La estupidez como método
- Horacio Biord Castillo
- hace 34 minutos
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El mundo actual encara, entre otras, la crisis de la civilización occidental. En ese contexto, Occidente se enfrenta con la sociedad industrial, que es su propio engendro y paradoja. Simultáneamente, afloran diversas crisis: en la democracia, en los liderazgos políticos, en las diversas denominaciones del cristianismo institucional, en la demografía, en la sexualidad, en los valores.
Hay crisis en muchos sentidos y lugares. Entre ellos, destaca la de nuestro propio país, atormentado por las consecuencias del populismo autoritario surgido como alternativa para contrarrestar la maliciosa e injusta exclusión social que se acrecentó en una Venezuela embebida y arropada por la idea incompleta y mal comprendida de la libertad, una Venezuela cuyos partidos y estructuras estatales se tildaban de policlasistas sin poder desterrar fenómenos de pobreza, exclusión, racismo y discriminación.
En Venezuela vivimos momentos difíciles que requieren lo mejor del pensamiento y de las voluntades para la unificación en torno a un proyecto de país nuevo, inclusivo, libre, verdaderamente soberano y, ante todo, solidario. Por fortuna, contamos con el venero que representan la tradición, los grandes pensadores. Sus ideas, como es lógico, fueron propuestas en y para un momento determinado. Por tanto, requieren ser actualizadas, lo cual
no significa copiadas al dedillo ni desdibujadas en los contextos contemporáneos. Con frecuencia solo pensamos en Bolívar como aucthoritas y Pater familias, olvidando a grandes pensadores, héroes civiles en su mayoría, como Francisco de Miranda (a medio camino entre la civilidad y el uso de las armas para alcanzar la independencia política), Andrés Bello,
Fermín Toro, Cecilio Acosta, Rómulo Gallegos, Mario Briceño Iragorri, Mariano Picón Salas, Arturo Uslar Pietri…
Debemos, pues, acometer el gran reto de construir un país distinto. Sin embargo, en una coyuntura tan difícil y compleja como la actual, en la que todos los valores ciudadanos están puestos a prueba, un sector del país, no mayoritario pero sí llamado a orientar a la opinión pública, ha caído en la peor trampa y en el más craso error que es no saber quién es el verdadero adversario, confundir consecuentemente las estrategias y adoptar
procedimientos erróneos.
Un método equívoco es el de la estupidez. Consiste en atacar sin piedad, pulverizar, destruir, aniquilar, a los posibles aliados, embestir y agredir sin misericordia a cualquiera que sea percibido fuera del rebaño genuflexo de seguidores, de la masa acrítica que sigue sin cuestionar ni reflexionar, que repite consignas en vez de examinar y actuar a conciencia. Esa especie de ceguera recuerda la locura de “darle palo a todo mogote”. De esa forma, se llega a la insensatez de no comprender ni analizar a profundidad las situaciones y los detalles, las posiciones y actitudes estratégicas, e incluso a confundir lo estructural con lo coyuntural.
Mientras persistamos en el método de la estupidez, en la estupidez como recurso discursivo, en el uso de la falacia ad hominem como acusación sin base ni pruebas, en la descalificación o venganza aparente del tu quoque (tú también) o en la negación del otro, el resultado será el detrimento de la necesaria unidad y la viabilidad de construir un proyecto democrático.
Resulta lamentable ver cómo la ceguera y la actitud acrítica dominan en algunos casos como sustitutas del pensamiento profundo, del examen de conciencia que puede mostrarnos también responsabilidades y hasta culpas donde no las queremos ver porque de cierta manera nos involucran.
Los disfraces del autoritarismo y el populismo militar, las experiencias de los sistemas político-económicos totalitarios fracasados en diversas regiones del mundo, han mostrado de nuevo su ineficacia y, a la vez, su violencia intrínseca. Ante esto, será imposible delinear un nuevo proyecto de país, refundar de verdad a Venezuela, sin un modelo realmente inclusivo y
solidario que construyamos los venezolanos sin distingos de clase, procedencias, género, identidades, pensamiento o ideologías. La única meta debe ser procurar el beneficio del país todo, el verdadero bien común que solo se puede establecer sin imposiciones ni dogmas y mediante amplios consensos.
Así, pues, mientras persistamos en las racionalizaciones de falacias dogmatizadas (como un país que supuestamente fue igualitario y sin exclusiones), en vez de intentar una comprensión profunda de la sociedad venezolana en su completitud y complejidad social, tendremos el caos y la confusión como principios rectores de proyectos destinados al fracaso. Al insistir en la pretensión de eliminar y destruir al que piensa distinto, en la venganza irracional que solo genera más conflictos, al no erradicarse finalmente la exclusión, esta terminará, más temprano que tarde, abonando nuevamente el terreno para proyectos populistas e incluso autoritarios en alto grado.
El radicalismo intransigente de algunos debates y propuestas de cambio han generado mucho e irremediable daño a personas, reputaciones e instituciones. Si no renunciamos a la estupidez y optamos por la sindéresis, la prudencia e incluso, a veces, por el silencio reflexivo y estratégico, nos hundiremos en el mar de la ignominia, en la absurda dictadura de las redes sociales y, en definitiva, nos entregaremos ciegamente a la ley del más fuerte. Ese trágico destino aparece como una posibilidad cercana ante la aparición reiterada de lo que Rómulo Gallegos, en sus narraciones, plasmó y conceptuó como “hombres de presa”.
O somos o seguimos siendo hombres de presa, u optamos por ser ciudadanos dignos y probos, motivados y convocados efectivamente por la libertad y la sabiduría. O renunciamos a la estupidez o nos espera, aunque de forma inadvertida, un suicidio colectivo. Esa es la elección y el futuro.


