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La Fragilidad de la vida


En la Venezuela de la migración, la vejez ha tenido que recuperar sus responsabilidades de adulto. Foto: Camilo_Contreras, Pixabay

En conversaciones con dos colegas, Alfredo y María Eugenia, a quienes estimo por su dedicación al estudio de la filosofía, convinimos que el valor de este tipo de saberes está en darnos una forma de vida, enseñarnos a plantarnos ante los acontecimientos, ante lo imprevisto. Sin embargo, para algunos la vida pasa con la sencillez y tranquilidad, que en ocasiones nos enseñaban en la escuela: infancia, juventud y adultez con decisiones determinantes, y vejez como el ocaso de la existencia.


Lo que nos ha tocado vivir a los venezolanos es un tiempo difícil y a veces hasta incomprensible, pero no somos ni los primeros ni los únicos, ya muchos han estado en situaciones peores, basta con leer Si esto es un Hombre de Primo Levi. Hagamos el ejercicio de pensar el presente y futuro de estas etapas de la vida en nuestra circunstancia.


Comenzando con la infancia, las cifras que nos aportan organizaciones como Cáritas de Venezuela respecto al estado alimenticio de los niños nos indican qué tanto sus posibilidades de desarrollo físico están sumamente menguadas. Esto significa que el desarrollo físico y la defensa ante cualquier amenaza sanitaria, enfermedades contagiosas, reactivación de viejas epidemias son débil. Por otra parte, a nivel mental la situación de hambre afecta el desarrollo cerebral y las tareas comprensión, de aprendizaje, de creación se vuelven mínimas. Sin contar los procesos estrictamente pedagógicos que son deficientes, que no contribuyen a la expansión intelectual. Esto nos hace entrever que el famoso dicho los niños son el futuro, no alienta ninguna esperanza. Debemos comprometernos con este problema porque es parte de nuestra responsabilidad, contrario a lo que hicieron los que me antecedieron que tomaron decisiones que hoy estamos pagando.


En relación a la juventud, basta con ir a una universidad o a una parada de transporte público. En los centros de estudios hay una impresionante baja de estudiantes. Los mismos que nos prometieron universidades llenas, hoy se complacen con universidades vacías sin recursos ni docentes. Paralelamente, en los transportes públicos muchos de los colectores y a veces hasta choferes son esos jóvenes ausentes en el sistema educativo, ese pareciese ser el único empleo disponible para ellos y ellas. Nuestra juventud fue forzosamente alejada de la formación universitaria para ingresar al campo laboral menos preparado, y mayoritariamente informal. Lo que trae como consecuencia que a nivel de futuro no haya muchas posibilidades de que esta juventud pueda reemplazar, ni mucho menos generar nuevas y mejores condiciones tanto para la sociedad como a nivel personal. Sin olvidar, que otra parte de la juventud que opina que este nos es un futuro se lanza por una de las selvas más peligrosa de Latinoamérica buscándolo.


En cuanto a los adultos, vemos cómo aún están pagando las consecuencias de las malas decisiones de hace más de 20 años, malas decisiones que hasta fueron repetitivas y de las cuales hoy en día nadie se quiere responsabilizar. Aquel adulto que se alegraba recibiendo una nevera o una lavadora, ahora se encuentra frente a una nevera sin alimentos y una lavadora sin agua. El adulto está viviendo un presente desmoralizante, pues aquellos que lograron tener una formación profesional se enfrentan a la destrucción del aparato productivo y a la poca oferta laboral, lo que significa que el esfuerzo de su formación no tuvo sentido, porque el valor de su trabajo depende del empleador y no de sus resultados. Este mismo adulto es el que debe rezar para no enfermarse, pues las condiciones hospitalarias del país le presagian un infinito ruleteo. Como dijo mi amigo en algún momento a sus hijos angustiados en Argentina: en Venezuela estás vivo o muerto, enfermo no se puede. El futuro del adulto es claro y tenebroso. Claro porque ya sabemos que no contará con una buena jubilación, ni hospitales y los responsables de tomar las decisiones en ese momento serán los jóvenes de hoy, esos que mencioné hace pocas líneas, esta misma claridad es la que genera lo sombrío de ese futuro. Este panorama debería obligar a los adultos a plantearse un compromiso de cambio con el presente y asumir la realidad no con resignación sino con la necesaria búsqueda de una salida. Y más urgente a los jóvenes, porque a quien le cueste creer lo oscuro del futuro que se imagine la vida que tuvo aquella persona que tenía 40 años cuando inició la revolución castrista.


Queda en los jóvenes y adultos no vivir la vida como cualquier otro ser vivo, sino asumirla como desafío, lo que significa propiciar la acción para el cambio, para figurarse la vejez. De lo contrario seremos un ser que simplemente pasó.


Por último, la vejez es una etapa que tiene la ventaja de no tener que forjar ningún futuro, sólo le queda disfrutar el presente, apreciar el camino recorrido, hacer balance de lo hecho y recoger la cosecha de los resultados. La complejidad de la vejez radica en la similitud con los niños en tanto a la dependencia que tiene con los otros. Tradicionalmente los otros eran la familia, en el socialismo es el Estado. En Venezuela es la indigencia. En estos tiempos de migración venezolana la vejez ha tenido que recuperar sus responsabilidades de adulto.



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