Otro septiembre que se nos va

Pasan los días y ya septiembre se va. Aún no repican campanas navideñas, pero casi podemos adivinarlas entre ecos de gaitas que saludan a la Señora del Zulia, una China no muy china. El cordonazo de san Francisco se nos acerca cargado de emoción y jubileo, acaso también de aciagos pronósticos, con un meganiño en puertas que ya amenaza a varios países.
En el norte empieza el otoño y la primavera se abre paso en el sur. En algunos países los pueblos se vacían y, en otros, la gente casi no cabe, no puede sobrevivir y se ve obligada a migrar.
Septiembre ya se nos va y aún parecen brillar los adornos de la pasada Navidad. Los terremotos continúan con su mano destructora haciéndonos tambalear. Emergencias y lamentos. Y alguna alegría de tísico, no más, en algún momento de sorpresa.
Vendrán octubre y noviembre. Diciembre no es un mes, sino un remanso, ribazón de afectos y cielo anticipado. Volverá enero, ese mes que aún se llama así porque se asume como portal de lo porvenir, y, aunque no nos quite las luces ni las lindes decembrinas, no sabremos quizá qué nuevos laberintos nos traiga.
Indignados muchos. Temerosos no pocos. Expectantes la mayoría. El pueblo resiste. “Gloria al bravo pueblo”. Un yugo, dos yugos, muchos yugos. Un “sublime aliento” nos infunda el “Supremo Autor”.
Lo que antes se llamaba impropiamente “Día de la Raza” nos convoca pronto a reflexionar sobre resistencia y rediseño, sin miedos ni supremacías, sin confusiones ni retaliación de ningún tipo.
“Perdonamos y pedimos perdón”, ya dijeron los obispos polacos a sus homólogos alemanes hace seis décadas. Perdonemos y pidamos perdón, pero también justicia y concordia por si “el despotismo levanta la voz”.
Septiembre, noveno mes, ha de dividirse en tres y multiplicarse por sí mismo a principios de octubre. Hermana luna, hermano sol, el Orinoco ha de bajar para mostrarnos sus playas y las anacondas enormes que se visten de piedra; pero también las playas, las lagunas, las islas que hacen florecer y fructificar los conucos y la ilusión.
Llegarán incluso los días de difuntos, porque uno solo no alcanza, y como saben los kari’ñas, vendrán los antepasados a acariciar al “pobre en su choza”, que somos todos, porque “la América toda existe en nación” y “la fuerza es la unión”. Akatoompo y Llora en La Victoria, camposantos iluminados en todas partes. Noviembre empieza con los santos y nos lleva a
los difuntos para reafirmar fe y compromiso para desterrar “el vil egoísmo”.
Pared de árboles, escalera a lo más alto, Sierra Grande, Guaraira repano, el Ávila enciende en Navidad una cruz de entendimiento, camaradería, equivalencia y humildad, la humildad que tanto supo cantar y vivir el santo del bosque.
Se va septiembre, se nos va otro más, pero nos quedan las preguntas de enero, las ilusiones de febrero y marzo, los titubeos de abril y mayo, los puñales de junio en el corazón, la frustración de julio y agosto, el asombro de septiembre que en unos se hace otoño y, en otros, primavera.
Octubre al final suelta brujas y espantos y noviembre nos alcanza cafetales enrojecidos y la flor de Pascua.
Se nos va septiembre, pero nos quedan desconciertos e incertidumbres de amargo sabor.




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