La humanidad también se mide en tiempos de crisis
- Eduardo Frontado Sánchez

- hace 2 horas
- 3 min de lectura

En los últimos tiempos, la naturaleza nos ha venido dando señales de que necesitamos,
con urgencia, hacer un cambio en nuestros hábitos de vida, en nuestra forma de ver el
mundo y, sobre todo, en la manera en que nos relacionamos entre nosotros mismos.
Los terremotos ocurridos recientemente en Venezuela y Colombia, por mencionar dos de
los más sonados, nos han demostrado que, como humanidad, no lo estamos haciendo del
todo bien. Es hora de repensar cómo queremos que transcurra nuestro tiempo en este
espacio que compartimos y, sobre todo, qué legado queremos dejar.
Sin embargo, muchas veces me pregunto si estos acontecimientos también traerán
consigo la capacidad de entender cuán humanos debemos ser a la hora de expresarnos y
de manejar nuestras acciones. La forma en que se nos presentan estos eventos sísmicos
nos recuerda que dos de los valores más importantes que tenemos como seres humanos
son la solidaridad y la vulnerabilidad. Ninguno de estos sentimientos es sinónimo de
debilidad; por el contrario, ambos son una expresión de nuestra humanidad.
No siempre un cambio de perspectiva se manifiesta de la manera en que los seres
humanos estamos acostumbrados a reconocerlo. Creo que nuestro entorno nos está
pidiendo, a gritos y con consecuencias cada vez más claras, un cambio de hábitos. Y ese
cambio pasa por entendernos a nosotros mismos, reconocer cuán vulnerables somos y,
sobre todo, comprender que como humanidad no tenemos el poder para destruirlo todo,
pero sí tenemos la capacidad de convertirnos en agentes de cambio positivo.
Todos estos hechos, que de alguna manera se concatenan hacia un mismo fin —el bien
común—, nos demuestran que el poder, las ambiciones y el manejo de las situaciones de
crisis requieren de humanidad. No necesariamente de más poder, sino de la capacidad de
saber utilizarlo.
Si por un momento nos ponemos a pensar cómo han sido manejadas las catástrofes en
Colombia y Venezuela, podemos observar que el poder, cuando quiere hacer el bien, se
convierte en acciones concretas. Pero también sabemos que, cuando es utilizado para
generar daño y muerte, y nace desde la maldad, puede alcanzar el mismo nivel de
impacto. La diferencia está en que el poder utilizado desde la maldad no trabaja para el
bien común: trabaja para la destrucción.
Últimamente he estado reflexionando mucho sobre cuál es el llamado que se nos hace
con tantos desastres naturales y qué nos quiere decir la Tierra. Desde mi punto de vista,
considero que nos está haciendo una invitación a valorar la vida en su justa medida y a
reconocernos como seres humanos, pero también a darnos la oportunidad de redimir
nuestros errores.
Es indignante ver cómo el mundo puede unirse para apoyar a un país vecino cuando
enfrenta una tragedia, y cómo Venezuela puede ofrecerse a enviar ayuda humanitaria y
rescatistas a Colombia, cuando hasta el día de hoy nosotros mismos seguimos teniendo
enormes dificultades para reconstruir nuestro país y sanar muchas de las heridas que
todavía cargamos.
Creo que, como sociedad, uno de los mayores retos que tenemos es repensar la manera
en que entendemos la política y recordar que su verdadero sentido debería estar
orientado al bien común. Hacer política va mucho más allá de las palabras o de los
discursos; implica comprender las necesidades de las personas, actuar con
responsabilidad y buscar el bienestar colectivo. Cuando ponemos la dignidad, la
solidaridad y lo humano en el centro de nuestras decisiones, comenzamos a construir,
desde pequeñas acciones, una sociedad más justa y un mundo mejor.
Es imposible hablar de un mundo cada vez más humano cuando como humanidad
todavía no entendemos a ciencia cierta cuál es el significado del mensaje y de la
necesidad de cambio que nos está planteando la naturaleza. Sus respuestas frente al
maltrato, la destrucción y el conflicto deberían llevarnos a detenernos y reflexionar.
Con este artículo quiero hacer un llamado a la reflexión, al entendimiento y a la sensatez.
No solo a nuestros gobernantes, sino también a nosotros como sociedad. Necesitamos
comprender cuán necesarios somos unos para otros y cuán humanos debemos ser frente
a las situaciones que se nos presentan.
Una sociedad que realmente quiere generar un cambio para el bien común debe aprender
a reconocer las señales, asumir sus responsabilidades y entender que ninguna diferencia
debería alejarnos de lo esencial.
Porque, al final, lo humano es lo que nos identifica y lo distinto es lo que nos une.



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