive encerrado en la logística, el que mide su valor en cantidad de mails respondidos o problemas apagados. El que no se mete en lo creativo porque “no es su área”. Ese perfil empieza a competir —sin saberlo— contra sistemas que hacen ese trabajo más rápido, más barato y sin cansarse.


No es una amenaza futura. Es presente.


El World Economic Forum viene insistiendo con algo que en audiovisual se empieza a sentir con fuerza: los roles que sobreviven no son los que ejecutan tareas repetibles, sino los que combinan pensamiento crítico, creatividad y decisión en contextos complejos. Dicho de otra manera: los que piensan, no solo los que hacen.


El productor entra de lleno en esa categoría… si decide jugar ese juego.


Porque la inteligencia artificial no vino a eliminar al productor. Vino a desnudarlo. A separar al que estaba ahí por inercia del que realmente entiende el proceso creativo en profundidad.


Y eso, aunque incomode, es una buena noticia.


Porque también abre una oportunidad enorme. Nunca fue tan accesible producir. Nunca hubo tantas herramientas para bajar una idea a algo concreto. Pero justamente por eso, nunca fue tan difícil hacer algo que realmente importe.


Ahí aparece el nuevo productor.


No como gestor. No como coordinador.


Como alguien que tiene una mirada. Que entiende el lenguaje, la tecnología y el contexto. Que puede pararse frente a un proyecto y decir: “esto tiene sentido hacerlo así… y no de otra manera”.


Al final, la pregunta no es si la inteligencia artificial va a cambiar al productor.


Eso ya pasó.


La pregunta es quién está dispuesto a dejar de ser un ejecutor… para convertirse en alguien que decide qué historias merecen existir.


Porque en un mundo donde todos pueden hacer, el verdadero poder vuelve a estar en elegir.


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